La voluntad de Dios

Consecuencias de obedecer la voluntad de Dios

GRADOS DE COMPROMISO DEL CREYENTE CON DIOS

Necesariamente la obediencia y la fe han de mantenerse unidas, pues la una depende de la otra. El destacado teólogo alemán, Dietrich Bonhoeffer, afirmaba: «Es verdad que la obediencia y la fe deben estar separadas a causa de la justificación, pero esta separación no puede suprimir la unidad que existe entre ellas y que consiste en que la fe sólo se da en la obediencia, nunca sin ella, y en que la fe sólo es fe en el acto de la obediencia» (10). Teniendo presente esta firme enseñanza, y después de lo hasta aquí expuesto, alguno se preguntará, previo examen de su vida, si a pesar de su falta de compromiso con el Señor y obediencia a la Palabra, se halla todavía en la voluntad de Dios. Para resolver esta duda, vamos a intentar aclarar algunos conceptos básicos en este apartado.

Volvamos al texto de referencia: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia» (Mt. 6:33a). Es cierto que podemos buscar el Reino de Dios, o no buscarlo. Sin embargo, en caso de tomar la decisión correcta, también hemos de tener en cuenta el grado de entrega y compromiso con el Señor y su obra. En cualquier caso, la intensidad con la que experimentamos la voluntad de Dios puede ser mayor o menor; nuestra andadura cristiana puede marchar con superior o inferior altura de consagración.

Es cierto, podemos vivir la voluntad de Dios con un nivel de compromiso pobre, o bien, en el lado contrario, mostrarse muy generoso. Nuestra vida espiritual puede permanecer fuerte, o en cambio revelarse muy débil. Cada cual elige seguir a Jesucristo con mayor o menor grado de renuncia: «El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará» (Mt. 10:39). ¿Con qué medida de egoísmo estoy viviendo? Cuanto más viva para mí, mayor es la pérdida de la vida de Cristo. Y así seguimos valorando los niveles de nuestro ofrecimiento a Dios.

La advertencia de nuestro Señor en ninguna manera podemos obviarla: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt. 7:16). El cristiano puede caminar, en mayor o menor medida, conforme la voluntad de Dios. Pero, ¿qué tipo de fruto está produciendo? ¿Es un fruto pequeño y de pésima calidad, o por el contrario abundante y de buena calidad? En todo caso el fruto tendrá mayor o menor utilidad, dependiendo del árbol que lo produzca. Un árbol saludable y robusto producirá buen fruto: «Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo» (Sal. 1:3). En cambio, creyentes cuyo desarrollo espiritual es mínimo, el fruto también se expresará mínimamente. Sea mayor o menor el fruto que logremos dar –por el poder del Espíritu Santo–, éste será proporcional al grado de compromiso con Dios y su Palabra. En este punto, no son pocas las advertencias del apóstol a la iglesia primitiva: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gá. 6:7). Ésta, y no otra, es la voluntad de Dios. El creyente que siembra muy poco para su vida espiritual, también segará muy poco. Aquel que siembra mala calidad de grano, segará mala calidad de cosecha: «Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará» (2 Co. 9:6). Luego, un compromiso débil con Dios y su Palabra, producirá como consecuencia una vida cristiana débil, carente de la necesaria fortaleza espiritual. De la misma manera la pobre disposición de amor a Dios resultará en una pobre efectividad ministerial. La fórmula bíblica que contiene la causa y el efecto, parece sencilla: «Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros» (Stg. 4:8).

El Gran Maestro nos enseñó: «Mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mt. 6:5). Observamos aquí que la medida de favor divino hacia nosotros, es correspondiente a la medida de nuestro favor hacia los demás. A saber, si con nuestra actitud de indiferencia logramos ignorar a nuestros hermanos, o bien no obramos con espíritu de perdón ante alguna ofensa, no pretendamos entonces recibir las mejores atenciones de nuestro Padre celestial.

«Conforme vuestra fe os sea hecho» (Mt. 9:29). Según esta afirmación bíblica, dependiendo de nuestra fe así será la medida de gracia divina que recibiremos. Dicho de otro modo, Dios aplicará su voluntad especial en nuestra vida particular en función de nuestra fe en Él y su Palabra. «Pero pida con fe no dudando nada»«No piense que quien tal haga que recibirá cosa alguna del Señor» (Stg. 1:17). ¿Vemos aquí la voluntad de Dios condicional? Hemos de preguntarnos, ¿cómo es nuestra fe? débil o fuerte, pequeña o abundante… Sepamos que la buena intervención del Espíritu será proporcional al grado de nuestra fe, y al tiempo ésta resulta proporcional al grado de nuestro amor y entrega a su Palabra. «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Ro. 10:17). ¿Notamos la relación que existe entre las diversas condiciones divinas?

Consideremos también cuál sea nuestra medida de amor práctico hacia el prójimo. La condición bíblica es la siguiente: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros» (1 Jn. 4:12). Podríamos inferir del texto que si no amamos al prójimo de verdad, tampoco el amor divino permanecerá en nosotros. Una muestra de amor escasa, por ende, resultará de una escasa relación con Dios y su Palabra. En cambio, el amor divino se perfeccionará en nosotros en la medida que decidimos ponerlo en práctica. La condición bíblica es de carácter vital: «El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él» (1 Jn. 4:16). Luego, somos receptores del amor de Dios cuando nos disponemos a amarle a Él; amor que sin lugar a dudas deberá reflejarse en el prójimo. Una vez más la consecuencia bíblica se repite: «Con la medida con que medís, os será medido» (Mt. 7:2).

Comprendamos bien lo hasta aquí expuesto, porque podemos vivir dentro de la voluntad de Dios, y sin embargo hacerlo con un mínimo grado de compromiso... Aquí, parece oportuno revisar nuestra vida de entrega hacia Dios, como hacia los demás, realizando al tiempo un sincero análisis de conciencia.

Seguidamente presentamos una puntuación: del 1 al 9 (9 dado que 10 resultaría en presunción), con el objeto de calificar: de 5 hacia abajo al cristiano carnal y de 5 hacia arriba al cristiano espiritual (permítanme estas expresiones simplistas).

El nivel de compromiso con Dios y su Palabra puede hallarse en grado 1 o en grado 9.
El nivel de compromiso espiritual con la familia puede ser de grado 1 o de grado 9.
El nivel de compromiso con la iglesia puede encontrase en grado 1 o en grado 9.
El nivel de compromiso con la sociedad (buenas obras, evangelización, santificación) puede acontecer en grado 1 o en grado 9.
El nivel de compromiso con nuestra economía para con las necesidades ajenas, puede ser de grado 1 o de grado 9. Añádanse cada uno, personalmente, otros compromisos...

¿En qué grado se halla usted? Si en grado 9, dígalo con humildad, si en grado 1, con pesar en el corazón…

Aunque el desarrollo espiritual en el creyente puede ser con mayor o menor grado de rapidez, siempre la voluntad de Dios conlleva crecimiento; y si no hay crecimiento hay decrecimiento. Vamos hacia arriba o hacia abajo, avanzamos o retrocedemos, subimos o bajamos de grado: «El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama» (Mt. 12:30).

Vivir con una medida mínima de entrega, conlleva experimentar la voluntad especial de Dios también con una medida mínima. En el sentido inverso, vivir la voluntad de Dios en grado supremo, conlleva recibir las bendiciones también en grado supremo.

Podemos aceptar que Dios provea a cada uno en particular, dependiendo del grado de comunión con Él y de consagración. Y así serán las bendiciones espirituales recibidas: muy escasas, si nuestro compromiso es escaso, pero vida abundante, si nuestra entrega también lo es: «El que siembra generosamente, generosamente también segará» (2 Co. 9:6).

Es muy frecuente la típica excusa de que todos pecamos y fallamos, y así el Señor entiende nuestras debilidades. Es verdad, el Señor nos comprende más que nadie. Pero, entonces, ¿para qué sirven sus recomendaciones bíblicas, o qué sentido tiene el llamamiento a la santidad? Si bien Dios nos da los mandamientos, también las fuerzas para poder cumplirlos. Recordemos que David pecó gravemente, y aunque siguió dentro de la voluntad de Dios (porque su corazón era entregado), tuvo que sufrir las consecuencias, sobre todo con la rebelión de su propio hijo Absalón. De forma paralela Sansón no gustó de las muchas bendiciones por desobedecer el mandato divino, descubriendo su secreto a la persistente Dalila. Reflexionemos en este punto, porque así como le ocurrió a Sansón, puede ser que muchos creyentes hoy se hallen ciegos y arrastrando «piedras de molino». La amonestación es de parte del Dios justo: «Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras» (Jer. 17:10).

Siguiendo con la misma idea, el cristiano puede vivir por un tiempo en grado 1, y todavía hallarse dentro de la voluntad de Dios; hasta que, de persistir en el declive espiritual, irremediablemente llegará a perder la especial gracia de Dios. Bien pudo en su tiempo haber tomado la decisión de vivir con espíritu de entrega y abnegación a la Palabra. Sin embargo, con el transcurrir de los años se dejó llevar por los deseos corruptos del viejo hombre y, arrastrado por el pecado, se fue apagando espiritualmente. Ello generó un lamentable retroceso en la vida cristiana; no hizo caso de la recomendación bíblica: «Para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios» (1 P. 4:2).

El modelo de la iglesia en Laodicea, en El Apocalipsis, es vivo ejemplo… para en ningún modo copiarlo. Esta iglesia de finales del primer siglo vivía en la voluntad de Dios, hasta que la tibieza espiritual se instala en el corazón de sus miembros, dando paso a un lamentable proceso de decadencia espiritual. Con el tiempo se descubrió en la iglesia un grado extremadamente mínimo de relación con Cristo y su Palabra, llegando a tal punto que finalmente el mismo Señor se encuentra llamando a la puerta de sus corazones. Habían dejado a su Salvador fuera de la vida cristiana: un cristianismo sin Cristo. ¿Cómo es posible tal descarrío…? El estado de comodidad y relajación espiritual había llegado a su límite. Y el Señor, harto de paciencia, les tuvo que amonestar duramente. Desde luego no dejaron de realizar actividades en la iglesia (todavía permanecía el espíritu capillero), pero prescindían de la gracia divina por creerse autosuficientes, y por lo tanto su relación con Dios era prácticamente nula. Una iglesia eclesio-céntrica; el yo, mi, me, presidía la dinámica religiosa de esta particular congregación.

A veces ocurre que el cristiano permanece estancado por un largo tiempo, en grado mínimo de compromiso con Dios; hasta que llega un momento en que el Señor, harto de paciencia, realiza una llamada de atención (como lo hizo en Laodicea). La advertencia es para ayer como para hoy. Así cita el texto bíblico: «¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?» (He. 2:3).

CONSECUENCIAS NEGATIVAS DE NO CUMPLIR CON LA VOLUNTAD DE DIOS

EN ESTE MUNDO

Una vez inmerso en el proceso de frialdad espiritual mencionado, con el tiempo el creyente puede llegar al extremo de encontrase fuera de la voluntad divina. Fue el mismo apóstol Pablo el que, con temor y temblor, se puso como ejemplo de debilidad: «No sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado» (1 Co. 9:27). Hay muchos textos y algunos ejemplos bíblicos –como el de Sansón–, que nos ofrecen indicaciones acerca de aquellos cristianos infieles que, desgraciadamente, viven gran parte de su vida arrastrando «piedras de molino».

«Mas el justo vivirá por fe. Y si retrocediere, no agradará a mi alma» (He. 10:38). Según el texto leído, la elección se brinda sola: O seguimos confiando en Dios y creciendo en grado de comunión con Él, o aun habiendo comenzado el camino, bien podemos retroceder. Las consecuencias de vivir bajo el desagrado de Dios, se revelan negativamente. Una de ellas es que la gracia especial deja de amparar al creyente, y en buena medida ya no es receptor de la ayuda divina. En esto la Escritura no advierte en vano: «Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios»(He. 12:15). Éste es motivo por el cual toda rutina se apropia del creyente apartado de Dios, y las cosas del Señor le son una verdadera carga. El Espíritu Santo se entristece y por ello no hay señales evidentes de fruto espiritual: «No contristéis al Espíritu Santo de Dios» (Ef. 4.30). Así es como el gozo se apaga y llega a convertirse en permanente descontento, o lo que es peor, en amargura. A la vez, el Señor priva de luz espiritual a aquel que rechaza su oferta de gracia: «Vendré a ti, y quitaré tu candelero» (Ap. 2:5). Dios es luz, y el cristiano que no mantiene comunión con Él, por ende no recibe su luz, ni para entender la Palabra, ni para iluminar a los demás; no es sorprendente que pierda toda visión espiritual, al igual que una vela cuya llama se desvanece. De esta forma también su ministerio resultará del todo ineficaz: «Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él» (1 Co. 3:17). Tal cristiano ha roto la comunión con su Salvador y por consiguiente se hace inútil para la obra; por ello no logra disfrutar de la vida espiritual con genuina satisfacción. Y, sin apenas distinguir, el poder de Dios se retira del escenario ministerial (muchas predicaciones carecen del poder de Dios); porque, «si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da» (1 P. 4:11).

Las secuelas de encontrarse fuera de los propósitos divinos son verdaderamente tristes. Es verdad que tales cristianos pueden seguir leyendo la Biblia, orando, cantando ¡Señor te amo!, procurando sus ofrendas… Pero, la realidad intencional de su corazón es otra distinta. Es la llamada paradoja farisaica con la que Jesús tuvo que enfrentarse: «Porque vosotros los fariseos limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de rapacidad y de maldad» (Lc. 11:39).

Indudablemente el hijo desobediente sigue siendo hijo, ayer, hoy y mañana, por lo que no pierde su condición paterno-filial establecida por el Padre. Aunque, según los datos bíblicos, de seguir en rebeldía podrá perder algo muy preciado: la comunión con Dios, además de los efectos derivados de esa buena relación. De la siguiente forma el Señor lo expresó a su iglesia: «Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca» (Ap. 3:16). Tal y como ocurrió en aquel tiempo, parece probable que también hoy algunos creyentes sean vomitados de la boca de Jesús. Pensemos en ello, pues no son tiempos mejores los presentes, los cuales caminan sin retorno hacia la Apostasía. «Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos» (He. 2:1).

No son pocos los hermanos que vienen a mi mente, y que a lo largo de mi trayectoria cristiana he visto caer. Cristianos en los que ha habido un claro antes y un después en su vida espiritual. Algunos viviendo por años apartados de la iglesia. Otros, pese a seguir en el sistema eclesial, mantienen una actitud de terquedad, con el consiguiente estado de insatisfacción: no aprenden. En otros no se logra distinguir en modo alguno la acción del Espíritu Santo: transcurren absorbidos por los entretenimientos de este mundo pasajero. Algunos recibieron una prueba decisiva de parte de Dios, y no estuvieron dispuestos a pasarla: se dejaron llevar por la necesidad personal (no entregaron a su hijo Isaac). Una vez tomada la decisión pude percibir en estos hermanos que el semblante ya no era el mismo, el gozo había desaparecido de un día para otro; la frescura del Espíritu se marchitó por el fuerte sol de la prueba… Por otro lado, a ciertos líderes que conocí, se les subió tanto el cargo eclesial a la cabeza, que con el tiempo casi no los reconocía; una especie de enajenación mental se había apoderado de ellos. Visto lo visto, puedo concluir, sin temor a equivocarme, que muchos hermanos conocidos se apartaron de la voluntad de Dios.

Dicho esto, lógicamente transmito aquí mi impresión personal, algunos de estos hermanos fueron compañeros míos y por ello las declaraciones son hechas con todo mi cariño. Razón por la cual también expreso mis conclusiones con verdadera tristeza, y a la vez con mi comprensión hacia tales hermanos, y sobre todo con gran debilidad personal; no soy mejor yo que ellos.

EN LA ETERNIDAD

«Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes» (Lc. 12:47). Desde luego que en el Cielo nadie va a recibir azotes (en el sentido literal). Ahora bien, cabe entresacar la aplicación del presente texto, porque si no aplicamos compromiso en nuestra vida cristiana, las bendiciones que perderemos serán de carácter perdurable. Aunque no en el mismo sentido que el incrédulo, el cristiano pasará por el juicio de Dios (Tribunal de Cristo), para como creyente dar cuenta de todas sus obras. A este respecto el profesor L. Berkhof expone: «Los hombres serán juzgados por “toda palabra ociosa” Mt. 12:36, y por “toda cosa secreta”, Ro. 2:16; I Co. 4:5, y no hay indicación alguna de que esto se limite a los impíos» (11).

Ciertamente todo el fruto de nuestro trabajo, hecho fuera de la voluntad de Dios, no será productivo en la eternidad: «Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo» (2 Jn. 2:8). Galardón completo o galardón incompleto. ¿De qué depende? Por supuesto, de nuestro margen de obediencia a la voluntad divina. A servicio pobre, recompensa pobre. Sin duda, la obediencia a Dios con medida pequeña, equivale en la eternidad a galardones también otorgados con medida pequeña.

Visto en el sentido material, nos preguntamos de qué sirve atesorar para este mundo, si en la eternidad no vamos a poder disfrutar de los bienes terrenales acumulados. Todo se va a quedar aquí. «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan» (Mt. 6:19).

Bien sabemos los cristianos que la salvación está garantizada por gracia. Sin embargo, el creyente infiel nada de valor –las obras hechas para Dios– podrá llevarse de este mundo que tenga utilidad en la eternidad. «Será salvo como por fuego» (1 Co. 3:15). Será salvo, pero como si un fuego le obligara a dejar su hogar de forma repentina, y por consecuencia se salva él mismo, pero no le acompañará recompensa en el día final: «La obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará» (1 Co. 3.13).

El profeta Juan, gran visionario del futuro, nos advierte: «Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados» (1 Jn. 2:28). En el futuro encuentro con Cristo, podemos predecir, según el texto leído, que el cristiano que no sirvió fielmente en este mundo, experimentará de alguna manera cierto rubor en el rostro, por haber descuidado la voluntad de su Señor.

CONSECUENCIAS POSITIVAS DE CUMPLIR CON LA VOLUNTAD DE DIOS

EN ESTE MUNDO

Una vez examinadas las consecuencias negativas de no someterse a la voluntad de Dios, también en el sentido contrario se contemplan consecuencias positivas. Los efectos positivos de andar según los proyectos celestiales son varios, y si bien pueden ser o no de carácter material, principalmente éstos se revelan en el orden espiritual, puesto que nuestra vida aquí constituye en todo una inversión para la eternidad.

Más allá de las bendiciones materiales, que podamos o no recibir en este tiempo, los resultados se experimentan en el alma, y sus maravillosos efectos se descubren de muy diversas formas en el ámbito espiritual: crecimiento, madurez espiritual, transformación de carácter, satisfacción personal, esperanza, estabilidad emocional, serenidad interior, fortaleza, tranquilidad de conciencia, confianza en Dios, seguridad, poder espiritual, sabiduría, convicción, iluminación, efectividad ministerial, entre otros muchos… A todo ello le acompaña el fruto del Espíritu, que es generado en el alma del creyente fiel: amor, gozo, paz… Por tal razón se afirma que irá «de poder en poder» (Sal. 84:7). Con todo este bienestar, llamémosle existencial, no parece extraño que se cumpla el texto bíblico: «Se alegrará el justo en Jehová, y confiará en él» (Sal. 64:10).

Con tan magnífica condición habita todo siervo de Dios, yendo con paso firme y seguro hacia la eternidad: «Mas el justo en su muerte tiene esperanza» (Pr. 14:32). Y en tanto camina por este complicado e imprevisible mundo, al tiempo le acompaña una grata sensación interior de que «todas las cosas les ayudan a bien» (Ro. 8:28), y por lo tanto su perspectiva futura es en todo momento positiva. Podríamos mencionar aquí muchos otros aspectos de carácter beneficioso para el cristiano comprometido con Dios. «Hay bendiciones sobre la cabeza del justo» (Pr. 10:6), atestigua la Escritura.

Ahora bien, hechas estas precisiones, cabe señalar que toda retribución divina, sea en este mundo o en el venidero, es sólo resultado de la abundante gracia de Dios, y en ningún caso constituye la recompensa a nuestros méritos propios. Nada merecemos. Nuestros esfuerzos personales son aceptables solamente en los esfuerzos de Cristo, en su obra expiatoria… Es por gentileza divina que nuestro Padre se dispone a retribuir según el cristiano sembrare. Y esto es favor celestial, oportunidad concedida por Dios mismo; además de que todos nuestros logros son hechos con la ayuda y el poder de lo Alto, y no hay gloria alguna para el hombre. Hoy, como ayer, la oferta divina sigue mostrándose por gracia.

Sentimiento de ineptitud, o insuficiencia personal, son los que deben prevalecer en nuestras conciencias. Por ello, una vez terminada la labor, el buen Maestro nos indica qué calificativo hemos de atribuirnos: «Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos» (Lc. 17:10).

EN LA ETERNIDAD

«Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor… porque sus obras con ellos siguen» (Ap. 14:8). Una vez traspasado el umbral de la muerte, el hijo de Dios es acompañado a la eternidad con todo el equipaje de su labor realizada en este mundo, para ser retribuido en el Cielo. «Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección… Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 P. 2:10,11). Las puertas del Reino celestial se abrirán de par en par, con toda holgura para el creyente fiel, siendo recibido por el mismo Rey de Reyes. Así es como lo predijo el Gran Maestro a sus discípulos: «Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor» (Mt. 25:21). L. Berkhof, hace la siguiente observación: «También es evidente según la Escritura, que habrá grados de bendición en el cielo, Dn. 12:3, II Co. 9:6 Nuestras buenas obras serán la medida de nuestra recompensa de gracia, aunque no la merezcan. Sin embargo, y a pesar de todo esto, el gozo de cada individuo será perfecto y pleno» (12).

Además de ello, extraordinarias moradas celestiales esperan ser habitadas por los hijos de Dios. Jesucristo fue a prepararlas: «Voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Jn. 14:2). Pero, nos preguntamos, ¿serán todas iguales, o dependiendo de la fidelidad de cada creyente así será la grandeza de la morada…? Es muy probable.

Junto con las moradas celestiales, los tesoros hechos en la Tierra e invertidos en el Cielo, serán guardados para aquel día glorioso: «Haceos tesoros en el cielo» (Mt. 6:20). Esos mismos tesoros que logramos invertir en el banco celestial, serán entonces devueltos con mayor esplendor y validez, para que el cristiano fiel los disfrute en forma eterna. Así que, todo servicio a Dios, hecho con nuestros bienes, aun con carencias temporales en el presente, resultará en gloriosas acumulaciones celestiales.En el libro El precio de la Gracia, el autor Bonhoeffer recomendó: «Lo importante no es que yo carezca de bienes, sino que los tenga como si no los tuviese, que esté libre interiormente de ellos, que no apegue mi corazón a las riquezas» (13).

En conclusión, sea mucha o poca la labor del siervo fiel, no será olvidada por su Señor. «He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra» (Ap. 22.12). Nótese además en el texto que el galardón no es asunto nuestro, pues Jesús lo ganó en la Cruz: «mi galardón». Es cierto que el hombre no es merecedor de nada. Pese a ello, su gracia extraordinaria se muestra ofreciendo recompensas por la obra que cada uno en particular haya realizado. «Entonces pagará a cada uno conforme a sus obras» (Mt. 16:26).

Muchos bienes recibirán los felices habitantes del futuro Reino de los cielos. La medida de bendición será justa: a mayor grado de compromiso, mayor bien recibiremos. Gran galardón para aquellos que también grande ha sido el compromiso con su Señor. Es lo prometido para los fieles hijos de Dios: «Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos» (Mt. 5:12). Pensemos con inteligencia, porque las aflicciones de este mundo pronto pasan, pero las bendiciones espirituales son eternas. Convencido estaba el mártir de la fe, Dietrich Bonhoeffer: «El tiempo es breve. La eternidad larga. Es un periodo de decisión. El que se mantenga firme en la palabra y la confesión de su fe, verá que Jesús le defiende en la hora del juicio» (14).

Pese a que cumplir la voluntad del Señor requiere un cierto grado de sufrimiento, en mayor o menor medida, éste se encuentra revestido de gloria eterna: «Si sufrimos con él también reinaremos con él» (2 Ti. 2:12). La Eternidad más cerca de Cristo, con mayor participación de su gloria, será la recompensa de todos los que se han dispuesto a pagar el precio de la vida cristiana, para el servicio de Dios y de su iglesia: «Manifestados con él en gloria» (Col. 3:49).

CONCLUSIÓN

Hasta aquí la presente reflexión sobre la voluntad de Dios. En nuestra mano está el creerla, conocerla, amarla, vivirla y proclamarla. Si verdaderamente somos hijos de Dios, habremos de concluir, cada uno personalmente, con la siguiente pregunta: ¿Andamos según los designios de nuestro buen Padre celestial, o estamos descuidando labor tan importante?

Permanezcamos seguros, porque en la medida que nos dispongamos a cumplir con la voluntad general de Dios, Él aplicará su especial voluntad en nuestra vida. Por ello, no cabe preocuparse excesivamente por el futuro en esta tierra, descuidando el presente de los planes divinos, pues en los propósitos del Todopoderoso está el añadir todo aquello que necesitamos.

Para alcanzar el desarrollo de los proyectos celestiales, hemos de entregarnos a Dios en forma sincera y mantener así una buena relación con Él, a través de la Palabra y la oración, principalmente. Tal entrega nos llevará a valorar adecuadamente nuestra relación con el entorno (familia, trabajo, iglesia, economía, circunstancias personales), y con nosotros mismos (nuestro mundo interior), considerando los elementos en conjunto para así poder confirmar el cumplimento de la voluntad de Dios, tanto general como especial.

La prueba, incluida las aflicciones, vendrán. Pero no desistamos en la permanente búsqueda del Reino de Dios y su justicia. Es menester seguir luchando, ya que poseemos las extraordinarias fuerzas del Espíritu, para poder desempeñar aquellas labores que el Creador ha determinado desde antes de la fundación del mundo.

A pesar de las previsiones futuras de incierta oscuridad, habremos de aceptar lo previamente establecido por el sabio Dios para nuestra vida particular, porque en último término su voluntad resulta en cualquier forma agradable y perfecta: «Para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Ro. 12:2). Es agradable y perfecta porque forma un todo con los propósitos eternos del Cielo para la Tierra, que son planificados en perfección; toda vez que son para nuestro beneficio personal.

Los beneficios de vivir según los planes establecidos por el Señor son muchos, y no sólo serán descubiertos con esplendor en la eternidad, sino que además todo creyente los puede recibir y experimentar ya en esta vida temporal. Y tales beneficios, más allá de los bienes materiales que podamos o no recibir en este mundo, se obtienen de la poderosa intervención del Espíritu Santo en el corazón del cristiano fiel, llenándolo de plenitud espiritual, completo significado y propósito eterno. Resulta provechoso para nuestra alma apreciar las ricas bendiciones espirituales que se derivan de andar en los caminos del Señor; bendiciones en este mundo, y también en el venidero.

Fijemos nuestra mirada en Cristo, en su ejemplo, y prosigamos la carrera, que con guía firme y segura llegaremos a la meta, a nuestra morada celestial, la cual está preparando nuestro Salvador, hasta que regrese, que por cierto no tardará mucho.

Finalmente examinemos con detenimiento nuestra relación con Dios, con el entorno que nos rodea, y también con nosotros mismos; y comprobemos así en qué grado estamos cumpliendo con la voluntad del Padre celestial… Si descubrimos, pues, que nos hallamos en un grado mínimo, pero aún no nos ha desechado la gracia divina, entonces hay tiempo para acudir al Buen Pastor, con espíritu arrepentido. En esto, puede ocurrir que alguien revise su vida y piense que es demasiado tarde, que no es digno de Dios, y que tal vez se encuentra fuera de su voluntad… Bien, el hecho sólo de plantearlo es un gran paso, porque todavía hay esperanza. Así que, si algún hermano percibe que está viviendo su vida espiritual en una medida pobre, y siente pesar en el corazón, es el momento preciso para acudir a Dios. Sus brazos llenos de amor siguen abiertos para perdonar y restaurar a todo aquel que con sinceridad de corazón desee recibir el oportuno socorro. Sirva esta oración como ejemplo: ¡Padre celestial, perdóname por no apreciar mi relación contigo, por descuidar tu Palabra, por no tener presente la importancia de la oración. Perdóname por desatender a mis hermanos en la fe, como en verdad debería hacerlo; por no desarrollar mi vida espiritual, ni disponer mis dones para el servicio de tu pueblo; por no creer que hayas creado un propósito especial para mi vida; por haber perdido muchas bendiciones... A partir de ahora te entrego mi corazón, mi vida y circunstancias, para que todo lo uses conforme a tu buena voluntad. ¡En el nombre de Jesús!

El final de los tiempos se halla a las puertas, y los acontecimientos actuales apuntan a una inminente venida de nuestro Señor Jesucristo para buscar a su amada Iglesia. Son pocos los años que nos restan. ¿Qué vamos a decir en el momento de nuestro encuentro con Cristo? ¿Cuál habrá sido nuestro grado de entrega y servicio? ¿Cuál nuestra medida de amor al Salvador?

La declaración bíblica que resume la conversión del apóstol Pablo, es modelo suficiente para sin más demora tomar hoy la gran decisión que de seguro cambiará el resto de nuestra vida: «Señor, qué quieres que yo haga» (Hch. 9:6).

José Mª Recuero
Lic. en Teología

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