El cristiano, una nueva creación de Dios

La salvación, un regalo de Dios

Una vez expuestos los requisitos bíblicos para ser cristiano, nos preguntamos si la salvación es un estado permanente, o por el contrario es susceptible de poder perderse. ¿Qué ocurre si el creyente incumple los mandamientos de Dios? ¿Puede perder su salvación? ¿Tiene, pues, que perseverar en obediencia para seguir siendo salvo? De acuerdo con las respuestas ofrecidas a estas preguntas, así se concebirá la manera de experimentar la relación con Dios y, en suma, todo el proceder cristiano.

Pese a lo que muchos puedan objetar, la Palabra de Cristo es la base más firme donde se sustenta la seguridad de nuestra salvación eterna. Y para esclarecer ciertos aspectos de carácter confuso, es necesario dispensar un énfasis especial en el presente apartado. Puede parecer inadmisible para algunos, pero ciertamente la salvación se ofrece a la Humanidad como un regalo del buen Padre celestial (del todo inmerecido para el hombre). Al mismo tiempo, es la fidelidad de Dios la que sostiene nuestra salvación, y no la perseverancia humana.

La Biblia es muy explícita en este asunto, por lo que de la valoración que hagamos de esta enseñanza dependerá, en definitiva, nuestro grado posterior de conocimiento bíblico y discernimiento espiritual.

Estamos convencidos de que la doctrina bíblica en nuestros días ha evolucionado hacia una visión más clara sobre la seguridad de la salvación. Por este motivo debemos apreciar los textos bíblicos más certeros, que son los que pueden despejar cualquiera duda sobre la invariable posición que todo cristiano ha obtenido en Cristo Jesús.

UN REGALO DE LA GRACIA DIVINA

Dejaremos a un margen la opinión de aquellos que creen que en este mundo no se puede saber si hemos alcanzado la salvación, puesto que según dicen, ello supone una actitud de presunción; pensamiento erróneo, si tenemos en cuenta los datos bíblicos. Sucede, también, que un amplio sector de nuestro tan extendido Cristianismo, mantiene la creencia de que una vez obtenida la salvación, ésta puede llegar a perderse. Algunos, proponen una salvación desde el cumplimiento de los quehaceres eclesiásticos o deberes religiosos. Otros, defienden una salvación bajo el sometimiento a ciertas obligaciones espirituales, o a la perseverancia de prácticas cristianas determinadas. Son muchos los que creen que si abandonan el cumplimiento de las enseñanzas generales de la Biblia, o el camino que la iglesia establece (a través de sus representantes), perderán automáticamente su salvación personal.

En cuanto a la presente doctrina, esta postura dispone una línea de interpretación por la que toda enseñanza bíblica hará prevalecer la seguridad de la salvación en función de las propias obras realizadas, sean éstas pasadas, presentes o futuras. Ahora bien, si aceptásemos este enfoque ciertamente equivocado –que la salvación depende de nuestros esfuerzos–, en ninguna manera podemos admitir que la vida eterna sea un «regalo» de Dios, como hace constar Romanos 6:23, sino un parabién que está condicionado por nuestro obrar, es decir, por nuestro buen o mal comportamiento.

En el sentido contrapuesto a este concepto, la Escritura es suficientemente concisa: la salvación no depende de la oración que se realice, de la cantidad de fe que se posea, de las prácticas que se acompañen, o ni siquiera de nuestro grado de obediencia a Dios... La salvación, en cualquiera de sus expresiones, pertenece al Salvador. Solamente su Palabra fiel y verdadera puede certificar nuestra redención eterna. Ningún hombre es garante de su salvación, con obras de por medio, pues como bien señala la Escritura: «Para los hombres es imposible» (Mr. 10:27).

A propósito de aquellos que basan su salvación en la perseverancia humana, advertimos que esta doctrina suele generar bastante inseguridad, la cual se deviene en muchos casos con marcados sentimientos de culpa. Reflexionemos al respecto, ya que si después de obtener la salvación por la fe, la entrada en el reino de Dios está en nuestras manos, entonces, ¿quién puede estar seguro de que la salvación permanecerá en el momento mismo de partir a la eternidad? Desde luego, toda persona que sigue esta línea de pensamiento, es empujado a vivir constantemente con una sensación ingrata de esfuerzo por cumplir la voluntad de Dios, que es sobrellevada con miedo más que con libertad. Esta postura doctrinal, defendida por un elevado índice de personas, y con suficiente envergadura como para ignorarla, constituye uno de los mayores desvíos de conocimiento bíblico. Es cierto que tal escuela muestra una argumentación de estricta apariencia bíblica. Sin embargo, no debemos ignorar que las manifestaciones del error son cada vez más sutiles y engañosas. La Soteriología (estudio de la salvación) es el área donde Satanás mantiene su especial interés, puesto que la salvación es el tema más relevante de la doctrina cristiana; de manera que, buena parte de sus esfuerzos se unirán para intentar extraviar al hombre de la verdad de Dios.

Cuántas conversiones son falsificadas por la religión, procurando una disciplina que llega a convencer a los supuestos convertidos de que son y serán salvos con la condición de... mientras que en realidad permanecen condenados por desechar la incondicional salvación gratuita de Dios, la cual no se acepta con desconfianza, sino por la fe absoluta en su promesa redentora. «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios» (Ef. 2:8). El texto es claro, y no propone condición alguna de comportamiento posterior a la conversión para asegurarnos de su veracidad. Las promesas bíblicas se cumplen, sencillamente porque Dios es fiel. No podemos negar, pues, que desvirtuar la toda-suficiente y eterna obra de Cristo, es continuar con los errores que desgraciadamente conserva nuestro Cristianismo histórico. Con la defensa de esta doctrina, lo único que se consigue es restar validez a la gran obra de incalculable coste que Jesucristo realizó en la cruz del Calvario, en quien encontramos la seguridad eterna; desplazando con ello los méritos de Cristo por nuestros esfuerzos personales, e infravalorando así su labor redentora.

Definitivamente, la obra de Jesús para la completa y permanente salvación del hombre, ha sido ya consumada (Jn. 19:30), y ningún elemento puede añadirse para aplicarla, mantenerla, o completarla.

El cristiano ha recibido un regalo: la vida eterna.

UN REGALO DE ALTO PRECIO

Examinemos la enseñanza desde el otro extremo, ya que la Salvación no representa un mero regalo que cada cual puede recibir a manera de capricho propio, sin apreciar la magnitud de sus serias implicaciones. No son pocos los charlatanes que pretenden regalar la salvación, a modo de obsequio: oferta de alguien que le place derrochar generosidad a diestro y siniestro, y que se puede aceptar con un simple gesto manual. Cuando, por el contrario, la Escritura nos habla de la conversión en términos de «entrega» del corazón, y no sólo de aceptación con la mente. En este sentido, el requisito de Jesús sigue siendo inalterable: «Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará» (Lc. 9:24). En dirección contraria al sentido del texto, muchos apuestan por la «gracia barata», sin distinguir el alto precio que Jesús tuvo que pagar. Con esta falta de visión, se llega a la conclusión de que algunos no han entendido bien el mensaje del Evangelio. Pensemos en ello, porque si bien la salvación es gratuita para toda persona, no olvidemos que a Dios le costó la vida de su propio Hijo, poseyendo ésta un alcance de incalculable valor.

Al parecer, la propagación de los extremos sobre la doctrina de la Salvación es imparable; advirtiendo la triste realidad de que mientras la Iglesia institución ha creado la justificación por la fe a manera de una sola «formulación doctrinal», ciertos sectores cristianos extremistas la han confeccionado a modo de una sorprendente «fórmula mágica». En ninguno de los casos el milagro de la Salvación puede ser sustituido por el acto de la sola conversión humana (mal comprendida). Parece que todavía no entendemos que la redención es inalcanzable por métodos humanos; ésta se hace efectiva sólo cuando Dios la aplica, como ya hemos contemplado en varios textos bíblicos. ¡Levantar la mano! como un gesto de aprobación, o ¡aceptar a Jesús! cual mera confesión auricular, y, en su caso, bautizarse a modo de sacramento, no certifica la seguridad de nuestra salvación.

Pero lo grave es que son demasiados los seguidores que permanecen engañados, creyendo que son salvos sobre la base de una experiencia subjetiva, o el acatamiento de cualquier rito o norma establecida... Antes bien, permanecen muchos de ellos perdidos, debido a que han intercambiado la segura obra de Cristo por el propio acto religioso. La repetición de frases bíblicas, la confirmación de un llamamiento evangelístico, o la decisión de incorporarse a una iglesia, no legitima la salvación de nadie. Si reparamos bien en la enseñanza, deberemos aceptar que: confesar con los labios no es suficiente, porque hay que creer con el corazón, como cita Romanos 10:9. Y «creer» implica fe, ciertamente, pero también la entrega del mismo corazón. De todos modos, si indagáramos en las aspiraciones de algunas de las aparentes conversiones que se producen, no observaríamos otra cosa que objetivos de índole egoísta; originados, en muchos casos, por la búsqueda de algún beneficio propio y no de la voluntad de Dios... Esto puede parecer extraño si hablamos de compromiso cristiano; pero, no nos engañemos, el interés personal, familiar o inclusive eclesial, es lo que prevalece en la motivación de muchos individuos que transitan por las iglesias.

Cristo perdona nuestra deuda... pero a él le costó la vida.

LA SEGURIDAD DE LA SALVACIÓN

La Palabra innegable de Dios nos asegura que el cristiano es guardado para la eternidad, gracias al cumplimiento del Pacto de gracia, y nunca debido al grado de compromiso que éste mantenga con Dios. «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Ts. 5:23,24). El verdadero creyente disfruta de la seguridad de la salvación eterna, y asimismo de las promesas de su Palabra. De este principio nace el deseo inevitable que motiva a todo cristiano a servir al prójimo. Y así ejerce la voluntad de Dios, con libertad, con gratitud, y por amor, alcanzando a comprender que no hace nada más que responder, y con gran deficiencia, al amor divino experimentado primeramente en su corazón. Si no fuera de este modo, su servicio cristiano se vería promovido por el miedo (por temor a perder la salvación), y no por el agradecimiento, como parece señalar el texto bíblico: «En esto consiste el amor: no en que hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros... Y «en el amor no hay temor» (1 Jn. 4:10,18).

Hacer depender nuestra salvación de la constancia en la vida cristiana, esfuerzos personales, servicio a Dios, u obediencia a los mandamientos, es como plantar un huerto en terreno de arenas movedizas. Nuestra firmeza espiritual y perseverancia es de todas maneras muy insegura. En cambio, el Padre celestial tiene cuidado de sus hijos, y estamos convencidos de que nunca nos desamparará y para siempre seremos guardados: «Porque Jehová ama la rectitud, y no desampara a sus santos. Para siempre serán guardados» (Sal. 37:28). Al texto bíblico citado no se le puede añadir nada más; es concluyente por sí mismo.

Una y otra vez afianzamos nuestra esperanza en el amor del buen Padre. Todo aquel que ha experimentado la salvación en Dios, puede testificar juntamente con el apóstol Juan: «Somos hijos de Dios» (1 Jn. 3:1). Resaltemos la enseñanza que define tan extraordinaria declaración bíblica, recogiendo aquí la experiencia de algunos padres, que si bien éstos soportan a hijos desobedientes y rebeldes, también debemos admitir, con toda seguridad, que nunca dejarán de ser «hijos». Este vínculo tan humano, que a la vez certero, se mantiene gracias a la condición filial de padre-hijo, la cual es inseparable. Así ocurre entre Dios y el cristiano verdadero, pese a que muchas veces, guiado por su debilidad, éste pueda llegar a desobedecerle. En esto, observamos que el apóstol no basó su seguridad eterna en sí mismo, sino en el poder del Salvador: «Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial» (2 Ti. 4:18).

La seguridad de la salvación, por tanto, no descansa en la debilidad e insuficiencia del hombre; ésta posee su «firme ancla» en la autosuficiencia de la obra de Cristo. Por ello, no podemos hacer nada para justificarnos: «Dios es el que justifica» (Ro. 8:33), y nunca el buen o mal obrar. No somos «salvos por obras (pasadas, presentes o futuras), para que nadie se gloríe» (Ef. 2:9). «El que cree en mí, tiene vida eterna» (Jn. 6:47), y no vida intermitente (ahora sí... ahora no). «La dádiva (el regalo) de Dios es vida eterna» (Ro. 6:23). Un regalo no tiene condiciones: por una parte se ofrece y por la otra se recibe, sin más. «Y si por gracia (regalo inmerecido), ya no es por obras; de otra manera la gracia (regalo) ya no es gracia» (Ro. 11:6). Los cristianos aceptamos que Cristo «nos salvó (una sola vez), no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho» (Tit. 3:5), ni por las que podamos hacer. De esta manera, a todos los que han recibido a Jesucristo, y han depositado su confianza en él, se les ha otorgado la autoridad de «ser hechos hijos de Dios» (Jn. 1:12). El hijo de Dios lo es hoy y lo será mañana, con independencia de sus hechos. «Y yo (Jesús) les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie (ni siquiera nosotros mismos) las arrebatará de mi mano» (Jn. 10:28). Visto el último texto bíblico, no parece muy acertado contradecir las palabras de nuestro buen Jesús.

El cristiano está seguro en la seguridad de Cristo.


UNA PERSPECTIVA CORRECTA

Pensamos que el problema de base que se plantea, radica en creer que si somos salvos para siempre, sin tener en cuenta las obras posteriores a la salvación recibida, promoveríamos entonces la práctica del pecado, y con ello la desobediencia a Dios... Si bien este razonamiento podría contener cierta lógica, el que tal piensa no ha entendido en su verdadera dimensión ni la gracia, ni tampoco el amor del Señor.

No podemos aprobar en ninguna forma que un creyente –nacido de nuevo– viva totalmente apartado de Dios, practicando el pecado intencionadamente, sin carga alguna en la conciencia, y sin tener presente el amor que el buen Padre ha derramado en su corazón. En este caso, lo más probable es que tal persona todavía no haya conocido realmente a Dios. Este es el principio bíblico: «Todo el que peca (practica el pecado deliberadamente), no le ha visto, ni le ha conocido» (1 Jn. 3:6). Por consiguiente, si alguien dice: –Yo puedo pecar y hacer lo que quiera con mi vida personal, después de haber recibido la salvación, podemos concluir, con toda firmeza, empleando la siguiente expresión bíblica: «Si no dijesen conforme a esto (a la ley y al testimonio) es porque no les ha amanecido» (Is. 8:20).

Otros, desde su posición moderada, opinan que el cristiano sólo pierde la salvación en caso de apostasía o pecado mortal, esto es, cuando renuncia a su salvación en pro de doctrinas o prácticas erróneas, o bien deja de congregarse y se va al «mundo» (como se suele decir). Aquí debemos aplicar el sentido habitual, puesto que se hace difícil pensar que alguien renunciara en su pleno juicio a un regalo de alto precio, o que una persona desechara conscientemente un tesoro encontrado de gran valor. De igual manera, si reparamos en el reino animal, aceptamos que un león no puede renunciar a su naturaleza felina, aunque quisiera, pues ha sido dispuesta en el momento de su concepción.

Siguiendo el orden de estos ejemplos, debemos considerar que el «nuevo nacimiento», del que habla la Escritura, se produce una sola vez, y esta condición espiritual de la persona es irreversible. La regeneración obrada en el creyente ya no se puede deshacer. De la misma forma la predestinación 4. es irrevocable. Y la justificación recibida por la fe –la posición legal de justo–, en ningún modo se puede invalidar. «Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó; a éstos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Ro. 8:30,31).

No parece muy acertado pensar que Dios tiene un pueblo predestinado y al parecer la voluntad del individuo no cuenta en absoluto. Seguramente el concepto tiempo, visto desde la eternidad, juega un papel decisivo. De todas maneras, la predestinación es un «caballo» que todavía hoy cabalga entre los extremos teológicos, por lo cual deberíamos abordar el tema con adecuado equilibrio bíblico.

Por otra parte, en la Biblia se utiliza el término «cuerpo» como metáfora para referirse a la iglesia. Y sabemos que aunque todas las partes del cuerpo permanezcan unidas, cabe la posibilidad de que algunos miembros dejen de funcionar y queden así inutilizados; pero lo que en ningún caso podemos negar, es que seguirán formando parte del cuerpo. «Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (Ro. 11:29).

A juzgar por lo visto, la información bíblica apunta hacia la preservación de la vida eterna. Y los textos que puedan incurrir en aparente contradicción, se han de interpretar en su contexto y a través de toda la analogía bíblica. Por lo general, los versículos a los que se asigna erróneamente la pérdida de la salvación, guardan relación con la pérdida de la comunión con Dios, la restricción de la vida espiritual, la privación del gozo, y la tristeza del Espíritu.

Efectivamente, podemos perder nuestra comunión con Dios, pero no nuestra salvación. Y para que podamos comprenderlo mejor, el apóstol Pablo, otorgándole valor a las obras que se presentarán en el Tribunal de Cristo, pronuncia lo siguiente: «Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego» (1 Co. 3:15). La imagen es altamente ilustrativa: un fuego imprevisto se apodera del hogar; nuestra vida corre grave peligro, y ya no tenemos tiempo para llevarnos ninguna posesión u objetos personales. Así marchamos rápidamente y sin pensarlo dos veces. Y a pesar de que la casa y todos nuestros bienes se destruyen en el incendio, por lo menos tenemos la gracia de que nuestras personas se salvan... Ésta parece ser la enseñanza que la Escritura propone, en términos generales, sobre la seguridad de la salvación.

Ciertamente sólo el Señor sabe quiénes son sus hijos (2 Ti. 2:19). Ahora bien, puede que se hallen personas que no entiendan el desarrollo de su salvación personal, o ni siquiera sean muy conscientes de ella, con la consiguiente vida desordenada. Sin embargo, en un momento determinado de su vida realizaron, en la esfera de su espíritu, una verdadera entrega a Dios; en consecuencia, el Espíritu selló sus corazones como garantía de salvación y propiedad divina. En tal caso se puede asegurar su salvación, si bien existe un problema de ignorancia bíblica o confusión mental. Otros, además, albergan dudas e incertidumbre por largo tiempo; pero ello no significa que hayan abandonado su estado de salvación. En muchas ocasiones es un proceso inevitable, pero a la vez necesario, para ayudarles con posterioridad a consolidar su fe. Si esta actitud persiste, puede deberse a desarreglos de tipo psicológicos, o crisis de fe pasajeras. Por lo tanto, en este periodo, se hará preciso reorientar la relación con Dios de una forma adecuada.

También puede ocurrir lo contrario, esto es, que algunos crean tajantemente que son salvos, sin haber comprobado el auténtico poder del Evangelio. Aseveración defendida por formar parte del grupo, ser hijos de la iglesia, mantener determinadas experiencias, o proseguir con las costumbres dominicales... De éstos no carece nuestro Cristianismo, por cierto, los cuales no sólo permanecen perdidos, sino también engañados; y lo que es peor, alimentando un sistema seudo-cristiano que camina en sentido opuesto a la verdad bíblica. Aquí se encuentra el peligro mayor de todos, y el fraude que hoy por hoy se origina en muchos círculos cristianos. Sepamos que lo que falla en muchas ocasiones no es la expresión de la salvación, la cual puede ser correcta o incorrecta en sus formas, sino la condición espiritual interna de la persona. Para remarcar bien la idea, el apóstol Juan tuvo que concluir con determinación: «El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida» (1 Jn. 5:12). Ésta es nuestra confianza, y lo demás son añadiduras con muy poca base bíblica, que no parecen ajustarse al corazón paternal de Dios. Estemos seguros de que aquel que hoy es salvo (aunque a veces no lo parezca), lo es para siempre... Pero, a la verdad, también los hay que pueden parecer salvos, sin realmente llegar a serlo.

Finalmente, tomemos buena nota de la siguiente definición bíblica: «No depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Ro. 9:16).

No se puede perder la salvación de Dios, pero sí la comunión con Él.


José Mª Recuero

© Copyright 2010
Estrictamente prohibida su reproducción para la venta.