La voluntad de Dios

La aceptación de la voluntad de Dios

Una vez el hijo de Dios logra mantener buena relación con su Padre, obteniendo plena convicción de la Palabra, de los acontecimientos y de las impresiones del corazón, le restará el aceptar los planes divinos, tanto presentes como futuros.

La aceptación interior conlleva la decisión voluntaria de recibir con valentía todo lo que venga, sea bueno o aparentemente malo. Hemos de luchar por cambiar todo lo malo, es cierto, y hacer lo que buenamente esté en nuestra mano con tal intención. Pero, si no podemos cambiarlo, en ningún caso hemos de desesperar, ni mucho menos oponernos a los designios divinos, porque Dios sabe bien lo que necesitamos, como ya señalamos anteriormente.

Antes de asentir con la cabeza y aceptar toda previsión futura, hemos de considerar el precio. En verdad no sabemos el precio que se habrá de pagar en el futuro. Muchos son los creyentes que, a lo largo de la Historia, han pagado con sus propias vidas a causa del testimonio cristiano. Pese a cualquier oscuro pronóstico, nuestra confianza nos permite aceptar con optimismo todo lo que pudiera venir, porque no en vano descansamos en nuestro buen Padre y en sus fieles promesas. «Él tiene cuidado de vosotros»(1 P. 5:7).

Múltiples son las formas en las que el Señor hace saber a sus hijos cuál sea su voluntad. Por lo que, sea pequeña o grande la luz recibida de parte de Dios, no podemos desecharla. «Andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas» (Jn. 12:35), recomendó el Señor Jesús. Sirva el ejemplo de Abraham; él entendió que debía entregar a su hijo Isaac, y que tal petición era la voluntad divina para ese preciso momento… Trayendo el ejemplo a nuestros tiempos, algunos cristianos reciben la luz del mandamiento, pero en ningún modo están dispuestos a entregar lo que más quieren: sus hijos (sea literal o metafórica la aplicación). No son pocos los que se auto engañan, y aun teniendo poca o mucha luz, hacen la vista gorda, resistiéndose a los planes de Dios; prefiriendo luchar con sus propias fuerzas y conseguir el cumplimiento de sus propios deseos. No parece extraño que las tinieblas les atrapen.

Sepamos, pues, que la futura voluntad de Dios probablemente no siempre será a mi medida, como yo imagino, deseo y espero, según mis aparentes necesidades. C. H. Spurgeon, reconocido predicador del siglo XIX, dijo: «Si hubiera una esquina donde yo tuviera la garantía divina de que trabajando como limpiabotas Dios podría ser más glorificado que lo es mientras doy testimonio ante una gran congregación, agradecería la información, y le obedecería». Spurgeon decidió glorificar a Dios en su vida, y por lo tanto aceptaba cualquier propuesta proveniente del Cielo. Ser limpiabotas o predicador de una gran iglesia, dependerá de la providencia divina, que en cualquiera de los dos casos habremos de aceptar con humildad. No hacemos bien en ocupar un lugar que no nos corresponde, ya sea en la iglesia o en la vida diaria. A cada cristiano le corresponde su lugar. Y así hemos de aceptarlo, dado que es el preparado por Dios para nosotros.

La reflexión aquí se presta en forma de conclusión. A saber, si los proyectos divinos incluyeran el cumplimiento de los peores presagios que pudieras imaginar, esto es, lo que no te gustaría que te sucediese, humanamente hablando, ¿lo aceptarías?

La rebelión del creyente contra los planes celestiales es un síntoma bastante común en nuestro entorno cristiano, debido en muchas ocasiones a que al parecer Dios no concede las peticiones del corazón. Habremos de preguntar, con qué motivaciones están hechas… La rebelión contra Dios no es más que el producto de la queja en el corazón porque no han salido las cosas como quisiéramos. Por consiguiente, es una actitud egoísta, que se acompaña con una evidente falta de fe; lo que también deberemos revisar.

La voluntad de Dios requiere de la aceptación interna y consciente de cualquier acontecimiento, presente o futuro, por muy sombrío que éste parezca. En caso de no aceptar la situación que se presente o se pueda prever, estaremos aplicando desconfianza en nuestro Padre y a la vez menospreciando sus fieles promesas.

LA VOLUNTAD DE DIOS Y EL SUFRIMIENTO

La voluntad de Dios contiene elementos de misterio que no logramos comprender con claridad, incluido el sufrimiento. Pero, ¿quién puede entender su propio camino? mucho menos entenderá el camino de Dios… En el libro Escogidos en Cristo, se hace la siguiente analogía: «La providencia divina y su interacción de factores da lugar a muchos problemas, puesto que nosotros no vemos más que el revés del tapiz, el cual parece una confusión laberíntica de hilos multicolores, pero las Escrituras nos aseguran que el dibujo anverso es hermosísimo» (8). Es verdad, viendo sólo el revés del tapiz, lleno de hilos enrevesados, no logramos contemplar el dibujo tan precioso que constituye nuestra vida en manos de Dios. Así ocurre con buena parte de lo predestinado por el Cielo para nuestra existencia particular, que en muchas ocasiones no llegamos a entender.

Como indicamos al principio, el Todopoderoso ya sabe nuestro destino, y por lo tanto, conforme a éste predetermina nuestras condiciones físicas, psíquicas, circunstanciales, familiares, eclesiales, ministeriales, etc. De igual forma, prevemos que además en todas ellas habrá cierta dosis de sufrimiento, incluido éste de antemano en el proyecto de Dios.

Queda claro que los planes divinos aplicados al creyente no transcurren exentos de sinsabores, padecimientos, enfermedades, tristezas, aflicciones. Para el apóstol Pablo, su aguijón en la carne formaba parte de la voluntad de Dios. Y a buen seguro le constituyó dura prueba; prueba determinante, que con toda seguridad contribuyó para que su labor fuese todavía más eficiente. Así concluía: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co. 12:10). Al parecer, la escuela del dolor enseña lecciones que en ninguna otra parte se pueden aprender; es la escuela de Dios. Notemos bien, porque las experiencias difíciles del creyente fiel, en manos de la providencia divina, no se hallan desprovistas de significado, sino que responden a un plan estratégicamente diseñado por el Creador. Es tal y como lo hace constar el teólogo británico, J.L. Packer: «La doctrina de la providencia les enseña a los cristianos que ellos nunca se encuentran a merced de unas fuerzas ciegas (la fortuna, el azar, la suerte, el destino), que todo cuanto les sucede se halla en los planes de Dios, y que cada suceso llega como una nueva convocación a confiar, obedecer y regocijarse, sabiendo que todo es para su bien espiritual y eterno» (9). Con arreglo a la providencia divina, consideramos que laprueba contribuye a la buena y necesaria transformación de carácter: ser como Jesucristo es la finalidad. Con la prueba el deseo por la eternidad se hace mucho más presente, y nos ayuda a no arraigarnos a este mundo materialista, disponiendo de tal manera nuestro corazón para el «más allá». El propósito de la prueba aquí, se dirige a que seamos más conscientes de los resultados del Pecado, y los estragos que ha hecho en este mundo; con esta conciencia podremos detectar mejor nuestros propios errores, y asimismo comprender los del prójimo. La prueba nos proporciona elementos de madurez personal, y así es como nuestra visión espiritual se torna cada vez más profunda y cabal. Como consecuencia adquiriremos una mayor responsabilidad y sentido de nuestra labor cristiana, aplicada a la instrucción bíblica, santificación, comunión cristiana, predicación, evangelización, etc. Igualmente la prueba nos ayuda a no sentirnos fuertes, y a no dar cabida al orgullo, para así depender de la absoluta gracia de Dios. Con la prueba nuestro ministerio cobrará una mayor calidad espiritual, y nuestra vida un verdadero significado de eternidad. «De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador, y hagan el bien» (1 P. 4:19).

Sepamos que el sufrimiento no es voluntad original de Dios; pero lo permite, lo incluye en su programa, y lo utiliza en bien de sus hijos. Y, por si fuera poco, además fija los límites necesarios para que no sobrepase la capacidad de ningún creyente en soportar la prueba; por ello no nos probará más allá de lo que podamos resistir. «Pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar» (1 Co. 10:13). Estemos seguros de que el Altísimo no nos dará una carga tan pesada que no logremos llevarla, y las dificultades serán proporcionales a las capacidades que Él buenamente nos proporcione. También esto es la voluntad de Dios.

En conclusión, la prueba –incluidas las aflicciones– constituye parte de los proyectos eternos de Dios para el creyente fiel. Y por lo común utiliza las circunstancias normales de la vida, que en su debido tiempo las reconduce a modo de prueba. Todas las preguntas hechas en el principio, acerca de la vida cotidiana (la familia, el empleo, la pareja, la iglesia, el ministerio, etc.), pueden formar parte de la prueba; pruebas decisivas que determinarán el rumbo de nuestra vida cristiana. Nuestro amor al Señor, así como nuestra fe en Él, han de ser probados.

«Porque mejor es que padezcáis haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal» (1 P. 3:17). Es de esperar que algunos cristianos, sabiendo que los futuros proyectos de Dios pueden contener elementos de sufrimiento, opten por rebelarse y no querer aceptar las peores previsiones. No ha de ser así. Venga lo que viniere, sea lo que fuere, no hemos de atemorizarnos, pues el Padre celestial mantiene un especial control sobre nuestras vidas: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?» (Mt. 8:26).

José Mª Recuero

© Copyright 2010
Estrictamente prohibida su reproducción para la venta.