A mis amigos los católicos

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El testimonio del padre Borrás

Esta es la experiencia vivida por un hombre que fue sacerdote católico en España. Un encuentro real con Dios transformó su vida radicalmente. El Rvdo. José Borrás relata su propia historia.

Posteriormente de su conversión a Cristo, D. José Borrás cursó estudios teológicos en el Seminario Teológico Bautista de Rüschlikon, Zürich-Suiza, así como en el Seminario Teológico Unido de Nueva York, EEUU, donde obtuvo el grado de Maestro en Sagrada Teología. Durante 30 años fue Director y Profesor del Seminario Teológico Bautista de España en Madrid. Ha sido miembro de la Comisión de Doctrina Cristiana de la Alianza Bautista Mundial y Presidente de la Unión Evangélica Bautista de España.

En el año 2003 D. José Borrás pasó a la presencia del Señor.

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EL TESTIMONIO ESCRITO

Lectura bíblica en el Nuevo Testamento: La conversión de Saulo de Tarso, después llamado el apóstol Pablo (Hechos 9:1 a 18).

Estimados hermanos y amigos:

Este relato describe la conversión del apóstol San Pablo. Él fue durante su vida un judío piadoso, sincero, observante de la Ley que sus padres le habían enseñado desde niño. Sin embargo, un día tuvo un encuentro personal con Cristo Jesús en el camino de Damasco, y este encuentro transformó totalmente su vida. De perseguidor de los cristianos se convirtió en el apóstol de los gentiles. Esta historia, de una manera una otra, se ha repetido en la vida de muchas personas a través de los siglos, personas que sinceramente trataban de observar la religión de sus padres y un día tuvieron un encuentro personal con Cristo Jesús, que cambió para siempre sus vidas. Esto es lo que a mí me aconteció, y esto es lo que quisiera relataros con la ayuda del Señor, para que veáis que cuando una persona es sincera y busca servir al Señor con todo el corazón, tarde o temprano encuentra la verdad, esa verdad que liberta a las personas, que libertó a Saulo de Tarso, que me libertó a mí, y que puede libertarles también a ustedes.

NACIMIENTO E INFANCIA

Yo nací en la católica España. Mis padres eran católicos sinceros y trataron de inculcar en mí mente y en mi corazón la fe que ellos habían recibido de sus padres. Siendo muy pequeño, me llevaron a un colegio de religiosas para que allí aprendiera yo mis primeras letras. Después me trasladaron a un colegio de religiosos, ya que tenían el deseo de que además de recibir la instrucción secular, yo pudiera conservar siempre la fe que ellos habían inculcado en mi mente. En aquel colegio de Escolapios, a la edad de 12 años, yo decidí hacerme sacerdote pensando que era la carrera mejor que podía escoger en este mundo, ya que anhelaba servir al Señor. En el Seminario me gustaba leer la vida de los santos y traté desde el fondo de mi corazón de imitarles en todo lo que pudiera, deseando convertirme yo también en un santo.

Permitid que os cuente algo de lo que en aquellos años yo hacía, con toda sinceridad, para conseguir a llegar ser santo. Cuando nadie me veía mortificaba mi cuerpo con unos azotes que yo mismo me había hecho. Algunas noches dormía en el duro y frío suelo ofreciendo al Señor aquel sacrificio para que el Señor quitara el cansancio de aquellos misioneros que en países lejanos iban proclamando las buenas nuevas de Salvación. Con la punta de una navaja mirándome ante un espejo yo grababa en mi pecho las iniciales del nombre de Jesús o de María, y cuando aquellas heridas se iban restañando poco a poco, volvía a frotarlas y las untaba con zumo de limón o de vinagre para que me escocieran y me hicieran sufrir, recordándome las llagas de Cristo.

Cuando salía de paseo con mis compañeros, e íbamos al campo, colocaba unas tijeritas de bolsillo, y al llegar al lugar de la recreación, disimuladamente me ausentaba del grupo e iba buscando zarzales o plantas espinosas que cortaba con aquellas tijeritas, colocándolas luego junto a mi pecho y a mi espalda para que me punzasen y me hiriesen, recordando así los muchos sufrimientos que Cristo Jesús había padecido. Me hice con un cinturón que llené de pequeños clavos y que especialmente ceñía junto a mi débil carne apretando poco a poco hasta que aquellos clavos se hundían y la sangre brotaba al exterior. Entonces, tomando una pluma y mojándola con la tinta roja de mi propia sangre, escribía en un papel las peticiones que yo deseaba conseguir del Señor...

Os confieso que lo hacía con todo mi corazón, con toda sinceridad, y con toda mi buena fe. Y como yo, había otros niños que hacían cosas semejantes porque nuestros profesores nos enseñaban que con estas mortificaciones contribuíamos al perdón de nuestros pecados, nos hacíamos más semejantes a Cristo, y nos ganábamos méritos para el Cielo. Y eso era lo que de corazón nosotros buscábamos. Sin embargo, quiero deciros que por más penitencias que hice, nunca me sentí plenamente satisfecho, nunca alcancé la certeza de que había hecho bastantes mortificaciones. Pensaba que tenía que continuar mortificado mi cuerpo, pues tal vez quedaban pecados ocultos que necesitaban más penitencias. Y esto lo seguí haciendo, hasta que unos años más tarde, estudiando cuidadosamente la Palabra de Dios, me dí cuenta de que no necesitaba seguir mortificando más mi cuerpo, ya que Jesús había expiado todos mis pecados en la Cruz, y lo único que necesitaba hacer era reconocerme pecador delante de Dios y aceptar a Cristo por la fe, haciendo mío ese sacrifico que había realizado en la Cruz del Calvario. Y esto que yo hice es lo que todo hombre y toda mujer tienen que hacer si quiere alcanzar la seguridad de que sus pecados han sido totalmente perdonados.

A LA EDAD DE 15 AÑOS INGRESÓ EN LA ORDEN RELIGIOSA

Cuando cumplí los quince años de edad ingresé en lo que las órdenes religiosas se llama el Noviciado. Éste es un periodo de prueba que tienen que pasar todos los candidatos a profesar una Orden religiosa. Después de ocho días de ejercicios espirituales en los cuales no podía hablar más que con el superior que tenía, me dirigí a la capilla del convento, y me acerqué al altar donde se encontraba el superior, sentado en un lujoso sofá, con el altar repleto de cirios y de lámparas encendidas. Me hinqué de rodillas delante de él y en presencia de los demás religiosos de aquella comunidad pedí al superior que me aceptase como candidato al sacerdocio en aquella orden religiosa. –Usted pide algo muy importante -me dijo- pero muy difícil de conseguir. ¿Está Usted dispuesto a renunciar a su manera de pensar y de sentir? ¿Está dispuesto a rechazar toda clase de pompa y vanidad? ¿Está dispuesto a aceptar ciegamente todo lo que sus superiores le ordenen?... Y sólo cuando contesté a todas las preguntas de su cuestionario, se inició el ritual que me introduciría en la congregación. Se me quitó la chaqueta que llevaba puesta y se me impuso el hábito largo y negro del monasterio. Se me hizo tumbar en el suelo y permanecer totalmente inmóvil, como si hubiera muerto. Un religioso colocó un gran crucifijo a mi cabecera. Otros dos religiosos me cubrieron con un gran manto negro similar a los que se utilizan en los funerales. Otros dos religiosos me rodearon de cirios mientras los demás entonaban himno fúnebres. Me estaban enterrando vivo simbólicamente...

Unos momentos después cesaron los himnos fúnebres, se quitaron los cirios encendidos, y se apartó aquel manto negro que me cubría. Y mientras los religiosos entonaban ahora himnos de resurrección, el superior me llamaba con un nombre religioso: José de la Inmaculada Concepción; nombre elegido por mí y por el que yo sería reconocido en ese momento mientras durara mi vida en aquella Orden religiosa. A partir de entonces yo tenía que ser como una persona nueva. Tenía que renunciar a mi manera de pensar y de sentir. Tenía que aceptar ciegamente cualquier orden que un superior me diese, aunque a mí me pareciera absurda. La norma del convento era en virtud del voto de obediencia, considerarnos como si fuéramos cadáveres, haciendo siempre lo que cualquier superior nos ordenase. Los superiores nos decían que esa muerte y ese nuevo nacimiento simbólicos eran necesarios para todos aquellos que aspiran a la perfección, porque de ellos habla la Palabra de Dios.

Sin embargo, ahora que conozco mejor las Escrituras, me doy cuenta de que la Palabra de Dios habla de una muerte, pero que no consiste en renunciar a las ideas propias, ni en enterrarse vivo simbólicamente, sino en morir a nuestros vicios y pecados; y habla igualmente de un nuevo nacimiento, que no consiste en cambiarse el nombre y seguir siendo el mismo, sino en nacer de nuevo por medio de la fe en Cristo Jesús, para andar en novedad de vida conforme a sus enseñanzas y preceptos, tal como los encontramos en el Nuevo Testamento. Y esto es necesario para todos, no solamente para los religiosos y monjitas que se encierran en las cuatro paredes de un convento, sino para todo hombre y toda mujer que quiere tener la seguridad de que van a gozar de vida eterna.

FIN DEL NOVICIADO Y COMIENZO DE SU CARRERA SACERDOTAL

Cuando concluí aquel periodo de prueba en aquel Noviciado, en la que muchas veces comí de rodillas, besé los pies a mis compañeros, confesé públicamente mis faltas e hice toda clase de penitencia, tanto en privado como en público, mis superiores me aceptaron como candidato apto para el sacerdocio.

Entonces fui a una universidad religiosa en Navarra, donde estudié dos años de Filosofía. Después pasé otra universidad en Logroño donde estudié cuatro años de Teología. Fue durante aquel tiempo de mis estudios, cuando al igual que otros compañeros, empecé a notar ciertas contradicciones entre lo que leíamos en la Palabra de Dios y lo que practicábamos en la religión Católica. Algunas veces los alumnos nos levantábamos en la clase pidiendo aclaración a los profesores de aquellas contradicciones que encontrábamos; por ejemplo: –¿por qué insistir en la doctrina del Purgatorio, cuando la Palabra de Dios sólo habla de un cielo y un infierno? ¿Por qué hablar de la mediación de María y de los santos, cuando la Palabra de Dios insiste en que no hay otro mediador entre Dios y los hombres más que Jesucristo hombre?... Pero las respuestas de los profesores casi siempre era idéntica: –Esas contradicciones son solamente aparentes, eso se debe a la evolución de la doctrina. La Biblia se escribió hace muchos siglos y ahora vivimos en otra época. Hemos de adaptar, pues, las enseñanzas de la Escritura a los tiempos que vivimos. Además no debéis de olvidar que junto a la Escritura se encuentran La Tradición, las Definiciones de los Romanos Pontífices y las Proclamaciones de los Concilios Ecuménicos... Si algún estudiante manifestaba no estar completamente de acuerdo con las respuestas de los profesores, añadían: –Doctores tiene la Iglesia que saben resolver todos esos problemas. A ustedes les corresponde aceptar fielmente lo que ellos enseñan sin preguntar el porqué. De lo contrario corren el peligro de caer en la herejía... Y esta palabra herejía, era como un candado que cerraba nuestros deseos de investigar más, y aceptábamos ciegamente lo que se nos enseñaba, aunque no siempre comprendíamos el porqué.

Después de 10 años de estudios (4 de magisterio) yo terminé mi carrera. Puedo deciros que me sentí el hombre más dichoso sobre la tierra. Había alcanzado todas mis aspiraciones, podía decir misa y según la doctrina Católica yo estaba ayudando a las almas que estaban sufriendo en el Purgatorio. Ya podía predicar el Evangelio cada día, y podía perdonar los pecados de las personas que acudían a confesarlos a mis pies. Yo me sentía como un representante de Cristo en la tierra, ya que la Iglesia Católica enseña que todo sacerdote es otro Cristo viviente. Mi familia se sentía también muy dichosa, pensando que yo rezaría por ella cada día durante la misa, y muy particularmente mi madre, porque ella pensaba con gran lógica: –Si mi hijo es un representante de Cristo en la tierra, yo que soy su madre, seré una representante de la madre de Cristo en este mundo... Y para una mujer católica sincera como era mi madre, esto era el mejor honor del que ella podía gozar en esta tierra.

SU ENCUENTRO CON UNA BIBLIA PROTESTANTE

Además de ser sacerdote, yo era profesor en un colegio de las escuelas Pías. Durante la semana pasaba los días educando a los niños. Pero me había hecho cargo de una Parroquia un poco alejada de la ciudad donde no había sacerdote. Cada domingo iba a decir la misa y a predicar y enseñar el Catecismo. La iglesia pertenecía a un Convento de monjas dedicadas a la educación de los niños en aquella barriada. Un domingo, cuando iba a decir misa, una de las monjitas me estaba esperando a las puertas de la iglesia. –¡Padre! -me dijo- ¿Sabe Usted que en la ciudad donde Usted trabaja hay una iglesia Protestante? ¿Sabe Ud. que las personas que van a esa iglesia son muy activas distribuyendo propaganda acerca de sus doctrinas? ¿Sabe Ud que han venido esos protestantes a esta barriada, y han hablado con algunas personas que venían a nuestra iglesia, y algunas personas han decidido hoy irse a la suya? ¿Por qué -siguió diciendo la monjita- en lugar de predicar cada domingo acerca de una porción distinta del Nuevo Testamento, no estudia Ud. esas doctrinas protestantes y nos enseña cómo refutar sus errores y herejías?... Y creyendo que era ésta mi obligación, prometí a la monjita estudiar aquellas doctrinas protestantes para refutar sus errores.

Unos días después yo me encontraba en la clase cuando uno de mis alumnos se presentó con un libro grueso en sus manos, que no solía traer los demás días. Vino al pupitre donde yo me hallaba, y con un tono un tanto misterioso me dijo: –Padre, esto es una Biblia, pero es protestante. Una mujer se la entregó a mi madre, quien la ha estado leyendo, y dice que es un libro bueno. Ahora tiene miedo de tenerlo en casa porque alguien le ha dicho que es un pecado tener una Biblia protestante en el hogar, y no sabe qué hacer con ella... –¿Que no sabe que hacer con ella? -le respondí- ¿También a las manos de tu madre han llevado esos protestantes sus doctrinas? ¡Dame esa Biblia y yo la haré a pedazos inmediatamente!... Y, en presencia de mis alumnos, empecé a romper las páginas de aquella Biblia protestante. Pero, unos momentos después, me acordé de la petición de la monjita, y puesto que yo no conocía mucho acerca de quiénes eran esos protestantes, y como efectivamente aquello era una Biblia protestante, pensé que podía leerla imaginándome que allí encontraría algunas de sus herejías y de sus principales errores que necesitaba refutar. La llevé a mi habitación, y una vez allí abrí la Biblia medio rota. Casualmente yo la había roto por el Antiguo Testamento, y el Nuevo se encontraba totalmente íntegro. Al abrirlo salió el Evangelio según San Juan. Empecé a leerlo con curiosidad buscando errores y herejías. Pero… quedé totalmente sorprendido porque en vez de encontrar errores y herejías encontré la Palabra de Dios hablando a mi corazón. Yo tenía una Biblia católica en mi estantería que mi madre me regaló cuando era estudiante de Teología, y que conservaba con aprecio como recuerdo de mi madre. La abrí por el mismo lugar que tenía abierta la protestante, y empecé a comparar las dos. Mi sorpresa fue grande cuando me dí cuenta de que prácticamente las dos Biblias decían lo mismo. –¿Por qué pues hay tanta diferencia entre católicos y protestantes, si ambos tienen casi la misma Palabra de Dios? Y llegué a la conclusión de que si quería realmente conocer quiénes eran los protestantes, lo mejor era prescindir de libros; cada libro reflejará la opinión del autor que lo ha escrito -pensé-, y yo nunca sabré si hablan sin prejuicios.

CONVERSACIONES CON UNA FAMILIA PROTESTANTE

Para conocer quiénes eran los protestantes, creí que lo mejor sería descubrir dónde vivía una familia protestante en aquella ciudad, y observar quiénes eran esas personas. Haciendo preguntas a mis discípulos con cierto disimulo, yo descubrí dónde vivía una familia protestante, y decidí hacer una visita en aquel hogar. Llamé a la puerta y un caballero la abrió. Cuando él me vio vestido de sacerdote a la puerta de su casa, él sintió cierto temor, pensando que yo le iba a molestar de alguna manera. Pero yo le tranquilicé, le dije que además de ser sacerdote, era profesor en un colegio, y que de vez en cuando yo necesitaba mencionar la Reforma protestante, y quería estar seguro de que lo que yo explicaba a mis alumnos acerca de los protestantes, era lo que éstos en realidad creían. Aquel caballero me pasó a un pequeño despacho que tenía, y trató de contestar a algunas de las preguntas que yo le hice. ¿Por qué no bautizaban a sus niños? ¿Por qué no tenían imágenes en sus templos? Etcétera. Pero, a cada una de mis preguntas, aquel caballero me respondía con pasajes de la Escritura que conocía de memoria. Yo quedaba sorprendido viendo cuán bien conocía las Escrituras. Pero, mi sorpresa fue aún mayor, cuando empezó a hablarme de Cristo de una manera que yo, siendo sacerdote, nunca había sentido en mi corazón. Me habló de su seguridad de la vida eterna, me habló de la certeza de que todos sus pecados habían sido perdonados, del encuentro personal que había tenido con Cristo Jesús hacía algunos años, y cómo su vida y la de su familia habían sido transformadas. Cuando después de un tiempo yo le dije que se me hacía tarde para regresar a mi colegio, el me preguntó: –¿Tiene Ud. inconveniente de que concluyamos con una oración al Señor?... Yo quedé un tanto sorprendido porque no me esperaba tales palabras. Pero pensando que iba a rezar un Padrenuestro, una Salve, o alguna de las muchas oraciones que yo conocía de memoria, le dije que no tenía reparo en acompañarle. Pero, mi sorpresa fue muy grande cuando aquel caballero, puesto de pie, con sus manos juntas y sus ojos cerrados, empezó a hablar con el Señor como si le estuviera viendo cara a cara. Aquello fue una gran experiencia que yo jamás olvidaré. Yo había rezado cientos de padresnuestros, de avemarías, de rosarios, etc., pero yo nunca había hablado con el Señor como lo estaba haciendo aquel creyente. Y os diré que hubo algo en su oración que no me gustó, porque no comprendí en aquellos momentos. Y fue que él pidió al Señor que me iluminase, diciendo que ignorantemente yo me encontraba en las tinieblas y que necesitaba conocer la verdad. Yo me sentí un poco inquieto cuando escuché tales palabras, y pensé que era él quien necesitaba la iluminación, puesto que él era el protestante y el hereje. Sin embargo, me gustó la manera de orar. Y cuando ya a la puerta de su casa le estaba dando las gracias por el tiempo empleado explicándome aquellas cosas, él me dijo lo siguiente: –Yo deseo ser sincero con Ud. Usted es un sacerdote y yo soy una persona laica que paso mi tiempo trabajando en una fábrica. Ud es profesor en un colegio y yo no tengo muchos estudios. Lo que sé es lo que aprendo en la escuela dominical y cuando acudo al templo los domingos. Pero, tal vez Ud. necesitaría conocer mejor nuestra doctrina, y si Ud. quisiera venir mañana yo hablaría con el pastor de mi iglesia para que él le explicase todo lo que necesite saber... La verdad es que yo no tenía mucho interés en regresar al otro día, pero me llenó de curiosidad el hecho de poder encontrarme con el pastor; quería conocer quién era el líder de los herejes en aquella ciudad, y solamente por esto le prometí volver al día siguiente. Yo me fui muy pensativo hacia mi colegio, recordando las palabras de aquel caballero, Juan Antonio López, quien me dijo que no tenía muchos estudios, que no sabía mucho… pero que me había dejado perplejo con algunas de sus respuestas. –¿Qué pasará mañana, pensé, cuando me entreviste con el pastor?

SU ENCUENTRO CON UN PASTOR PROTESTANTE

Al día siguiente, cuando yo llegué, el pastor D. José Beltrán me estaba ya esperando. Las primeras palabras que le dirigí fueron: –Por favor, no trate Ud. de convencerme porque perderá su tiempo si lo intenta. Si vengo a hablar con Ud. no es porque tenga dudas a cerca de mi fe, sino porque quiero saber a ciencia cierta qué es lo que ustedes creen, para que cuando yo lo explique a mis alumnos pueda decir las cosas acertadamente... Él me dijo que podíamos ser buenos amigos aunque no creyésemos de idéntica manera, y que quería responder a mis preguntas, deseando él también hacerme algunas preguntas por su parte. Yo hice preguntas similares a las del día anterior, pero el pastor utilizó otro método para contestarme. Tenía un librito pequeño en su bolsillo, que era el Nuevo Testamento, y a cada una de mis preguntas buscaba un pasaje y me lo leía: –Esto es lo que dice la Palabra de Dios, por eso creemos así... Cuando le hacía otra pregunta, buscaba otro pasaje y me lo leía: –Esto es lo que dice el apóstol San Pablo, o el apóstol San Pedro... De vez en cuando él me hacía la pregunta opuesta: –¿Por qué la Iglesia Católica enseña tal o cuál doctrina, cuando la Palabra de Dios es tan clara?... Y yo le respondía como mis profesores me enseñaron cuando era estudiante: –Esto se debe a la evolución de la doctrina. La Biblia se escribió hace ya mucho tiempo, y hay que aplicar sus enseñanzas a los días que vivimos... Pero, el pastor me respondía: –Cristo no cambia. Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos, y las necesidades morales y espirituales son las misma, ayer, hoy y por los siglos... Si yo le respondía que además de la Escritura había otras fuentes de inspiración, como son la Tradición, los Concilios Ecuménicos y la Definiciones de los Romanos Pontífices, el pastor me contestaba diciendo: –Si hay contradicción entre lo que dice Dios y lo que dicen los hombres, primero debemos aceptar lo que dice Dios... El pastor Beltrán me invitó a tener un encuentro con él cada quince días para estudiar con más profundidad aquellos puntos que habíamos tratado superficialmente. Y para no demostrarle que tenía reparo o temor de hablar con él, acepté su invitación. Puesto que él siempre me respondía con pasajes del Nuevo Testamento, yo decidí estudiar cuidadosamente el Nuevo Testamento para encontrar argumentos en contra suya; quería refutarle de la misma manera que él me refutaba a mí.

SU ENCUENTRO CON EL NUEVO TESTAMENTO

Y para no extenderme demasiado les diré, queridos hermanos y amigos, que fue estudiando cuidadosamente el Nuevo Testamento, para refutar las doctrinas de aquel pastor, cómo el Señor empezó a iluminarme hasta encontrar la verdad. Y fue la verdad la que me libertó... Durante algún tiempo, cada quince días, yo iba a entrevistarme con el pastor, y discutíamos amigablemente alguno de los puntos que de antemano habíamos acordado. Y aunque yo no quería darle externamente la razón, y trataba de refutarle con argumentos filosóficos, dentro de mí me daba cuenta de que me iba convenciendo poco a poco. Llegué a pensar después de un año de estudio y de entrevistas con el pastor, de que él estaba siguiendo el Nuevo Testamento mejor de lo que yo lo seguía. Pero, pensando en las posibles consecuencias si yo abandonaba la iglesia católica, decidí continuar en ella, aun cuando dentro de mi corazón no estaba plenamente convencido de lo que hacía y decía cada día. Llegué a pensar que hubiera sido mejor no haber visitado aquel hogar protestante y no haber leído aquella Biblia, porque antes de hacerlo yo no tenía dudas; yo vivía quizá rutinariamente, pero satisfecho con la religión que había profesado de niño. Ahora no estaba seguro de lo que decía y practicaba cada día... Pero, por temor a las consecuencias decidí continuar como sacerdote.

Un domingo, al ir a decir la misa en la parroquia fuera de la ciudad, la misma monjita que me había pedido predicar contra las herejías protestantes, me estaba esperando a la puerta de la iglesia. –¡Padre! -me dijo la hermana Dolores-, hace ya mucho tiempo que Ud. prometió refutar las doctrinas protestantes, y aún no ha comenzado. ¿Sabe Ud. que la semana pasada volvieron otra vez esos herejes, y estuvieron hablando a muchas personas, y algunas que venían a nuestra iglesia se han ido con ellos a la suya? Ud. tiene que empezar cuanto antes a refutar esas doctrinas... –¡Hermana! -le dije-, he tratado de hacerlo, pero me doy cuenta de que las doctrinas protestantes se basan en La Escritura, que es la Palabra de Dios, y no se pueden refutar sin más... La monjita cambió de color: –¿Qué me dice Padre? ¡A Ud. le han engañado! ¡Ud. no conoce quiénes son los protestantes! ¡Ellos no creen en la inmaculada concepción de María, no obedecen al Papa! ¡Hay que refutar esas doctrinas cuanto antes!... –Hermana, ¿sabe Ud. que algunos sacerdotes quisieron hacer eso mismo que Ud. me pide a mí, y cuando estudiaron esas doctrinas sin prejuicios ellos se convirtieron al Protestantismo?... ¡Padre! -me interrumpió la monjita-, no diga Ud. que se convirtieron, diga si acaso que se pervirtieron al Protestantismo. ¿Sabe Ud. por qué se hicieron protestantes? Porque se volvieron locos, o porque se enamoraron de alguna mujer y quisieron casarse... –¡Cree Ud., hermana, que no puede haber otra razón para hacerse protestante -le pregunté-… –¡No, padre, no! -contestó ella-. Estudie Ud. esas doctrinas sin temor, y yo le garantizo que Ud. nunca se hará protestante. Le conozco bien para saber que Ud. no está loco y que Ud. nunca traicionaría la causa de Cristo por unas faldas… Yo acepté aquel reto y decidí firmemente llegar a una conclusión definitiva. Le pedí tres meses más de tiempo para llegar a una decisión final. O bien refutar las doctrinas protestantes si me daba cuenta de que estaban equivocadas, o bien estaba dispuesto a hacerme yo mismo protestante si veía que ellos seguían fielmente la Palabra de Dios. Durante tres meses estudié con mucho cuidado el Nuevo Testamento. Pedí al Señor que me guiase los pasos para no equivocarme. Y después de tres meses de estudio y oración, me sentí obligado por mi conciencia a abandonar a aquella clase de vida que había llevado, para seguir al Señor tal como lo ordena el Nuevo Testamento.

ABANDONO DE LA IGLESIA CATÓLICA

Así fue como abandoné la Iglesia Católica. No fue fácil para mí en aquellos momentos. Tuve que hacer frente a muchos problemas y dificultades. Mis dos carreras, la de sacerdote y la de profesor, no me sirvieron para nada. Mis estudios quedaron anulados y tuve que empezar como si fuera un niño pequeño, examinándome desde los primeros grados. Se me obligó a ir al servicio militar, del cual había sido excluido por ser sacerdote. Tuve que afrontar muchos problemas y dificultades durante los dieciocho meses que pasé haciendo el servicio militar. Me seguían los pasos por donde quiera que iba. Me registraban las cartas. Se me insultaba pública y privadamente... Pero la prueba para mí más difícil, fue el encuentro con mi propia familia. Decidí ir al hogar de mis padres y relatarles por mí mismo el porqué abandonaba la iglesia en la que ellos me habían educado desde niño. Mis padres siempre habían dicho que yo era el mejor de sus cuatro hijos. Yo era motivo de su orgullo y vanidad al sentirse los padres de un sacerdote. Pero cuando llegué al hogar y tras recibirme con besos y abrazos, y tras escuchar los motivos por los cuales yo me había ido, mis padres cambiaron de actitud para conmigo. Mi queridísima madre, que hasta entonces me adoraba, me dijo llorando que preferiría antes verme muerto, verme borracho por las calles, verme pisado por el tren, antes que verme protestante... Yo puedo comprender la reacción de mi madre, católica sincera, viviendo en una ciudad tan católica donde no existía un solo protestante. Ella, como muchos católicos, tenía ideas erróneas acerca de quiénes eran los protestantes y trató de convencerme de que yo estaba equivocado. Pero, cuando se dio cuenta de que yo me mantenía firme en la decisión emprendida, señalándome la puerta de la calle, me dijo llorando: –Hijo mío, tú sabes cuánto te amamos y cómo siempre fuiste bienvenido a este hogar. Pero, si estás decidido a abandonar la religión con la que te educamos desde niño, cuanto antes abandones esta casa mejor. ¡No queremos a un protestante con nosotros!... Yo no podía imaginar aquellas palabras brotando de los labios de mi madre. Para mí fueron como un jarro de agua fría, no sabía qué hacer… Me fui llorando hacia la puerta de la calle con el corazón roto de dolor, y los ojos cegados por las lágrimas, cuando oí la voz de mi madre que me gritaba diciendo: –¡Hijo mío, piénsalo bien antes de salir a la calle! Si sales por este motivo, en esta casa no volverás a entrar. Te consideraremos como si hubieras muerto. Perderás a tus padres y a tus hermanos, perderás tu hogar y tu herencia. No dejaremos un céntimo a un protestante... Estas palabras sonaron muy duramente en mis oídos; no sabía que hacer. No tenía dinero en mis bolsillos; había pertenecido a una orden religiosa y había hecho el voto de pobreza, por lo tanto todo el dinero que yo había ganado como profesor en un colegio, lo había entregado al director del mismo. No tenía ropa que ponerme cuando me quitase los hábitos que aún llevaba puestos. ¿Qué iba a hacer, de qué iba a vivir? Cuando estaba dudando a la puerta de la calle, si sería mejor quedar bien con mis padres aún cuando en mi corazón no aceptase plenamente sus doctrinas, o si sería mejor seguir al Señor confiando en que Él, que cuida de las aves del campo y de los lirios del valle, iba a cuidar también de mí, unas palabras de la Escritura vinieron a mi mente: «Aunque mi padre y madre me dejaran, con todo Jehová me recogerá». Estas palabras que proceden del Salmo 27:10, las había leído en aquellos últimos tres meses, aunque no sabía dónde se encontraban. El pastor Beltrán me había regalado un Nuevo Testamento con los Salmos, y yo lo había leído varias veces. En aquel momento crítico de mi vida, esas palabras vinieron a mi mente y me dieron aliento e impulso para dejar el hogar de mis padres; a las 12 de la noche, el 28 diciembre, una noche fría y cruda de invierno, confiando en que el Señor iba a cuidar de mí, ya que no sabía si podría volver a entrar en el hogar de mis padres…

Ahora, después de muchos años, puedo deciros que jamás me he arrepentido de tomar aquella decisión. Es verdad que fui despreciado y tuve que sufrir bastante en un principio, pero el Señor ha sido fiel a su Palabra y ha provisto a todas mis necesidades. Durante todos estos años he experimentado su presencia y su poder en mi vida. También tengo el gozo de comunicaros que después de unos años el Señor me dio la gran bendición de que mi propia madre viniese a mi encuentro para pedirme que una vez más regresara a su hogar, puesto que sus puertas volvían a abrirse para mí. Igualmente os gustaría saber que cuatro años más tarde, la hermana Dolores, la monjita que me había pedido que refutara las doctrinas protestantes, me hacía una visita en el Seminario Bautista de Barcelona. No venía sola, sino acompañada de un hombre; había abandonado su convento y se había casado. Y en su viaje de luna de miel venía a Barcelona con el deseo de entrevistarse conmigo, deseando hacerme preguntas sobre mi fe. Según ella decía: –Algo muy importante debió de haber acontecido en su vida para que Ud. tomase una decisión tan radical... Efectivamente, lo más importante que podía acontecerme: ¡Tener un encuentro personal con Jesucristo!

CONCLUSIÓN Y EXHORTACIÓN

No quisiera concluir, queridos hermanos y amigos, sin dirigirme a Uds. de forma personal, haciendo una aplicación práctica a su vida de lo que ha sido mi experiencia con Cristo Jesús.

Primero quisiera hablarles a Uds., los que son hermanos en la fe, los que ya han aceptado personalmente a Cristo. ¡No se cansen de trabajar por el Señor! Muchas veces los creyentes somos propensos a desmayar en nuestra labor si no vemos resultados inmediatos... Les he contado como una mujer creyente dio una Biblia a otra persona, y aunque esta no la quiso conservar, aquella Biblia llegó a mis manos. Y a través de ella el Señor empezó a iluminar mi vida, hasta que descubrí la verdad, y esa verdad me libertó. ¡Sigamos testificando, aunque no veamos los resultados! ¡Sigamos distribuyendo literatura, aunque algunos la tiren a la papelera! ¡Sigamos invitando a la gente a nuestros cultos, aunque los que prometieron venir no cumplan! Sabemos, por la parábola de Sembrador, que no toda la semilla dará fruto, pero sabemos que no toda la semilla se pierde, y que nuestro trabajo en el Señor nunca es en vano. Tarde o temprano se recoge el fruto de lo sembrado...

Pero, para que nuestro testimonio tenga éxito, nuestra vida diaria debe corroborar lo que profesamos con nuestros labios. Ya han escuchando por que yo soy creyente evangélico, porque yo un día fui a un hogar cristiano y unos creyentes sencillos no se avergonzaron de halarme de Cristo. Compartieron conmigo sus experiencias, me hablaron de la seguridad, del gozo y de la paz que sentían en su corazón; y yo les observé con mis ojos a la vez que les hacía preguntas con mis labios. Y quise ser como uno de ellos, porque me di cuenta de que tenían algo que yo no tenía y de que vivían lo que profesaban. Muchas personas a nuestro derredor nos hacen preguntas con los ojos, aunque no las hagan con sus labios, y debemos darles respuestas sabias. Lamentablemente hay personas que se dicen ser creyentes, pero que pisotean con su conducta lo que proclaman con sus labios. En lugar de ser imanes que atraigan para el Señor, se convierten en piedras de escándalo que alejan a los que necesitan encontrar el camino. A veces me pregunto: ¿qué hubiera pasado si en lugar de ir a aquel hogar cristiano hubiera ido a otro hogar protestante y la gente no me hubiera recibido y hablado como lo hizo la familia López de Albacete? Tal vez nunca hubiera querido ser como ellos… Como creyentes tenemos un gran privilegio y una gran responsabilidad de ser los instrumentos que el Señor quiere usar para la salvación de otras almas. ¡No le defraudemos!

Y unas palabras finales para Uds. queridos amigos que me están escuchando, que quizá nunca han tenido un encuentro personal con Cristo; a pesar de que tal vez son sinceros, piadosos, y religiosos como yo lo era. Tengan en cuenta que no es la religión lo que salva, sino Cristo Jesús. No son las obras las que salvan, sino la fe. No hay seguridad en una iglesia, sino en la Roca de la Eternidad, que es Cristo Jesús. Es a Él a quién hay que acudir; es a Él a quien hay que aceptar; es a Él a quien hay que creer, y es a Él a quien hay que obedecer.

Quiera Dios que al escuchar mi experiencia Uds. estén dispuestos a reconsiderar su verdadera posición a los ojos del Señor; decididos a abrir la puerta de su corazón a Cristo Jesús, que quiere entrar en él para darles la seguridad de la vida eterna, y la certeza de que sus pecados han sido perdonados, como lo ha hecho conmigo.Sepan que no basta con ser un buen católico, como no basta con ser un buen protestante. Lo importante e indispensable es ser un buen cristiano. Y para ser un buen cristiano hay que nacer en Cristo. Una persona es española, porque ha nacido en España. Una persona es mexicana, por que ha nacido en México. Una persona es cristiana porque ha nacido en Cristo. Y si uno no ha nacido en Cristo, no es cristiano, aunque haya nacido en un hogar cristiano o en un país cristiano. Uno nace en Cristo cuando se siente pecador y reconoce que Cristo Jesús es su Salvador. «He aquí yo estoy a la puerta y llamo -dice el Señor en Apocalipsis 3:20-. Si alguno oyere mi voz y abriere la puerta de su corazón, yo entraré a él»… ¡Qué seguridad tan grande, qué promesa tan alentadora, qué dicha tan profunda saber que Cristo quiere entrar y morar en nuestro corazón! De nosotros depende...

Querido amigo que me escucha, ¿quisiera abrirle la puerta de su corazón a Cristo? Él le promete vida eterna. Él le da la certeza de que sus pecados le son perdonados. Él le asegura que podrá triunfar en medio de las tentaciones de la vida. Lo único que Ud. ha de hacer es aceptar su invitación: «Venid a mí todos los trabajados y cansados, que yo os haré descansar», dice el Señor en Mateo 11:28…Ésta ha sido mi experiencia. Cuando Cristo entró en mi corazón experimenté que no solamente me liberaba de mis pecados, sino también de la carga que tenía que llevar siendo religioso. ¡Gracias a Dios porque son tantos los que han obtenido ese mismo descanso!

El mismo Cristo que transformó la vida del perseguidor Saulo en el camino de Damasco, y que transformó la vida del padre Borrás en la celda de un convento, es capaz de transformarle a Ud. No importa la clase de vida que haya tenido, si así usted se rinde a Cristo como ellos lo hicieron. ¡Que el Señor le ayude a tomar esta firme y hermosa decisión en su vida!

flechita2 Si después de escuchar o leer este relato testimonial, cree Ud. que puede ser de bendición para otros, no dude en compartirlo, sobre todo con aquellos católicos que son sinceros, y anhelan de corazón encontrar la verdad del Evangelio, tal y como le sucedió al padre Borrás.