El cristiano, una nueva creación de Dios

La obra de Jesucristo

Anteriormente reflexionábamos sobre la Revelación de Dios escrita, que es la Biblia, viendo el destino final de la Humanidad que ella misma nos presenta... Ahora corresponde considerar la mayor revelación que existe de Dios en persona: Jesucristo. «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (He. 1:1,2).

Como ya hemos hecho notar, según revela la Sagrada Escritura, todos nacemos pecadores y vivimos apartados de Dios. Por esta razón fue necesario que en representación de la Humanidad, un hombre perfecto y sin pecado, pudiera pagar por nuestras rebeliones, y dejar así abierto el camino para la reconciliación con el Creador. Esta mediación especial, producto del amor de Dios hacia este mundo perdido, se hizo efectiva en Jesucristo, quien a su vez estableció el puente entre Dios y el hombre: «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Ti. 2:5). Luego, la persona de Cristo se convierte en el centro de la vida, y su mensaje conforma el núcleo de la propia existencia cristiana. Jesús mismo se definió como el camino vivo y verdadero que nos lleva al Padre celestial: «Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Jn. 14:6). Observamos en el texto que Jesús es el camino, no un camino entre otros muchos; la verdad, no una verdad cualquiera; y la vida, no una moral diferente y mejor que las otras. De manera que el llamado «cristianismo» no es un sistema religioso basado en presupuestos humanos, sino Cristo mismo. A la verdad, sin la obra de Jesucristo es completamente imposible que el hombre alcance la salvación eterna, y por ende llegue a recibir la posición de cristiano. Al mismo tiempo, la unión espiritual con Cristo es la condición esencial que determina la redención de todo pecador convertido. No existe, por lo tanto, ningún otro salvador que no sea Jesucristo. Él es el autor y consumador de nuestra fe, como bien cita Hebreos 12:2.

La Historia ha reconocido la existencia de Jesucristo, y hasta hoy permanece un testimonio universal que en ningún caso es posible rebatir. Si valoramos la opinión pública, prácticamente todo el mundo acepta la realidad histórica de Jesús, y la inmensa mayoría parece tener buena opinión de él, independientemente de su ateismo o de la religión que profese. Con todo, la venida de Jesucristo a la tierra no fue un hecho casual y desprovisto de significado. Por el contrario, tenía un propósito muy especial. A saber, el hombre había pecado contra Dios y debía pagar por su desobediencia. Y para resolver esta deuda con Dios vino su Hijo, quien obedeció la perfecta Ley en su totalidad, para que sin culpa alguna pudiera ponerse en lugar del ser humano. Él fue nuestro representante, pues tomó en su propio ser el castigo de nuestros pecados, y asumió el justo Juicio de Dios que definitivamente toda persona merece sin excepción. «Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 P. 3:18).

Para hacer posible nuestra salvación irrumpió Cristo en la Historia; y su entrada en este mundo fue profetizada por miles de años. Con esta previsión, Dios predestinó una nación: Israel; un linaje: la tribu de Judá; un gobierno imperial: el Imperio Romano; un pueblo particular: Belén; una casta: el reinado de David; e inclusive muchas de aquellas circunstancias personales que rodearon la figura de Jesús, y que contenían un significado especial en el plan de la Salvación. Todo estaba minuciosamente planificado por Dios. Esto explica que cientos de profecías se hayan cumplido en Jesucristo, así como en los pequeños acontecimientos que le envolvieron, desde el lugar de nacimiento: Belén de Judá (Mi. 5:2), hasta el más mínimo detalle: «sobre sus ropas echaron suertes» (Sal. 22:8).

La venida de Jesucristo a la tierra establece el periodo de inflexión histórica, con tal magnitud que el tiempo quedó dividido en nuestro calendario. Así, cuando ponemos fecha a los acontecimientos históricos, debemos citar: antes o después de Cristo. Puede decirse, con todo conocimiento, que con la venida de Cristo comienza una nueva etapa donde el reino de Dios se universaliza en la misma historia de la Humanidad.

En cuanto a la venida de Jesucristo, comprendamos en su dimensión correcta quién fue realmente, porque si bien fue perfecto hombre, también es presentado en la Biblia como perfecto Dios. Jesús, en calidad de humano, nació de la virgen María; en cambio, en calidad de Dios, vino desde el cielo. Por ello pudo afirmar: «He venido para que tengan vida» (Jn. 10:10). «He venido a buscar y salvar» (Lc. 19:10). He venido... Jesucristo vino por ser Dios, pero por otra parte nació para ser hombre; y en Él conviven dos naturalezas: la divina y la humana, siendo un misterio escondido para nuestra mente, y revelado sólo por el Espíritu de Dios. Esta formulación doctrinal es categórica para el cristiano. Dios se hizo hombre, y así lo demuestran las Sagradas Escrituras: «Dios fue manifestado en carne» (1 Ti. 3:16). «De quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas» (Ro. 9:5). «Éste (Jesús) es el verdadero Dios, y la vida eterna» (1 Jn. 5:20).

Resumiendo lo dicho, podemos recordar que Jesucristo en condición de hombre vino a morir por nosotros, pagando el precio de nuestra salvación. Una vez se completó la perfecta obra en la Cruz, hoy Jesús se presenta con poder para redimir a todo pecador arrepentido, ya que no en vano es Dios y Salvador. Cada segundo que pasa es una oportunidad, antes de que se descubra el final de los tiempos. El mismo Señor extendió la invitación a todo hombre y mujer, quedando permanentemente registrada en su Palabra fiel: «Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás» (Jn. 6:35). Sería conveniente preguntarse, cada uno en particular, si ya hemos acudido a Jesucristo para recibir nuestra salvación personal.

La venida de Jesús puso nombre al Cristianismo.

LA MUERTE DE JESÚS

Sin duda, la venida de Jesús constituye un hecho histórico registrado. Aparte de los manuscritos del NT, también en algunos documentos del primer siglo (de historiadores: Tácito, Suetonio, Flavio Josefo –judío–, y de ciertos escritos rabínicos contemporáneos) se recogieron algunos de los hechos y circunstancias históricas que acontecieron, y en tales escritos se hallaron referencias de aquel inconfundible personaje llamado Jesús, el Cristo. Ciertamente la vida y obra de Jesús ha resonado desde sus inicios y a través de los siglos, llevando un carácter único, y repercutiendo decisivamente en la vida de innumerables personas.

Ahora, si centramos nuestra vista en el escenario histórico de la muerte de Cristo, notaremos que con la crucifixión de Jesús pareció terminarse toda esperanza. Y, por momentos, la tristeza de su muerte invadió el alma de muchos seguidores que durante años habían recibido sus enseñanzas... Pensando bien en aquellas circunstancias especiales, ¿quién podía creer en el anuncio de un Cristo que murió como cualquier delincuente? ¿Quién estaría dispuesto a recibir el mensaje de un Rey coronado de espinas, cuyo trono fue una maldita cruz? Desde luego, un Mesías fracasado no poseía ningún atractivo para el mundo... Ésta era esencialmente la imagen que planeaba sobre las mentes de aquellos discípulos los días previos a su aparición. Pese a toda confusión momentánea, la muerte de Cristo fue necesaria para expiar nuestros pecados. Si bien, lo maravilloso es saber que Jesús no sólo murió y fue sepultado, sino que además resucitó. Y fue precisamente la resurrección de Cristo, de la que hablaremos a continuación, la esperanza que impulsó el inicio y el desarrollo de la Cristiandad, hasta hoy.

Es preciso distinguir la importancia de su muerte, porque el sufrimiento que Jesús experimentó, no se debió sólo al dolor físico de aquellos clavos que traspasaron sus manos y pies, o a la cruel tortura que soportó anterior a la cruz. Tal padecimiento fue, con todo, la causa directa de aquel terrible desamparo que Jesús vivió por parte del Padre celestial: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt. 27:46). Ya hemos considerado anteriormente el alcance de su angustia, sólo comparable al mayor grado de sufrimiento que pudiera imaginarse en la condenación eterna. El significado de la muerte de Jesús es bastante conciso: porque Dios es santo, y no puede tener ninguna relación con el pecado, tuvo necesariamente que apartarse de su Hijo. Y así fue como en la cruz el Padre cargó en él los pecados de la Humanidad. Con amor inigualable, Jesús soportó en nuestro lugar el justo castigo divino. «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro. 5:8).

La crucifixión de Cristo es el centro neurálgico del cristianismo, y sin ella el plan de la Salvación sería del todo ineficaz. Su obra en la cruz satisfizo cada una de las demandas de la Ley de Dios, puesto que nos era y todavía no es imposible de cumplir. «Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras» (1 Co. 15:3). De esta manera, la muerte del Jesús histórico, como sacrificio por los pecados del hombre, se realizó una vez y para siempre (He. 10:12). Y hoy, toda persona que así lo quiera, puede llegar a ser cristiano sobre la perfecta obra de salvación que Jesucristo realizó en la Cruz por amor a nosotros.

La muerte de Cristo constituye la vida del cristiano.

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Como venimos señalando, tanto la venida como la muerte y resurrección de Jesucristo, forman parte de una realidad contemplada con verdadero interés por millones de personas. Entre ellas se hallan los cristianos nacidos de nuevo, que han sido identificados con este maravilloso hecho histórico, y con sus implicaciones espirituales y eternas.

Ahora bien, no podemos confundir la resurrección de Jesús con la resucitación momentánea que experimentaron algunos privilegiados: caso de Lázaro (Jn. 11:1), la hija de Jairo (Mr. 5:22), y de algunos otros en el momento de la muerte de Jesús en la cruz (Mt. 27:52). Es más, la resurrección de Cristo fue el modelo del que tomará ejemplo la resurrección final de todo cristiano. «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Jn. 3:2). De modo que la resurrección del cuerpo humano en perfección, está representada en el «nuevo hombre», que es Jesucristo, como cabeza de una nueva creación de seres humanos (Gá. 6:15).

No cabe la menor sospecha de que la resurrección de Jesús fue un hecho sobrenatural, y muchos de los contemporáneos no pudieron negar las evidencias. No sólo sus discípulos presenciaron la maravillosa escena, sino que además cientos de personas contemplaron al Cristo resucitado. Las indicaciones del apóstol Pablo son claras y precisas: «Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí» (1 Co. 15:3-8).

Repasando las Páginas sagradas, vemos que la verdad de la resurrección de Cristo fue suficiente para cambiar radicalmente el mundo de entonces. En aquellos momentos tan especiales, advertimos que los discípulos no estaban en ninguna manera tristes y meditabundos por la muerte de su Maestro; todo lo contrario, daban testimonio de su resurrección con gran fervor y valentía. Y pensamos que este propio entusiasmo no pudo ser más que la reacción natural de observar con sus propios ojos al Maestro resucitado; pues este hecho milagroso, les confería la garantía de su propia resurrección futura, al igual que la de todo verdadero creyente. Asimismo, la resurrección de Jesús fue una de las columnas que sustentaron el mensaje de los primeros cristianos. El apóstol Pedro, con gran seguridad, anunciaba al pueblo judío: «Y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos» (Hch. 3:15). Nos permitimos aquí utilizar el buen juicio, y reconocer que si verdaderamente Cristo no llegó a resucitar, como piensan algunos, la predicación de los primeros cristianos no habría tenido demasiado sentido. Con toda razón confesaba el apóstol que «si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe» (1 Co. 15:14). Es verdad, ¿qué intereses pudieron esconder aquellos discípulos para predicar acerca de un Mesías despreciado por su pueblo y muerto en manos del poder romano? Suponiendo que la resurrección de la que hablamos fue una invención del cristianismo primitivo, también las afirmaciones de Jesús antes de su muerte fueron falsas, pues él mismo declaró en varias ocasiones que una vez muerto resucitaría. Así dijo a sus apóstoles: «Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea» (Mt. 26:32). Véase también Mateo 16:21 y Marcos 9:9. Si aceptamos como verdad que Jesucristo no resucitó, deducimos que sus discípulos fueron demasiado ingenuos, y al parecer creyeron fielmente la mentira inventada por su Maestro, la cual posteriormente ellos mismos, con toda conciencia de mentira (al no cumplirse las palabras de Jesús) defendieron absurdamente. Si admitimos este presupuesto, el mensaje que ellos transmitieron al mundo, y al parecer con plena certeza y convicción de lo que afirmaban, fue en cualquier caso la conformación de una artimaña demasiado perfecta. Pero, ¿cómo podemos pensar que ellos predicaron, sufrieron y murieron, a sabiendas de que todo formaba parte de un gran fraude? Cualquiera que recapacite de forma serena, encontrará ilógico pretender salvaguardar esta postura.

Pese a que algunos mantengan su obstinación, declarando que Cristo no llegó a resucitar, no obstante, debemos considerar a todos los millones de cristianos que han creído y todavía creen firmemente en la resurrección de Jesús. Contrariamente a las objeciones argüidas, el cristiano ha creído fielmente en la resurrección histórica de Jesucristo; y esto no se debe sólo a las varias razones ya mencionadas (la tumba sigue vacía), sino en primer término al encuentro espiritual que ha experimentado con el Jesús divino. Tal experiencia le ha provisto de una profunda e inevitable convicción interior; y ello provocado por la acción del Espíritu de Dios, que le atestigua de que ciertamente la resurrección corporal de Cristo fue en todas formas verídica. Y así, cada persona salvada por la gracia de Dios, llega a comprobar el significado de la siguiente declaración apostólica: «El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Ro. 4:25).

El cristiano resucitará, porque Cristo resucitó.

EL MODELO DE JESÚS

Para obtener su salvación personal, el cristiano ha creído en la muerte y resurrección de Cristo a su favor. Sin embargo, la imagen del Cristo histórico todavía permanece viva en las Páginas sagradas. De hecho, el verdadero creyente sigue considerando la figura de Jesús con el objeto de poder imitar su ejemplo. Justamente, la venida y muerte de Cristo por nosotros, no sólo representa un dato informativo que nos corresponde aceptar, sino más bien una muestra del profundo amor de Dios que debe impregnar nuestros pensamientos, además de nuestras acciones. Una detenida reflexión acerca de la obra de Jesús, debería de producir un eterno sentimiento de gratitud en todo creyente, a la vez que un deseo natural de adorarle y seguir sus pasos en el servicio de la vida cristiana.

El modelo de Cristo nos ayuda a comprender que el cristiano no vive la fe en el plano de su propia espiritualidad particular. En esto, tenemos el ejemplo de vida que Jesús nos ofreció, donde la santidad y el amor de Dios se vio reflejado en la ética diaria. Por esta razón no se puede concebir un cristianismo teórico, donde el amor al prójimo prescinda de su carácter práctico. De forma contraria el cristiano hace honor a su título, cuando en espíritu de obediencia considera la conducta de Jesús, e intenta reproducir su modelo de vida: en su ejemplo de entrega, de amor, de enseñanza, de compasión, de servicio, y demás expresiones de su buen hacer. La propuesta del Maestro fue notoria entre los discípulos: «Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Jn. 13:15). En esta línea presentada, se hace obligatorio contemplar el ministerio de Cristo, examinando su particular manera de actuar, para poder así reunir aquellos ejemplos prácticos de una vida que fue en todo sencilla y en gran medida servicial.

El cristiano aprende en los evangelios sobre las enseñanzas de Jesús, y asimismo recapacita acerca de su ejemplo. Imaginemos que Jesús viviera en nuestra época actual: ¿Cómo obraría? ¿Cuál sería su proceder? ¿Cuál su forma de hablar y de actuar? Seguramente que su vida llena de amor al prójimo y su deseo de hacer el bien, no pasarían en modo alguno inadvertidos. La recomendación bíblica parece señalar lo hasta aquí expresado: «Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe...» (He. 12:2). De tal forma, el cristiano fiel no mira a Jesús en el espacio infinito, sino al Jesús de los evangelios, y así logra comparar su deficiente vida con la vida perfecta que de Él tan naturalmente se nos describe.

Pensamos que nadie tiene derecho a llamarse cristiano, si como hemos visto tiene en muy poco considerar el ejemplo de Cristo para, en mayor o menor medida, poder seguirlo.

El cristiano es discípulo de Cristo, porque sigue a Jesús.

EL RETORNO DE JESUCRISTO

Una vez examinados los diferentes aspectos de la obra de Cristo, nos resta poner un acento especial a su segunda venida. Él mismo prometió que volvería para poner fin a este sistema mundial, y terminar de una vez con el dolor, la enfermedad, el hambre, las catástrofes, la injusticia... Dicho en otras palabras: destruir el imperio de la muerte y establecer un nuevo orden de cosas, donde la paz y la justicia reinen para siempre. «He aquí yo hago nuevas todas las cosas» (Ap. 25:5), declaró nuestro Señor.

Sería recomendable meditar con frecuencia acerca del regreso de Cristo. Y en esta reflexión, nos preguntamos ahora: ¿Cuándo vendrá? En realidad nadie lo sabe, pero los acontecimientos presentes parecen indicar que tal vez puede ser hoy mismo: «De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca» (Mr. 13:28). ¿Cómo vendrá? Con poder y gloria, indiscutiblemente, y rodeado de su santos ángeles, llevando como bandera toda la autoridad celestial: «Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo» (1 Ts. 4:16). ¿Para qué vendrá? Si bien la primera venida marcó una etapa de oportunidades para el hombre, donde su amor a Dios ha de ser probado, la segunda venida de Jesús indicará el final de este mundo, esto es, el Juicio de Dios para los incrédulos, y el principio de un nuevo y maravilloso mundo para los creyentes en Cristo.

Ante la perspectiva del retorno de Jesús en gloria y la participación de los hijos de Dios, la Escritura es muy precisa: «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Col. 3:4). El esplendor oculto de la vida eterna, se descubrirá en todo cristiano cuando Jesús regrese. Entonces, y no antes, la excelencia de la nueva vida en Dios se mostrará junto con la aparición visible del Señor de señores y Rey de reyes. «He aquí que viene con las nubes» (Ap. 1:7). Esta consideración ha sido motivo de esperanza e ilusión para los cristianos de todas las épocas, y especialmente para una iglesia naciente que creyó en un regreso inminente de Jesucristo. Pero no miremos al pasado, sino al futuro, porque el final de la Historia, por lo que advertimos proféticamente, se halla a las puertas. Tengamos por cierto que el retorno de Jesucristo en gloria para buscar a sus santos, es decir, a todo pecador redimido, se puede producir en cualquier momento.

Recapitulando este apartado, podemos afirmar que ninguna persona se convierte en cristiana sólo por creer en la existencia de Cristo, seguir sus doctrinas, o reconocer sus enseñanzas. El cristiano lo es sobre Cristo mismo: lo es sobre la base de su primera venida, de su muerte en la cruz, de su gloriosa resurrección, y de su segunda venida. Sin perder de vista, por supuesto, que la distinción del título de cristiano se evidenciará por el seguimiento fiel al maestro Jesucristo.

Debido a los tiempos que corren, resulta oportuno poner especial atención a los sucesos históricos que nos rodean, ya que éstos parecen indicar que el retorno de Jesucristo está muy próximo. En el momento menos esperado regresa nuestro Señor... Y sin perder esta grata emoción, habremos de mantener nuestro corazón expectante a tan magnífico acontecimiento.

Con este sentir, la anunciación del ángel a los discípulos nos confirma la verdad de su pronta venida: «¿Por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hch. 1:10,11). Cristo viene, y viene pronto... ¿Estás preparado para encontrarte con Él?

La esperanza del cristiano, es que Cristo viene.


José Mª Recuero

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