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La iglesia de Laodicea, un mensaje de actualidad

La dramática situación de la iglesia

EL CONCEPTO DE IGLESIA

Puesto que el mensaje de El Apocalipsis fue dirigido a las iglesias, sólo podremos realizar una buena aplicación del pasaje que estamos considerando, si tenemos claro el significado del término iglesia y sus distintas connotaciones.

Cuando el Señor Jesús ordena al apóstol Juan que escriba a la iglesia, ¿cuál es el concepto de iglesia que tenemos en mente? Para que podamos llegar a comprender de forma adecuada este término, es necesario establecer cuatro principios distintos, y a la vez complementarios, de lo que significa «iglesia», con el fin de adquirir una visión más amplia y acertada sobre dicha palabra.

El término iglesia significa congregación o asamblea, y se deriva de la composición de dos vocablos griegos: «ek» (afuera de) y «kaleo» (llamar). Teniendo en cuenta estas referencias, podemos decir que la iglesia se define como una congregación: una reunión de personas convocadas (llamadas afuera). Nos permitimos aquí la libertad de dividir esta definición (congregación o asamblea llamada por Dios) entre Iglesia Antiguo-testamentaria, comenzando desde Adán y siguiendo con el pueblo de Israel, e Iglesia cristiana Neo-testamentaria (judíos y gentiles en un solo pueblo), a partir de la muerte y resurrección de Jesucristo.

Así, parece conveniente unir los dos conceptos para explicar el significado de la Iglesia, contemplada ésta como el único «pueblo de Dios» transitando a través de la historia de la Humanidad.

Antes de pasar a exponer los cuatro enfoques que contiene el término «iglesia», debemos tener presente que éstos siempre se desarrollan a partir de su concepción universal. El profesor Ridderbos destaca lo señalado, aplicando la misma exégesis que el apóstol Pablo realizó del concepto «iglesia» en el Nuevo Testamento: «Pablo confiere un marco universal a esta unidad corporativa del pueblo de Dios, no sólo considerando a los creyentes gentiles como parte de la simiente de Abraham, sino yendo más allá de Abraham, hasta llegar a Adán, a fin de calificar a Cristo como el segundo Adán y a la iglesia como el «nuevo hombre» (nueva humanidad), como la nueva creación» (Herman Ridderbos, El pensamiento del apóstol Pablo. Gran Rapids, Libros desafío, 2000, 512). Cierto que esta apreciación no es nueva, ya lo expresaba San Agustín en sus escritos: «Cuerpo de esta cabeza (Jesucristo) es la Iglesia universal, que comprende desde Abel hasta los últimos fieles de Cristo, que creerán en él al fin del mundo» (San Agustín, Nos hiciste Señor para ti. BAC, 1994, 131).

CUATRO ENFOQUES DISTINTOS Y COMPLEMENTARIOS

La verdadera Iglesia universal: invisible y eterna

La única y verdadera Iglesia de Dios, está compuesta por todas y cada una de las personas que forman parte del «pueblo escatológico», desde la primera a partir de la Creación, hasta el último hombre (varón y mujer) en la tierra que se convierta a Dios por la fe, teniendo como centro a la Persona y obra de Jesucristo (algunos miraron al futuro, y otros miramos al pasado).

En la mente y en los proyectos eternos de Dios, la Iglesia ya era una realidad presente; estableciéndose como un solo pueblo, esto es, la totalidad de personas elegidas, llamadas, salvadas y santificadas que, a lo largo de la historia de la Humanidad, han ido conformando la comunidad escatológica de Dios, que es la Iglesia invisible y eterna, escondida en Cristo Jesús y mezclada entre todos los seres humanos, de todas las épocas, naciones, razas y tribus... Se podría definir como la realidad espiritual perfecta en Dios, y no tan sólo la manifestación histórica, la cual siempre ha estado sujeta a confusión, errores, y cambios propios de la debilidad humana.

La Iglesia universal y comunidad visible

Este enfoque de la iglesia constituye el conjunto de personas entregadas a Dios y salvadas por la sola fe, a partir de la creación del hombre, que por la providencia y dirección divina han formado una comunidad universal, visible e histórica. Una Iglesia única, pero a la vez multiforme, cuya actividad en el tiempo se ha visto sometida por los factores históricos, generacionales, políticos y culturales. Podríamos definirla como la «realidad histórica y visible» de la auténtica Iglesia del Dios viviente (los verdaderos convertidos), ubicada en el tiempo y en el espacio, y evidenciada en el proceso temporal del ser humano.

La Iglesia como movimiento histórico

Esta forma de existencia se entiende como el propio «proceso histórico» de la Iglesia. Desde Adán, pasando por el pueblo de Israel, y siguiendo por todo el desarrollo histórico del Cristianismo. No es la Iglesia concebida tanto como organismo, sino más bien como organización. Es el mismo movimiento histórico eclesial, evolutivo y religioso, que se ha desarrollado por los sistemas de referencia doctrinal, los cuales se han ido gestando y constituyendo a través de los siglos. En esta concepción de iglesia están incluidos tanto los creyentes auténticos como los nominales, los cuales también forman parte de dicho movimiento. El trigo y la cizaña crecen juntos, según Mateo 13:29. La Iglesia, desde este enfoque, se define por sus rasgos doctrinales que la identifica y la une como tal, avanzando siempre en busca del consenso doctrinal y la conformidad teológica, con independencia de la comunión espiritual y práctica.

Este proceso ha llevado en muchas ocasiones a la decadencia de la Iglesia, propia de la corrupción moral y espiritual de sus líderes, principalmente. Aunque, por otra parte, también se ha visto beneficiada por el impulso renovador de hombres y mujeres que, de manera valiente y esforzada, han intentado, en muchos momentos de la Historia, volver a las raíces de la santa Palabra de Dios.

La Iglesia como denominación: congregación e iglesia local

La Iglesia universal, aunque indivisible por su unidad espiritual, se divide en la práctica por denominaciones 3., debido sobre todo a distintos enfoques doctrinales y culturales. Estas comunidades, a la vez, se dividen y organizan según sus diferentes patrones de comprensión teológica, en iglesias o congregaciones locales, representando de tal forma a la Iglesia universal. Dicho concepto de iglesia está constituido por miembros realmente convertidos y por muchos otros que no lo son; cuestión que podemos apreciar en el Antiguo Testamento, respecto al pueblo de Israel, y también en buena parte de las comunidades cristianas del Nuevo Testamento.

3. En cierta medida las denominaciones (enfocadas desde su aspecto positivo) son una expresión de la libertad cristiana, en oposición a la uniformidad esclavizadora de las llamadas «sectas».

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Teniendo presente estos cuatro enfoques mencionados, nos preguntamos ahora, ¿qué forma de iglesia incluye a la comunidad en Laodicea? Las cuatro formas que hemos visto se ajustarían, según parece, al modelo de iglesia que se recoge en Laodicea. Es iglesia perfecta, porque estaba constituida por personas salvadas, y Jesús les llama iglesia. Es visible, porque los miembros tenían una actividad eclesial evidente. Es histórica, porque la ubicamos en el tiempo y en el espacio de la Historia. Es iglesia local, porque estaban reunidos (creyentes e incrédulos) y organizados en una congregación.

Como ya venimos resaltando, lo más probable es que en la iglesia de Laodicea hubiera personas sin redimir; pero lo curioso de esto es que Jesús les sigue llamando iglesia. Esta realidad nos ayuda a considerar, con cierta argumentación, que el mensaje de Jesús –en el pasaje que estamos tratando– tiene aplicación tanto para el cristiano verdadero como para el que no lo es, que también forma parte de la iglesia (congregación) como colectivo organizado.

La conclusión, desde esta perspectiva, es eminentemente bíblica: «Conoce el Señor a los que son suyos» (2 Ti. 2:19).

LA RAÍZ DEL PROBLEMA

El conocimiento del Señor

«Yo conozco»

La expresión «yo conozco» no podemos pasarla por alto, dado que engañar a los hombres parece fácil, pero en ningún caso al Señor de la Iglesia. Él tiene un conocimiento pleno, tanto de la apariencia externa como de la realidad interna, y ningún detalle pasa inadvertido ante su presencia.

Comprendamos que el problema de cualquier iglesia se evidencia sólo cuando confrontamos el estado espiritual de la comunidad, a la luz del conocimiento de Cristo. De no ser así, el pecado permanecería escondido, y por ende la propia comunidad con el tiempo se vería gravemente afectada.

Sería difícil llegar a imaginar cuánta corrupción encubierta hay dentro de no pocas iglesias. Y si lo que está escondido no sale a luz, es entonces comprensible que, como puedan afirmar algunos, no haya ningún problema... Pero, verdad es, que cuando la luz de Cristo se hace manifiesta, ésta ilumina los rincones más oscuros de imperfección que pueda hallarse en cualquier congregación. Así lo hizo notar el salmista: «La exposición de tus palabras alumbra» (Sal. 119:130).

Por esta causa, la primera recomendación práctica que hay que seguir es: no ignorar el pecado, ni mucho menos intentar encubrirlo, mirando hacia otro lado como si nada sucediese. Y a continuación se corresponde analizar la situación actual de la congregación, en todas y cada una de sus áreas, enfrentándola a la Revelación de Cristo: la Palabra de Dios. Por ello debemos pensar que si el Señor conoce, también nosotros estamos llamados a conocer, esto es, a examinar nuestros caminos a la luz del perfecto paisaje bíblico, comprobando si éstos son agradables a los ojos de Dios.

Como creyentes en Cristo advertimos que el Señor Jesús está presente en cada instante de nuestra vida, además de estarlo en nuestra congregación. Y Él conoce perfectamente, no sólo las apariencias, sino también las motivaciones más profundas de nuestro ser. Con esta convicción sobre la presencia de Dios, el salmista pudo expresar: «Sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres» (Sal. 11:4). Adentrémonos, pues, en el mundo interior de nuestro ser, para distinguir nuestras verdaderas intenciones, y sigamos así las recomendaciones del apóstol Pablo: «Si, pues, nos examinásemos a nosotros tros mismos, no seríamos juzgados» (1 Co. 11:31).

Las obras de la iglesia

«Tus obras»

Una mención importante que destacamos de la citada iglesia, es que realizaba obras. Ahora bien, ¿qué tipo de obras eran éstas? Pues no lo sabemos a ciencia cierta. Probablemente realizaban cultos dominicales, reuniones de oración, comidas de comunión fraternal... entre otras actividades. No obstante, si prestamos buena atención, observaremos que el pasaje no indica que éstas fueran buenas o malas: eran simplemente obras. Y la omisión que hace el texto sobre el aspecto externo de las obras, nos ilumina, de forma natural, para comprender que la iglesia puede gozar hoy de muchas y diversas actividades eclesiales, pero seguro estamos de que para el Señor lo que realmente importa es el corazón de quienes las realizan.

En el antiguo Israel, el espectáculo pareció ser similar, hasta el punto que el mismo Señor les tuvo que recriminar: «Vuestras fiestas solemnes las tiene aborrecida mi alma; me son gravosas; cansado estoy de soportarlas» (Is. 1:14).

Podemos contemplar a lo largo de la Escritura, que el buen funcionamiento en la vida cristiana no reside tanto en la acción, sino más bien en la actitud; no en la manifestación visible de lo que hacemos, sino en el carácter interno que nos motiva a la acción, y que representa, en sí, la naturaleza misma de nuestro obrar. De igual manera, sucede que muchas congregaciones, guiadas por una errónea concepción religiosa, se centran demasiado en la actividad, cuando tenemos por cierto que lo que realmente debe importar son las personas. Además, como parece indicar el texto de EL Apocalipsis, existían miembros que estaban muy ocupados en el ministerio, pero que a la vez se habían olvidado del Señor del ministerio. Y podían trabajar para Cristo, sí, pero habían descuidado su Persona. Seguramente querían hacer la obra del Señor, pero ignoraron que el Señor, en definitiva, es el que hace la obra.

La exhortación en palabras de Jesucristo es categórica: «Separados de mí, nada podéis hacer» (Jn. 15:5). Alejados de Cristo... podemos hacer muchas cosas, por supuesto, pero nada que produzca fruto aceptable a sus ojos.

Notemos bien que las muchas actividades que una iglesia pueda desarrollar, no es la señal definitiva de que ésta funcione correctamente. Por ello, las obras siempre habrán de resultar la expresión visible de una realidad interna, que asimismo debe unirse estrechamente a la «acción poderosa» del Espíritu, la cual es determinante para el buen resultado de la labor realizada.

Igualmente como ocurrió en la iglesia de Laodicea, hoy se hallan personas que, desde la extrema visión del «hacer», se encuentran atadas a una esclavitud religiosa que no les permite disfrutar de la verdadera libertad en Cristo; y por si fuera poco, su cándida ingenuidad les conduce a pensar que están haciendo lo correcto delante del Señor (para algunos la vida cristiana se limita solamente a cumplir con las obligaciones eclesiales). Otros, de forma equivalente, están satisfechos en su «ego» personal, y lo único que buscan es alimentar su orgullo religioso, emulando así al convencido fariseo: «Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano» (Lc. 18:12).

Es verdad, la iglesia de Laodicea podría haber sido muy activa, eclesialmente hablando, pero había un distintivo que la caracterizaba, y que no se encontraba necesariamente en las propias obras, sino en todo caso en el corazón mismo de las personas; y principalmente entre los líderes, como ya hemos apuntado anteriormente. Y este distintivo, como bien señala el pasaje bíblico, era la tibieza espiritual, la cual consideraremos más adelante.

Encontramos, pues, que la iglesia de Laodicea era muy dinámica; y tal vez pudiera haber incurrido en el denominado activismo, olvidando así lo más importante: la relación personal con Dios. Y así es como la situación que se daba en esta iglesia, encamina nuestro sentido común, para enseñarnos que el «activismo religioso» sólo consigue inutilizar –espiritualmente– al individuo; y éste, a la vez, se ve arrastrado por una idea equivocada del verdadero Cristianismo. La enseñanza se hace mucho más notoria en palabras del mismo Señor: «Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada» (Lc. 10:41).

Tal vez no somos realmente conscientes de la presencia de Cristo, pues de lo contrario muchas de las actividades que se realizan en la iglesia no mostrarían la insipidez que se percibe; se observaría el fondo de la vida espiritual, y no tan sólo la forma litúrgica; se experimentaría la vida de Cristo, y no un acto meramente ritual (por mucho que se revista de emoción, o aparente espiritualidad). Caminando en esta dirección, debemos tener presente que las obras no son el fin, sino el efecto; no el propósito, sino la evidencia; no el motivo, sino el resultado. Cristo debe ser el propósito, el medio y la finalidad, no las obras.

Reflexionemos detenidamente acerca de esta enseñanza. Porque si Dios no interviene en la iglesia, si Cristo no preside y dirige los cultos, si el Espíritu Santo no ejerce su acción poderosa, todo «lo eclesial» pierde su verdadero significado.

Sería necesario tomar cada vez más conciencia de que la verdadera prioridad consiste en conservar la relación con Dios (individual y colectiva); y lo demás es, a todos los efectos, la consecuencia natural que se deriva de esta unión espiritual. El escritor Francis Schaeffer, refuerza esta idea haciendo una sencilla pero práctica sugerencia: «Eso es algo que debe buscarse consciente y constantemente. El individuo, y luego el grupo, tienen que pedirle a Cristo, conscientemente, su ayuda; buscar conscientemente la guía del Espíritu Santo, no ya de forma teórica, sino en la realidad práctica, y entender conscientemente que toda relación ha de ser primero hacia Dios, antes que tenga sentido como relación entre los hombres» (Francis A. Schaeffer. La Iglesia al final del siglo XX. EEE, 1973, 76). Así es, por más que se intente demostrar lo contrario, la vida cristiana carece de sentido si no existe una verdadera relación entre Dios y el creyente, y entre Dios y la iglesia local.

No nos queda más remedio que revisar nuestro recorrido cristiano, sometiendo todas las actividades que realicemos bajo el escrutinio de la Revelación divina; y tal vez no para cambiar las formas externas, sino más bien para disponer nuestro corazón de forma correcta, en relación con todas las obras que podamos realizar.

Énfasis en la persona

«Que ni eres frío o caliente»

«Que ni eres», es una expresión que indica «persona», no acción, ni mucho menos cosa. Efectivamente, el fruto lo determina la raíz del árbol, y no al revés. Resultaría paradójico encontrar higos en un peral, escuchar a un gato ladrar, o ver a un pez andando por la montaña. De esta manera la naturaleza nos proporciona la enseñanza: lo que hacemos tiene que ser determinado por lo que somos.

Con demasiada frecuencia el cristiano se inclina a cambiar aquello que ve, a modificar las estructuras, y a arreglar tan sólo la fachada; cuando en realidad ignora que el pecado reside en el corazón, y no tanto en las circunstancias. Cambiar el corazón de las personas es lo más importante, y eso sólo lo puede hacer Cristo, a través de su Santo Espíritu.

Siendo incuestionable el valor de las obras, seamos prudentes, porque con mucha facilidad podemos invertir las prioridades. Y si bien estas obras pueden ser expuestas de forma muy ordenada y correcta, observamos que la reprensión de Cristo se centra más bien en las motivaciones esenciales de las propias personas. La reconvención es siempre para la iglesia: el grupo organizado de cristianos. Aunque, por supuesto, el mensaje es para cada miembro en particular, como se aprecia en el versículo 20: «si alguno».

Razonando sobre dicha cuestión, nos apercibimos de que algunas personas poseen una capacidad de actuación visible, que muchas veces no se corresponde con la realidad. Y esto nos lleva a pensar que, como dice el refrán, «no es oro todo lo que reluce». En esta misma línea, también discurre muy acertadamente el autor mencionado anteriormente: «Solemos ser muy malos conocedores de las personas porque no vamos más allá de captar la personalidad superficial del otro, esto es, lo que dice, cómo se comporta, qué posición tiene, cómo va vestido: en resumen, observamos al personaje, la máscara que nos muestra; no la penetramos ni se la quitamos para ver qué persona hay detrás» (Francis A. Schaeffer. O. P. citada. p. 66). Bien podemos deducir que la vida cristiana es genuina desde nuestro mundo interno, y no tanto desde el ceremonial externo. Así lo hace notar, en su razonable lógica, el príncipe italiano Nicolás Maquiavelo: «Todos ven lo que tú aparentas, pocos advierten lo que tú eres».

Como ya hemos mencionado, «que ni eres» alude siempre a la condición interna de la persona, no a su actuación religiosa, ni mucho menos a su posición eclesial. Recordemos, por tanto, que Dios valora sobre todo la «persona», y no tan solamente lo que «hace».

Traemos a nuestra mente el mandamiento bíblico por excelencia: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento» (Mt. 22:37,38). Si leemos entre líneas, notaremos que este versículo no prescribe las «obras» como mandato. Y el motivo parece concordar con el espíritu bíblico, aceptando así que todas las actividades deben ser condicionadas por nuestro amor a Dios. De otra forma no serían válidas.

Por cuestión de orden en la redacción, los términos «frío» y «caliente» los examinaremos posteriormente.

El deseo del Señor

«Ojalá fueses frío o caliente»

El término «ojalá» recoge de forma breve, y a modo de exclamación, el profundo sentir del Señor, así como el expreso deseo de bendición y bienestar espiritual para con su pueblo.

Siguen resonando las palabras de Jesús en nuestra mente: «¡Cuántas veces (no pocas) quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! (rechazo voluntario)» (Mt. 23:37).

Debemos admitir que si la voluntad de Dios es nuestra salud espiritual, estamos seguros también de que Él hace todo lo posible para que su Iglesia viva en verdadera plenitud. Pero, al mismo tiempo, observamos el maravilloso y no menos sorprendente detalle: Jesucristo no obliga, sino que expresa su deseo, su voluntad; y con este anhelo pone en manos del hombre la respuesta. Y en esta libertad ofrecida por Jesús, cada cristiano en particular decide su propio destino: frío, caliente... o ser vomitado.

«Ojalá», es el suspiro que se desprende del corazón paternal de Dios, al ver a su iglesia sumergida en el agua tibia. Sin duda Jesucristo se preocupa por su pueblo, y le ofrece constantemente su ayuda y amparo. Por lo demás, si el Señor no interviene hoy en su Iglesia, es porque con nuestra tibieza nos alejamos de su presencia, y por consiguiente le cerramos la puerta; y Él, debido a su benevolencia, nos respeta (y no quisiste).

En este mismo pensamiento, el deseo de Jesús se manifiesta a través de la declaración bíblica: «El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente» (Stg. 4:5).

LA TIBIEZA ESPIRITUAL

Si tuviéramos que hacer un diagnóstico médico que determinara el estado de salud actual de nuestra congregación, ¿cuál sería éste?: 1º goza de salud impecable, 2º tiene frecuentes dolencias, 3º está gravemente enferma, 4º parece estar muerta.

Reflexionando sobre el concepto de «tibieza», podemos advertir que la iglesia de Laodicea no tenía vida, pero tampoco estaba muerta. El ejemplo se asemeja a los animales sumidos en un gran letargo, que aunque aparentemente están muertos, sabemos que por su condición física de hibernación, todavía siguen vivos. De igual forma podemos observar que la tibieza de Laodicea residía en su interior, en el corazón de sus miembros. Y si bien era una iglesia viva, porque albergaba creyentes nacidos de nuevo, el relato de El Apocalipsis nos muestra que al igual que algunos animales, se encontraban inmersos en un prolongado estado de letargo espiritual.

«Pero por cuanto eres tibio»

Hemos destacado que Jesucristo habla al corazón de las personas, y no cuestiona la manera de realizar el culto en la iglesia. Por ello, notamos que a través de la Historia, cada comunidad local ha tenido y tiene su forma particular de realizar los cultos y demás actividades. Y todo es conveniente, en tanto el espíritu y las motivaciones se ajusten a los seguros principios bíblicos, que a fin de cuentas son los que determinarán la efectividad de las obras, y la buena marcha de la comunidad.

Por desgracia seguimos sin aprender la lección, y somos nosotros los que acentuamos demasiado las «formas» externas de los actos cúlticos. Y por si esto fuera poco, criticamos a aquellos que no lo hacen como nosotros. Sin embargo, si nos fijamos bien en las palabras de Jesús, notaremos que frecuentemente apela a la conciencia misma, no tanto a los procedimientos eclesiales, que aunque no dejan de ser importantes, adquieren un marcado carácter secundario.

Dicho esto, nos preguntamos, ¿por qué una tradición del pasado debe seguir conservándose de generación en generación, cuando la Biblia no contempla radicalmente las formas de realizar el culto? ¿Qué sentido tienen, pues, y qué aportan para la renovación y edificación de la iglesia? Pensemos que las formas varían con el tiempo, y éstas se adecuan a las circunstancias del momento histórico y cultural en el que se vive. En cambio, la raíz, el fondo, la condición interna y el fundamento que rige el espíritu bíblico, son invariables, y como tales deben permanecer siendo pilares de cada iglesia.

Con esta forma de proceder, se incurre fácilmente en la postura de los escribas y fariseos de la época de Jesús, que centraban su atención en los minuciosos aspectos externos de la Ley, pero olvidaban lo fundamental: el amor, la misericordia, la generosidad, la bondad... La hiperbólica ilustración de Jesús es más que aleccionadora: «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello!» (Mt. 23:24).

No hay lugar para las dudas, la tibieza espiritual es la mayor lacra desarrollada en nuestros círculos llamados evangélicos. Es una de las formas de apostasía más sutiles que acompaña a nuestro tan extendido cristianismo. Como tal, va realizando lentamente su labor corrupta, destruyendo las comunidades locales, sin que apenas podamos apercibirnos de ello. Jesús ya advirtió del peligro a su iglesia: «Te vomitaré».

IDENTIFICANDO LA TIBIEZA

Comprendamos bien el proceso. La iglesia de Laodicea había avanzado en el tiempo (final del siglo I), hasta que las nuevas generaciones de creyentes pasaron a formar parte de la vida eclesial, influenciadas éstas por el contexto que examinamos en un principio: de prosperidad económica, autonomía política y bienestar social.

A saber, este condicionamiento materialista del que hablamos, ha tenido siempre su efecto negativo, y sirve para muy poco, en todo caso para aturdir nuestra alma y embotar nuestros cinco sentidos. Desde esta oscuridad espiritual, algunos podrían declarar, tal vez de forma inconsciente: –Si lo tenemos todo, ¿qué necesidad tenemos de Dios? Conformémonos, entonces, con el hecho de asistir a los cultos dominicales, y a lo sumo involucrarnos en las actividades eclesiales cual mero acto socio-religioso. Desde luego que si incluimos esta dinámica en nuestra vida eclesial, tengamos por seguro que lo único que lograremos será fomentar a lo sumo un cristianismo de tipo socio-cultural, que por sí solo en realidad se distancia de la Persona de Cristo y de la acción de su Espíritu.

La iglesia, fundamentalmente, es una entidad espiritual (un organismo viviente), y debe funcionar como tal. Sin embargo, con la tibieza se puede llegar a convertir en una entidad de carácter social y religioso, llena de actividades eclesiales, pero a la vez privada del poder de Dios.

Es importante destacar que la congregación, sin la presencia vital de Dios, se va rindiendo a una rutina vacía, llena de sin-sentido; adopta las costumbres propias de su ambiente, y de este modo se sume en un estado de permanente somnolencia. En consecuencia, la iglesia va perdiendo la visión espiritual, incluso acerca de las cuestiones más básicas: la adoración verdadera, la evangelización eficaz, la predicación con poder, la comunión fraternal motivada por el amor de Dios, el estudio serio de las doctrinas bíblicas, o la meditación devocional de la Palabra Sagrada. Y lo más grave o derivado de todo ello, es que Jesús ha quedado fuera de la vida congregacional, como también ocurrió en Laodicea.

No nos llamemos a engaño, porque se puede conseguir una iglesia activa y de apariencia saludable, que goce de altos recursos económicos y de las tecnologías más avanzadas, pero que a la verdad sufra de una grave e invisible enfermedad: la tibieza.

El mismo Señor recriminó a su pueblo con firmeza: «Misericordia quiero, y no sacrificios, y conocimiento de Dios más que holocaustos» (Os. 6:6). La conclusión cae por su propio peso: las actividades eclesiales, por muy correctas que se muestren, no son demostración suficiente de que una iglesia esté cumpliendo con la voluntad divina; puesto que, si todas estas acciones son motivadas por un «espíritu tibio», lo único que provocará será un deterioro en la vida espiritual de sus miembros.

«Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado» (Is. 29:13).

¿En qué consiste la tibieza?

Podríamos señalar que la tibieza espiritual se corresponde con una actitud egocéntrica; una cristianizada forma de ser que no concuerda con el espíritu bíblico; o una disposición del corazón que corrompe la genuina espiritualidad del creyente. Y ésta parece manifestarse de diversas maneras, como por ejemplo: decimos que amamos a nuestro prójimo... pero nuestro corazón apenas se conmueve ante su desgracia. Elevamos nuestras oraciones a Dios... sin embargo éstas parecen carecer de sincera motivación. Cantamos incansablemente alabanzas al Señor... aunque tenemos escasa conciencia de lo que decimos. Formamos parte de un cuerpo... pero vivimos indiferentes los unos de los otros. Somos la iglesia: la comunidad de Cristo... pero al tiempo descuidamos la comunión fraternal. Podemos incluso escuchar la Palabra de Dios... pero no estar dispuestos a obedecerla. Andamos cerca de las normas eclesiales... cuando en realidad nos mantenemos lejos de Dios.

Reflexionemos sobre dicha enfermedad. El cristiano espiritualmente tibio es nacido de nuevo, sin embargo no experimenta crecimiento interior; es regenerado por el Espíritu Santo, pero no da evidencias de ello; y puede tener ministerio eclesial, pero no vivir como ministro de Jesucristo. Nos preguntamos, naturalmente: ¿es cristiano quien de tal forma vive, o realmente nunca lo fue? Podemos llegar a pensar, y con bastante razón, que la comunidad de Laodicea estaba formada por una mayoría de «cristianos» que no habían recibido todavía la Salvación. No resulta sorprendente, ya que el mismo Señor así lo expresó con anterioridad: «Porque muchos son llamados, más pocos escogidos» (Mt. 20:16).

Por otra parte, la tibieza también suele manifestarse cuando la comunidad se aleja de las enseñanzas más básicas de la Escritura. Se puede observar que en algunas congregaciones o círculos cristianos, ya no se habla apenas de la muerte de Jesús, de sus padecimientos, de su resurrección, del retorno de nuestro Señor en gloria; y si se hace, es a modo de credo, esto es, como una fórmula aprendida que resuena en la mente de muchos, a manera de canción repetitiva.

Si reconocemos que la frialdad espiritual se ha apoderado del corazón de muchas iglesias, no nos extrañe entonces que ya no se hable del pecado, o del Juicio final; y es que la hiper-tolerancia ha desembocado en la permisividad más extrema y pecaminosa, consiguiendo alejar al cristiano del auténtico mensaje de Cristo.

Si nos preguntáramos, por qué la tibieza espiritual reina en el ambiente, seguramente nuestra respuesta sería proporcional a la valoración que hagamos de la vida cristiana. Y para conocer la respuesta, sería aconsejable revisar nuestra escala de valores, e identificar si nuestro grado de entrega a Cristo es del todo completo. De no ser así, estaremos atentando contra la exigencia de Jesús: «Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo» (Lc. 14:33). Observemos que la entrega y disposición que Dios pide de nosotros, ha de ser completa, sin reserva alguna. La entrega ha de ser sólo de una buena parte, sino de todo lo que soy y lo que tengo, que debe ser puesto a disposición del Señor para llevar a cabo sus planes en este mundo.

Reconociendo humildemente este importante asunto, podemos afirmar que a veces son nuestras decisiones egoístas las que van desplazando a Jesús poco a poco de la congregación, hasta el punto de encontrarnos en la triste situación de Laodicea.

Comprobemos si la actividad poderosa de Jesús reside en el seno cualquier iglesia local, pues su manifestación debe hacerse claramente notoria, dado que el fruto del Espíritu es el efecto de la presencia de Dios en nosotros, transformada en amor, gozo, paz... como hace constar Gálatas 5:22.

No obstante, aunque podamos percibir expresiones de aparente espiritualidad en el cristiano tibio, éstas bien pueden ser revestidas de hipocresía. De la misma forma una marcada línea de hipocresía era trazada por aquellos personajes tan característicos de la época de Jesús: los escribas y fariseos. Ellos habían sido por largo tiempo los intérpretes de la Ley; aunque, lamentablemente, habían hecho una separación entre lo externo (la letra), de lo interno (el espíritu, lo que subyace a la letra). Recordemos lo estrictos que eran a la hora de cumplir las normas legales; pero a pesar de ese desmesurado énfasis legal, se habían olvidado de lo más esencial, de lo que no se ve pero se nota, que es: el amor, la justicia, la misericordia... En este caso, su tibieza, convertida en ceguera espiritual, no les permitía ver los asuntos internos: los del corazón.

Las palabras de Jesús hacia los religiosos de su época fueron más que rotundas: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera quede limpio!» (Mt. 23:25,26). ¡Qué imagen más gráfica!: un vaso, un plato, y un fariseo lavando sólo la parte de fuera. Y continúa Jesús en su ilustrativa comparación, diciéndoles: «Sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia» (Mt. 23:27). Es verdad, la contundente frase del Señor puede ser ciertamente lapidaria, pero la enseñanza que surge de este cuadro farisaico, es claramente aplicable a no pocas iglesias llamadas cristianas de nuestro panorama evangélico mundial.

Llegados a este punto, es necesario adquirir una adecuada comprensión de todo lo mencionado, para llegar a entender que: asistir a las reuniones eclesiales, cantar alabanzas, leer la Biblia, orar, ofrendar, cumplir con el ministerio... realizado como un acto meramente externo, como una función mecánica carente de toda motivación sincera, generosa y llena de amor, es sucumbir en cualquier caso a la tibieza espiritual.

Las señales de un cristiano tibio

Tendríamos que esforzarnos por explicar lo que denominamos tibieza espiritual, y posiblemente ésta no tenga una clara definición. A pesar de ello, seguramente podremos formarnos una imagen bastante acertada, si analizamos detalladamente los síntomas de la iglesia en Laodicea.

En las reflexiones siguientes lograremos apreciar que los síntomas que identifican a un cristiano tibio, pueden contener diversas expresiones. Por ejemplo, afirmamos que el Señor nos provee para nuestras necesidades, en cambio vivimos siempre quejándonos por lo que nos falta. Decimos que somos peregrinos en este mundo, camino a la ciudad eterna, cuando en realidad nuestros valores están aferrados a esta vida pasajera, y nuestros bienes materiales son demasiado apreciados como para despojarnos de ellos; atesoramos para este mundo, y entre tanto, nuestra cuenta bancaria en el Cielo sigue vacía. Además, creemos firmemente en la Segunda Venida, pero actuamos como si Cristo no fuera a regresar nunca. Asimismo, estamos convencidos de que el Evangelio es para la salvación del mundo, pero no nos molestamos en comunicarlo a nadie. En esto, podemos incluso predicar muy bien acerca de la paz, y a la vez tener nuestra alma llena de turbación. Tal vez disertamos con verdadera destreza sobre la misericordia y el amor, pero al mismo tiempo nuestro corazón permanece insensible ante las necesidades ajenas.

Y así podríamos seguir incluyendo innumerables contradicciones que no se hallan muy lejos de cada uno de nosotros, porque la tibieza, por desgracia, se transmite de corazón a corazón, cual mortífero «virus».

Si evaluamos las diferencias esenciales entre el cristiano tibio y el cristiano fiel –en tanto que «siervo inútil» (Lc. 17:10)–, podremos distinguir que:

– El 1º conoce la Escritura. El 2º conoce al Dios de la Escritura.
– El 1º adora el estudio bíblico. El 2º adora a Dios en espíritu y en verdad.
– El 1º cuestiona la Escritura. El 2º confía en ella.
– El 1º intenta definir a Dios. El 2º intenta comprenderlo.
– El 1º tiene muchos argumentos para demostrar la fe. El 2º tiene fe.
– El 1º memoriza la Biblia. El 2º intenta cumplirla.
– El 1º está satisfecho con la erudición bíblica. El 2º se regocija en las pruebas.
– El 1º busca la vocación. El 2º busca la santidad.
– El 1º tiene vida religiosa. El 2º posee vida espiritual.
– El 1º anhela el poder eclesial. El 2º busca la verdad bíblica.
– El 1º recibe el reconocimiento. El 2º practica el servicio.

Como podemos contemplar, la diferencia se hace notar. Y si bien el primer apartado no deja de ser correcto, siempre resulta susceptible de tibieza. En cambio, el segundo apartado mantiene, en la orientación adecuada, el equilibrio del espíritu bíblico.

Saquemos conclusiones, porque el cristiano se puede hallar definido espiritualmente en uno de estos dos bandos. Aunque, por supuesto, siempre existirá esa lucha de titanes, entre el nuevo y el viejo hombre, que intentarán dominar las motivaciones más profundas de nuestro corazón. A pesar de todo, nuestra decisión habrá de ser clara y determinante: frío o caliente, pero nunca tibio.

No deberíamos de eludir nuestra responsabilidad ante la difícil situación eclesial en la que tal vez nos encontremos, puesto que la tibieza espiritual es la enfermedad más extendida en nuestro siglo, y haríamos bien en prevenirnos de ella, ya que es de fácil contagio. Pensemos que tanto lo bueno como lo malo se transmite: «Un poco de levadura leuda toda la masa» (Gá. 5:9). Y así, el conjunto de cristianos infectados por la tibieza, llegan a formar una congregación tibia, semejante a Laodicea.

En el momento antes de su arresto, Jesús aconsejó a sus discípulos algo que deberíamos de tener siempre en mente: «Velad y orad, para que no entréis en tentación: el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil» (Mt. 26:41). La declaración del Maestro es más que certera. Hemos de reconocer que a causa de nuestra debilidad, somos claramente vulnerables a padecer la tibieza; por ello debemos estar siempre alertas y guardarnos de tal amenaza, que a la verdad resulta casi imperceptible.

No descuidemos tampoco la realidad de que el gran promotor de la tibieza espiritual es Satanás, el cual no se manifiesta de una forma evidente, sino que busca camuflarse en la tibieza como método más efectivo para derribar nuestra fe. Él mismo se pasea por la congregación, tomando en sus brazos a los «bebés espirituales», de modo que los acaricia suavemente, los mece y les canta dulces canciones de cuna, para que poco a poco y sin que apenas se den cuenta, vayan experimentando la somnolencia, hasta que al final caen en un profundo sueño, del cual es difícil despertar.

Sucede que la tibieza espiritual está invadiendo nuestras personas, nuestras iglesias, y también nuestros hogares. Hoy es el programa favorito de la televisión el que suplanta a la oración y meditación de la Palabra; la comida tiene prioridad sobre el alimento espiritual; nuestra indumentaria es más importante que la comunión fraternal; y la amistad del mundo precede a nuestra relación con Dios... Así vamos cambiando las preferencias, y adaptando nuestra vida cristiana a los esquemas de esta sociedad.

Resulta curioso observar de qué manera muchos cristianos admiran a esos mártires de los primeros siglos que dieron su vida por Cristo, pero en cambio, hoy día no movemos ni un dedo para que la gente se salve: la comodidad, la vergüenza y el orgullo propio, logran paralizar nuestro ánimo, provocando la desidia espiritual, hasta lograr endurecer por completo nuestro corazón.

Hoy existe un grave problema, y no son las religiones paganas, sino el paganismo cristiano; no las sectas destructivas, sino el cristianismo tibio; no el ateísmo práctico, sino la religión teórica.

Lo que hoy necesitamos, con máxima urgencia, son esforzados guerreros de la fe; cristianos valientes que se despidan de la inercia religiosa más absurda, y emerjan de la tibieza en la que muchos puedan estar inmersos.

En definitiva, la tibieza es vivir un cristianismo sin Cristo, y por desgracia ésta arrastra a no pocos cristianos hacia la sinrazón de una vida ciertamente vacía e intrascendente.

Que nuestra oración sea: ¡Señor, líbranos de la tibieza!

Mejor el cristiano frío

«Y no frío»

La recriminación hecha por Jesús, «por cuanto no eres frío», lleva el sentido de congelado, es decir, que se enfríe completamente (en cuanto a sus funciones cristianas se refiere). Es cierto, mejor le sería al creyente tibio irse al mundo, y no que el mundo entrara dentro de la iglesia por medio de él; porque, naturalmente, sería más difícil detectar el pecado; y lo más peligroso de todo es que lograría infectar a los demás miembros. Hacemos bien en no descuidar la enseñanza, puesto que la tibieza también se viste de ropaje religioso, y poco a poco, y de manera sutil, va contaminando toda la congregación.

Antes que tibio, mejor ser frío. Y esto se explicaría de la siguiente forma:

Mejor que el cristiano tibio no diga ni siquiera que es cristiano, para no manchar así el Evangelio de Cristo, ni ofrecer una imagen nefasta de la comunidad adonde asiste. El testimonio de un cristiano tibio crea confusión, deja en mal lugar a la Iglesia, y también al Señor; afrenta contra el «santificado sea tu nombre» expresado en el Padrenuestro, puesto que con su tibieza ensucia la buena reputación de Dios.
Porque siempre hay esperanza para un cristiano que se ha ido al mundo y que ha conectado con las miserias de Satanás de una forma directa. Pues de esta manera, existe la posibilidad de que vuelva al Señor sinceramente arrepentido. Por el contrario, el tibio cree que todo va bien, que no hay ningún problema, y por lo tanto en su inconsciencia se hace más difícil convencerle de la verdad.

La conclusión se hace patente: Los cristianos calientes (consagrados) son útiles para el Señor. Los fríos aún tienen esperanza de serlo. Pero los tibios son inservibles para cualquier cosa, y en apariencia no necesitan nada, porque creen tenerlo todo. Por ello su autosuficiencia religiosa les lleva a vivir independientes de Dios. Y esta soberbia manifiesta, casi siempre va unida a una auto-justificación de carácter meritoria, que al tiempo les llena de presunción y les separa irremediablemente de la gracia divina.

Mejor el cristiano caliente

«Ni caliente»

El término «caliente» lleva el sentido de vida interior. Valga el siguiente ejemplo a modo de enseñanza: Nuestra vida biológica se puede demostrar a través de la temperatura corporal (37ºC), siendo señal de que mantenemos nuestra salud en perfecto equilibrio. Resultaría extraño tomar la temperatura corporal a una persona extremadamente activa, y que el termómetro señalara 10 grados (la muerte es segura). Evidentemente esto resulta chocante e incomprensible. Pues bien, es lo que al parecer está ocurriendo hoy. Por eso buena parte de nuestra iglesia contemporánea ofrece un mensaje contradictorio: aparentemente tiene vida, pero su temperatura interna indica un estado de muerte. La ilustración siempre es didáctica: los grados centígrados de espiritualidad no dependen de las buenas obras externas, sino del mecanismo interno que regula la temperatura de esas obras; y éste, por supuesto, no es otro que el poder de Dios.

«Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros» (2 Co. 4:7). Para que cualquier actividad eclesial obtenga un efecto positivo, y se halle impregnada de calor espiritual, es imprescindible que el Espíritu Santo transfiera continuamente su fuego espiritual, manteniendo de tal manera encendida la «hoguera» interior en el corazón del cristiano.

No debemos concebir una idea equivocada del fervor cristiano, pues éste no se traduce en un entusiasmo prefabricado, manipulado o artificial. Ni tampoco en la expresión de una emoción exaltada o de sentimientos desmesurados. Más bien constituye una suave brisa natural que promueve el clima de bienestar espiritual en nuestro entorno. Y solamente Cristo, por su infinito poder, puede ofrecer la energía suficiente como para activar nuestra temperatura espiritual. Así, cuando nos convertimos en receptores de su gracia, logramos transmitir adecuadamente ese calor espiritual a los que nos rodean.

En esto, debemos preguntarnos, ¿cuáles son nuestros grados centígrados de espiritualidad? ¿Qué nivel de fervor habita en nuestro corazón? No es un secreto oculto afirmar, por los tiempos que corren, que la mayoría de nuestras iglesias carecen de fervor espiritual. Ahora, cuando observamos el tema en el sentido opuesto, recordamos que muchos cristianos murieron torturados en las persecuciones de los primeros siglos; martirizados de forma cruel por la Inquisición en los siglos posteriores; y todavía hoy es noticia en países donde hay persecución religiosa...

Discurriendo seriamente sobre el tema que estamos tratando, recogemos aquí las palabras literales del famoso predicador Spurgeon, presentando la siguiente reflexión sobre lo mencionado: «¿Qué hay de ti, querido hermano? ¿Dices tú: “Bien, no soy el más caliente de todos”, pero tampoco soy el más frío de todos» Entonces tengo sospechas en cuanto a tu temperatura; pero dejo el asunto a tu propio discernimiento, haciéndote observar solamente que nunca he visto un fuego que sea moderadamente caliente» (C.H. Spurgeon. Un Ministerio Ideal. Vol. 1. El estandarte de la verdad, 1993, 114).

La tibieza produce náuseas

«Te vomitaré de mi boca»

Parafraseando la expresión de nuestro Señor, se podría aceptar la presente declaración: «Estoy para vomitarte, pero te doy la última oportunidad».

Comentando este pasaje, el conocido escritor Leon Morris, concluye de la siguiente forma: «El agua caliente sana, el agua fría refresca, pero el agua tibia es inútil para cualquier propósito, y sólo puede servir como un vomitivo» (Leon Morris, Revelation. Gran Rapids, Eerdmans, 1987, 82). Como bien sostiene el autor, la tibieza espiritual se convierte en un «vomitivo», que si de algo puede servir, es solamente para provocar náuseas; y no sólo a nuestro Señor, sino también a cualquiera que esté conectado con la mente de Cristo.

En cierto modo el proceso decadente va transcurriendo de forma natural, y así el cristiano tibio se va alejando paulatinamente de Dios, hasta que pierde el contacto con la realidad espiritual. La infección ya se ha desarrollado lo suficiente, y el pronóstico de dicha enfermedad es mortal: «Te vomitaré». Por muy dura que pueda parecer esta declaración, la amonestación de nuestro Señor no es un juicio condenatorio, sino más bien el resultado natural de haber excluido a Jesús de nuestra vida cristiana. Esta lastimosa situación en la que algunas iglesias pueden hallarse, es la consecuencia directa de molestar al Cuerpo. Bien sabido es que cuando comemos alimentos que se encuentran en mal estado, nuestro organismo siente náuseas y los vomita. Esta devolución, en cualquier caso, es una medida útil y beneficiosa para proteger al propio cuerpo.

«Te vomitaré», supone una advertencia demasiado seria como para evadirla, pues su implicación final es la esterilidad de la vida cristiana y, en consecuencia, el último ciclo del desastre espiritual.

En cuanto al trato que Dios mantiene con su iglesia, sabemos que Cristo ya fue juzgado por nosotros, pagando la culpa de nuestro pecado. Pero, aun siendo esto cierto, todavía el pueblo de Dios debe ser juzgado (en el sentido de disciplina) por las consecuencias de su propio pecado. Así parece confirmarlo el autor a los Hebreos: «El Señor juzgará a su pueblo» (He. 10:30). Es verdad que Dios es misericordioso y paciente para con todos, pero a veces nos olvidamos de que también es justo.

Visto el tema en líneas paralelas, existen comunidades que, con sus tradiciones mal aplicadas, han creado un gran muro que lamentablemente les distancia de la Verdad. Y el grave desenlace, en última instancia, es que el Espíritu de Dios se retira de la iglesia; y como resultado, ya no se percibe su acción real: la presencia de Jesús y su poder ya no prevalece en el seno de la misma iglesia.

Es importante admitir que las tradiciones o costumbres cristianas y eclesiales son necesarias, y válidas en el devenir histórico de la iglesia; pero, entendiendo siempre que éstas no suplanten a la Palabra de Dios, o se conviertan en dogma. Se tiene la ingrata impresión de que existen demasiadas congregaciones donde lo que se quiere conservar, ante todo, son las tradiciones del pasado; y la actitud frente a la renovación espiritual es de escepticismo, o en los casos más insensatos es de rechazo absoluto, resistiendo de esta forma al mensaje renovador de la Palabra de Dios, y por ende al mismo Espíritu. Otra vez nuestro Señor apunta directamente hacia el problema: «Por vuestras tradiciones invalidáis la palabra de Dios» (Mt. 7:3). De ahí que, como se suele decir: la norma nunca habrá de estar por encima de la vida.

Debemos advertir del peligro mencionado, puesto que en la medida que la iglesia, como colectivo, se aleje de los principios bíblicos bien entendidos, mayor será su debilidad espiritual, hasta poder quedar completamente paralizada: «te vomitaré de mi boca». Y aunque socialmente pueda mantenerse activa, y dar la impresión de que vive, en realidad se habrá hecho ineficaz para la obra de Dios... De igual forma debemos considerar la admonición que el Señor hizo al rey Salomón, y extraer su enseñanza principal: «Si tú le buscares, lo hallarás; mas si lo dejares, él te desechará para siempre» (1 Cr. 28:9).

Reparemos en el ejemplo: la iglesia, como congregación, acarrea el grave riesgo de ser desechada por el Señor. Y, análogamente, la expresión «te vomitaré», puede compararse con otras cartas a las iglesias del Asia menor. Por ejemplo, el aviso para la iglesia de Éfeso fue el de «quitar el candelero» (Ap. 2:5). Igualmente encontramos otras frases en el Nuevo Testamento, tales como: «apagar el Espíritu» (1 Ts. 5:17), «morir» (Ro. 8:13), «ser destruido por Dios» (1 Co. 3:17), «contristar al Espíritu» (Ef. 4:30). Todas éstas son expresiones sinónimas que se recogen a modo de «analogía de la fe», y conllevan el sentido de «inutilizar», de «hacer inservible». Dichas afirmaciones no comprenden en ningún modo la pérdida de la salvación (al que ya es poseedor de ella), pues ésta pertenece sólo al Señor, y no a nuestras buenas o malas obras. Pero seguramente significa perder la comunión y el contacto espiritual con el Padre celestial, y por ende también el poder y la acción del Espíritu en la vida del creyente.

No es nada agradable tener que anunciarlo, pero al parecer son innumerables los cristianos que, apartados del verdadero camino, se han vuelto ineficaces para la obra del Señor. Al igual que una vela, con su pequeña llama, los cristianos tibios se van apagando hasta quedar en completa oscuridad. Y evidentemente pueden seguir manteniendo el protocolo ministerial, pero se han convertido en creyentes reprobados por Jesús.

Visto el panorama, no resulta nada extraño pensar que la tibieza se ha instalado en el corazón de muchos cristianos, por lo que ya no viven el Evangelio, no experimentan gozo, su vida está vacía, y así su experiencia cristiana ha degenerado en un sinsabor.

Es lamentable hallar congregaciones que se reúnen en el nombre de Jesús, pero Jesús no parece estar en medio de ellas. Y muchos de sus miembros tratan de suavizar el urgente mensaje profético, para contentar su equivocado sentido del deber religioso.

La pregunta que con mucha prudencia debemos contestar, es: ¿Existen hoy en día iglesias locales que han sido vomitadas de la boca de Jesús? ¿y tal vez sigan funcionando como instituciones religiosas, pero que no experimentan el poder y la comunión con Dios? Por simple deducción lógica y bíblica, debemos pensar que si ya ocurrió en el primer y segundo siglo de nuestro Cristianismo, cuánto más en éste, el cual camina ansioso y sin retorno hacia la «apostasía».

Por todo lo mencionado hasta ahora, podemos deducir sin temor a equivocarnos, que actualmente también se hallan cristianos inhabilitados espiritualmente, y asimismo congregaciones que han quedado descalificadas de la carrera, puesto que, como venimos enfatizando, la tibieza espiritual se ha extendido sobremanera. La advertencia bíblica de entonces, es válida para nosotros hoy: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor» (Fil. 2:12).

Si nuestro orgullo, si nuestra incredulidad, si nuestra ceguera, si nuestra pobreza espiritual, está entorpeciendo la obra de Dios... no perdamos más tiempo, y vayamos al Médico amado a tomar urgentemente la medicina, o por el contrario nuestra degenerativa enfermedad acabará convirtiéndose en una irreversible parálisis espiritual.

Cristiano: vive o muere, pero no seas tibio por más tiempo; es una ofensa al Dios de los cielos, a la Iglesia de Cristo, y al testimonio evangélico.

El origen de la tibieza espiritual

«Porque tú dices»

Probablemente el Espíritu Santo ha dejado de hablar porque la congregación ha cerrado sus oídos para no oír su voz. «Pero no quisieron escuchar, antes volvieron las espaldas, y taparon sus oídos para no oír» (Zac. 7:11).

Tú dices equivale a tú decides. Así, muchas son las congregaciones que no desean escuchar el mensaje de Dios; sencillamente porque su opinión prevalece sobre la Verdad bíblica.

«Tú dices» da a entender que si bien ellos decían, lo cierto es que no escuchaban. Nos preguntamos, con sentido de la lógica, ¿qué tiene que decir Dios, si yo poseo la libertad para decir y decidir? Igualmente, ¿para qué necesito su providencia, su dirección, su intervención en mi vida, si ya lo tengo todo?

Recordemos que la iglesia en Laodicea disfrutaba de una buena condición económica, tenía todas las necesidades cubiertas, y reposaba en su holgura y bienestar. Por lo tanto, parece razonable que no quisieran escuchar la voz de Dios, y entre otros motivos, es porque no creían necesitarle; estaban plenamente satisfechos (en apariencia). Lejos permanecía su actitud de aquella modélica oración reflejada en el Padrenuestro: «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy (dependencia diaria en Dios)» (Mt. 6:11).

En este sentido, podemos pensar que las causas que provocan la tibieza se fundamentan básicamente en la vanidad y el materialismo; dos aspectos de los cuales, aunque de forma somera, nos ocuparemos más adelante.

En lo que se refiere a los miembros de la iglesia en Laodicea, al parecer se habían alejado lo suficiente como para prescindir del poder de Dios. En la práctica real su dios era constituido por lo que tenían, sin atender a la Palabra de Aquel que les proveía. El gobierno eclesial era democrático, y quien dictaminaba en este caso era la voluntad del hombre, quedando la Palabra de Cristo relegada a un mero elemento religioso decorativo. Cuán significativa es la frase bíblica: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto y aquello» (Stg. 4:15).

Así fue como aquella comunidad de creyentes desvió su mirada del Dios soberano, y poco a poco la fue situando en la propia iglesia. Si captamos bien esta enseñanza, nos daremos cuenta de que, aunque pueda parecer sorprendente, para algunos cristianos lo imperante es la «iglesia» en sí, y no el Señor de la iglesia; y de esta manera exclaman con un sentido de pertenencia: ¡Mi iglesia! Desde esta postura, sobresale con fuerza el texto del Antiguo Testamento: «Porque dos males ha hecho mi pueblo (dice el Señor): me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua» (Jer. 2:13).

Otra causa añadida que nos conduce a la tibieza, es la falta de fe en Dios y verdadera confianza en su Palabra. Por eso hoy tiene muy poco valor lo que Dios diga, y sí mucho lo que el hombre opine. La autoridad de la Palabra es suplantada por la autoridad humana. El pecado es camuflado y la tolerancia es extrema, porque «tú dices».

Aplicando aquí el refrán popular: «Dime de qué presumes y te diré de qué careces», podemos suponer que la gran presunción de la iglesia en Laodicea, lo único que sacaba a luz era su verdadera carencia, la cual se traducirá, como veremos más adelante, en infelicidad, miseria, pobreza, ceguera y desnudez.

Ningún área de la vida cristiana debería de ser concebida bajo nuestra propia opinión. Bien expresaba el apóstol: «Ya no vivo yo» (Gá. 2:20), y por ende, no tengo derecho a decir o decidir nada; puesto que, como apunta el texto: «No sois vuestros (no nos pertenecemos); porque habéis sido comprados por precio» (1 Co. 19:20).

Haremos bien en considerar el gran peligro que hoy existe de contraer esta terrible enfermedad: «la tibieza espiritual». Tengamos presente así las directrices de Dios, sus instrucciones, sus consejos y advertencias; porque Él habla, y nosotros debemos escuchar.


José Mª Recuero

 

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