La voluntad de Dios

Requisitos para conocer y aplicar la voluntad de Dios

¿Cómo saber si andamos conforme a la voluntad general de Dios, para de tal manera estar seguros de que Dios cumplirá su especial propósito en nosotros? A continuación se indican algunas pautas generales que deberemos seguir.

Tendremos en cuenta principalmente nuestra relación con Dios: entrega y buena disposición. En segundo lugar nuestra relación con el entorno: las personas y las circunstancias. Y, finalmente, nuestra relación interior (con nosotros mismos): sentimientos y convicciones.

EN PRIMER LUGAR: NUESTRA RELACIÓN CON DIOS

En el presente apartado expondremos la manera como el cristiano consigue aplicar la voluntad de Dios, en la medida que alcanza un correcta comunión con Él. La buena relación con Dios es uno de los objetivos más gloriosos que encontramos en sus propósitos eternos.

La relación del cristiano con el Padre celestial comprende tres requisitos elementales: entrega incondicional, una relación con la Biblia, y una vida de oración.

UNA ENTREGA COMPLETA A DIOS

Resulta lógico pensar que si Dios es nuestro Padre, hemos de mantener a la vez una buena relación con Él. Ello se alcanza principalmente cuando el cristiano entrega su corazón a Dios. Rendir nuestra voluntad a la de Cristo, es el primer paso. No hay otra fórmula para conseguir una buena relación con el Creador, que no sea entregándole nuestro ser.

En ningún modo podemos esperar respuestas de parte de Dios, si todavía no le hemos entregado de verdad nuestro corazón. Pensemos bien, porque en tal caso todas las indicaciones, señales, o respuestas que Él nos pueda dar ante cualquier petición, irán encaminadas a este propósito inicial: una verdadera entrega del corazón a Dios.

Para aquel lector que habiendo examinado su vida, así lo considere necesario, puede realizar una oración de entrega a Dios, implorándole: ¡Señor! aquí estoy, en tu presencia, reconociendo que mi vida sin tu dirección no tiene sentido. Hoy tomo la firme decisión de hacer tu voluntad. Te entrego mi corazón, mi vida y circunstancias, depositándolo todo por fe en tus poderosas manos, para que cumplas el propósito especial que tienes para mí. Enséñame el camino y guíame a hacer tu buena voluntad. Confío en ti. ¡En el nombre de Jesús!

¿Cómo saber que nos hemos entregado a Dios de verdad y no es solamente una decisión hecha a la ligera?

Veamos seguidamente algunas condiciones –indicaciones bíblicas– que nos ayudarán a saber si verdaderamente hemos entregado nuestra vida a Dios, y como resultado caminamos en su voluntad.

En actitud no egocéntrica. Una entrega a Dios desprendida de todo egoísmo.

Éste es uno de los requisitos más importantes. La voluntad de Dios no es primeramente para satisfacer mis necesidades particulares. «Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites» (Stg. 4:3). La finalidad de los planes divinos no se dirige principalmente hacia mis intereses personales, profesionales, familiares e inclusive eclesiales. En lo que a propósito en la vida se refiere, los «me» «mi» «yo» han de quedar desterrados. De no ser así, la entera sumisión del alma al Señor no representaría una actitud verdadera. San Agustín declaró en su oración a Dios: «De sobre todas las cosas que me has de librar, líbrame de mí mismo». Luego, el yo-ísmo es enemigo acérrimo de la voluntad de Dios. «Ya no vivo yo» (Gá. 2:20), afirmaba el apóstol Pablo en actitud de desprendimiento personal.

La disposición del creyente a aceptar la voluntad de Dios, no ha de ser ego-céntrica sino teo-céntrica (pone su énfasis en Theos = Dios, por eso se le llama la voluntad de… Dios). Esto no quiere decir que nos anulemos a nosotros mismos, ni que tal decisión vaya encaminada hacia el autodesprecio de nuestro ser. La idea reside esencialmente en la intencionalidad, en los objetivos básicos de la vida, en cuál sea nuestra finalidad general, en la motivación de las acciones. ¿Para quién vivimos, y con qué propósito lo hacemos?

El modelo es Cristo, y su ejemplo es aleccionador para poder seguirlo: «Pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mr. 26:39). No fue fácil para Jesús beber la copa amarga del juicio de nuestros pecados, pero… era la voluntad de Dios.

Aquí hemos de hacer un paréntesis y preguntarnos, ¿hacía donde se dirigen mis verdaderos objetivos en esta vida, hacia mí mismo o hacia Dios?

En sinceridad. La entrega del corazón a Dios ha de ser sincera.

La decisión tomada en ningún modo debe ser hecha superficialmente. A veces el creyente puede tener cierto deseo de servir a Dios, pero al tiempo los intereses del corazón se dirigen hacia otros objetivos que, en verdad, se sitúan fuera del propósito divino. El requisito bíblico es: «Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón» (Jer. 29:13). En cualquier caso la doble intención no es válida para el Omnipresente.

Algunos pretenden vivir para Dios, pero en realidad lo hacen para ellos mismos, y así es como se auto engañan. El Señor recriminó al pueblo antiguo por su hipocresía: «Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí» (Is. 29:13). De manera que lo que el cristiano exprese con los labios, ha de permanecer acorde con la intención de su corazón; y con mayor razón si se trata de nuestra relación con Dios.

En obediencia. Una entrega a Dios en actitud de obediencia.

Si somos sinceros con Dios, deseando además cumplir con su voluntad, desarrollaremos en consecuencia una actitud de obediencia a su Palabra. Fue la recomendación del profeta al rey Saúl: «Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios» (1 S. 15:22). Aunque, observemos también el sentido inverso, porque si la resolución de nuestro corazón se resiste a obedecer, entonces, ¿para qué queremos conocer su voluntad? La recomendación de Cristo es notablemente práctica: «Si sabéis estas cosas bienaventurados seréis si las hiciereis» (Jn. 13:17).

Es cierto que la obediencia absoluta no existe, dado que el creyente habita todavía en naturaleza pecadora, y por ende la perfección en esta tierra es inalcanzable. Pese a tal incapacidad, en todo ha de haber una verdadera disposición a obedecer la voz de Dios. «Mi corazón incliné a cumplir tus mandamientos» (Sal. 119:12), concluyó el salmista. Tal vez en la práctica vamos a fallar muchas veces, pero no obstante el corazón ha de estar claramente dispuesto a obedecer a Dios. «Mi corazón está dispuesto, oh Dios» (Sal. 108:1).

Aquí surge la pregunta: ¿Qué ocurre si pecamos una y otra vez…? La respuesta divina es clara: «No dejará para siempre caído al justo» (Sal. 55:22). Lo importante en este asunto es «no permanecer caído». En la medida que el cristiano crece espiritualmente, también decrece su natural inclinación al mal. Para nuestra restauración espiritual, la fórmula es bíblica: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Jn. 1:9).

Si bien la entrega del alma al Dios santo no hace al hombre impecable, resulta imprescindible una disposición interior a creer y obedecer su Palabra. Si caemos, nos levantamos confesando todo pecado (Dios nos levanta) y, confiando en el texto bíblico leído, hemos de proseguir nuestro camino.

Visto el requisito bíblico, resulta una presunción fuera de lugar pretender que Dios cumpla sus propósitos en nuestra vida, sin poseer primero una actitud de obediencia. ¡Que nadie viva tal contradicción!

¿Estamos abiertos a escuchar la voz de nuestro Padre celestial y en consecuencia a obedecerla?

En Santidad. Una entrega a Dios demostrada en santidad.

El pecado rompe la comunión del hombre con el Creador, e impide la buena relación con Él. Por ello, la actitud de obediencia se evidenciará en una vida apartada de aquello que no agrada al Señor. Tal disposición llevará al cristiano de forma natural a rechazar el pecado, y de esta manera a crecer en santidad.

La condición bíblica para ser receptores de la voluntad de Dios, parece determinante. «No os conforméis a este siglo… para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Ro. 12:2). Si queremos comprobar –no solamente saber– la agradable y perfecta voluntad de Dios en nuestra vida personal, entonces haremos bien en no conformarnos (formarnos con) a los valores de esta sociedad, ciertamente corrompida por el pecado.

Un hombre de Dios no puede vivir como un hombre del mundo. «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo» (1 Jn. 2:15). A saber, no es compatible el tener un corazón entregado al Señor y al tiempo una vida de libertinaje espiritual, adaptada a los valores de este mundo sin Dios. «Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios» (Stg. 4:4). Según la indicación bíblica, si algún cristiano desea apegarse a las cosas de este mundo, al tiempo se estará constituyendo enemigo de Dios. Y de ser así, como es natural, no podemos pensar que el Señor justo vaya a aplicar su voluntad especial en tal cristiano.

¿Cuál es la voluntad de Dios para mi vida? «Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación» (1 Ts. 4:3), expone la Revelación divina. La santificación es sinónimo de crecimiento espiritual, desarrollo personal, madurez, superación, progreso, perfeccionamiento. Porque, en la medida que nos vamos despojando del pecado, a la vez vamos creciendo en santidad. La enseñanza se halla aquí en habitar en Dios. Sólo Él es santo y el que santifica.

Vivir la vida en Dios (bajo su voluntad) hace que toda nuestra existencia cobre un significado profundo y además equilibrado. En este aspecto, la santidad en ningún modo reprime la libertad de la persona, sino que la encamina para disfrutar de la vida con mayor grado de intensidad, con excelencia, y en su perspectiva correcta (en Dios); también nos ayuda a contemplar el sufrimiento con mayor serenidad y verdadero sentido de la eternidad.

Aprendamos de la enseñanza, porque si nuestro corazón no se dispone a vivir en santidad, tampoco esperemos que la gracia especial de Dios ampare nuestra vida.

En Humildad. Una entrega a Dios en actitud de humildad.

Aun viviendo en santidad, y con la disposición de rechazar el pecado, no creamos que somos mejores que los demás. El orgullo religioso frena la intervención del Espíritu para la aplicación de los planes divinos. Nuestra dignidad está en Cristo, no en nosotros mismos. Y no podemos ir a Dios con reivindicaciones o exigencias, porque no tenemos derecho a nada, dado que no merecemos lo bueno. Es solamente por la obra perfecta de Cristo en la Cruz, que a nuestro Hacedor le place santificarnos y capacitarnos para poder vivir bajo su buena voluntad. Somos y siempre seremos insuficientes para tan sublime tarea. «Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?» (2 Co. 2:16).

Nuestra imperfección es grande; razón sobrada para mantener una constante apertura de mente, como también de corazón. Así reza la Escritura: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, mi mis caminos vuestros caminos» (Is. 55:8). Hemos de creer y confiar en que el Buen Pastor nos mostrará el camino. Pero, si bien el camino sea recto, hemos de saber que tal vez podemos estar equivocados en muchos de nuestros pensamientos. Hacemos bien, por lo tanto, en dejar la terquedad de pensamiento, los absolutos en cuestiones relativas, el dogmatismo de las formas doctrinales, los triunfalismos personales o eclesiales, y el complejo de sabelotodo. Reconocer nuestras limitaciones humanas es el primer paso que abre las puertas a la intervención del Cielo. «Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde. Mas al altivo mira de lejos» (Sal. 138:6). Siendo el creyente incapaz de realizar el proyecto de Dios por sí mismo, necesita incuestionablemente la luz, la guía, y el poder del Espíritu Santo.

En Confianza. Una entrega a Dios hecha con toda confianza.

«Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan» (He. 11:6). La fe es la medida de todas las cosas en la vida cristiana. Y la voluntad de Dios demanda que nuestra vida se rija únicamente por fe y no por vista, que tampoco por sentimientos: «Por fe y para fe» (Ro. 1:17).

Dios es fiel, y todas sus promesas se cumplen en Cristo. «Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén» (2 Co. 1:18). A saber, encontramos un sinfín de promesas en la Escritura que forman parte de la voluntad de Dios para sus hijos; por eso hemos de conocerlas, recibirlas, y confiar en ellas: son los dichos del Todopoderoso.

Si bien es cierto lo mencionado, en este punto hemos de guardar suma prudencia, porque en la Escritura hallamos promesas que fueron solamente temporales, específicas para personas y momentos históricos… Igualmente no son pocas las promesas bíblicas que todavía prevalecen en nuestros días, aplicables para todos los cristianos. Solamente hay que comparar la promesa en cuestión, con la enseñanza general de toda la Escritura.

Si hasta aquí concluimos que efectivamente nos hemos entregado a Dios, en decisión no egocéntrica, sincera, obediente, santa, humilde… habremos entonces de confiar en sus promesas establecidas. Promesas que hablan de la providencia divina; del cuidado, guía y protección de Dios para todo creyente fiel. Por ejemplo, si algún creyente, con buena disposición, pregunta: «no sé que camino escoger en esta situación que se me presenta. ¿Me enseñará Dios a tomar la decisión correcta?» No hay lugar para las dudas: «Te enseñaré el camino en que debes andar» (Sal. 32:8). Aunque en el texto bíblico Dios se está dirigiendo a David, el espíritu de la promesa es aplicable perfectamente para el cristiano, puesto que no agrede la «analogía bíblica» (el conjunto de textos que hablan del asunto en cuestión, tanto del AT como del NT). Con la misma determinación el libro de Los Proverbios nos invita a confiar plenamente en Dios: «Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes sobre tu propia prudencia; reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas» (Pr. 3:5,6). Podríamos destacar aquí infinidad de promesas bíblicas especialmente diseñadas por Dios para sus hijos queridos (agenda de trabajo para el lector).

Una vez aceptadas las condiciones de entrega, alguno todavía se puede preguntar: ¿Cómo sé cuál es la voluntad de Dios en éste u otro especial asunto? La respuesta se determina bajo otra pregunta: ¿Te has entregado verdaderamente a Él?

 

LA PALABRA DE DIOS

Después de que el creyente ha rendido su alma al Creador, ha de mantener en forma permanente dicha entrega, lo cual requiere una buena dosis de «perseverancia». Por ello día a día los cristianos hemos de conocer mejor a Dios y su voluntad general. Y ésta, como bien sabemos, se halla impresa en la Palabra escrita: la Biblia. Es pues, la voluntad de Dios, que la leamos, meditemos y estudiemos, en actitud de obediencia. En la medida que conozcamos su Palabra, también conoceremos mejor el plan general de Dios para nuestra vida.

El conocimiento de la Sagrada Escritura nos permite descubrir los propósitos insondables de nuestro Creador; éstos contienen además enseñanzas universales para la vida de todo creyente en Cristo, que habrá de conocer y también aplicar. Muchas de ellas son de carácter práctico, y relativas a nuestra relación con Dios, con nuestra familia, con la sociedad, con la iglesia, con nosotros mismos, y demás pormenores de la vida cristiana. Para tal finalidad, existen multitud de normas, enseñanzas e instrucciones, registradas en la Biblia (el Manual escrito de la voluntad divina) como testimonio de los deseos del Padre celestial para todos sus hijos. Ella nos ofrece luz y guía para andar por camino recto: «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino» (Sal. 119:105).

Cabe señalar que las Santas Escrituras hablan de Jesucristo, es el tema central de todas sus páginas: «Ellas son las que dan testimonio de mí» (Jn. 5:39), afirmó nuestro Salvador. Por consiguiente, conocer a Jesucristo como el Salvador y además seguirle como Maestro (teniendo presente su modelo vida) forma parte de la voluntad de Dios general para todo cristiano.

Distingamos con claridad, porque en la medida que nos disponemos a conocer la Palabra, y también a obedecerla, estaremos abriendo en nuestra vida una puerta grande a la aplicación especial de la providencia divina.

Nos preguntamos entonces por la relación que tenemos con la infalible Palabra de Dios. ¿La leemos, meditamos y estudiamos con regularidad? ¿Mantenemos cada día un tiempo devocional, valorando el tesoro que el Cielo nos ha proporcionado?

Relativo a la voluntad especial de Dios

Entendemos que la Biblia es herramienta central donde habremos de buscar las respuestas de parte de Dios para nuestra vida particular. Cuando no sabemos bien por dónde dirigir nuestros pasos, o bien son confusas las direcciones, en ocasiones hallamos que un versículo, pasaje en especial, o ejemplo de personaje bíblico, se destacan por sí solos llamando nuestra atención, de tal manera que son como un rayo del Cielo que ilumina toda sombra de oscuridad en el camino.

No obstante lo dicho, insistimos en la enseñanza del apartado anterior; que si bien es cierto que el Espíritu puede utilizar cualquier texto bíblico en situación especial para hablarnos, como norma general hemos de respetar y no torcer la correcta interpretación bíblica. Entendamos que nuestras decisiones han de coincidir primero con la voluntad general de Dios, es decir, con el espíritu de toda la Escritura. En contra de lo que algunos practican, no es recomendable el método de escoger textos bíblicos al azar con el objeto de buscar la respuesta a la voluntad de Dios; la experiencia lo ha demostrado. Por lo general no podemos fiarnos demasiado de lo que nos dice un solo versículo. Dios mostrará su voluntad y utilizará su Palabra, en esta forma especial, en el momento que así lo estime adecuado; pero sepamos que no es una regla fija que todo cristiano haya de seguir.

En muchos casos la enseñanza general de la Biblia es bastante precisa, y nos indica si debemos o no tomar la decisión que nos planteamos. Por ejemplo, ¿he de casarme con una persona no creyente? En este caso la Escritura es suficientemente clara: «No os unáis en yugo desigual con los incrédulos…» (2 Co. 6:14). Cabe añadir otro ejemplo: Son innumerables los creyentes que no asisten a una iglesia, a causa de diversos desengaños, arguyendo que Dios les comprende... ¿Cuál es la voluntad de Dios en estos casos? Una vez más la respuesta resulta concluyente: «No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre» (He. 10:25).

Con independencia de cual fuere la situación, la enseñanza de la Escritura, vista en su conjunto (analogía bíblica ya mencionada), contiene suficiente luz para ayudarnos a tomar decisiones. Dicha luz será más clara y precisa en la medida que conozcamos más ampliamente la totalidad del contenido bíblico. Con esta condición, la Palabra también reafirmará nuestro camino en tanto no encontremos la voz de Dios hablándonos en contra. En cualquier caso hemos de estar seguros que nuestras decisiones no contradigan los principios bíblicos establecidos.

LA ORACIÓN

Junto con la lectura y la meditación bíblica, también se hace preciso conservar nuestra entrega a Dios por medio de la oración. La comunicación es elemento básico en las relaciones personales, por lo que para mantener una buena relación con Dios, inevitablemente habremos de comunicarnos con Él. En la oración sometemos nuestra voluntad a la voluntad del Padre; por ello no hemos de permanecer incomunicados con Aquel que por naturaleza es omnipresente. «Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones» (1 P. 3:12).

Para que nuestros caminos se avengan a los designios del Creador, hemos de poner nuestras decisiones en sus manos. No se trata de orar muchas veces al día, sino de conservar en todo momento un espíritu de oración; teniendo muy en cuenta la presencia del Señor en todas las áreas de la vida cotidiana, cada día y de forma permanente. Con gran determinación el salmista pedía a Dios en oración: «Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios» (Sal. 143:10).

Aceptemos de buen grado el consejo bíblico, porque el creyente necesita orar a su Padre, para buscar su dirección, su segura guía, su correcta enseñanza, y su aprobación en todas las cosas.

En cierta ocasión pregunté a un hermano si había puesto en manos del Señor una decisión importante que había tomado recientemente. La respuesta, ofrecida en forma dubitativa, fue simplemente ¡No!... En vista de la declaración efectuada, no me pareció nada extraño percibir en su conversación una deficiente espiritualidad, además de una ética no acorde con la voluntad general de Dios. ¿Puede un hijo de Dios tomar decisiones importantes sin consultarlas con su Padre? De ser así, no esperemos que Dios responda a las preguntas planteadas en principio. En la Biblia encontramos el siguiente caso: «Asa enfermó gravemente de los pies, y en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos» (2 Cr. 16:12). Dos años después, el rey murió. De igual forma ocurrió con el rey Saúl: «Saúl no consultó a Jehová; por esta causa lo mató» (1 Cr. 10: 14). Recibamos la enseñanza, y no dejemos de consultar todas nuestras cosas, y buscar en ellas el beneplácito de Aquel que todo lo sabe y todo lo puede, máxime cuando el camino es confuso. De esta manera lograremos depender de Dios, así como un niño depende de su padre.

Conviene aquí recordar que todas las peticiones respecto a nuestras necesidades (voluntad de Dios especial), habrán de ajustarse en cualquier caso a la voluntad general de Dios ya preestablecida. No es otra la afirmación bíblica: «Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho» (1 Jn. 5:14-16).

En definitiva, el Buen Pastor sabe qué es lo mejor para nosotros, y desea guiarnos en el camino; pero, a saber, no en contra de nuestra voluntad, motivo por el que también quiere que se lo pidamos. Con todo, la voluntad de Dios es que sus hijos se comuniquen con Él, sea para adorarle, agradecerle, pedirle, consultarle, etc. «Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará» (Sal. 37:4,5).

¿Estamos poniendo cada día en manos del Señor nuestras dudas, proyectos, deseos, inquietudes? ¿Buscamos en oración la aprobación de Dios en todas las cosas, por muy insignificantes que parezcan? Si la respuesta es negativa, no pretendamos entonces que Dios responda a todas las preguntas que citábamos al principio, referentes a nuestro destino.

 

EN SEGUNDO LUGAR: NUESTRA RELACIÓN CON EL ENTORNO

Veamos a continuación cómo se manifiesta la voluntad de Dios en relación con las personas y circunstancias que nos rodean.

Hasta aquí hemos visto que para vivir conforme a la voluntad divina, hemos de iniciar una buena relación con el Señor, entregando nuestro corazón a Él, y manteniendo esa entrega a través de la lectura de la Palabra y la práctica de la oración. Si, pues, conservamos una buena relación con Dios, podemos estar seguros, por ende, de que también conservaremos una buena relación con nuestro entorno.

RELATIVO A LA VOLUNTAD GENERAL DE DIOS

En esta línea de pensamiento que estamos trazando, admitimos que Dios aplica sus fieles promesas concernientes a nuestra vida particular, teniendo presente el cumplimiento, por nuestra parte, de su voluntad general. Y ésta contempla, además de establecer una buena relación con Dios, también la buena y necesaria relación con el entorno. Por ello, es labor nuestra examinar la relación que mantenemos con el entorno que nos rodea, bien sean personas o circunstancias.

Relación con la familia

Nos preguntamos: ¿Mantenemos con regularidad reuniones familiares donde la Palabra y la oración estén presentes? O le damos paso a la televisión, o a entretenimientos que no edifican, relegando la Palabra a un segundo plano… Acerca de la pareja: ¿Hacia dónde giran nuestras conversaciones u objetivos familiares? ¿son solamente acerca de las preocupaciones terrenales? Qué acerca de nuestros hijos: ¿Educamos a nuestros hijos en el temor de Dios? ¿Les enseñamos la Palabra desde su tierna infancia y los encaminamos en los propósitos divinos? O bien nos desentendemos, dejando que la televisión y las computadoras se encarguen de su educación…

Relación con vecinos, compañeros de estudio o trabajo

¿Mostramos buen testimonio delante del mundo, o más bien nos adaptamos cómodamente a los valores de este siglo? ¿Aprovechamos las oportunidades que Dios nos otorga para dar testimonio de nuestra fe? ¿Conservamos nuestra vida cristiana apartada de las influencias pecaminosas que nos rodean, o por el contrario manchamos el testimonio cristiano gracias a nuestra falta de fe y de integridad espiritual?

Relación con la economía

Los cristianos reconocemos que todo lo recibimos de Dios, que somos administradores de su economía. Entonces, analicemos nuestra vida: ¿Estamos haciendo tesoros en los cielos, o atesoramos para este mundo pasajero? Nos preguntamos si nuestra ofrenda a Dios es más bien algo secundario, y le damos sólo de lo que nos sobra… ¿Dónde invertimos, en el banco de este mundo, donde las riquezas se pudrirán, o en el banco del Cielo, donde disfrutaremos por la eternidad de los intereses producidos? ¿Compartimos nuestros bienes generosamente con los necesitados? ¿Dónde está nuestro tesoro, o dicho de otro modo, quién representa nuestro tesoro en esta vida…?

Relación con la iglesia

La iglesia es un proyecto del Cielo que Dios utiliza para aplicar su voluntad, y en ninguna manera podemos desecharla. ¿Estoy sirviendo a mis hermanos como si fuera al Señor Jesús? ¿Estoy poniendo mis dones a disposición de la iglesia? ¿Busco la comunión espiritual con otros cristianos? ¿Me preocupo por los problemas de los demás, e intento serles de ayuda? ¿Recibo con solicitud y humildad los consejos de mis hermanos en la fe? ¿Estoy mostrando de una manera u otra que amo a Dios y en consecuencia a mis hermanos? ¿Asisto a las personas nuevas en la iglesia, y colaboro para su integración?

Dichos planteamientos citados en este apartado corresponden al desarrollo de la voluntad general de Dios. Por consiguiente, si estamos fallando en todo lo mencionado, ¿no resulta una presunción pretender conocer los planes divinos en el área de las necesidades particulares? Cabría más bien primero revisar nuestro camino, para comprobar si en estos aspectos, como en otros, nuestra voluntad armoniza con la de Dios. De no ser así, se hará necesario primeramente reconducir nuestro rumbo espiritual en forma correcta.

 

RELATIVO A LA VOLUNTAD DE DIOS ESPECIAL

¿Cómo saber cuál es la especial voluntad de Dios en circunstancias por las qué estoy pasando…? Todo camino que hayamos de andar, o decisiones que vayamos a tomar, han de estar en línea con la voluntad general de Dios, como ya venimos recalcando hasta aquí. Con esta especial condición, hemos de observar nuestro entorno y ver si tenemos el apoyo de la Palabra, de la iglesia, y de las circunstancias que nos acompañan. En muchas ocasiones seguro que encontraremos indicaciones, sean éstas a favor o en contra de nuestras previsiones.

En relación con la iglesia

Corresponde aquí destacar un ejemplo, de los varios que he vivido de cerca. Éste es el de un creyente, que en su corto periodo de noviazgo recibió, entre otras indicaciones, consejos de la iglesia, haciéndole saber que su contrayente no era compatible con él, en carácter y visión de la vida cristiana... Después de un largo tiempo, el hermano me declaró personalmente que antes de casarse preveía delante del Señor que no debía hacerlo. Como resultado de su errónea decisión vivió un verdadero infierno matrimonial, hasta su separación en muy pocos años... Después de haber recibido indicaciones del Señor, dicho hermano cerró sus oídos a toda recomendación, y se dejó arrastrar obsesivamente por su propia necesidad… Igualmente, no pensemos que son pocos los que hoy descuidan la voz del Señor evocada a través de su pueblo; los que seducidos por las cosas terrenales, extravían su corazón del verdadero camino.

La iglesia es el pueblo de Dios, y por tal motivo Él desea utilizarla. El cristiano, por lo general, es una oveja torpe, que muy fácilmente puede descarriarse del camino; y debido a tal debilidad, el Buen Pastor también decide pastorear a sus hijos a través de su Iglesia. ¿Estamos abiertos a recibir los consejos de los hermanos a la hora de tomar decisiones? «Atended el consejo, y sed sabios, y no lo menospreciéis» (Pr. 8:33).

Por otro lado también podemos aceptar consejos de allegados, bien sean familiares o de otros entornos conocidos, que a veces Dios puede utilizar para hablarnos. Por tanto, habremos de prestar buena atención a las personas que nos rodean, sobre todo a nuestros hermanos en la fe, pues tal vez Dios nos esté dando señales por medio de ellos, máxime si las opiniones vertidas son coincidentes.

En relación con las circunstancias personales

Seguimos examinado nuestro entorno en busca de respuestas sobre la particular voluntad de Dios. Para recibir la bendición de lo Alto, es preciso detenerse en el camino por un tiempo y analizar los pasos que estamos dando, y si éstos se avienen al espíritu de la Palabra; si tengo que confesar algún pecado, o reafirmar alguna virtud: «Examina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean rectos» (Pr. 4:26). Cada decisión en la vida requiere un análisis detenido, para sobre todo no incurrir en confusión, o en una errónea interpretación de las indicaciones celestiales.

El Dios proveedor proporciona al cristiano fiel aquello que necesita, incluyendo las circunstancias que le acompañan. Para ello abrirá o cerrará las puertas que así considere oportuno, sobre cualquier aspecto de la vida: profesional, familiar, eclesial, ministerial, etc. Hemos de saber que en tanto las puertas se hallen cerradas, significa que de momento los proyectos de Dios van por otro camino, y así habremos de aceptarlo. No hacemos bien en decir que vivimos por fe y al tiempo desconfiamos de nuestro buen Padre y de sus fieles promesas.

Al apóstol Pablo y sus colaboradores «les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia… intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió» (Hch. 16:6,7). Así es como, en ocasiones, el Espíritu Santo cierra las puertas en la vida del creyente y no permite que avancen las circunstancias, poniendo Dios mismo los impedimentos que cree necesarios para garantizar la correcta guía y protección de sus hijos.

A veces las respuestas de Dios se comparan con las luces de un semáforo. En rojo, si la respuesta es un no. En verde, si es un . O en amarillo si es un espera.

Si hemos comenzado el camino, y percibimos que no hay indicadores en contra o acontecimientos que lo impidan, entenderemos que las puertas permanecen abiertas, y por ende habremos de seguir adelante confiando en Dios. En esta confianza, su poderosa intervención puede disponer las cosas de modo que nos libre de tomar decisiones equivocadas, o bien guiar las circunstancias de manera que nos faciliten la decisión correcta.

Así que, mientras las puertas permanezcan abiertas, y no haya impedimento alguno, debemos seguir el camino (somos peregrinos). En cambio, si el semáforo se encuentra en rojo, o las puertas se cierran, habremos entonces de aplicar humildad y así aceptar toda situación; en ningún caso rebelarnos contra el destino. Toda rebelión crea descontento, y con el tiempo puede generar raíz de amargura interior. Lejos de dar cabida a la queja, hemos de contentarnos en cualquier situación; convencidos a la vez de que por muchos cerrojos que amarren las puertas… tales cerrojos los puso Dios.

Ahora bien, la aplicación de la providencia divina no busca resolver el mañana, en una especie de adivinación futura. Nuestra intención ha de dirigirse esencialmente hacia el hoy, con aplicaciones prácticas para el aquí y el ahora. ¿Qué quiere Dios de mis circunstancias actuales? perduren por una hora o por toda la vida… ¿Cómo tengo que obrar en el lugar donde estoy, con los recursos que tengo? Independientemente de la situación en que nos encontremos, hemos de buscar su voluntad en el presente, para que también el futuro no sea incierto. Y nuestro futuro estará en buenas manos, si confiamos en las promesas de nuestro Padre celestial: «Yo soy Jehová Dios tuyo, que te enseña provechosamente, que te encamina por el camino que debes seguir» (Is. 48:17).

Habiendo razonado sobre lo expuesto en esta sección, aclaramos que las indicaciones mostradas no son determinantes por sí solas para hallar respuestas, sino que tales indicaciones se habrán de analizar globalmente con todas las demás que hasta aquí estamos considerando. «Satanás se disfraza como ángel de luz» (2 Co. 11:14), y por ello no podemos guiarnos solamente por señales aisladas, bien sean de la iglesia o de las circunstancias. Definitivamente, todas las indicaciones recibidas tendrán que valorarse en conjunto, para llegar a una conclusión adecuada sobre cualquier situación o decisión que hayamos de tomar.

EN TERCER LUGAR: NUESTRA RELACIÓN CON NOSOTROS MISMOS

Una vez examinadas las circunstancias personales que nos rodean, también añadimos aquí un factor no menos importante: un autoanálisis de nuestro propio interior: alma y corazón al descubierto. ¿Cuáles son nuestros pensamientos, sentimientos, intenciones…? ¿Qué motivaciones invisibles transporta nuestro corazón?

Hay varias señales impalpables de la voluntad de Dios que han de tenerse presentes. Y para facilitar su revelación, habremos de valorar nuestro estado anímico y espiritual. Un autoexamen de conciencia, por tanto, es tarea imprescindible para no ser reprendidos por Dios: «Si nos examinásemos a nosotros mismos no seríamos juzgados» (1 Co. 11:31). Y Aquí cabría un análisis de nuestras obras, pero también de nuestras intenciones. Toda obra tiene una razón de ser, y nuestras motivaciones han de estar orientadas según los planes de Dios.

Resulta provechoso realizar frecuentemente un viaje a nuestro desconocido mundo interior, para analizar reflexivamente sobre la razón de nuestros afectos, sentimientos, impresiones, dudas, convicciones, etc., y juzgar si están encaminados de una forma correcta según la voluntad de Dios.

Hemos de permanecer atentos a todas estas señales, porque el Espíritu Santo utiliza nuestro fuero interno, ya que no en vano habita en nuestro corazón: «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (1 Co. 3:16).

Muchos creyentes han fracasado en la vida espiritual por no examinar bien su alma. Este fracaso, en ocasiones, es motivado por una actuación precipitada, por un impulso del corazón que les ha llevado a tomar decisiones fuera de la voluntad de Dios. Como ya mencionamos anteriormente, el corazón humano no sabe esperar, y en ocasiones tampoco quiere... Y si nos preguntamos el porqué Dios no protege del fracaso a sus hijos, la respuesta se muestra sencilla: El Padre celestial promete guiar y proteger la vida de todo aquel que le ama de corazón, por lo que no sabemos bien qué intenciones esconde el corazón del creyente que desvía su camino.

 

BUSCANDO LA CONVICCIÓN INTERIOR

El cristiano que desea confirmar sus caminos, no ha de olvidar hacer primero una verdadera revisión del alma, reafirmando así sus propias convicciones personales. Muchas de esas convicciones han de provenir principalmente del Espíritu Santo, que de algún modo nos indicará el estado de alma, y también los pasos que debemos seguir en el camino.

Por otra parte, si estamos convencidos en nuestro interior respecto de cualquier situación o decisión tomada, y no percibimos la voz de Dios hablando en dirección contraria, hemos de creer entonces que nos hallamos en el camino recto; confiando, asimismo, que si andamos equivocados, el Buen Pastor se encargará de hacérnoslo saber: «Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios» (Jn. 3:21). Por ello, la equivocación por ignorancia no es equivocación en manos de nuestro gran Guía y Protector. Entendamos bien el concepto, porque la vida del cristiano, fuera de la voluntad de Dios, en ningún caso es equivocada, sino descarriada.

Convicción del corazón

En primer lugar hay que tener sumo cuidado con la expresión: ¡el Señor me dijo! o ¡siento en el corazón que este es el camino que debo seguir! No obstante, teniendo en cuenta lo dicho, aceptamos que el corazón, como la base de nuestros sentimientos, deseos, impulsos, voluntades, aspiraciones, etc., es un bien creado por Dios y por consiguiente un medio que utiliza para aportar claridad a nuestros caminos.

En ocasiones especiales Dios puede mostrarnos el camino, creando una mayor convicción en el corazón sobre cualquier tema o decisión que vayamos o no a tomar. En tal caso el Espíritu Santo mora en el corazón del creyente y por ello es el encargado de generar las inquietudes que bien crea necesarias: «Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo» (1 Co. 6:19).

Muchas son las ocasiones en que no sabemos bien cuál es el camino que debemos seguir, ni cómo pedir al Señor que nos guíe convenientemente. Pero, no nos preocupemos en exceso, pues el Espíritu intercede por nosotros: «Pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Ro. 8:26). Así es, debido a nuestra torpe naturaleza pecadora y evidentes limitaciones humanas, precisamos de la ayuda del Espíritu Santo para poder recibir una correcta guía en nuestras decisiones. En tal caso la promesa bíblica no se presta confusa: «Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad» (Ro. 8:26). Tal vez no sabemos cuál es la voluntad de Dios en un caso u otro especial, pero Dios que conoce bien nuestro corazón, y también su voluntad especial para nuestra vida, no nos deja solos en medio de la confusión: «Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos» (Ro. 8: 27). El espíritu Santo examina nuestro corazón, y de alguna forma que no entendemos intercede produciendo convicciones personales, que son a la vez indicadoras para saber cuál es la voluntad de Dios. Recordemos aquí el testimonio del mismo Señor: «Yo soy el que escudriña la mente y el corazón» (Ap. 2:23).

Convicción del intelecto

«Transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Ro. 12:2). Una vez más la condición del texto bíblico es categórica. La transformación en la vida de todo cristiano dependerá, en suma, de la renovación de su intelecto; conformando su pensamiento al pensamiento transformador de la Palabra divina. De esta manera, que no de otra, podremos experimentar la buena voluntad de Dios que, como venimos reiterando, es agradable y perfecta.

«Cada uno esté convencido en su propia mente» (Ro. 14:5). El sabio Creador tiene a bien utilizar aquello que Él ha creado, y por supuesto la mente es instrumento útil. Por lo general, cada decisión tomada –primero en manos de Dios– ha de pensarse con calma, «llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Co. 10:4). Estemos seguros de que la intervención invisible del Espíritu Santo reafirmará nuestros pensamientos, pues Dios ha creado mentes razonables. Éste es motivo suficiente para no dejarnos llevar sólo por el corazón, sin primero utilizar la razón. Por ejemplo, alguno puede afirmar, sin previa meditación: ¡El Señor me envía a China a evangelizar! cuando hallamos que en el barrio donde vive todavía no ha hablado del Evangelio a ninguna persona. «Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor» (Ef. 5:17). Como en todas las cosas, utilizar el sentido común es buena medida para no descarriar nuestras motivaciones.

La enseñanza del Señor Jesucristo sobre la intervención del Espíritu Santo sobre la mente, no se supeditó solamente a sus apóstoles, sino que es perfectamente aplicable, en buena medida, a todos los verdaderos creyentes: «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn. 14:26). En ocasiones el Espíritu Santo, sin saber bien cómo, nos enseña el camino, y a la vez trae a nuestra mente textos bíblicos, ideas, pensamientos, etc., que contribuyen al esclarecimiento de su voluntad especial para nuestra vida.

Convicción interior por la Palabra

La mayoría de las veces la convicción de la mente y del corazón se genera por la lectura y meditación serena de la Palabra, que no por casualidad el Espíritu Santo la inspiró. A veces ocurre que un texto bíblico sobresale de tal forma que nos martillea el alma, indicándonos nuestro estado interior. Así sea general como particular, la voluntad de Dios es confirmada en nuestro ser interior. No parece nada extraño, «porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu…» (He. 4:12). Del mismo modo, cuando leemos la Biblia con buena disposición, la voz del Señor se manifiesta en nuestro interior, bien sea a favor o en contra de nuestras predicciones. En cualquier caso será primordial adoptar una actitud de humildad y sumisión, para poder aceptar la voluntad de Dios y no la nuestra.

Sobre le tema, ya hemos hecho alguna referencia en el apartado de la voluntad especial de Dios y la Palabra.

Convicción del Espíritu Santo

Los hijos de Dios, que son sinceros y caminan bajo su voluntad, son guiados por el Espíritu Santo: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Ro. 8:14). Asimismo, el Maestro Jesucristo nos dejó su fiel promesa: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Jn. 16:13-15). Nótese la expresión «os hará saber». Es cierto que los apóstoles recibieron una revelación especial, porque fueron inspirados por el Espíritu Santo para transmitir la Palabra de Dios (Nuevo Testamento), y a la verdad esta revelación es insustituible. Pero, no podemos dudar de que existan ocasiones en que el Espíritu de Dios también nos hace saber a los creyentes cuál es el camino que debemos andar, o decisión que debemos tomar.

De Simeón, hombre justo y piadoso, afirma la Escritura: «Le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor» (Lc. 2:26). Al igual que en la vida de este siervo de Dios, creemos que en situaciones especiales también hoy el Espíritu nos ayuda a conocer su voluntad sobre algún hecho en particular.

«El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Ro. 8:16). Reconocemos que el Espíritu Santo da testimonio a nuestro corazón respecto de la salvación. De la misma manera, a veces, sin que lleguemos a entenderlo muy bien, hay un testimonio interno del Espíritu que en determinados momentos ilumina nuestro andar diario, recibiendo inapreciable ayuda en las decisiones que vayamos a tomar, o circunstancias personales que hayamos de cambiar o en cualquier caso aceptar. Recordemos el texto bíblico: «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad» (Ro. 8:26).

Nuestro Señor Jesucristo afirmó lo siguiente: «Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado» (Jn. 16:8). La labor del Espíritu es convencer al pecador de su error. Pero, puesto que también vive en nosotros, los cristianos podemos asegurar que así hagamos las cosas bien o las hagamos mal, de alguna forma el Espíritu nos va a convencer de ello. Luego, hemos de permanecer sensibles a la voz del Espíritu Santo, que nos defiende o acusa, nos convence de pecado o por el contrario afianza nuestros caminos.

Convicción por el fruto del Espíritu

Para poder obtener una profunda convicción de la voluntad de Dios, es preciso mantener nuestro espíritu receptivo a la acción del Espíritu de Dios. Por ello, la inspección de alma es tarea de todo cristiano, con el objeto de poder identificar el fruto del Espíritu, aun mostrado en mayor o menor medida: amor, gozo, paz, paciencia… Véase Gálatas 5:22. De todas las virtudes producidas por el Espíritu Santo en el corazón del creyente, cabe destacar entre ellas: la paz de Dios. Si se tiene paz en el corazón, es buena indicación. Mala indicación sería mantener por largo tiempo conflictos espirituales, disconformidad interior, insatisfacción, y demás síntomas opuestos al fruto del Espíritu.

«La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn. 14:27), fue la promesa del Buen Pastor. La tranquilidad de conciencia que produce la paz de Cristo, es buena señal de que nuestro rumbo parece seguro. Aunque, también ocurre que hay personas que dicen tener la «conciencia tranquila», llevando a la vez una vida desordenada… Tal confesión no es más que la versión mundana denominada «conciencia endurecida». Por esta razón, entre otras, las convicciones del corazón se han de contrastar con la experiencia de vida, y principalmente con la Palabra de Dios, para que de tal manera nuestra impresión sea certera.

Para saber si andamos, o no, conforme a la voluntad de Dios, hemos de preguntarnos: ¿Permanece el fruto del Espíritu, aun con mayor o menor intensidad, mostrándose en mi vida? ¿La Palabra convence a mi corazón de que estoy en lo correcto? ¿Tengo paz interior? ¿Cómo me da testimonio el Espíritu, a favor o en contra?

No cabe duda de que el Señor puede guiar nuestra mente y corazón, y así hablarnos de modo que aquello que pensamos y después decidimos, sea conforme a sus planes establecidos para nuestra vida.

En fin, ajustemos bien toda visión espiritual, pues no hemos de guiarnos solamente por las impresiones del corazón: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jer. 17:9). Estas señales referidas en el presente apartado, como en los anteriores, deberán tenerse en cuenta para guiar cualquier decisión. Pero, por lo general no son decisivas por sí solas para determinar nuestro rumbo. Son solamente elementos de orientación que habrán de acompañar a todas las indicaciones mencionadas. Como ya venimos apuntando, se han de recoger todas las señales descubiertas, para examinarlas en conjunto. De esta manera podremos responder con buena certeza a muchas de las preguntas planteadas en principio, y que corresponden a la especial voluntad de Dios para cada hijo suyo.

 

José Mª Recuero

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