La iglesia de Laodicea, un mensaje de actualidad

El remedio para la restauración

EL CONSEJO DEL SEÑOR

«Por tanto yo te aconsejo»

La frase «yo te aconsejo» representa una expresión de amor, de comprensión y de paciencia. Es la recomendación amable de un médico a su paciente. A la vez, subraya la enseñanza de que ante cualquier problemática en la comunidad, Jesús no permanece al margen, indiferente, sino que por el contrario sigue compadeciéndose de su pueblo.

Nuestro Señor no se ha mantenido en la distancia, inalterable, sin hacer nada ante nuestra pobre condición. Tampoco nos ha pagado con la misma moneda de ingratitud, sino que nos ha visitado, acercándose a nuestro corazón. ¿Y cómo lo ha hecho? Pues no como el Juez que castiga al culpable, sino como el Pastor amado que va en busca de sus torpes ovejas descarriadas. De ahí que sus palabras resuenen como un canto de esperanza en el corazón de los perdidos: «Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido» (Mt. 18:11).

De igual forma el apóstol Pablo quiso seguir el ejemplo de su Maestro. Así manifestó una verdadera actitud de amor y comprensión, escribiendo a los incorregibles corintios: «Aunque amándoos más, sea amado menos» (2 Co. 12:15).

Visto en el sentido opuesto, no es infrecuente ver cómo algunos creyentes mantienen durante largo tiempo resentimientos contra la iglesia, disgustados por la conducta del pastor, o por ciertos hermanos que no han correspondido como deberían. Pero, con esta equivocada actitud, acumulan ira en sus corazones, y de tal forma generan una perniciosa raíz de amargura interior. Aún teniendo toda la razón, no fue ésta la disposición de nuestro buen Pastor, y tampoco debería ser la nuestra.

Por lo demás, observamos que a pesar del comportamiento infiel de la iglesia, el trato de Jesús con su pueblo fue, y es, de infinita paciencia. Ante aquella situación de rechazo, el Rey y Soberano no respondió con ira, juicio o maldición; sino que advirtió, ofreciendo la solución de una forma amable y cariñosa: «Yo te aconsejo». Igualmente no fue distinto el trato del Señor hacia la nación elegida: «Y hasta las canas os soportaré» (Is. 46:4).

Me llamó la atención la frase tan iluminadora pronunciada por un profesor, en una clase de teología bíblica: «La iglesia es el único hospital que fusila a sus heridos». Razón había en aquellas palabras tan ilustrativas, pues en ocasiones la crítica destructiva y las murmuraciones condenatorias que proferimos con nuestros labios, solamente consiguen rematar al hermano caído. No fue desacertado, en este aspecto, el consejo del apóstol: «Más no lo tengáis como enemigo, sino amonestadle como a hermano» (2 Ts. 3:15).

Haremos bien en recordar que el proceder de Jesús, ante su pueblo rebelde, se ha manifestado siempre a través de una actitud de amor y comprensión.

Que nuestra oración sea: ¡Gracias Señor por soportar mis grandes pecados, y por tu infinita paciencia para conmigo!

LA SOLUCIÓN ESTÁ EN JESUCRISTO

«Que de mí compres»

Aunque esta expresión puede resultar un tanto difícil de entender, el consejo que nos brinda el texto bíblico para la restauración espiritual de la comunidad, consiste en «comprar de Jesús»... La adquisición de nuestra salvación fue sin dinero, verdad es, pero para conseguir que dicha salvación obtenga un desarrollo adecuado, todavía debemos seguir comprando de lo que Jesús ofrece.

Razonemos esta enseñanza en clave de cliente y vendedor. En primer lugar, el cliente va a comprar porque se da cuenta de que carece del producto. En segundo lugar, acude al vendedor, reconociendo su escasez, y sabiendo que éste posee la mercancía que precisa. En tercer lugar, para poder comprar, obviamente tendrá que pedirle el producto, y así entrar en diálogo con el vendedor. Y de esta forma se cumple el texto bíblico: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá» (Mt. 7:7). Es como si Jesús dijera: –Yo soy el que tengo las mercancías que tú necesitas, ven a comprarlas, son gratis. Se entiende que tales mercancías son esencialmente espirituales.

Si nos fijamos bien en la problemática de Laodicea, notaremos que ésta fue una ciudad muy comerciante, y por ello resultaba comprensible que la mirada de sus ciudadanos estuviera puesta en las mercancías que compraban y vendían. Por esta causa, desde la perspectiva eclesial, Jesucristo recomienda a su pueblo que antes de poner su atención en las cosas, o actividades, habrá de atender primero a su Persona. De forma que el creyente no debe mostrar su especial interés en las mercancías, sino en Aquel que las vende; ni tampoco en el precio que se ha de pagar, porque son gratuitas.

En definitiva, para alcanzar la verdadera riqueza espiritual, se requiere centrar la mirada en la persona de Jesús, el Vendedor, para recibir de Él toda gracia abundante: «Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (He. 12:2). Así es como lograremos percatarnos de que Jesús no solamente es objeto de la fe, sino que ésta procede de Él, y asimismo la perfecciona en nosotros.

Debemos tener presente, en este punto, que todo lo que precisamos para el desarrollo de nuestra vida espiritual, lo recibimos de Cristo; que el devenir de nuestra existencia depende de Él; que el triunfo en nuestra vida cristiana se sirve de lo que recogemos de sus manos; que las obras que hagamos son vanas e infructuosas si Él no las fructifica; que cualquier actividad eclesial que realicemos carece de valor si su poder no nos acompaña... Y esta es la clave de una rica y abundante vida espiritual: nuestra relación con Cristo.

No olvidemos, por tanto, que la mano invisible de Jesús se muestra siempre dispuesta para levantarnos, fortalecernos, y ofrecernos las mercancías necesarias para nuestro completo bienestar espiritual. La amonestación de Cristo a su pueblo, es también aplicable para nosotros hoy: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida» (Jn. 5:40).

Lo lamentable de nuestro Cristianismo mal concebido, es que hacemos tanto énfasis en la vida cristiana, que nos olvidamos del Cristo de la vida.

UNA ADQUISICIÓN IMPERECEDERA

«Oro refinado en fuego, para que seas rico»

En ocasiones estamos tan preocupados por lo que debemos hacer para Dios, que no reparamos en lo que Dios quiere hacer por, en, y a través nuestro. Y si es cierto que lo que hacemos tiene un valor, todo es aceptado en tanto sea dirigido por el Espíritu Santo. Pese a toda buena obra, el hombre natural es «pobre», y nada tiene que ofrecerle a Dios.

Indudablemente la definición del texto bíblico citado se refiere a la riqueza espiritual, muy poco valorada en nuestra sociedad materialista. Además, el oro puro mencionado no representa necesariamente las acciones de los santos, pues el oro proviene de Cristo. Más bien significa la obra de Cristo a través de tales acciones; pues así es como Él debe presidir, dirigir, controlar, bendecir, y fructificar toda buena obra dispuesta para su gloria.

El oro de Cristo, en este aspecto, simboliza el fruto del Espíritu que impregna todas nuestras actividades, dándoles la calidad y el valor necesario para que resulten efectivas. De esta forma nuestra naturaleza humana se ve gratamente enriquecida por la acción divina. El mismo sentido se halaba en la respuesta del Señor al apóstol Pablo: «Mi poder (el de Cristo) se perfecciona en la debilidad» (2 Co. 12:9).

Las obras del cristiano que han sido hechas por el poder de Jesús son de gran estima, porque son cual oro refinado, y adquieren un valor imperecedero, porque son hechas por y para Cristo.

De todos modos, la validez de las obras que permanecerán por la eternidad, tiene que ver fundamentalmente con la calidad y no con la cantidad. Así parece concebirlo el texto bíblico: «Y si sobre este fundamento (Cristo) alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno (en particular) se hará manifiesta» (1 Co. 3:12,13). La pregunta parece inevitable: ¿Dónde estamos edificando?

En el sentido paralelo, y materialmente hablando, es preferible ser pobre en este mundo, inclusive pasar las necesidades más extremas, pero, sin embargo, poder disfrutar de la abundante riqueza que Dios, el Juez justo, nos entregará en aquel día glorioso, en la misma eternidad.

Recibamos con solicitud la recomendación de nuestro Señor: «Haceos tesoros en los cielos» (Mt. 6:20).

LA JUSTICIA DE CRISTO

«Y vestiduras blancas para vestirte»

Como ya hemos sugerido, probablemente en la iglesia de Laodicea había cristianos nacidos de nuevo, y «cristianos» no regenerados por el Espíritu. Aceptando, por tanto, esta doble vertiente, nos permitimos la libertad de hacer una doble aplicación del texto:

Para salvación

Cristo es el único que puede ofrecer las «vestiduras blancas» para nuestra salvación, esto es, un corazón nuevo, limpio y renovado, delante de Él. Son las blancas vestiduras de la justificación que él ganó en la Cruz, las que pueden vestir a todo aquel que se acerca por la fe, arrepintiéndose de sus pecados y confiando en su obra expiatoria.

Reflexionemos en esta misma línea, dado que la situación de desnudez espiritual en la que se hallaba la iglesia en Laodicea, nos conduce a declarar con cierta lógica: ¡cuántos miembros de las iglesias llamadas cristianas necesitan realmente aplicar en su vida la justicia de Cristo! ¡Cuántas personas poseen apariencia de creyentes fieles, pero en realidad nunca han experimentado la verdadera conversión! ¡Cuántos cristianos (de nombre) han aprendido bien la lección bíblica, pero al parecer no han recibido al Espíritu! La amonestación del apóstol Pablo va dirigida en la misma dirección: «Porque algunos no conocen a Dios; para vergüenza vuestra lo digo» (1 Co. 15:34).

Agraciada resulta para el verdadero creyente la siguiente frase bíblica: «Mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación» (Is. 61:10).

Para santificación

El destacado comentarista bíblico William Barclay, realiza la siguiente consideración: «¿Qué significa este vestido blanco? Puede muy bien representar las cosas hermosas de la vida y el carácter que solamente Cristo puede ofrecer a los hombres» (William Barclay, El Apocalipsis. La Aurora, 1975, 170). No parece irrazonable la propuesta del autor, que relaciona estrechamente el carácter con la vestimenta. Recogiendo el sentido metafórico, el vestido de Cristo habrá de ser la expresión visible de nuestra realidad interior, esto es, de nuestro carácter cristiano; de otra forma sería caer en el engaño. Por consiguiente, si nos llamamos cristianos, nuestro vestido espiritual habrá de reflejar necesariamente a Cristo.

Así pues, la justicia divina es imputada al creyente en la justificación, pero debe ser impartida en la santificación. Sólo por la justicia de Cristo podemos ser salvos, pero también sólo por la justicia de Cristo podemos ser santos.

Con verdadera conciencia les insta el apóstol Pablo a los miembros en la comunidad de Roma: «Vestíos del Señor Jesucristo» (Ro. 13:14). Luego, la persona que ha obtenido las «vestiduras blancas», que le cubren de justicia verdadera, debe seguir vistiéndose y así renovándose constantemente. Entendemos que sólo Cristo nos proporciona diariamente la blancura de un camino consagrado, donde la manifestación de toda vida redimida se evidencie a través del carácter manso y humilde que, para que tomemos ejemplo, el mismo Señor imprimió en su vida terrenal.

Vestirse de Cristo implica, entre otras cosas, la dependencia absoluta de su gracia. La cual se manifiesta especialmente cuando mantenemos nuestra comunión espiritual con Dios, a través de la meditación de la Biblia y la oración, principalmente, en espíritu de obediencia absoluta. Ello es lo que impulsará todo crecimiento moral y espiritual. Como resultado de tal proceso, se pondrá en evidencia el desarrollo de un nuevo carácter cristiano, en el sentido moral del concepto. Aclaramos que en su sentido psicológico el carácter no cambia, aunque sí se controla, moldea y ajusta según los valores cristianos.

Definitivamente, todo el proceso de santificación en la vida del creyente, que en sí mismo constituye la «vestimenta cristiana», es gracias a la justicia de Cristo, y en ninguna manera a la nuestra propia.

LA VERGÜENZA DEL CRISTIANO CARNAL

«Y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez»

Recogemos aquí la frase bíblica «vergüenza y confusión perpetua» (Dn. 12:2), citada en el libro de Daniel. Y aquí la enseñanza se atribuye siempre al incrédulo; es la condena resultante de no haber aceptado la justicia de Cristo. Por ello, si miramos esta declaración bíblica desde una perspectiva futura, habrá vergüenza y confusión perpetua para aquellos incrédulos que no hayan adquirido gratuitamente las vestiduras blancas de salvación. Y también para todo cristiano nominal, no regenerado espiritualmente, como deducimos que pudo ocurrir en iglesia de Laodicea.

Ahora, en cierta manera, también el creyente podrá experimentar vergüenza cuando tenga que dar cuenta de su salvación en el Tribunal de Cristo, como cita 1 Juan 2:28: «Para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados». Se presupone que la vergüenza, en ese momento, consistirá en la pesadumbre que experimentará el cristiano tibio al pasar por el Tribunal de Cristo, por no responder al llamamiento celestial como debería. Éste sentirá la vergüenza de haber recibido la salvación, sin haber experimentado apenas la santificación. Entonces, el proverbio se cumplirá con todo el peso de su enseñanza: «Pobreza y vergüenza tendrá el que menosprecia el consejo» (Pr. 13:18). Admitiendo una aplicación especial del texto leído, podemos mantener la idea de que en la vida venidera habrá creyentes que aún sin pasar necesidad, serán pobres (entiéndase el sentido), porque nada, o muy poco de valor habrán llevado para la eternidad. Por el contrario, también muchos disfrutarán de abundantes riquezas, por haber sido previsores, y llenado de forma generosa su depósito aquí en la tierra.

Dicho esto, es mejor reconocer nuestra desnudez ahora, que no ser descubiertos en aquel día, donde todos los cristianos habremos de dar cuentas de nuestra labor realizada en este mundo temporal.

Seguramente que en ocasiones nuestra inconsciencia no permite que veamos la propia desnudez espiritual... ¿Cómo conseguir, entonces, apercibirnos de ella? Ocurre que si nos comparamos con aquellos que nos rodean, probablemente no veremos nuestra deficiencia. En cambio, cuando elevamos nuestra mirada a Dios, y observamos su grandeza, entonces no tenemos por menos que reconocer nuestra pequeñez. Si logramos experimentar el amor de Dios en nosotros, y siempre por la vía del contraste, reconoceremos en seguida nuestra falta de amor hacia los demás. Es sólo cuando nos percatamos de su perfecta santidad, que logramos descubrir nuestra grave pecaminosidad.

La comparación con Dios es, con todo, la que nos proporciona una perspectiva correcta de nuestra situación espiritual. Así, cuando desde nuestras limitaciones comprendamos el gran poder de nuestro Señor, veremos entonces claramente reflejada nuestra propia debilidad. Y en la medida que empezamos a recibir su sabiduría, con más intensidad evidenciaremos nuestra propia ignorancia. Y de esta manera, conectados con nuestra delicada imperfección, nos apercibiremos de la evidente desnudez propia, y será entonces cuando se produzca el deseo de vestirnos con el ropaje de su gracia.

No sirve de nada mantener el orgullo propio, pues éste contribuye a que cualquier cristiano permanezca inconsciente de la presencia divina, y asimismo del grave estado espiritual en que se encuentra delante de Dios. Así ocurrió con la iglesia de Laodicea.

A tenor de lo expresado hasta aquí, es preciso aplicar humildad, y reconocer toda desnudez espiritual. No dejemos que el vestido del orgullo se apodere de nuestra alma, creyendo que está bien abrigada; siendo así engañados por nuestra intransigente obstinación. Es el pecado del «orgullo», con toda seguridad, lo que hace que Jesús vomite de su boca al cristiano tibio. «Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos» (Sal. 138:6).

RECUPERANDO LA VISIÓN ESPIRITUAL

«Y unge tus ojos con colirio, para que veas»

Partimos sobre la base de que el hombre natural se halla imposibilitado para ver espiritualmente, y sólo la acción sobrenatural del Espíritu Santo (el colirio) en la mente y en el corazón del creyente, permite obtener un enfoque claro de la naturaleza humana, una comprensión adecuada de Dios, y una visión correcta de la vida cristiana.

El remedio para los miembros de Laodicea, al igual que para nosotros hoy, consistía en reconocer la propia ceguera espiritual. A continuación, les correspondía acudir al trono de la gracia divina, para poder ser ungidos con el colirio invisible, que representa la acción sanadora de Jesús.

La causa de la ceguera espiritual, en el caso que nos ocupa, no consiste en la ausencia de vista, sino en pensar que se ve, sin ver. Éste era el gran defecto de los antiguos líderes del pueblo de Israel: «Si fuereis ciegos, no tendríais pecado; mas ahora porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece» (Jn. 9:41). Definitivamente, todo cristiano afectado de tibieza logrará alcanzar una correcta visión, desde la dimensión espiritual, cuando reconozca que verdaderamente se halla ciego y que por sus propias fuerzas no puede recuperar la vista.

Las palabras del profeta nos recuerda el estado actual de buena parte del pueblo de Dios: «Oíd ahora esto, pueblo necio y sin corazón, que tiene ojos y no ve, que tiene oídos y no oye» (Jer. 5:21). Ciertamente, la buena marcha de nuestra vida espiritual va a depender, en gran medida, de la visión y conocimiento que tengamos de Dios y de su obra. A saber, unos cristianos pueden hallarse espiritualmente ciegos, tal vez otros miopes, y algunos simplemente deben revisar su vista... En cualquier caso, reconocer la enfermedad oftalmológica es el primer paso para la completa curación. Y seguidamente, corresponde visitar al Médico amado, pues sólo Él puede restaurar nuestra incapacidad visual. Una vez resuelto el problema, no nos olvidemos de acudir a las periódicas revisiones del Oftalmólogo divino, para poder conservar nuestra visión espiritual en óptimas condiciones. «Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego» (2 P. 1:9).

Hemos visto que los laodicenses realizaban muchas acciones en la iglesia, pero al tiempo les faltaba algo no poco importante: visión espiritual. Conocida la resolución, recogemos aquí la frase del experimentado Job, cuando después de haber pasado por la dura prueba, exclamó a Dios: «De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job. 42:5).


EL AMOR DE JESÚS

«Yo reprendo y castigo a todos los que amo»

Resulta llamativo observar que en el texto griego no se utiliza la palabra «ágape» para traducir «amo», sino «fileo». Este vocablo griego nos habla de un amor cercano, cálido y a la vez tierno. Pese a la primera impresión de dureza, en la declaración de Jesús no se incluye el juicio de Dios a sus criaturas, sino más bien la amonestación afectuosa que le pueda hacer un amigo a otro.

El autor citado anteriormente sigue diciendo: «Reprender es hacerle ver a la otra persona el pecado, con amor». Destaquemos la palabra amor, y tomemos ejemplo los cristianos. La disciplina es necesaria, pero en ningún caso hay que dispensar un trato brusco, pues debemos saber que en muchas ocasiones la represión hecha sin amor, puede generar rebeldía.

Si alguna vez nos encontramos con la responsabilidad de tener que reprender a alguien, vayamos con cuidado de no aplicar la teología del garrote, sino la teología del amor. Si nuestro Señor nos reprende, sin duda es para evitar la consecuencia del pecado, y si nos castiga, es para nuestra corrección. Es siempre un acto de verdadero amor hacia su pueblo, y en ningún caso de odio o rechazo. Por consiguiente, no descuidemos la corrección, «porque Jehová al que ama castiga» (Pr. 3:12).

El comentarista nos recuerda una sencilla enseñanza ya conocida, pero que posee clara aplicación en el orden de la vida espiritual: «Un hecho de la vida es que no hay manera más segura de arruinar el futuro de un niño que permitirle hacer lo que se le antoja» (Willian Barclay. O.p.citada, p.172). Es cierto, si el Señor nos tratara como a caprichosos infantes, sólo conseguiría fomentar nuestro egoísmo y alejarnos cada vez más de su presencia. Y, para que no se produzca esta malsana condición, el propósito de su buena intervención disciplinaria, tiene como objetivo no añadir más juicio a nuestras personas, puesto que como se sabe la paciencia de Dios tiene un límite.

Necesitamos obtener una perspectiva correcta, no sólo de un Dios bonachón y permisivo, que todo lo perdona, cuya condescendencia no tiene límite, y cuya paciencia es hasta el infinito (aunque esto es cierto). Sino que hemos de recuperar la visión de un Dios santo, justo, que no acepta el pecado en ninguna forma, que se ofende con sus hijos rebeldes y se enoja contra su pueblo desobediente. Es el Dios de toda justicia quien debería de infundirnos un temor santo; no un miedo infernal, desde luego, sino el respeto y la reverencia absoluta que nos impulse a conducirnos en sometimiento a Él. «Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios» (1 P. 4:17).

No podemos obviar la corrupción espiritual que pueden vivir innumerables iglesias, por falta de reprensión y disciplina. Y esto, entre otras causas varias, es debido principalmente a que no se denuncia el pecado, ni las malas costumbres; como tampoco se instruye a la iglesia eficazmente, ofreciéndole la orientación necesaria para guiarse correctamente en los caminos del Señor. La verdad es que hoy casi todo se consiente, y cada cual actúa independiente y bajo su libre criterio personal. Así ocurrió en la iglesia de Laodicea.

Resumiendo lo hasta aquí expuesto, podemos concluir con la siguiente mención: Instruir, reprender, rectificar, enseñar... con el objeto de evitar una parálisis espiritual en la iglesia, debe representar siempre un acto de amor hacia el pueblo de Dios.

José Mª Recuero

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