La iglesia de Laodicea, un mensaje de actualidad

Un encuentro con Jesucristo

LAS CONDICIONES

Una decisión por Cristo

«Sé, pues, celoso»

El término «celoso» también se puede traducir por «fervoroso»: condición indispensable para salir de la tibieza. Viene a expresar la decisión valiente del cristiano que considera cuán importante en su vida es cumplir fielmente con la voluntad de Dios.

Ser celoso o fervoroso, implica situar nuestra relación con Dios como la máxima preferencia en la vida. El celo que el cristiano debe mostrar, pues, no es otra cosa que un verdadero interés manifiesto por vivir la vida de Cristo. Es el deseo ardiente que Dios provoca en nuestros corazones cuando le entregamos la vida de forma completa, negando nuestra voluntad para cumplir con la suya. Es no solamente reconocimiento de nuestra tibieza, sino también la reafirmación de nuestro propósito.

En el sentido opuesto a lo expresado, observamos la gran despreocupación que existe hoy entre los cristianos por reavivar la vida espiritual. Nuestro interés por lo terrenal y nuestro descuido por lo celestial, se hace cada vez más evidente. Ya no valoramos apenas nuestra comunión con Jesús.

Hemos de advertir que entre los laodicenses existía una clara ausencia de celo. La apatía y el desasosiego espiritual formaban parte íntegra de la vida eclesial, y sus prácticas religiosas se propagaban solamente a modo de costumbre dominical. Seguramente descuidaron el siguiente texto bíblico: «Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos» (He. 2:1).

En el mismo sentido, y realizando una correspondencia sobre el fútbol –este deporte tan idolatrado–, podemos hacer llegar la experiencia de algunos cristianos que, extasiados por la euforia futbolística, gritan fervorosamente cuando observan un partido de fútbol. Unas veces mostrando su cólera por los errores de los árbitros, otras dando saltos de alegría cuando su equipo favorito consigue un gol... Pero, en cambio, sus corazones son inmutables ante las injusticias de la vida, y sus rostros inexpresivos a la hora de cantar alabanzas a Dios; sus palabras frías cuando se trata de orar, y no mayor es su pasión al escuchar el mensaje de la Escritura...

Lo cierto es que cada uno muestra «su celo», o expresándolo de otra manera, pone su «máxima atención» en lo que le interesa, en aquello a lo que otorga más valor: bien sea el fútbol, la música, el arte, y demás intereses.

Distingamos el proceso de la vida cristiana, que el crecimiento personal, el grado de espiritualidad, la madurez cristiana y la calidad en el servicio a Dios, dependerá en mayor o menor medida del nivel de entrega que cada uno determine. Por ello, la recomendación de Jesús a mostrar celo, contiene principalmente un toque de atención a despertar, a examinar nuestro actual estado espiritual, a tener muy en cuenta quiénes somos y en qué lugar de la vida cristiana nos encontramos.

Cuando los creyentes, en determinación de ser celosos, le abrimos la puerta del corazón a Dios, es entonces cuando Él llena de fervor nuestro espíritu, de poder nuestra vida, de gozo nuestro corazón, y asimismo de calidez espiritual todas nuestras obras. Entendemos que el Señor capacita al cristiano, concediéndole los recursos necesarios para poder llenar su vida de calidad espiritual. Sin embargo, todo esto es así en tanto que el cristiano tome la decisión, en su libertad, de entregarse por entero a Dios, acatando su voluntad por encima todo; y con las implicaciones que ello comprende: perder la propia vida para ganar la vida de Cristo, principalmente.

El celo, o fervor espiritual, es condición esencial para que todo lo demás tenga sentido. Aunque, ahondando en el mismo pensamiento, y visto el tema desde un enfoque equilibrado, no podemos confundir el fervor con las exaltaciones irracionales, el celo santo con el éxtasis disparatado, la santidad con el fanatismo, o el ardor equilibrado con el frenesí de las sensaciones. En contra de lo que algunos cristianos extremistas pueden practicar, afirmamos que lo que hoy necesitamos es pasión duradera, no acaloramientos momentáneos.

La idea de fervor o celo, es más bien una pasión tranquila y serena por descubrir cada día los tesoros de la Palabra de Dios, por predicar las buenas nuevas del Evangelio, y sobre todo por ser consecuentes con el ejemplo de la vida de Cristo. Pablo se califica a sí mismo «celoso de Dios» según Hechos 22:3. Aunque, no obstante, también es sabedor de que al celo le debe proseguir el buen obrar, como consecuencia lógica. Así parece recomendarlo en su carta a Tito, el responsable de la iglesia en Creta: «Y celoso de buenas obras» (Tit. 2:14).
Sintetizando de forma sencilla lo expuesto, aprendemos que «tener celo» se corresponde con el deseo y la buena actitud de amar a Dios sobre todas las cosas, e intentar cumplir fielmente con su voluntad.

Visto lo visto, podemos constatar que a las obras sin fervor, sobreviene tibieza manifiesta.

Un arrepentimiento sincero

«Y arrepiéntete»

Intentamos responder a la eterna pregunta: ¿A quién va dirigido este mandamiento? ¿Es para creyentes o para inconversos?

Si Jesús llama a la «iglesia», debemos deducir que algún cristiano debía de haber (dos o tres como mínimo). Si bien pensamos que el mandamiento explícito sobre el arrepentimiento, en este pasaje, era para los creyentes –para los cristianos auténticos–, indicando arrepentimiento «de la vida tibia» que llevaban, también debemos incluir, por derivación, a los cristianos nominales (sólo de nombre); suponiendo que también tomaban parte de la misma comunidad, por lo que no se descarta la posibilidad de aplicar el texto para los no convertidos.

A este respecto, comprendamos que en cierta manera un incrédulo no puede ser tibio: está muerto espiritualmente. Pero, por otro lado, bien puede participar de la tibieza que en tal caso la iglesia le proporciona. Por ello, el mensaje de Cristo se orientaba para la comunidad en general, y también para cada uno de sus miembros, en particular.

Con esta buena disposición, es preciso destacar el popular Salmo 51, como referencia para cualquiera que necesite unas pautas de arrepentimiento. Son las palabras de un creyente abatido por su pecado: «Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos» (Sal. 51:3,4). Arrepentirse significa negarse a sí mismo, decir «no» a las motivaciones individuales y a todo interés personal que no se avenga a la buena  voluntad de Dios. Un cambio interior de mente y de conducta, es la condición primero y la consecuencia después.

Parafraseando el mensaje de Jesús, parece como si el texto dijera: –No importa si alguna vez has sido salvo, si has conocido verdaderamente a Cristo; arrepiéntete como si nunca lo hubieras hecho, como si comenzaras una nueva vida, como si tomaras la decisión hoy mismo, disponiendo así tu camino bajo las directrices de Dios.

Lo asombroso, en este punto, es que la comunidad de Laodicea había cambiado de conducta, de ética, pero sin embargo ésta no venía guiada por el arrepentimiento. Y visto desde una perspectiva bíblica, no puede haber ética cristiana válida, si no existe un verdadero arrepentimiento.

Resulta interesante analizar la forma imperativa del término «arrepentirse», pues el texto griego parece indicar un estado y no solamente un acto. Es un acto puntual, cierto, pero también es un estado permanente. Se trata de romper con el pasado y comenzar de nuevo para «vivir como un arrepentido» (éste es el sentido correcto), y no de un hecho puramente superficial. El arrepentimiento es un cambio de mentalidad, reflejado además en un cambio de disposición del corazón, que repercute, a la vez, en un cambio de ética.

Sería conveniente hacer nuestras las palabras del sacerdote Esdras: «Y dije: Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti, porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han crecido hasta el cielo» (Esd. 9:6). Es verdad, tenemos que pedir perdón a nuestro Dios por tantas cosas que le ofenden: por descuidar a la persona de Jesús, por desatender su voz, por nuestra indiferencia hacia Él, por la falta de amor hacia nuestro prójimo; ciertamente la lista sería muy larga.

Tal vez alguien podría pensar que ya un día se arrepintió de sus pecados, en el momento de su conversión a Cristo. Pese a ello, la condición correcta del corazón del creyente a lo largo de toda su vida, es conservar una «actitud permanente de arrepentimiento».

Sepamos, sobre lo dicho, que no se producirá un auténtico avivamiento en la iglesia, si primero no hay un verdadero arrepentimiento. Así que, no se debe cambiar la ética, sin cambiar el corazón.

EL LLAMAMIENTO

«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo»

Ocurre que el cristiano que practica el pecado de la tibieza, puede asistir al culto, leer la Biblia, orar, predicar... y, al mismo tiempo, abandonar a Jesús a la puerta de su corazón.

Desde la experiencia comunitaria, la expresión «a la puerta» indicaría que el Señor ha quedado fuera de la iglesia local, por haber sido excluido de ésta; por lo tanto, su «presencia activa» permanece desligada de toda práctica eclesial. La congregación, pues, ha rechazado al Rey y se ha sentado en el trono. La prioridad ya no es el Señor de la iglesia, sino, en todo caso, la iglesia del Señor.

Aunque algunos puedan pensar lo contrario, el Evangelio no es una disertación sobre la Biblia, es Cristo mismo viviendo en nuestro ser; y si Cristo está a la puerta, nos preguntamos, ¿qué Evangelio se está predicando? Si la iglesia de Laodicea echó fuera a Cristo, no nos parezca extraño que también hoy esté a la puerta de muchas congregaciones. Así también ocurrió en el pueblo de Israel: echaron a los profetas y rechazaron el mensaje de los que predicaban la verdad de Dios. «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!» (Mt. 23:37). La reprensión del Señor Jesús a su pueblo, contiene una enseñanza paralela.

No obstante, la manifestación «yo estoy a la puerta», también pueden comprender la idea de que Jesús sigue estando cerca de la comunidad, del corazón de sus miembros, y por consiguiente todavía hay esperanza.

La expresión «y llamo», nos hace comprender que cada cristiano tibio, que está a punto de ser vomitado, de alguna manera es llamado por el Señor y amonestado, para que vuelva arrepentido, y así pueda ser perdonado y restaurado. No valen las excusas, pues todos, desde la poca o mucha luz, saben lo que tienen que hacer. Ahora bien, si nos encontramos en la misma situación que los creyentes de Laodicea, y así nos resistimos a tan sublime llamamiento, no dudemos que la firme admonición se cumplirá: «Te vomitaré». Ésta es una advertencia demasiada seria como ara ignorarla; una llamada apremiante hecha desde el cielo por el mismo Señor Jesús, contemplada hoy como oportunidad única para recuperar la comunión con Dios, recibir el perdón, y experimentar la buena y necesaria renovación espiritual. Es un llamamiento claro a doblegar nuestra voluntad bajo el yugo suave y ligero de Jesús.

Qué generoso se muestra nuestro Señor, que soportándonos hasta agotar su paciencia, nos ofrece hoy la oportunidad para poder arrepentirnos, y levantarnos del estado de postración espiritual en el que tal vez hoy podamos encontrarnos.

LA COMUNIÓN CON CRISTO

«Si alguno oye mi voz»

El Espíritu de Cristo se revela al lado de cada corazón, porque definitivamente la iglesia son las personas, y no el templo. Y de forma personal e intransferible, hace que su voz sea escuchada a través de su Palabra viva y eficaz. Pero, ocurre, como cita Jesús en Mateo 13:15, que «oímos con los oídos pesadamente», y por ello a veces nuestro corazón parece no inmutarse ante el mensaje del Señor.

«Si alguno», expresa que el llamamiento se convierte en un aviso de tipo individual para cada creyente. Como hemos enfatizado en el apartado anterior, en último término no existe pretexto para ningún cristiano. Podemos asegurar que el texto de El Apocalipsis todavía sigue vivo, perseverando como un toque de atención a lo largo de la historia de la Iglesia. Y al igual que el juicio fue ejecutado en el antiguo pueblo de Dios, no dudemos que también hoy se cumplirá en aquellos cristianos que deciden permanecer en la tibieza, incluidas las congregaciones rebeldes a la urgente llamada de Jesús. Desde la antigüedad resuena la admonición bíblica: «Así cumpliré en ellos mi enojo» (Ez. 6:12).

Pongamos hoy atención a su voz, no sea que mañana sea demasiado tarde, pues sólo así podremos evitar las consecuencias que acarrea toda desobediencia a su seria amonestación: «Mas esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo... y no oyeron ni inclinaron su oído; antes caminaron en sus propios corazones, en la dureza de su corazón malvado, y fueron hacia atrás y no hacia delante» (Jer. 7:23,24).

Ningún creyente es ignorado por el Salvador, por lo que cualquiera que se halle afectado de tibieza espiritual, tiene hoy la oportunidad de escuchar su voz. La exhortación bíblica sigue estando presente: «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones » (He. 3:7,8).

«Y abre la puerta»

Todos los cristianos tibios son llamados por Jesús, y de forma paralela, también entendemos que todos tienen la oportunidad de abrirle la puerta. Ahora bien, permaneciendo en una iglesia tibia, es cierto que el creyente puede quedar impedido y limitado en su actuación cristiana, por estar adherido a un cuerpo enfermo. Sin embargo, éste podrá ser fiel (en lo poco) dentro de sus restricciones, y el Señor no le pedirá más responsabilidades de las que pueda sobrellevar. Si bien, esto no debe servir de justificante para cerrarle la puerta a Jesús, sino para expresar una mayor confianza en el amor y la fidelidad de nuestro buen Pastor, dado que Él tiene cuidado de sus hijos, como bien subraya el texto: «Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado dado de vosotros» (1 P. 5:7).

Abrirle la puerta a Jesús, es considerar su Persona como la prioridad más elevada; es otorgarle el derecho a gobernar nuestra vida, a tomar las riendas de nuestra voluntad; es estar dispuestos a servirle de corazón en todo lo que Él disponga.

Si es cierto que el inconverso debe abrir la puerta de su corazón a Jesús para ser salvo, no menos cierto es que el creyente también debe seguir haciéndolo para ser consagrado. Y no es posible abrir la puerta a Jesús, si nuestros intereses personales, familiares, o inclusive eclesiales, privan sobre los verdaderos intereses del Reino de los cielos.

Si reparamos bien en la expresión «abrir la», notaremos que la idea no es abrir «una», sino «la» puerta de entrada –la principal–, que es la puerta del hogar de nuestro corazón, donde radica el ser interior. Y con ello también el propósito de que Jesús llene y gobierne todas las áreas de la vida, para que del tal forma Él pueda ser el Señor y no tan solamente el Salvador.

«Entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo»

«Entraré a él», resulta una expresión ciertamente difícil de interpretar. Podemos entender que, en cuanto al creyente, esta declaración significa: para «estar con él», y no «dentro de él», es decir, está hablando en primer término de la restauración del creyente, esto es, volver a retomar la comunión espiritual con Dios. Aun siendo así, también entendemos, como ya hemos visto, que posee además una evidente aplicación para el incrédulo.

Volvemos una vez más a reiterar lo dicho: el significado de la vida cristiana no consiste sólo en realizar buenas obras, sino principalmente en la actuación de Cristo a través de ellas. Tal como lo indicó el apóstol Pablo a los creyentes de Éfeso: «Para (propósito) que habite (actúe) Cristo por la fe en vuestros corazones» (Ef. 3:17). Así que, unidos a Cristo tenemos las garantías suficientes de vivir la vida con total seguridad, con plena certeza, y en plenitud espiritual.

«Cenaré con él y él conmigo». Tanto en el ámbito hebreo como en el griego, la cena era la última comida del día laboral; y ésta permitía descansar del duro trabajo de todo el día, siendo una buena ocasión para practicar la comunión y regocijarse juntos en familia. Ésta es la idea, recogida del ejemplo cotidiano, que sirve para expresar la verdadera comunión con Jesús.

Por otra parte, la afirmación «y él conmigo», conlleva la enseñanza de que Jesús pasa de ser un simple invitado en nuestro hogar, a ser el verdadero anfitrión. Porque es Él, Dueño y Señor, quien ha de tomar posesión de nuestro corazón, para ordenarlo, restaurarlo y gobernarlo. Es entonces cuando nos daremos cuenta de que los invitados somos nosotros, de que la cena es suya, y la casa también.

Tanto la salvación de los incrédulos, como la restauración de los creyentes, se produce de forma instantánea cuando entramos en contacto espiritual con Jesús.  Así Él toma de la mano a todo creyente caído y lo levanta. La acción es inmediata, y al momento se origina el milagro. Seguidamente comporta todo un proceso donde Jesús, como Rey soberano, deberá tomar necesariamente el señorío de la vida cristiana: «Y él conmigo».

Traemos otra vez a la memoria el siempre recordado aguijón de Pablo, y la respuesta del mismo Señor: «Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co. 12:9). El texto bíblico no contiene sombra de oscuridad: es Cristo mismo el que ofrece la gracia y el poder, perfeccionando en todo momento al creyente, cuando éste se sitúa en debilidad.

El texto de El Apocalipsis, citado en forma de promesa, nos enseña que el verdadero cristianismo no consiste en una religión, sino en un estado de comunión fraternal con Dios, a través del Espíritu Santo que mora en nuestros corazones. La voz se escucha en el momento en que entendemos el mensaje, porque el Espíritu hace viva su Palabra en el corazón del oyente. La decisión consecuente es nuestra: abrir o seguir cerrando la puerta a Jesús.

En la medida en que el Señor mantiene su acción benéfica en nosotros, al tiempo se produce un estado de renovación interior, en el cual el Espíritu origina los «ríos de agua viva» (Jn. 7:38) prometidos en su Palabra. Y es entonces cuando la paz de nuestro Señor –que sobrepasa todo entendimiento– llena el corazón del cristiano comprometido. En tanto Dios ocupe el «centro» invariable de la vida de creyente fiel, la metáfora de la «cena» se hará una evidente realidad. «Porque ninguno de vosotros vive para sí... Pues si vivimos, para el Señor vivimos» (Ro. 14:7,8). Por tanto, la experiencia de vivir en Dios o fuera de Él, es lo que va a determinar una vida llena de fruto, o por el contrario vacía y sin sentido.

No hay lugar para las dudas, vivir por y para el Señor, constituye la máxima satisfacción que puede alcanzar a experimentar todo creyente en su breve paso por este mundo.


José Mª Recuero

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