La evangelización y la iglesia

EVANGELIZANDO DESDE LA COMUNIDAD

«No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor» (2ª Co. 4:5). Dios creó la Iglesia para ser portadora de la vida y el mensaje de Jesús. Por lo cual, la iglesia, entendida como una comunidad local de cristianos, tendrá como centro de vida eclesial la proclamación de Cristo como Señor y Salvador.

Los sectores más conservadores estarán de acuerdo en decir que la comunidad no salva. Pero, aunque esto es cierto, pues sólo Cristo salva, no debemos olvidarnos de que en cualquier caso habrá de mostrar los efectos de la Salvación. En esta línea de pensamiento se incluye la predicación evangelística, la cual no debe convertirse en una especialización para cristianos especiales, sino que toda la congregación, de alguna forma, ha de estar involucrada en el propósito trascendente de salvar almas, es decir, la evangelización también forma parte del funcionamiento interno de la congregación.

Bien podemos declarar que la iglesia es la embajada del cielo en la tierra: «Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios» (2ª Co. 5:20). Aquí observamos claramente la posición: embajadores; la mediación: Dios mismo; la labor de la comunidad: os rogamos (proclamación); el mensaje: la reconciliación.

De hecho, en la Escritura no encontramos organizaciones para-eclesiales que hicieran campañas evangelísticas de forma programada, sino que eran las iglesias las que de forma espontánea atraían al mundo con su mensaje; éste, demostrado por su comunión, amor, ejemplo de vida práctica, y entrega a los demás…

Entendemos perfectamente que los organismos hayan surgido por la carencia real de evangelización en las iglesias, pero en ninguna manera éstos deben sustituir la labor evangelizadora de la comunidad. Por ello, la iglesia local debe ofrecer un mensaje claro y práctico, pues bien sea como iglesia o como individuo, nuestro testimonio puede ser decisivo para otros, ya sea para salvación o para condenación. «Somos olor grato (dijo Pablo) en los que se salvan (primero), y en los que se pierden (también)» (2ª Co. 2:15).

Como ya hemos hecho referencia en algún apartado, la Biblia no recoge demasiadas exhortaciones directas a la evangelización. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la iglesia primitiva no las necesitaba. La actividad evangelizadora era resultado de la nueva vida que Cristo había implantado en sus corazones; era el efecto de las comunidades nacientes que se sentían cautivas por el Espíritu de Dios; era la consecuencia de una fe convincente que los impulsaba a compartir aquel tesoro que habían encontrado; era el producto natural de su encuentro con Cristo, con la comunidad, y con la enseñanza apostólica: «Iban por todas partes anunciando el evangelio» (Hch. 8:4).

Todos y cada uno de los miembros de la congregación poseen una labor que está relacionada con el propósito por el cual vino Jesús: «Buscar y salvar lo que se había perdido» (Lc. 19:10). No importa la posición social que uno tenga: ya sea médico, abogado, carpintero, zapatero, etc. Desde los planes eternos de Dios ningún cristiano ha sido puesto en la Iglesia por casualidad; todos hemos sido posicionados por Dios, y alguna labor evangelística, grande o pequeña, se nos ha encomendado. De modo que podemos afirmar, con plena convicción, que todos los creyentes de una forma u otra han de colaborar en la evangelización de nuestro mundo perdido.

Asimismo, la iglesia local, como representante de Dios en la tierra, debe capacitarse para cumplir con tan sublime labor. A este respecto, sería necesario, entre otras tareas, que hubiera periódicamente cursillos de entrenamiento en la congregación, con el objeto de preparar y también de concienciar a los creyentes en cuanto a dicho privilegio.

Existen muchas formas de aplicar una evangelización dentro de la comunidad, y es preciso conocer todos los métodos que se hallan a nuestro alcance. Además de las actividades propias para tal fin (actos evangelísticos) y el buen testimonio personal, la evangelización verbal también debe incluirse en las reuniones regulares de la iglesia: en la escuela dominical, en las reuniones de jóvenes, en el partimiento del pan, en todos los sermones, es decir, cualquier actividad eclesial debe estar impregnada del espíritu de las buenas nuevas de Jesús.

Siguiendo esta misma idea, comprendemos que el anuncio del Evangelio no debe limitarse al sermón formal proclamado semanalmente en el púlpito, pues si no asisten incrédulos a dicha reunión, de nada servirá relatar los textos bíblicos claves relativos al plan de la Salvación. Sin embargo, toda reunión debe contener enseñanzas tocante a las grandes doctrinas de la Biblia. La exposición de cualquier texto de la Escritura tendrá el propósito de mostrar el carácter de Dios y su gracia absoluta, destacando sus mandamientos, así como las bendiciones de sus promesas salvíficas y santificadoras, y demás instrucciones de la Revelación divina. Todo ello adquiere, por sí mismo, un notable significado evangelístico para los incrédulos. De esta manera incluimos en la iglesia el gran mandamiento que nos dejó el Señor Jesús, relativo también a la evangelización: «Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mt. 28:19).

Siguiendo con esta consideración, son muy conocidas las conversiones que se han producido en las comunidades-hogar. De gran importancia son las reuniones de comunión fraternal que se realizan en las casas, donde se comparte la Palabra de Dios de una manera sencilla y amena. La iglesia debe organizar y promover estas reuniones; y a ser posible variando los asistentes, para que los miembros se conozcan mejor. Y aunque ésta debe ir presidida siempre por un hermano preparado para poder coordinar la célula, no obstante todos deben participar y edificarse mutuamente.

Por otro lado, todo programa evangelístico habrá de llevarse a cabo a partir de un acto de fe. No se trata de tener todos los recursos para comenzar la obra, pues entonces ya no sería por fe, sino por vista. La comunidad habrá de iniciar toda obra confiando en la grandeza y el poder de Dios; si bien debe hacerlo de forma serena, razonable, y previendo además las puertas que se puedan abrir o las que se puedan cerrar. Un paso decisivo sería la apertura de nuevos puntos de testimonio, que posteriormente lleguen a convertirse en futuras iglesias.

EL CLIMA DE BIENVENIDA

Una de las aplicaciones más importantes y efectivas en cuanto la evangelización, es la bienvenida que se dispensa a las personas que visitan la congregación. Ofrecer un recibimiento caluroso debe ser ocupación de todos los miembros de la comunidad. Aunque, la verdad sea dicha, esta asignatura sigue estando pendiente en muchas de nuestras iglesias. También es cierto que en las congregaciones donde hay muchos miembros, se hace más difícil aplicar el saludo fraternal a todos los visitantes. Reflexionemos en este punto, porque el primer saludo que la persona recibe -saludo sincero y genuino-, constituirá un acto de interés por el prójimo y evidente amor fraternal. En este caso -de iglesias con mucha membresía-, por lo menos deberían tener un buen grupo de hermanos (un comité de recepción) que se preocupasen por las nuevas visitas y por su integración en la propia comunidad. Esta labor es de vital importancia, y posee un papel de orden prioritario en la evangelización eclesial.

Por si algunos no se han percatado todavía del problema, es necesario resaltar la enseñanza, y entender que son los que están dentro de la iglesia –integrados en ella– los que deben recibir e integrar a los demás (aparte de bíblico, es de sentido común), y no esperemos que los que vengan de afuera tengan que forzar la situación para integrarse en la iglesia local. Esta recomendación es principio de evangelización básico, que de no aplicarse, todas las actividades evangelísticas que se lleven a cabo podrían llegar a ser ineficaces, dado que la primera impresión personal será de falta de interés y afecto por parte de la iglesia hacia el visitante.

Dicha contrariedad ya se reflejaba en el antiguo Israel, por lo que Jesús tuvo que avisar del problema: «Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más?» (Mt. 5:47). Como bien dice el refrán castellano: La primera impresión es la que queda.

No resulta conveniente el bloqueo emocional de algunas iglesias, incapacitadas incluso para poder saludar. Esta encomienda bíblica ya no se convierte en una cuestión de espiritualidad, sino más bien de educación. Cuán sencillo es brindar un simple saludo, un apretón de manos, y preguntarle a la persona que nos visita: –Cuál es su nombre, o –si es de alguna otra congregación, y mostrarle nuestra satisfacción por el hecho de tenerle entre nosotros, ¡nada más! Pensemos, porque no es tan complicado.

Para expresar el amor de Dios a nuestro prójimo (próximo), es del todo imprescindible que haya un primer nivel de comunicación, que se ha de ofrecer a cada uno de los miembros de la comunidad y, por encima de todo, a aquellas personas que nos visitan. Seguramente que habrá hermanos de carácter más fácil y cordial, los cuales podrán continuar con un segundo nivel de relación, preguntando sobre cuestiones de la vida cotidiana: el trabajo, la familia, u otros asuntos personales; así como los pertenecientes a la vida espiritual: su conversión, experiencia en la vida cristiana, etc. Con ello se consigue romper el hielo de la incomunicación, y se favorece un ambiente en el cual la persona pueda abrirse. De esta manera natural, se comienza a poner en práctica el amor de Dios.

Hacemos bien en recordar que la indiferencia es uno de los grandes enemigos del Evangelio, y también de la iglesia. ¡Qué satisfacción entrar en una congregación donde los miembros se aman realmente, y en consecuencia integran a los demás en ese círculo de amor! No nos engañemos, solamente cuando la comunión del Espíritu no es teórica, como puedan pensar algunos, es cuando la evangelización adquiere su verdadero sentido: «No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1ª Jn. 3:18).

Consideremos, entonces, que la disposición de las personas a escuchar el mensaje, será siempre proporcional al tratamiento atmosférico que la comunidad les pueda brindar. Muchos pueden pasar frío, por estar entre los fríos muros de la religiosidad (hay que reconocer que algunas iglesias huelen a cirio catedralicio). Otros, por el contrario, pueden pasar verdaderos sofocos, por estar entre grupos de extremado emocionalismo.

En esta área mencionada, no son pocos los creyentes que, personalmente, me han manifestado el problema de incomunicación tan grande que existe en algunas comunidades; que, por otro lado, es representa el mismo individualismo que se produce en el seno de la familia, de la sociedad (entre otros factores), y que por efecto rebote es trasladado a la congregación.

También sucede en ocasiones que, cuando entra alguien nuevo, y dependiendo de la primera impresión que pueda producir, se le puede percibir más bien como una competencia amenazadora para la cómoda posición de privilegio de algunos miembros, y no como una gran oportunidad para poner en práctica el amor de Dios. Esta malsana actitud, precisamente, impide obrar con disposición comunitaria, pues el que tal piensa responderá –quizá inconscientemente– con un rechazo, y la consecuente indiferencia y distanciamiento... Tal vez el clérigo y escritor británico del S.XVII, Jonathan Swift, tenía en su mente este razonamiento cuando afirmaba: «Tenemos bastante religión como para odiarnos, pero no lo suficiente para amarnos». Meditemos al respecto, porque los visitantes no son ingenuos, y detectan con gran facilidad nuestra falta de interés y preocupación sincera.

Así descubrimos en el Antiguo Testamento exhortaciones al pueblo de Israel, que hoy nos sirven a nosotros como ejemplo: «Amaréis, pues, al extranjero, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto» (Dt. 10:19). Reiteramos la enseñanza, afirmando que el integrar a los «nuevos» es la finalidad principal de la comunidad: «Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1ª Jn. 4:20).

El testimonio viviente de la iglesia local es de gran valor; pues es donde, precisamente, se hace evidente la evangelización. Tal vez debería compungirse nuestro corazón, al ser conscientes de que hay personas que acuden a las congregaciones, pero pasan meses sin que muchos les dirijan la palabra. ¿Y a estas personas les pretendemos luego evangelizar, cuando en la práctica nos desentendemos por completo? La predicación abre sus puertas al pecador, verdad es, pero si luego la iglesia se las cierra, el impacto que éste sufre puede ser decisivo. Por un lado se le abren las puertas de los locales… por el otro se le cierran las puertas de los corazones. La consecuencia resulta paradójica: invitar a una persona a la iglesia, para que luego sea ignorada por sus miembros, es como poco desacreditar el Evangelio y ensuciar la pureza de su mensaje. No con poca razón algunos podrán argumentar bien la frase que ya apuntaba el dramaturgo irlandés Bernard Shaw: «El cristianismo podría ser bueno... si alguien intentara practicarlo».

La realidad es que existen comunidades cristianas encerradas en sí mismas, y muchas de ellas con un hermetismo de tal magnitud, que es casi imposible romperlo. Aisladas del mundo que les rodea, se protegen tímidamente, como si el propósito principal fuera la preservación, y no tanto la evangelización y edificación.

Ahora bien, siguiendo el modelo expuesto, los síntomas de una iglesia saludable se ponen de manifiesto en el aumento progresivo de la cantidad de miembros: «Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos» (Hch. 2:47), como también en la evolución de su calidad espiritual: «Sed edificados como casa espiritual» (1ª P. 2:5).

Se hace necesario destacar que para salir de este incómodo estado de reclusión, y promover una iglesia saludable, se habrán de realizar ciertos ajustes o modificaciones en la congregación. Y es muy probable que ello pueda ocasionar una crisis en la misma iglesia local. A veces es complicado cambiar toda una estructura ya establecida, pues por parte de algunos miembros existen temores a la renovación, con el consecuente y lamentable rechazo al cambio.

Parece fundamental, para este propósito, que el cuerpo gobernante adquiera primero una visión clara del tema, y en consecuencia desarrolle un proyecto bien definido; y en una debida exposición, se pueda presentar el plan evangelístico a la comunidad. A partir de ahí, es cuestión de buscar colaboradores que se comprometan, y lleven a cabo el proyecto diseñado. Para la buena marcha del plan diseñado, es preciso motivar a los miembros de la congregación, y juntos organizar actividades especiales enfocadas a los nuevos contactos, en un ambiente no religioso, distendido y agradable.

Indudablemente en todo el proceso dependemos de la exclusiva gracia de Dios; por tal motivo la oración será elemento de primer orden, tanto individual como colectiva. No podemos dejar de hablar con nuestro buen Padre celestial, pues Él nos escucha y desea guiarnos en el cumplimiento de sus designios. En esta labor mencionada (la evangelización), como en todas las que pertenecen al reino de nuestro Dios, somos y seremos siempre insuficientes. Si queremos anunciar el mensaje de Vida, con poder y eficacia, en cualquier caso necesitamos mantenernos unidos a Aquel que es la fuente de Vida.

Por otra parte, la tarea que se ha de realizar no es asunto de ornamentos cristianos, de etiquetas o de ritualismos; la cuestión es trabajar en conjunto, de manera objetiva y esforzada, brindándonos a los demás con espíritu de servicio. Y toda buena obra que podamos hacer, que sea realizada de manera tranquila, con paz y serenidad, y siempre en dependencia de nuestro buen Padre celestial, que es el que verdaderamente fructificará toda obra hecha para su gloria.

Cabe entonces preguntar, ¿por qué muchas iglesias, frente al llamamiento bíblico, no cumplen con su responsabilidad evangelizadora? ¿Por qué los cristianos nos negamos a testificar de Cristo a nuestro entorno? ¿Por qué no estamos dispuestos a colaborar para que otras almas se salven? A estas preguntas debemos darles respuestas inmediatas... porque ya ha «anochecido», y es menester que muchos despierten a la vida.

En definitiva, Dios busca que la iglesia local sea, principalmente, la expresión visible de su amor en este mundo, tanto dentro como fuera de la comunidad. En este sentido evangelizador tan eclesial, deberíamos recordar con frecuencia que la comunidad es el rostro visible de la evangelización.

Habiendo examinado esta cuestión, se espera que las afirmaciones realizadas en este apartado no sirvan para que el lector reclame algún derecho, o incurra en espíritu de reivindicación, mirando por encima del hombro aquel hermano que no desea colaborar en la evangelización de nuestro mundo perdido. Es verdad, muchos cristianos van a la iglesia como meros observadores, analizan y critican la forma de vida de sus miembros, sin hacer nada al respecto, ni para la extensión del Evangelio, ni para la edificación de los creyentes... Pero, no reparemos tanto en las deficiencias de la iglesia, pues cada uno es responsable delante de Dios, y a la final cada uno dará cuentas al Señor. Visto lo visto, si por lo menos conseguimos despertar la inquietud de un pequeño grupo, para que el Evangelio sea extendido a través de la comunidad, siempre podremos expresar como el apóstol Pablo: «O por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo» (Fil. 1:18).

 

José Mª Recuero
Bachelor en Teología

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