El cristiano, una nueva creación de Dios

El estado eterno

Seguimos reflexionando sobre la futura condición del cristiano, la cual es habitar junto a Dios, en un lugar donde pensamos que no habrá relojes que nos despierten sobresaltando nuestro sueño matinal... En esta reflexión, debemos mantener una adecuada valoración del futuro, para que nuestra «perspectiva de eternidad» se haga más presente en esta vida terrenal y transitoria.

Es preciso mencionar que en este apartado señalaremos la situación del cristiano en la eternidad, y no así la del incrédulo, puesto que ya hemos considerado acerca del lugar destinado para todo pecador no arrepentido.

El fin del mundo ha sido profetizado especialmente por el libro de El Apocalipsis, haciendo notar que el cumplimiento profético se encuentra en su último periodo. Las advertencias se están cumpliendo al pie de la letra, y el final de la era se vislumbra muy cercano. Parece increíble, pero es verdad, una nueva época está por venir, donde no existirán los años, los meses, las horas o los minutos. No tendremos que esperar por más tiempo un futuro mejor, pues viviremos la realidad absoluta de nuestra existencia en la eternidad junto a la presencia de Dios.

Sobre la estancia del cristiano en el mundo venidero, sabemos que al margen de su salvación gratuita, se tendrá entonces presente toda labor que haya realizado en su paso por esta tierra; en aquel día será imposible cambiar nuestro pasado. Y con esta conciencia de responsabilidad, corresponde al creyente verdadero prepararse para vivir la eternidad con la mayor dignidad posible, como heredero de la gracia junto con Cristo: «Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo» (Ro. 8:17). Así que, no perdamos el tiempo con entretenimientos que pudieran desviar nuestra mirada del objetivo presentado. En este corto periodo que nos resta, procuremos ser fieles, porque de nuestra fidelidad a Dios dependerá el estado de gozo y satisfacción con el que viviremos nuestra existencia futura.

Entre tanto, parece recomendable traer a nuestra mente y corazón todas las promesas divinas, porque nuestra salvación, que ahora es en parte, se completará cuando Jesucristo nos dé la bienvenida al final de los tiempos: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo» (Mt. 25:34).

CIELOS NUEVOS Y TIERRA NUEVA

El paraíso terrenal es un concepto poco valorado, y aún se hallan cristianos que siguen imaginando pasar la eternidad en una especie de lugar nebuloso, cantando alegremente con sus correspondientes arpas... El concepto bíblico dista mucho de la realidad mística que se está propagando sin fundamento alguno. A saber, el lugar donde el cristiano vivirá la eternidad, no se encuentra sólo entre las blancas y pomposas nubes del «más allá». Cielos nuevos y tierra nueva, que en este caso incluye la presente tierra en forma renovada, es lo que aguarda a todo cristiano. El concepto de vivir en el cielo, entre las nubes, como serafines que tocan el arpa, no se observa en la Biblia. En cambio, hallamos que la Naturaleza que contemplamos hoy, como parte de la creación de Dios, permanece gravemente afectada por el pecado del hombre, y por lo tanto espera inquieta su completa restauración. «Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Ro. 8:21). Por consecuencia, el creyente también puede aspirar a vivir en espacios terrenales. Es lo que desde la antigüedad se conoce como el paraíso terrenal, bien sea en esta tierra en la que habitamos los seres humanos, o bien en otra distinta preparada por Dios en lugares remotos que no han sido descubiertos por el hombre. El cristiano, por tanto, espera una nueva dimensión de la actual creación maltratada, la cual observa hoy concierta perplejidad.

Ahora, para entender la nueva creación de Dios, debemos analizar el concepto «nuevo» en el idioma griego (en el que fue escrito el Nuevo Testamento). Aquí, la palabra nuevo corresponde al término renovado, es decir, que todo lo creado experimentará en el futuro una transformación, por la cual se manifestará la completa excelencia de Dios. No pasemos por alto, pues, el futuro estado espiritual del cristiano, pero tampoco los lugares destinados donde residirá en la eternidad: «Nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra» (Ap. 5:10).

Es preciso señalar, además, que la Biblia presenta un lugar donde todo cristiano verdadero vivirá el futuro glorioso de su condición como tal; aunque no se sabe concretamente donde está, pues no existe dirección de correo postal. Si bien, se piensa que aunque se halle un espacio delimitado donde el cristiano resida, no obstante éste poseerá la libertad de movimiento para explorar las maravillas del Universo, y contemplar admirado los grandes prodigios efectuados por intervención divina. Un universo infinito e inexpugnable, puesto a nuestra disposición para penetrar en los secretos de él, y así descubrir todo su esplendor... Ese grato recorrido turístico por los vellos parajes de Dios, será con todo motivo añadido de adoración. Y seguramente no precisaremos de transportes públicos para ello, pues nuestro cuerpo podrá ser transportado de galaxia en galaxia de forma directa y sin intermediación alguna. Al presente desconocemos los miles de planetas que no han sido habitados y que, junto con el Universo, serán liberados de ese caos en el que astronómicamente parecen encontrarse. Asimismo, la Naturaleza que conocemos hoy será completamente restaurada, y por lo tanto cabe pensar que habrá árboles frondosos, flores exuberantes, hierba verde y esplendorosa, y por qué no, seguramente también animales... Por otro lado, inmensos mares y profundos océanos (en éste y probablemente otros planetas), con maravillosas e inimaginables formas de vida, se exhibirán para descubrir la Mano creadora de Dios en su plena magnificencia. Y aun en el caso de que no existan los mares en el paraíso de Dios, éstos serán sustituidos por grandes lagos y caudalosos ríos de sin igual belleza. Por lo demás, todo existirá en absoluta perfección junto con el cristiano, en un estado de glorificación perpetua.

En cuanto a nuestra ocupación en la eternidad, parece lógico aceptar que tendremos todo el tiempo del mundo. Pero, sin embargo, no cabe pensar en el aburrimiento. El Señor personalmente distribuirá unas labores especiales, que en gran medida estarán relacionadas con los galardones que nos conceda Jesucristo en ese maravilloso día; tareas similares o distintas, serán asignadas a todo súbdito del Reino celestial. En toda labor, seremos participantes de la gloria de Dios y a la vez representantes de su autoridad, para administrar la Creación y disfrutar en pleno conocimiento de ella.

Con esta condición especial, también reconoceremos a nuestros seres queridos que han sido salvos como nosotros, y mantendremos con todo el pueblo de Dios un trato de excelente fraternidad. Pero, aun siendo todo ello admirable, lo más importante es que nuestra relación con el Creador será perfecta en todas sus formas, y así la presencia de su Espíritu nos llenará de amor y felicidad por el resto de nuestros días. «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios» (Ap. 21:3).

La morada del cristiano es la renovada creación de Dios.

LOS GALARDONES FUTUROS

Siguiendo con nuestro análisis sobre la eternidad, consideramos lícito anhelar los preciados galardones que Dios conceda en aquel día, en función de la fidelidad y servicio de cada cristiano. La Biblia apoya esta propuesta para alentar al discípulo de Cristo a ser valiente y a no decaer en la gran lucha que en definitiva representa la vida cristiana. Al igual que habrá distintos grados de condenación para el incrédulo, también existirán diferentes grados de felicidad para el creyente. De tal forma, nuestra mayor o menor posición de privilegio y diferentes asignaciones en la eternidad, guardarán una estrecha vinculación con los galardones otorgados en aquel momento.

Parece razonable admitir que Dios mismo conceda las recompensas eternas consecuentes con el mayor o menor índice de obediencia a su voluntad. Si así no fuese, resultaría injusto que el salario (valga la expresión) para los que han tenido una falta evidente de compromiso con Dios y su Palabra, viniera a ser el mismo de aquellos que fueron torturados y muertos por el nombre de Jesús. Éstos, como hace constar el texto bíblico, tendrán una «amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 P. 1:11).

Sin embargo, los creyentes que han descuidado su salvación, desatendiendo al llamamiento de Cristo, igualmente entrarán en el Reino, pero de forma muy ajustada: serán «salvos como por fuego» (1 Co. 3:15). Como se sabe, nuestra herencia celestial es la herencia ganada por Jesucristo en la Cruz, y nada se obtiene por méritos propios. Con todo y ello, la condición de vida y el disfrute de esa herencia eterna, dependerá en definitiva del servicio realizado a Dios hoy, en obediencia, amor, compromiso y lealtad. Estamos advertidos de que la importancia de nuestro reinado junto con Cristo, y el estado de cercanía con Él, se verá en todo influido por nuestra labor presente: «Si sufrimos, también reinaremos con él» (2 Ti. 2:12).

Apreciemos los textos sagrados, y observemos que aun avanzados los días de Pablo, pudo expresar con plena satisfacción: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, Juez justo, en aquel día» (2 Ti. 4:7,8). A juzgar por lo leído, un sentimiento de victoria impregnaba el corazón del apóstol, ya anciano, que examinaba su pasado con regocijo, obteniendo la grata impresión del cumplimiento de su deber como cristiano y apóstol. Si bien la salvación es del todo gratuita, igualmente a Dios le ha parecido bien preparar unos galardones para compensar el grado de servicio y entrega. En la medida de su obediencia a Dios, el cristiano podrá obtener una entrada más holgada en el Reino celestial, y así participar con superior dignidad de la autoridad que el Altísimo delegará en la eternidad; recibiendo conjuntamente una posición de mayor privilegio, y disfrutando con más intensidad de la grandeza de Cristo. La promesa de Jesús, se hará entonces efectiva: «He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo» (Ap. 22:12).

Así es, los galardones otorgados en aquel momento, coronarán a todo creyente por el ministerio que haya realizado para su Señor; al igual que las posibles aflicciones presentes por causa del Reino, no serán ignoradas en el futuro. Aunque, pensemos bien, pues todo ello no representará en ningún modo objeto de gloria propia, ya que los galardones también se reciben por gracia, es decir, porque así le ha placido al Creador favorecer a sus criaturas. En este sentido, el cristiano es deudor de la gracia divina, pero Dios no es deudor de nadie. Por lo tanto, las coronas recibidas servirán finalmente para la glorificación de Dios por su inmensa e infinita bondad.

Para concluir, conviene recordar que las obras que realizamos en el presente, poseen unas consecuencias que, con toda seguridad, se harán manifiestas en la eternidad. El texto en El Apocalipsis así parece indicarlo: «Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor... porque sus obras siguen con ellos» (Ap. 14:13).

Lo que el cristiano haga en el presente, tendrá una repercusión en el futuro.

ESTADO DE PAZ Y FELICIDAD

Creemos que no importa tanto el dónde vamos a estar en la eternidad, sino más bien el cómo vamos a estar. Entendemos que en aquel día sin fin, nuestra estancia se verá influida por la perfecta comunión con Dios; y con independencia del lugar, nuestra vida se verá favorecida por un estado permanente de plenitud espiritual. De forma análoga, las relaciones interpersonales se perfilarán en un ambiente cálido de amor y comprensión, donde mantendremos una situación idílica de concordia y bienestar los unos con los otros. Como cita El Apocalipsis, no cabe imaginar guerras, dolor, pobreza, enfermedad, ni alguna otra adversidad, puesto que por fin el cristiano gozará de perfección absoluta: «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Ap. 21:4). La participación de la gloria de Dios traerá una completa y definitiva satisfacción, que mente humana ahora no puede alcanzar a comprender.

Además, como ya mencionamos, nuestro cuerpo será sometido a una integral glorificación, conforme a la misma imagen corporal de Jesús. Por eso, podemos pensar que todo nuestro sistema biológico y emocional funcionará con plenas sensaciones placenteras, y a la vez nuestro espíritu se verá colmado por un estado de abundante paz y bienestar. Deducimos, entonces, que en aquel día interminable el cristiano podrá gozar física y espiritualmente de todos los cuantiosos placeres provistos por Dios. La vida eterna supondrá conocer todavía mejor a nuestro Padre Dios, desde una experiencia práctica: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn. 17:3). De tal manera, nuestra mente obtendrá, como experiencia vital, una amplia apertura al infinito conocimiento de Dios. La luz del Señor brillará en cada alma, y su amor divino inundará todo nuestro ser, provocando un estado intenso de felicidad que se perpetuará por los siglos. De manera que, el deleitarnos en Dios, en su creación, y en su amor, será parte integrante de nuestra ocupación... Como resultado de tan magnífica experiencia, la adoración brotará naturalmente del corazón del creyente eternamente agradecido, por haber sido beneficiario de su amor y misericordia. Motivos por los que aceptamos que la gloria siempre será para Dios, porque aun contemplando el pasado con nuestros logros o triunfos personales, advertiremos que siempre fueron hechos con gran deficiencia humana, y no tendremos por menos que reconocer la mano de Dios. En este tiempo, y aun admitiendo nuestras limitaciones temporales, hacemos bien si razonamos sobre las posibilidades infinitas de disfrute y placer que nuestro buen Dios nos ofrecerá a perpetuidad.

Así es, al parecer un mundo de nuevas emociones y maravillosas experiencias; múltiples e impresionantes formas y sonidos; infinitud de colores, fragancias y sabores especiales, se añadirán al panorama del entorno vital, a la vez que intensas y profundas sensaciones irradiarán todo nuestro ser. Y en ese infinito espacio ambiental, resonarán cánticos celestiales, con distintos y sofisticados instrumentos de música, que llenarán de gozo nuestros sentidos. Dulces melodías, que jamás músico alguno ha logrado componer, se escucharán a modo de hermosos himnos de triunfo resonando por la eternidad... Cinco sentidos corporales elevados a la máxima potencia, para disfrutar en plenitud de la nueva creación preparada por Dios. Es verdad, aquello que esperamos con ilusión, resulta inimaginable para nuestra limitada mente, y así parece indicarlo la Palabra fiel: «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Co. 2:9). Estamos seguros de que lo más bello en este mundo, no es equiparable con la excelencia del estado eterno que aguarda a los hijos de Dios. Lo que podamos concebir como felicidad aquí, habría que multiplicarlo por un número muy elevado de veces allí, para poder imaginar, por un momento, el grado de contentamiento que el cristiano experimentará por el resto de su existencia.

Entre tanto, contemplemos con solicitud el cumplimiento de las profecías bíblicas, porque el final de la Historia se acerca, y con ello el comienzo de un desconocido mundo de nuevos y apasionantes acontecimientos. Una eternidad repleta de júbilo y bienestar se presta muy cercana, donde aun lo comprensible de todas las predicciones humanas, no se puede comparar con las grandes sorpresas que en definitiva se revelarán cuando en aquel día Jesucristo en persona regrese de su Patria celestial: «Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas» (Ap. 21:5).

El cristiano vive el presente, bajo la mirada de la eternidad.

CONCLUSIÓN

Hasta aquí hemos realizado un breve y conciso repaso sobre los aspectos más esenciales que envuelve el pasado, presente y futuro del creyente en Cristo; presentando las condiciones bíblicas que identifican al verdadero cristianismo, para sobre todo no incurrir en confusión. Es decir, una revisión sucinta de las principales enseñanzas que definen la figura del cristiano, basado fundamentalmente en la propia Escritura, que en definitiva es la que posee toda autoridad sobre dicho tema.

Es hora de restaurar el espíritu equilibrado de todos aquellos conceptos evangélicos que determinan la identidad cristiana, así como de las oscuras propuestas teológicas de nuestra moderna Cristiandad. Por ello, es necesario recuperar, de una forma fresca y natural, la conveniente visión bíblica de toda posición espiritual... Es verdad, a veces los cristianos logramos complicar nuestra realidad con doctrinas que en ocasiones nos confunden y a la vez enturbian nuestra existencia. Pero, sin embargo, nos olvidamos de mantener candentes los argumentos básicos de la buena doctrina cristiana, que por otra parte hacemos bien en conocer y a la vez en compartir con los demás, desde una actitud sabia y razonable. Por ejemplo, con bastante despreocupación evitamos toda reflexión sobre la intervención del Creador en nuestro mundo estropeado. De la misma forma, prescindimos de tener claras las explicaciones a las aparentes contradicciones que se producen en éste, y los motivos que se atribuyen a los designios eternos de Dios. Tal negligencia y descuido suele originar problemas diversos, no sólo existenciales, sino también morales y éticos; en tanto el cristiano se enfrenta con preguntas difíciles que no sabe responder con precisión.

Quizá estemos descuidando la importancia que posee la presencia real del Dios eterno, que se ha revelado fundamentalmente en Jesucristo y en su Santa Palabra, y que asimismo mantiene un control exacto sobre el desarrollo de la Historia. Es inevitable escapar de la ignorancia, y conocer adecuadamente el mensaje de las Escrituras, que es donde se responde a las grandes preguntas trascendentes acerca de nuestra complicada Humanidad. Ello, además, nos ayudará a obtener, una mayor visión espiritual, y a ser cada día más conscientes de la obra perfecta de Jesucristo; reavivando, al mismo tiempo, nuestro sentimiento de urgencia en proclamar el maravilloso mensaje del Evangelio a este mundo perdido.

Por otro lado, es preciso también tomar conciencia del significado tan excelso que supone obtener el título de cristiano. No podemos en ningún modo rebajar nuestra categoría espiritual, por ser incomprendidos, rechazados, o por recibir la presión de una sociedad injusta que no reacciona ante el gran amor de Dios.

Nos corresponde, además de todo ello, mantener viva y radiante nuestra esperanza, reconsiderando los tiempos del fin y la consumación en el estado eterno, donde finalmente el amor, la paz y la justicia, reinarán por siempre. Discurrir sobre estas implicaciones tan gloriosas, nos ayudará en buena medida a confirmar nuestra fe, y a reanimar todo espíritu decaído. Es lo que precisamente recomienda la Escritura: «Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras» (1 Ts. 4:18).

Ahora bien, pese a observar las graves incongruencias de nuestra Cristiandad, no debemos renunciar en nuestro compromiso con el mensaje de Cristo. Es cierto que hay cristianos inconsecuentes con este magnífico título, pero sólo Dios sabe quiénes realmente son los verdaderos cristianos. Aunque, a saber, los hay también que buscan sinceramente seguir la voluntad de su Señor, pero desdichadamente se ven limitados bajo el yugo de ciertas dificultades internas, bien sean físicas o psicológicas; añadiendo a todo ello, además, los factores de presión social, cultural o familiar. Algunos cristianos son como torpes ovejas, que se descarrían fácilmente. Otros simplemente son recién nacidos espiritualmente, y están en proceso inicial de aprendizaje. No son pocos los que por ser débiles en la fe persisten en su flaqueza, y por ello su vida cristiana resulta tan deficiente... Con todo, la gracia y el amor del buen Pastor celestial continúa cobijando al creyente fiel, por muchas que sean sus restricciones.

Por lo demás, aunque el cristiano ande en rectitud, no tiene de qué gloriarse, y seguro que, mirando atrás, mucho de qué arrepentirse. De tal manera, la Revelación de Dios hará resaltar más el pecado que las virtudes, por el hecho de ver la inmensa gracia divina y por comparación nuestra propia insuficiencia.

Por todo lo dicho, se espera que con este pequeño compendio sobre la identidad cristiana, la vida de todo nuevo convertido a Dios pueda obtener un fundamento seguro donde construir su fe en Cristo, y adquirir así una adecuada visión de su magnífica condición espiritual. Si bien, también se considera necesario que todo creyente maduro pueda seguir recordando, de manera sencilla y práctica, las bases por las cuales estamos llamados a defender, con rigor bíblico y fervor espiritual, nuestra valiosa fe evangélica... Al igual que todos los demás seres, también los cristianos somos olvidadizos, por lo que a menudo estamos obligados a repasar los conceptos bíblicos más esenciales, recuperando así el sentimiento fresco y renovado de nuestra extraordinaria condición delante de Dios.

Igualmente se desea que aquellos que andan desorientados entre un mar de dudas a causa de la presente confusión religiosa, por lo menos hayan logrado despejar toda incertidumbre sobre el verdadero significado de ser cristiano en nuestro mundo «cristianizado».

Finalmente, por encima de las consideraciones expuestas, reconocemos que son los textos de la Palabra divina los que nos guían en la correcta visión de nuestra experiencia cristiana. Cada vez que acudimos a los pasajes bíblicos con espíritu reflexivo, y motivados por la obediencia a Dios, éstos sobresalen de forma especial en las Páginas sagradas, colmando de gozo y bienestar nuestra vida espiritual. Y así renovamos la esperanza de un futuro maravilloso que está por venir, donde los hijos de Dios nos encontraremos participando de la gloria eterna, la cual será manifestada con todo esplendor cuando Jesucristo en persona regrese para recoger a su amada Iglesia... y esto puede ocurrir hoy mismo.


«De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).

José Mª Recuero
Lic. en Teología


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