El cristiano, una nueva creación de Dios

La posición en Cristo

Teniendo en cuenta los datos presentados en la Palabra de Dios, se hallan dos categorías donde se agrupan todas las personas de este mundo, es decir, el que es salvo y el que está perdido; el hijo de Dios y la criatura; el creyente y el incrédulo. Dos estados de existencia, dos caras de la moneda, dos lados de la barrera...

Aunque para esta sociedad no tenga apenas valor el veredicto final, hoy sabemos que la posición que cada uno adquiere en esta vida, es la que cuenta definitivamente para la eternidad. Por ello es de crucial importancia plantearse el tema con toda seriedad, porque aun queriendo, es imposible mantenerse en la neutralidad: «Ninguno puede servir a dos señores» (Mt. 6:24). Haríamos bien en meditar sobre el estado de nuestra alma y condición frente a Dios; y también en responder a las preguntas siguientes: ¿Qué posición espiritual condiciona el transcurso de mi existencia terrenal? ¿En qué lugar me hallo frente a la voluntad perfecta de Dios? ¿Cuál es mi identidad según la Revelación bíblica? Pese a las diferentes respuestas que se pudieran ofrecer, para el verdadero cristiano es su posición en Cristo, especialmente, lo que garantiza la legalidad de ese maravilloso título; confirmando con ello su salvación personal, y asegurando de esta manera la entrada en el Reino de los cielos. «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús» (Ef. 2:10).

Así es, una identidad nueva es asignada a todo aquel que ha experimentado la gracia salvadora de Cristo. Desde esta privilegiada posición, al cristiano se le confieren ciertas atribuciones espirituales que definen su identidad y que, por otro lado, procuran las diferencias del resto de personas que no se hallan vinculadas a la obra de Cristo. Con estas credenciales tan definidas, además, nos percatamos del contraste existencial tan marcado que se halla entre el cristiano verdadero y el falso, el cual se sitúa en la misma posición que el incrédulo.

Apreciemos la enseñanza bíblica sobre nuestro presente estado espiritual, porque según sea nuestra posición en la tierra, así será nuestra condición en el cielo.

Todo pecador salvado por Cristo, ha adquirido grandes y eternos privilegios que en ningún caso debe ignorar. Por lo tanto, resulta provechoso para el alma recapacitar sobre la maravillosa posición que el cristiano posee. Indudablemente, es nuestra responsabilidad conocer con claridad los aspectos que envuelven la condición espiritual de los creyentes en Cristo, para en la medida de lo posible obtener una sólida conciencia que nos permita obrar conforme a esa nueva y gloriosa identidad: «Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 P. 2:9). Atendiendo a la información bíblica, observamos que el cristiano ha adoptado una serie de títulos que le exaltan como tal, y le definen en sus características especiales. En el momento de la conversión a Dios, al individuo se le adjudica una categoría espiritual que es otorgada de manera automática y simultánea a la salvación recibida. No tenemos que esforzarnos por ganar tan magna condición, puesto que es gratuita. De tal modo que el nacimiento espiritual del que ya hablamos, es nacimiento a una nueva vida y por lo tanto a una nueva identidad.

Observemos a continuación algunos textos bíblicos que nos ayudarán a identificar al verdadero cristiano. Al igual que en el resto del libro, estos versículos se pueden comprobar con cualquier ejemplar de las Sagradas Escrituras: El cristiano es llamado hijo de Dios (Jn. 1:12); posee una nueva vida en Cristo (Ro. 6:4); se ha reconciliado con Dios (Ro. 5:11); es poseedor de la vida eterna (1 Jn. 2:25); es sacerdote y rey (Jud. 6); es peregrino y extranjero en este mundo (He. 11:13); es heredero juntamente con Cristo (Ro. 8:17); ha obtenido el perdón de los pecados (Ef. 1:7); ha sido transformado por Dios (2 Co. 3:18); es templo del Espíritu Santo (1 Co. 6:19); ha sido comprado por Dios y le pertenece a Él (1 Co. 6:20); es nueva criatura por el nacimiento espiritual (2 Co. 5:17); está unido a Jesucristo (1 Co. 1:30); es reconocido como santo de Dios (2 Co. 13:13); ha sido redimido del castigo del pecado (Ro. 3:24); es un embajador del cielo (2 Co. 5:20); ha sido justificado delante de la Ley (Ro. 5:1); Jesús es su Pastor personal (Jn. 10:11)... Hasta aquí una pequeña selección, a la cual podríamos seguir añadiendo otras muchas citas bíblicas. Sirvan éstas para concebir una idea general de la condición tan gloriosa en la que se sitúa el creyente en comparación con el incrédulo. Recordemos que esta dicha es gracias a la posición que Dios concede por su amor, y nunca se debe a méritos propios. Ahora, visto en el sentido inverso, todo aquel que no posea el título de cristiano (según las indicaciones bíblicas), se encuentra como resultado de ello privado de las prerrogativas y privilegios expresados con anterioridad.

Otra forma de saber que somos realmente cristianos, incluyendo las declaraciones bíblicas presentadas, es a través del testimonio que Dios produce en el alma de todo redimido: «El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo» (1 Jn. 5:10). Existe, en este sentido, una experiencia vital en el creyente, que confirma y ratifica su propia condición espiritual. Igualmente ocurre con la fe que se sucede de la Revelación escrita (He. 11:1), resultando en una profunda seguridad interior, que le confiere al cristiano la plena convicción de su lugar frente al Padre celestial. Entre otros factores asociados a Dios y a nuestro prójimo, cabe también destacar el amor como rasgo distintivo de todo genuino creyente. Un amor verdadero que mostrará a Dios, en mayor o menor grado, y en consecuencia a todo aquel que le rodea. «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Jn. 13:35).

Además, la manera de pensar, hablar y conducirse en la vida, confirmará en buena medida este especial nombramiento. Dicho en palabras de Jesús: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt. 7:16). En todo caso, para que alguien se le otorgue la categoría de cristiano, precisará asimismo de una identificación con las enseñanzas cristianas; incorporando en su vida no sólo la doctrina de Jesús, sino también su ejemplo de vida.

Es cierto que la conciencia que se adquiere de la salvación puede ser creciente, y tal vez alguien sea cristiano nacido espiritualmente sin apenas advertir esa nueva vida, o albergar un sentimiento claro a tal experiencia. Pero, por lo general, tarde o temprano, y con la ayuda de Dios, la persona reconocerá las indicaciones de la Escritura Sagrada, y se dará cuenta así de su magnífica condición espiritual.

Por lo demás, nadie se llame a engaño, porque ser cristiano no significa ser perfecto. La salvación no elimina la naturaleza pecadora, e inevitablemente seguimos pecando. Con todo, el que ha experimentado el perdón y la gracia divina, no puede pecar con la inconsciencia del incrédulo, pues una fuerza exterior (la de Dios) le asiste que limita los impulsos pecaminosos y todas aquellas primeras inclinaciones al mal... Sin embargo, aún sigue permaneciendo el mandato: «Despojaos del viejo hombre» (Ef. 4:22). Al coexistir una doble naturaleza en el creyente, todavía existen hábitos, costumbres, pensamientos y tendencias pecaminosas, que se oponen a la voluntad de Dios y por lo tanto deben ir desapareciendo de forma progresiva en la vida de todo pecador redimido. Así, la vieja naturaleza debe menguar, y la nueva crecer y madurar. Y si hay buena disposición, el Espíritu ayudará a todo cristiano para poder hacerlo como conviene. El periodo de crecimiento es lento, pero seguro.

Somos cristianos por la posición divina, y no por la tradición humana.

EL ESPÍRITU SANTO

Una de las referencias que más claramente identifica al creyente, y por otro lado le diferencia del incrédulo, es la posesión del Espíritu Santo de Dios. Las propias declaraciones de la Revelación escrita son categóricas, y afirman que todo convertido a Cristo ha sido receptor del Espíritu eterno, el cual ha venido a morar de una forma permanente en su corazón. No existe confesión más precisa: «Si alguno no tiene al Espíritu, no es de Cristo (no es cristiano)» (Ro. 8:9). El Espíritu Santo es el agente de Dios que llevó a cabo el necesario proceso de conversión, iluminando nuestra mente para comprender el pecado y sus consecuencias, y presentándonos a Jesucristo como el único y suficiente Salvador. A partir de adquirir esa conciencia definida, también nos ha concedido el arrepentimiento indispensable para acudir a Dios en acto de fe, que es la manera como llegamos a recibir la salvación. «Y cuando él venga (el Espíritu Santo), convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio» (Jn. 16:8,9).

En cualquier caso, la seguridad interior de la nueva condición espiritual del creyente, se halla impresa en la conciencia a través de la huella del Espíritu: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Ro. 8:16). Con la nueva vida en Cristo, el pecador arrepentido se convierte en templo del Espíritu, esto es, Dios mismo habitando de forma permanente en su corazón; y así es llenado con su bendita presencia. La acción del Espíritu Santo es de vital importancia, puesto que sin su poderosa intervención seríamos del todo ineficaces para cumplir con nuestras funciones espirituales. «En él (Jesucristo) también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él (Jesucristo), fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa» (Ef. 1:13). Así que, el Espíritu viene a configurarse como el «sello» de Dios, es decir, la garantía de nuestra salvación eterna. No olvidemos, también, que el Espíritu (que es el mismo Dios omnipresente) nos ofrece ánimo y consuelo en todo momento (Jn. 15:26); además de ayudarnos en nuestras debilidades, iluminando, dirigiendo y santificando nuestra vida, para favorecer todo perfeccionamiento espiritual... El cristiano fiel se apercibe de todas estas bondades divinas, y es colmado en un estado de bienestar espiritual con ellas.

Igualmente se hallan unas manifestaciones especiales que evidencian la acción del Espíritu Santo en la vida del verdadero creyente. La señal de su presencia se acompaña de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gá. 5:22,23). Éstos son rasgos espirituales que deben notarse, con mayor o menor intensidad, en la vida de todo creyente en Cristo, y lo que favorecerá el desarrollo de las necesarias virtudes para un adecuado y eficiente servicio a Dios. Con ello, el pecador salvado es fortalecido en la fe, y su vida cristiana, plena y satisfecha, se va desarrollando en el camino de la madurez espiritual. Por otra parte, todo cristiano está capacitado con unos dones (pastor, maestro, evangelista...) que, asistidos por el mismo Espíritu, son puestos al servicio de Dios y de la Iglesia. Estos dones, a su vez, le revisten de una facultad especial por la cual todas sus cualidades son potenciadas para el próspero resultado de su ministerio cristiano. Hallamos una lista de aquellos dones que Dios ha tenido a bien que conozcamos: en Romanos 12, 1 Corintios 12 y Efesios 4.

Ya mencionamos que el verdadero hijo de Dios está seguro en Cristo, y por ende no pierde su salvación. Pero, no obstante, nos corresponde cuidar de ella con temor y temblor, como administradores de la gracia recibida (Fil. 2:12). De no ser así, nuestra comunión con Dios puede quedar obstaculizada. Y si menospreciamos la comunión con el Creador, a la vez estaremos impidiendo que el Espíritu Santo intervenga con su gracia especial en nuestra vida. La Biblia es clara en este asunto: «Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención» (Ef. 4:30).

Por todo lo explicado, afirmamos que el cristiano ha sido investido con el Espíritu de Dios, el cual entró en su corazón en el momento de la conversión, proveyéndole de fe, esperanza y capacidad sobrenatural, para proceder en la vida con integridad. La pregunta del apóstol a los creyentes del primer siglo, viene a confirmar lo expuesto: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?» (1 Co. 6:19).

En la actualidad nos hace falta a los cristianos recuperar la conciencia bíblica de la presencia del Espíritu Santo, y al mismo tiempo reconocer su intervención especial en nuestros corazones.

El cristiano es recipiente del Espíritu de Cristo.

LA IGLESIA

Toda persona convertida a Dios, ha sido al momento incorporada en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia universal. Dios ha formado un pueblo, que aun disperso en este mundo, se hace patente en la comunidad local de hermanos en la fe, donde se descubre una imagen colectiva de los principios del Reino celestial.

El cristiano genuino, que ha experimentado la salvación desde su condición particular, ya no es un ser independiente, por lo que no debe vivir escondido una religión individualista. Es verdad que algunos han conocido el Evangelio en su soledad, o por la predicación de otros creyentes en el ámbito privado. Sin embargo, el individualismo no está contemplado en la Biblia... Sepamos que no son pocos, precisamente, los que han conocido el Evangelio en la misma iglesia. Y para este fin primordial, Dios desea utilizar hoy a su pueblo. Por tal motivo, el concepto de «grupo» en la Biblia es de crucial importancia. Hemos sido creados para mantener una relación con Dios, pero también con nuestro prójimo. Por eso los cristianos han sido reunidos para formar un único pueblo: el pueblo de Dios (Ef. 2:14).

Consideremos el proceso natural que se produce en la conciencia. La persona convertida comprende que la experiencia salvadora que ha tenido, es común a otras personas. Y en su caso, como fue creado para vivir en sociedad, se percata de que la constitución de la iglesia parece del todo razonable, y de que ésta contiene un propósito especial para su nueva vida. Y una vez concebida la identificación espiritual con otros cristianos, intuye que, ésta debe hacerse efectiva en la práctica de la comunión, confesando en esa dimensión colectiva su propia experiencia con Dios. Por ello, nuestras relaciones con otros creyentes nacidos de nuevo, deben ir más allá de las superficiales. Con este sentir, aquellos que han obtenido el común regalo de la Salvación, se reúnen en comunidad (iglesia local) y bajo un proyecto unánime, que será el de apoyarse, ayudarse y edificarse; con el objetivo más elevado y sublime, que es adorar a Dios y extender el Reino de los cielos.

Cierto es que no todas las iglesias que confiesan ser cristianas son verdaderas iglesias. Lo que demostrará la autenticidad de la iglesia, primeramente, es la fidelidad que ésta posea al mensaje explícito de las Escrituras (en lo que respecta sobre todo a las bases de la Salvación). Su experiencia interna y también su expresión hacia el mundo, acorde con los principios generales de la Biblia, mostrarán la veracidad o falsedad de la propia comunidad. Pese a todo, no juzguemos mal, la Iglesia está conformada por cristianos que siguen siendo pecadores, con sus correspondientes imperfecciones; y mientras vivamos en este mundo estropeado, siempre saldrá a luz toda deficiencia personal (la suficiencia proviene de Dios).

Al margen de los desajustes humanos, es maravilloso pensar que el mismo Dios que ha salvado al pecador de forma individual, no le deja huérfano, sino que lo integra en una familia para que sea acogido... Es lógico pensar que el nuevo creyente en Cristo no consiga aprender los fundamentos de la fe, o las bases bíblicas de su orientación cristiana, si al tiempo no se hallan a disposición otros hermanos que le puedan enseñar. Es responsabilidad de cualquier iglesia local, por tanto, acoger a los recién convertidos como si fueran hijos propios. Este sentido colectivo del Reino, y los beneficios que se derivan de su adecuada extensión, se infieren del texto siguiente: «Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna» (Mt. 19:29). El pasaje bíblico revela los estrechos lazos de familiaridad que vinculan a cada hombre o mujer convertido a Cristo, que a la vez se constituyen hermanos en la fe. Aunque, si bien, la efectividad de esa relación de hermandad dependerá, en buena medida, del funcionamiento de la familia espiritual. Es culpa nuestra si muchos creyentes están privados de los beneficios que debe aportar la comunidad del Reino, esto es, la iglesia local. Dios ha dado unas instrucciones precisas en su Palabra, y si éstas no se cumplen, el cristiano, y especialmente el recién nacido, se verá afectado negativamente...

En caso de producirse graves desórdenes en la comunidad, que nadie piense que el cristiano fiel ha quedado relegado en el olvido. Muy al contrario, Dios mantiene el control y su providencia sobre la vida del verdadero convertido, por lo que todos los sinsabores (incluyendo los eclesiásticos) adquieren un significado marcadamente positivo. Éstos, asimismo, se convierten en pruebas de fe, por medio de las cuales se han de formar necesariamente los auténticos valores que prevalecerán por la eternidad. Entre tanto, Dios permanece como el buen Pastor, y en ningún caso abandonará a ningún hijo suyo; sino que, con amor y atención paternal, le ofrecerá su ayuda, cuidado y protección celestial.

El cristiano deja de ser individuo, para ser iglesia.

José Mª Recuero

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