El cristiano, una nueva creación de Dios

El evangelio

Al reconocimiento de la persona de Jesucristo, se hace necesario añadir la reflexión sobre el mensaje del Evangelio, ya que forma parte de una unidad inseparable. El Evangelio contiene el más glorioso e importante anuncio de parte de Dios para el hombre: digno mensaje que todo el mundo precisa conocer y recibir. Éste comienza en la eternidad, cuando Dios en su providencia elabora un plan especial para hacer posible la salvación del ser humano. Al tiempo determinado, ese plan encontró su desarrollo temporal en la historia de la Humanidad, culminando en la obra de Jesús, y prosiguiendo con la Iglesia de Jesucristo hasta los últimos tiempos, donde finalmente el mensaje salvador hallará su amplio y perfecto cumplimiento.

El Evangelio, por tanto, es la «buena noticia» por la cual todo cristiano ha recibido el llamamiento divino a la salvación. Y así es como también Dios utiliza hoy su Palabra para presentar la obra redentora de Cristo. Enteramente persuadido estaba el apóstol de los gentiles: «Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree» (Ro. 1:16). El Evangelio se configura como la voz del Dios eterno hablando al corazón humano, y presentando a un Cristo reinante que, sobre la base de su muerte y resurrección, nos ofrece hoy el perdón y la vida. Y con este fin, siendo portadores de su bendición, ahora todos los cristianos recibimos el encargo de comunicar a nuestro prójimo tan grata noticia: «a todas las naciones» (Mt. 28:19).

En esta labor tan preciosa, vemos que el cometido del mismo Señor a lo largo de su ministerio consistió en anunciar el Evangelio: «Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios» (Lc. 8:1).

EL MENSAJE DEL EVANGELIO

Desde una perspectiva global, concebimos el «evangelio» como un hecho histórico (la venida, muerte y resurrección de Jesús), como una buena noticia de salvación (el mensaje), y también como una documentación bíblica donde se registró esa buena noticia (principalmente los cuatro evangelios). Uniendo estos puntos, llegamos a la conclusión de que el Evangelio es la buena noticia por excelencia que todo cristiano debe proclamar, basada en un verdadero hecho histórico que nos presenta a la persona y obra del Señor Jesús, y que a la vez se encuentra registrado en los documentos que forman parte de lo que llamamos la Santa Biblia.

El Evangelio es, en su sentido central, el anuncio de la Salvación (la buena nueva); que aun siendo un espléndido mensaje, a decir verdad contiene elementos trascendentales e incomprensibles para la mente humana (Ef. 6:19). Tanto es así, que en cierta manera el Evangelio es un misterio para el hombre, y sólo Dios es capaz de revelar las profundas verdades que se esconden tras dicho mensaje. Sepamos que el llamado evangelio de nuestra salvación (Ef. 1:13), por sí solo no salva a nadie. Como es de esperar, éste debe hacerse efectivo en la vida de la persona que lo recibe. Tomemos ejemplo de un excelente médico que ha descubierto la vacuna para una grave enfermedad. En breve tiempo la vacuna es puesta en el mercado, y el médico anuncia la buena noticia a los medios de comunicación. Así, la vacuna es repartida por los hospitales, y a disposición de todo aquel que padezca dicha enfermedad. Pero ocurre que, naturalmente, el enfermo no sanará si no cree la buena noticia sobre el remedio presentado, y seguidamente recibe el tratamiento. Luego, haber descubierto el medicamento para la enfermedad, no es garantía de que el enfermo sea curado. Parece del todo sensato imaginar que si éste no acude al médico y toma la medicina, en ninguna manera podrá conseguir la necesaria restauración.

De la misma forma sucede con el mensaje de Cristo. Para que el mundo conozca el remedio a la terrible enfermedad del pecado, se hace obligatorio comunicar la Buena Noticia. «¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído?» (Ro. 10:14). Pero, como es lógico, poco puede hacer el mensaje por sí solo si el que está afectado no toma la medicina.

En el sentido comunitario, el Evangelio además aporta la solución al conflicto de nuestra Humanidad, tanto en su significado terrenal y temporal, como en su problemática eterna. Por este motivo, no sólo informa de los aspectos «celestiales», pues aunque el cristiano es ciudadano del Reino de los cielos, de momento vive aquí en la tierra. Y la aplicación de sus principios cristianos contribuirán, como la Historia ha demostrado, a la mejora de nuestra estropeada sociedad; porque el mensaje del Evangelio amén de redimir el alma, también lo hace de los cuerpos... El incasable evangelista y apóstol de Cristo, estaba plenamente convencido del poder del Evangelio, y por ello declaraba: «Todo lo he llenado del evangelio de Cristo» (Ro. 15:19).

Innumerables cambios sociales de nuestro mundo, sobre todo en occidente, se han visto afectados positivamente por la influencia del Cristianismo: en el ámbito de la salud, los derechos, la cultura, la política, la ética...

Es cierto que al igual que ocurrió en el pueblo antiguo, también nuestro mundo contemporáneo desatiende al llamamiento divino: «Pero ellos no oyeron, ni inclinaron su oído, sino endurecieron su cerviz para no oír, ni recibir corrección» (Jer. 17:23). A pesar de la indiferencia social existente, el verdadero cristiano adquiere el compromiso de ayudar en la extensión de este maravilloso mensaje, puesto que él mismo ha sido beneficiado con el inmerecido favor divino. En esto, parece del todo razonable pensar que si a Dios le ha placido comunicar el mensaje por escrito, sea entonces nuestra la responsabilidad de ser portavoces de tales escritos sagrados. De la misma forma, la predicación del Evangelio no solamente fue misión exclusiva de Jesús, también sus discípulos prosiguieron con este preciado ministerio. «Y ellos, habiendo testificado y hablado la palabra de Dios, se volvieron a Jerusalén, y en muchas poblaciones de los samaritanos anunciaron el evangelio» (Hch. 8:25). Abreviando lo dicho, el Evangelio se resume en la «feliz noticia» de que Jesús, siendo Dios, vino a este mundo perdido para morir por los pecados de la Humanidad. Resucitado con poder, ha establecido un Reino espiritual (la Iglesia), que alcanzará su perfecta realización final en un glorioso estado de eternidad. Ahora, en este tiempo, nuestro buen Señor sigue ofreciendo su amor, y aplicando su misericordia en el corazón de todo aquel que se arrepiente y por medio de la fe se convierte a Él.

Además de todo ello, podemos decir que el Evangelio también aporta ricas y abundantes enseñanzas prácticas, las cuales nos permiten vivir en mayor conformidad con la voluntad de Dios.

Con esta breve conclusión, seguiremos a continuación descubriendo los secretos de la buena noticia de Salvación, y comprendiendo mejor el completo significado del Evangelio.

El cristiano es salvo, porque ha tomado la medicina: el Evangelio.

LA LEY Y EL EVANGELIO

Hemos señalado que el cristiano no ha recibido la salvación por haber cumplido la Ley de Dios, sino por haber creído en el mensaje del Evangelio. «Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él» (Ro. 3:20). Con la aceptación, por medio de la fe, de tan maravilloso anuncio, toda persona queda amparada bajo la gracia especial de Dios, que es la que determina su condición cristiana.

Después de esta aclaración, todavía alguien se preguntará si los cristianos han de cumplir los mandamientos de Dios, o en cambio están exentos de cumplirlos. Y qué diferencia puede existir entre la Ley Dios y el Evangelio de Cristo... Acerca de la Ley, debemos señalar que ésta contiene aspectos que contemplan la propia gracia divina como buena noticia, puesto que por la Ley somos llevados a Dios, al ver nuestra insuficiencia. «La ley es nuestro ayo (guía), para llevarnos a Cristo» (Gá. 3:24). No obstante, existe otra parte de la Ley que tiene que ver con los cientos de mandamientos dados al pueblo de Israel. Ésta es la ley cívica y ritual, la cual, al haberse visto cumplido el objetivo histórico de la antigua nación israelita, en consecuencia muchos preceptos bíblicos han quedado obsoletos y por lo tanto no siguen vigentes. Aunque no se descarta, claro está, encontrar en ellos principios de enseñanza que al tiempo sean aplicables para nuestra vida cristiana. A partir de lo expuesto, notamos que hay diferencias, en ciertos aspectos, entre la Ley y el Evangelio, sin que exista contradicción en el carácter de Dios; dado que la justicia, la santidad y el amor, encuentran su perfecta reconciliación en la obra de Cristo. Así, pues, diferenciamos por ejemplo entre la Ley de Dios que condena al culpable, y el Evangelio que por el contrario lo salva.

Podemos apuntar que la Ley quebrantada separa al hombre eternamente de Dios; sin embargo, en el Evangelio Dios se acerca al hombre con un mensaje de vida. La Ley dictamina en primer lugar lo que debemos hacer; en cambio, el Evangelio afirma que en Cristo ya está todo hecho. La Ley tiene como objetivo principal mostrar el pecado y sus consecuencias; en el sentido opuesto, el Evangelio presenta la salvación. La Ley, al fin y al cabo, exige el cumplimiento estricto de los mandamientos; pero lo maravilloso es que el Evangelio ofrece el regalo de la vida eterna... Y así, podemos seguir estableciendo elementos, que si bien distintos, a la vez conjugan perfectamente el amor y la justicia de Dios.

En su sentido general, la Ley representa el talante moral y espiritual de Dios, de la misma forma que el Evangelio revela el carácter de Cristo, que es el sentir de Dios transferido de forma práctica en el reflejo de su humanidad. Indiscutiblemente el Evangelio contiene la Ley, porque nadie se puede salvar si primero no se encuentra perdido; y, obviamente, nadie se hallaría perdido si no existiera una Ley que así se lo mostrara. «Por medio de la ley es el conocimiento del pecado» (Ro. 3:20). Por consiguiente, la Ley en sí misma es un acto de gracia divina que muestra al pecador su estado delante de Dios, y por ello mantiene un carácter positivo.

Por otra parte, el Evangelio contiene la buena noticia de que la Ley de Dios halla su final en la persona de Cristo, puesto que él mismo en representación de la Humanidad la cumplió a la perfección, y asimismo cargó con las culpas del quebrantamiento de la Ley por parte nuestra. En Cristo, por tanto, se cumple el aspecto positivo: por su obediencia perfecta a la Ley, obtenemos la vida (Ez. 20:11); y el aspecto negativo: él muere por nosotros cumpliendo de esta forma la Ley (Ro. 6:23), para darnos vida. Así, pues, el que se acerca a Cristo se acerca a la Ley plenamente cumplida en él. «Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Ro. 8:3,4). Con esta conclusión bíblica, podemos declarar que el verdadero cristiano ha cumplido la Ley... en Cristo.

La Ley nos condena, el Evangelio nos salva.

EL PERDÓN DE LOS PECADOS

El mensaje del Evangelio comprende algo maravilloso e inimaginable para muchos, esto es, el perdón de los pecados. De tal modo que para ser cristiano se, hace indispensable, en toda medida, recibir el perdón de Dios. Ahora bien, para poder distinguir esta enseñanza, debemos admitir en primer lugar que Él es justo, y su justicia exige el cumplimiento de la perfecta Ley, como venimos indicando. Por ello ninguna imperfección se hallará en el cielo de Dios.

Nadie que, con mínima sombra de pecado, así se lo proponga, puede tener acceso a la gloria celestial. Dios es santo en el sentido absoluto del término, y no permitirá que grado de imperfección alguno haga su entrada en el Reino celestial. Teniendo presente esta normativa bíblica, volvemos a reiterar la enseñanza: El Padre eterno nos ama más allá de lo que podamos imaginar, por ello vino Cristo a morir por nuestros pecados, y a causa de su resurrección, asegurarnos el perdón de éstos; de tal forma que ya no tenemos que pagar el precio. Dios es justo, y su justicia fue derramada en su Hijo. Por esta razón al cristiano no se le imputa ninguna culpa, puesto que Cristo fue ajusticiado en su lugar: «En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados» (Col. 1:14). Con este sentido de justicia, las exigencias legales de Dios han sido del todo satisfechas, y en consecuencia ahora puede mostrar su misericordia ofreciendo el perdón a todo aquel que por la fe desee recibirlo. El mensaje apostólico del primer siglo no era distinto: «De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre» (Hch. 10:43).

Valoremos las diferencias entre la religión del hombre, que impone las normas que deben seguirse, y el Evangelio liberador de Cristo. Buena parte de la Humanidad pretende alcanzar el perdón sobre la obediencia a los mandamientos, normas, o reglas morales que la institución religiosa propone. Y así se espera que Dios al final se compadezca y perdone en el futuro las faltas cometidas. Se piensa entonces que cada cual ofrecerá a cambio el amplio repertorio de buenas obras, que al parecer de algunos conmoverán el corazón paternal de Dios... Lejos se muestra esta ideología de la verdad bíblica. Si contemplamos con solicitud el panorama evangélico, observaremos que éste no fue el mensaje de Cristo ni tampoco el de los primeros cristianos. El Evangelio revela la necesidad que todo individuo tiene, sin excepción, de recibir en este mundo el perdón otorgado por Dios. Sin la remisión de los pecados nadie puede reconciliarse con el Creador, y por lo tanto ingresar en las filas de su Reino celestial. Falto del perdón divino, el hombre sigue siendo esclavo de sus pasiones, de su egocentrismo, y camina así con la carga de sus propias iniquidades a la eternidad, donde entonces ya no habrá posibilidad alguna de perdón.

Con plena convicción el apóstol Juan recordó a la iglesia la condición presente de todo cristiano verdadero: «Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre» (1 Jn. 2:12). Esta certidumbre apostólica, nos lleva a comprender que la salvación incluye el perdón de los pecados; pero no de unos pocos, sino de todos: los pasados, presentes y futuros. Dios quiere y puede perdonar nuestras deudas, porque no en vano Jesús en su tiempo pagó por ellas. Lo que para nosotros es gratis, a Dios le costó un gran precio: la vida de su propio Hijo. Así es como el cristiano sabe que sus iniquidades han sido borradas, y olvidados sus errores. Y puede percibir el amor divino, no debiendo preocuparse en fustigar su alma por futuros actos de perdón. Antes bien, porque ha experimentado primeramente el amplio y satisfactorio perdón de Dios, ahora posee la excepcional virtud de perdonar incondicionalmente a todos sus deudores. Es la misma recomendación de Pablo a la iglesia: «Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Ef. 4:32). Como observamos en el texto, sólo Dios puede perdonar nuestras rebeliones; y tengamos por seguro que no existe hombre alguno en esta tierra que posea tan distinguida autoridad divina.

Por medio de la experiencia tan gratificante como es «sentirse perdonado», todo pecador salvado alcanza un estado de completa paz y libertad. Y desde esa nueva y tranquilizadora situación espiritual, logra vivir en paz el resto de su vida aquí en la tierra.

Estimado lector: ¿Han sido perdonados sus pecados?

Parte de la felicidad del cristiano, consiste en sentirse perdonado.

LA VIDA ETERNA

«Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna» (Jn. 10:27,28). Las palabras de Jesús son de enorme calado para el cristiano. El tal es considerado oveja del rebaño que el gran Pastor cuida y protege personalmente. En esta agrupación tan privilegiada, todo individuo en el rebaño de Jesús es poseedor de la vida eterna por el hecho de haber creído en Él. «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna» (Jn. 5:24). Así es, junto con el perdón de los pecados, el cristiano ha sido receptor de la vida eterna. Y aquí es inevitable analizar el sentido bíblico, ya que no podemos confundir la «vida eterna» con la existencia perpetua del ser humano, con la inmortalidad del alma, o con la permanencia infinita del espíritu. Formas tan usuales de entender el regalo de Jesús, se prestan muy alejadas de la Revelación bíblica.

Incuestionablemente el Evangelio contiene un mensaje de vida eterna, pero su significado no consiste en saber que aquel que la posee va a vivir para siempre. No tengamos una idea errónea sobre la vida eterna, puesto que cada individuo ha sido creado por Dios con existencia eterna (en el sentido futuro del concepto). Todo ser humano vivirá eternamente, bien sea en un estado de condenación, alejado de Dios y de su presencia, o bien en un estado de salvación. «Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua» (Dn. 12:2).

Aunque parezca sorprendente, la vida eterna que se distingue en el Evangelio, es la misma vida proveniente de Dios, que ha sido impresa en el corazón del creyente. Nos atrevemos a decir que es una vida sobrenatural, que se origina cuando el Espíritu Santo entra en contacto con el espíritu humano, haciéndolo revivir a través de su intervención especial. La vida eterna es, por tanto, un estado vital de unión espiritual con Dios. La idea expuesta forma parte de una realidad presente y no tanto futura. Así pareció concebirlo el apóstol Juan: «Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna» (1 Jn. 5:13). Obsérvese el texto, porque «tenéis» es un verbo en tiempo presente, que expresa la vida espiritual de la que hoy goza todo cristiano, aceptada como un regalo de Dios. Porque, en definitiva, Cristo no exige esfuerzos personales para poder ganar la vida eterna. Ésta es completamente gratuita, y así la ofrece a toda persona que desee recibirla. «Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo» (1 Jn. 5:11).

En fin, la «vida eterna» representa la abundante vida espiritual ocasionada por la regeneración del nuevo nacimiento (como veremos a continuación), donde el Espíritu Santo reaviva el espíritu humano, provocando un vínculo de estrecha relación fraternal entre Dios y el hombre. Ésta es la nueva condición del cristiano, que al tiempo experimenta la comunión verdadera con Dios por medio de Jesucristo: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn. 17:3). La promesa del Señor sigue todavía vigente en nuestros días: «El que cree en mí, tiene vida eterna» (Jn. 6:47).

El cristiano tiene vida eterna, porque Dios habita en su corazón.

EL NUEVO NACIMIENTO

El mensaje del Evangelio nos revela la nueva vida generada en el corazón de todo aquel que ha recibido la salvación en Cristo... En cierta ocasión, Jesús le dijo a Nicodemo (un ferviente religioso de la época): «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Jn. 3:5). La enseñanza se descubre sola en la declaración bíblica: el requisito para ser cristiano, del que no se puede prescindir, es «nacer de nuevo». Y esto no significa otra cosa que nacer espiritualmente. A saber, nuestra alma se encuentra en una situación de muerte espiritual (separada de la vida de Dios). Cuando a causa del poder del Evangelio el individuo se une a Dios, por la conversión, éste logra resucitar a una nueva vida. Y con este milagroso acontecimiento, todo su ser halla una verdadera renovación. De esta manera, el cristiano es depositario de un nuevo estado en Dios, por el cual adquiere una perspectiva distinta, que a la vez correcta, de su propia existencia: todo es nuevo para él.

En términos teológicos al nuevo nacimiento se le denomina regeneración. La misma palabra enseña que la nueva naturaleza que se concibe, es gracias a la vida engendrada en el espíritu cuando la persona se reconcilia con Dios, produciéndose una estrecha y definitiva vinculación espiritual. Sólo de esta forma el hombre llega a ser verdaderamente cristiano. Indiscutiblemente el «nuevo nacimiento» es un auténtico milagro obrado por la mano del Creador. En esta nueva versión de la vida, Dios olvida nuestro pasado, borra todas nuestras culpas, e inaugura un renovado y esperanzador horizonte de vida. El nuevo amanecer irrumpe en la noche oscura del alma, y todo indigno pecador, habiendo recibido a Jesucristo, es hecho nueva criatura en Él. Dicho de otro modo: hay un antes y un después: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17). Este alentador texto bíblico se ha visto cumplido en la vida de innumerables personas; entre ellas se encuentran homicidas, ladrones, toxicómanos, alcohólicos, y otras muchas perdidas en la sinrazón de este mundo, que han experimentado el poder transformador de Jesús, recibiendo el perdón y la paz que indudablemente sólo Dios puede ofrecer. Otros, sin llevar una vida de evidente inmoralidad, igualmente han sido regenerados por el Espíritu de Dios, «rescatados de su vana manera de vivir» (1 P. 1:18), con una mayor o menor intensidad en la experiencia de su salvación. Cuántas «buenas» personas, además, llevando vidas adecentadas, se han visto cautivadas por el amor divino, no teniendo más remedio que reconocer su pecado frente a la perfecta santidad de Dios. Liberadas a la vez de su equivocación, han sido reorientadas a una correcta relación con el buen Pastor, por la acción salvadora de Cristo.

Ahora, con el objeto de comprender mejor el concepto expuesto, reforzaremos la enseñanza con el siguiente ejemplo. En términos generales, cuando nace un ser humano, inmediatamente se le inscribe en el registro civil que lo identifica como hijo de sus padres; se le toman las huellas dactilares, y se le asigna el nombre que éstos han elegido. Igualmente, para que alguien forme parte de la familia real, con todos los derechos legales, el requisito incuestionable es nacer en el seno de tan importante familia (o en su caso ser adoptado legalmente).

De la misma forma también el cristiano posee el título de cristiano por haber nacido en una familia muy especial, esta es, la familia de Dios: «Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Jn. 1:13). La acción del Espíritu que origina una nueva naturaleza espiritual en el creyente, logra posicionarlo como hijo de Dios, otorgándole así los derechos legales, e inscribiéndolo como parte de la gran familia que conforma el reino de Dios en la tierra. Nótese bien la idea, porque «todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios» (1 Jn. 5:1). Ahora bien, el cristiano no es hijo de Dios por naturaleza (lo es por adopción), porque de ser así participaría de todos los atributos divinos, y solamente Cristo, como Hijo natural, posee la naturaleza de Dios. Entendamos bien la enseñanza, porque Jesús es Hijo en el sentido eterno; y no por haber sido engendrado en el tiempo. A Dios se le llama Padre eterno (sin principio ni fin), precisamente porque tiene un Hijo que es eterno; de lo contrario sería una afirmación absurda (a nadie se le llama padre si no tiene hijos).

Como hemos visto, para poder entrar en el reino de Dios, es de todas maneras indispensable nacer de nuevo. Y, definitivamente, sin esta nueva vida transferida por el Espíritu Santo, nadie puede ser llamado hijo de Dios.

Para abreviar lo presentado en este capítulo, cabe subrayar que sólo es posible ser cristiano gracias al mensaje del Evangelio, que presenta a Cristo cumpliendo la perfecta ley de Dios, quien muriendo por nosotros y resucitando con poder, nos ofrece hoy el perdón de los pecados y la vida eterna, por la cual se obtiene el nuevo nacimiento del que hablamos.

Sin perder de vista lo expuesto, seguidamente veremos que el mensaje del Evangelio, con su oferta sin igual, también propone unos requisitos para que el perdón y la vida eterna se hagan efectivos. Estas condiciones para alcanzar la salvación son: el arrepentimiento, la fe en Jesucristo, y la conversión a Dios. No obstante, antes de considerar dichos puntos, presentaremos los métodos erróneos creados por iniciativa humana, para así comparar las diferentes alternativas presentadas en nuestro tan dilatado entorno cristiano.

El verdadero cristiano es una nueva criatura en Dios.

José Mª Recuero

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