Los extremos de la doctrina carismática

El bautismo y la acción del Espíritu Santo

LA EFECTIVIDAD BAUTISMAL

El bautismo del Espíritu Santo es una doctrina bíblica que parece hallarse bastante clara y definida, y no se entiende muy bien los esfuerzos que realizan algunos para complicarla. Cuando una persona cree en el mensaje de la Salvación, y entrega su vida a Dios, arrepintiéndose de sus pecados y recibiendo a Jesucristo como su Salvador y Señor, es entonces cuando el Espíritu Santo viene a morar dentro de su corazón. Y a esto se le denomina «ser bautizado con el Espíritu», según reza la enseñanza expresada en la Santa Biblia. «El que cree en mí (Jesucristo), como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él» (Jn. 7:38,39).

He aquí encontramos las dos únicas condiciones para recibir el Espíritu Santo:

Depositar fe en la persona y obra de Jesucristo (no en una experiencia extática).

Confiar en las promesas de la Palabra de Dios (no en la imposición de manos de ningún seudo pastor).

Y el resultado es: «ríos de agua viva». Esta metáfora se concibe, en la práctica, como un estado inherente de satisfacción plena, juntamente con la vida espiritual que se ha recibido. Se puede decir que, con la recepción del Espíritu, el corazón del creyente ha sido colmado de bienestar, y a la vez capacitado para comenzar a vivir la vida cristiana con auténtica energía espiritual. Para el verdadero cristiano ya no hay más «sed»; el vacío existencial de su corazón se ha llenado, y la sequedad de su alma ha sido inundada por la frescura del Espíritu de Dios. Y al igual que el río es fuente de vida que logra impulsar la existencia animal y vegetal, también toda vida espiritual debe ser impulsada por el poder del Espíritu Santo.

Así, en el bautismo, el Espíritu de Dios se sumerge (grg. baptizo) en el interior del cristiano: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros?» (1 Co. 6:19). Con todo, ser templo del Espíritu no significa que el bautismo confiera al cuerpo alguna especialidad. No es el poder del hombre, sino el del Espíritu, el que potencia las virtudes y asimismo santifica los defectos de todo creyente en Cristo. De forma paralela, va encauzando el proceso del necesario crecimiento espiritual, y dirigiendo todo servicio y ministerio cristiano, que es desde donde se proyectan los dones y sus diferentes manifestaciones a la iglesia.

En definitiva, el bautismo consiste en que el Espíritu (Dios mismo) viene a residir en el corazón de todo pecador arrepentido. «Porque vosotros sois el templo del Dios viviente» (2 Co. 6:16). Y de tal forma, la intervención del Espíritu Santo hace posible que todos los redimidos de Dios sean miembros de un solo Cuerpo, que es la única y verdadera Iglesia de Jesucristo.

SÓLO EXISTE UN BAUTISMO

Según la doctrina carismática extrema, aunque la persona haya recibido el Espíritu Santo al convertirse, ésta no se encuentra completa, y por lo tanto necesita una segunda experiencia espiritual.

Así, la mayor parte del sector carismático cree que el cristiano debe recibir un segundo bautismo del Espíritu, que le facultará para el servicio, dotándole, por este medio, de un poder especial; y de forma simultánea, se supone que deberá emerger el don de lenguas y otras manifestaciones carismáticas.

La presente doctrina enseña que aquel que no ha recibido esta experiencia bautismal, con la evidencia del don de lenguas, o no es un verdadero convertido, o no ha sido investido del poder de Dios para el servicio cristiano. Al parecer, sólo a través de este bautismo se obtienen los dones espirituales, por lo que en caso de no haberlo recibido, sería a lo sumo un creyente de segunda clase, o dicho de otra manera, de inferior categoría espiritual.

En honor a la verdad, hay que decir que la doctrina del Segundo Bautismo, como una segunda experiencia extra, no posee sustento bíblico alguno. En la Escritura solamente se encuentra un bautismo en o con el Espíritu Santo. «Seréis bautizados con...» (Hch. 1:5), dijo el Señor, y nunca aparece la partícula «del» referida al Espíritu, pues en este caso hasta el mismo nombre «Segundo Bautismo del Espíritu», permanece ausente en el panorama bíblico.

Seamos en todo precavidos, porque la Biblia expresa, con determinación, la única realidad bautismal efectuada en el cristiano por el Espíritu de Dios. Y no se sugiere, ni en este texto ni en otro alguno, la posibilidad de ser bautizados otra vez. De esta manera, el mismo apóstol Pablo escribiendo a los cristianos de Éfeso, les hace saber cuántos bautismos hay, o si deben practicar otra experiencia adicional a la que recibieron cuando fueron salvos, y por tanto «sellados con el Espíritu Santo» (Ef. 1:13). Les expone muy claramente: «Un Señor, una fe, un (no dos) bautismo» (Ef. 4:5). Juan el Bautista, en el sentido análogo, se dirige a los judíos indicándoles: «Él (Jesús) os bautizará con (no del) Espíritu Santo» (Mr. 1:8). Aquí tampoco se menciona un segundo e imaginario bautismo de poder. Incluso la partícula «el» no aparece en las versiones griegas, con lo cual identifica muy estrechamente el bautismo con el mismo Espíritu. En esto, comprendamos que el bautismo con el Espíritu Santo y la recepción del Espíritu en nuestra vida, es exactamente lo mismo, y se produce en el momento que obtenemos la Salvación por Cristo Jesús. «Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un solo cuerpo» (1 Co. 12:13). El Espíritu nos bautiza con su presencia en nuestros corazones; nos bautiza en la muerte y resurrección de Jesucristo; y nos bautiza en un Cuerpo: la Iglesia. Estos tres aspectos del bautismo se producen en el mismo instante de la conversión a Cristo, y todo se lleva a cabo en un único bautismo, provocado por la recepción del mismo Espíritu Santo.

Hechas estas aclaraciones, reparemos en el peligro: Si un solo Espíritu (el Santo de Dios) ya nos ha bautizado, cabría preguntarse, ¿qué otro «espíritu» pretende bautizarnos de nuevo, si dice la Escritura que el cristiano ya ha sido bautizado?

En fin, la enseñanza carismática de que debe haber dos experiencias, una en la conversión, cuando se recibe el Espíritu, y otra adicional, que se ha de buscar por medio de un pastor o reunión carismática: para recibir las lenguas, el poder, los dones, y demás sinrazones, no gozan en absoluto de base bíblica. Ni Jesucristo ni los apóstoles enseñaron que se haya de realizar este experimento, así como tampoco está expresado de forma clara en la Palabra de Dios.

Si consideramos el tema con seriedad, y queremos ser fieles a la Escritura, debemos descartar la doctrina del «Segundo Bautismo» de una vez por todas, no vaya a ser que otro «dios» se esté aprovechando de tales prácticas extra-bíblicas...

LA IMPOSICIÓN DE MANOS

La práctica del «Segundo Bautismo» se realiza habitualmente por medio de la «imposición de manos», llevada a cabo por un determinado personaje (pastor, líder...), que en este caso intenta transmitir, en el interior de la persona, ciertas influencias especiales provenientes del Espíritu, que según parece, son inyectadas a través de sus manos.

Acerca de la imposición de manos y la recepción del Espíritu, sólo los apóstoles poseyeron esta autoridad, que por otra parte mantenía un carácter doctrinal y transitorio. Debemos entender que en aquel tiempo la Iglesia debía sujetarse a la autoridad apostólica; y por tanto, esta práctica excepcional comprendía una forma gráfica y gestual de identificación con la doctrina apostólica, la cual representaba el fundamento kerigmático de la Iglesia.

Sin embargo, esta experiencia puntual no se menciona más en el Nuevo Testamento, ni es practicada por los cristianos del primer siglo, ni tampoco los apóstoles dan instrucciones al respecto. Por lo demás, hoy se concibe más bien como una práctica absurda, y que al mismo tiempo puede acarrear riesgos peligrosos en el terreno espiritual.

Insistimos en la restricción de esta enseñanza, pues notamos que los casos de «imposición de manos» son muy limitados, señalados en la Biblia muy contadamente, y practicados sólo por los apóstoles. Por ejemplo, en Hechos 8:18 se encuentra el relato acerca del bautismo con el Espíritu Santo que recibieron los samaritanos. También en Hechos 19:6 vemos que los discípulos de Juan el Bautista, en la ciudad de Éfeso, recibieron el Espíritu como única experiencia bautismal. Asimismo, estas escenas precisas se sucedieron durante la transición judeo-cristiana (ya hemos hecho alusión en el apartado de Hermenéutica), siendo por entonces necesario que aquellos movimientos pre-cristianos quedaran plenamente identificados –por medio de la imposición de manos– con el cristianismo apostólico, es decir, con el mensaje de Jesucristo predicado a través de los apóstoles. Y éste fue el motivo de aquella excepcional práctica, que expresó la vinculación de los convertidos del Antiguo Pacto con una nueva era: el Cristianismo y la nueva vida en Cristo. De hecho, en la carta a la iglesia de Éfeso, ciudad donde se produjo la secuencia, Pablo no hace ninguna mención acerca de esta práctica transitoria.

Si alguien está pensando en la carta de Santiago para defender la imposición de manos, volvemos al mismo ambiente. El autor está escribiendo en el marco de una sinagoga judía, y por ello todavía existían prácticas que eran propias de la evolución judeocristiana. Aunque no hace referencia al segundo bautismo, ciertamente.

Además, es importante saber que el texto del Evangelio según San Marcos 16:18, donde se menciona la imposición de manos, aparece en diferentes traducciones de la Biblia a modo de interpolación. Según afirma la Crítica Textual, el texto añadido mencionado se introdujo en las copias posteriores que se transcribieron de los textos originales, que son los que fueron inspirados por Dios (sea cierto o no, este detalle lo ampliaremos más adelante).

La imposición de manos, reiterando lo dicho, se encuentra en la Escritura en casos determinados, y aluden siempre a un acto de identificación. Pero, de ningún modo es aplicable hoy día, ni mucho menos se contempla como un suceso milagroso en el que se transfiera el Espíritu, así como tampoco capacidades o experiencias sobrenaturales.

No olvidemos, también, que este procedimiento constituye un método muy extendido entre círculos no cristianos, y muchos de ellos de marcada tendencia espiritista...

LA GRAN CONFUSIÓN

Seguramente en el ámbito carismático extremo se confunde Segundo Bautismo, con el «ser llenos del Espíritu».

La plenitud del Espíritu (ser llenos del Espíritu), mencionada en la Escritura, es el acto por el cual el Espíritu Santo mantiene un control especial sobre el cristiano, capacitándole de esta forma para poder servir a Dios. El ser «lleno del Espíritu», es ocasionado cuando el amor al Señor, a través de la entrega y la obediencia, es de primer orden en la vida del creyente. Y esta experiencia se produce, con la mayor expresión, en ciertas situaciones de la vida cristiana, especialmente ministeriales. Por el contrario, es desconcertado pensar que la llenura del Espíritu sea producto de una experiencia mística, provocada por un acto determinado de culto, o transmitida por un individuo que a sí mismo se atribuye poderes especiales.

Esta doctrina equivocada tiene su base, como de costumbre, en algunos textos aislados del libro de Hechos de los Apóstoles. Y como ya hemos citado anteriormente, Hechos es un libro de transición sobre la doctrina cristiana, que avanza para la formación y consolidación de la Iglesia. Y de ahí no podemos extraer prácticas que se dieron en una Iglesia recién nacida, y querer imitarlas sin más, cuando los apóstoles no enseñaron que se haya de recibir una experiencia extra posterior a la conversión y recepción del Espíritu Santo, ni en el propio libro de Hechos, ni en ninguna carta del Nuevo Testamento a las iglesias.

La plenitud del Espíritu

Las siguientes porciones bíblicas parecen lo sobradamente explícitas como para despejar toda duda: «Y fueron todos llenos del Espíritu Santo» (Hch. 2:4). Aquí, el pasaje no señala que este acontecimiento resultó de una segunda experiencia bautismal. Al parecer, por el contexto, aquellos ciento veinte judíos acababan de recibir el único bautismo del Espíritu, el cual vino a morar de forma permanente en sus corazones, según la promesa que Jesús les había hecho. Y este suceso tan especial, identificó a los creyentes judíos como la verdadera Iglesia de Jesucristo. Aunque, si bien, ésta adquirió posteriormente un cariz de tipo universal, y no tan solamente nacional.

«Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo…» (Hch. 7:55). Leamos con sentido, porque el pasaje no revela que anteriormente Esteban haya recibido una unción especial o segunda experiencia trascendental. Lo que sí nos da a entender el contexto bíblico, es que Esteban era un hombre consagrado, obediente a Dios, y lleno de su Palabra; nada más. Por consiguiente, interpretamos que estar «lleno», es estar bajo el «control» del Espíritu; al igual que cuando una persona está llena de alcohol, se encuentra en consecuencia bajo su influencia y control.

«Porque era varón bueno (Bernabé), y lleno del Espíritu Santo y de fe» (Hch. 11:24). Tampoco aquí hay mención de una previa experiencia bautismal de poder sobrenatural. El texto dice que Bernabé era bueno (no poderoso), y lleno de fe (no de lenguas). No resulta nada extraordinario, pues, que con tan buena disposición el Espíritu Santo tuviera un control especial sobre él.

«Antes bien sed llenos del Espíritu» (Ef. 5:18). El apóstol Pablo no recomienda ningún procedimiento especial para ser llenos; sino que en el pasaje (véase el contexto) está hablando de una forma de vida agradable a Dios, y de un sometimiento voluntario a Él y a su Palabra. Las otras cuestiones no aparecen en ninguna de las epístolas del Nuevo Testamento. Por lo tanto, debemos pensar que si la imposición de manos fuera requisito necesario para servir a Dios, con toda seguridad los autores bíblicos, que escribieron inspirados por el mismo Espíritu, lo hubieran mencionado en sus cartas.

En definitiva, el «ser lleno del Espíritu» se produce cuando el cristiano, en actitud sincera, realiza una entrega completa de su vida a Dios, cediéndole las riendas de su voluntad, para que pueda ser controlado y dirigido por Él. En ese preciso momento, el Espíritu, sin haber dejado de morar en el creyente, toma el pleno control de su vida. A partir de ese instante comienza a producirse el crecimiento espiritual, el cual impregnará la vida del discípulo en la medida de su consagración y obediencia al Señor. Desde esta experiencia vital, se manifestará la plenitud espiritual en múltiples ocasiones de la vida cristiana.

LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU

Las sospechosas expresiones del Espíritu que se producen en algunas reuniones carismáticas: estados de embriaguez, saltos paroxísticos, rigidez corporal, derrumbes, risa santa, sudoraciones, temblores, pérdida de la conciencia, y demás síntomas misteriosos, comparadas con la verdadera acción del Espíritu, reflejada a través del fruto: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gá. 5:22), descubren, a todas luces, que la diferencia entre unas manifestaciones y otras, son verdaderamente contrapuestas. Y este marcado contraste logra descubrir, como parece evidente, la falta de coherencia bíblica que existe en las prácticas carismáticas extremas.

Entrados ya en materia, cabe sentar las bases de la intervención del Espíritu Santo. Y si observamos con detenimiento la acción del Espíritu a lo largo de la Escritura, comprobaremos que es todo lo opuesto a las extrañas maniobras que se realizan en el extremo carismático. Diez reflexiones nos bastarán para darnos cuenta de ello:

El Espíritu Santo siempre actúa bajo el marco de su Palabra, y nunca sobre presupuestos extra-bíblicos. Aquel que viene a la luz, deberá ceñirse al contenido certero de la Palabra de Dios; pues siendo que el Espíritu Santo la inspiró, parece dudoso que esté de acuerdo con doctrinas o prácticas que Él mismo no ha revelado en su Palabra. La actuación del Espíritu, en todo caso, se hace visible mediante la ética cristiana, la cual tiene que ver no tanto con los hechos «extraordinarios», sino con los «ordinarios», esto es, con la vida cotidiana expresada por medio de nuestro amor al prójimo, fundamentalmente; y siempre bajo las claras instrucciones bíblicas, que son las que prevalecen.

Por lo visto, no hay cabida alguna para las manifestaciones, del carácter que fueren, que se muevan entre la sombra y la oscuridad doctrinal.


El Espíritu Santo interviene en el proceso de evangelización por la vía de la iluminación de la mente y el convencimiento del corazón. «Y cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio» (Jn. 16:8). La salvación, pues, se hace efectiva cuando las personas depositan su fe en la obra de Cristo, después de haber sido convencidas por medio del mensaje bíblico. En cambio, los exorcismos, la algarabía, los derribos, la imposición de manos, las triples unciones del Espíritu, y demás invenciones, no suponen garantía alguna de salvación, ni tampoco de santificación. Y si algo se consigue, con todo ello, es importunar la labor que el Espíritu pueda realizar.

El Espíritu Santo edifica al creyente a través de la meditación y el estudio serio de la Escritura, que es viva y eficaz; sirviéndose además, para tal propósito, de la comunión práctica del pueblo de Dios. En sentido opuesto, el cristiano no encuentra su edificación espiritual en el emocionalismo extremo, el jolgorio, los espectáculos, las manifestaciones extáticas, o las excitaciones de propina.

Igualmente resulta inservible escuchar palabras y mensajes ininteligibles, que sólo crean confusión mental y aturdimiento. Contrariamente, el Espíritu desea guiarnos hacia una comprensión de su Palabra que sea clara, profunda y verdadera, y sobre todo práctica.

El Espíritu Santo proporciona una liberación completa, lejos de ataduras humanas o eclesiásticas. Por tanto, el cristiano que es controlado por Él, camina en este mundo con verdadera libertad y autonomía; condicionado por la Palabra, claro está. Pero ni mucho menos se dejará manipular, ni esclavizar, por ningún líder o movimiento religioso.

Así es como el Espíritu de Dios, respetando la decisión del ser humano, ofrece la auténtica libertad: «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2 Co. 3:17). Por el contrario, donde opera otro «espíritu», que no es el de Cristo, se procura una manipulación de la conciencia que, lo único que consigue, es anular por completo el sentido práctico de la libertad cristiana.

El Espíritu Santo genera gozo y paz en el corazón de los verdaderos creyentes. En cambio, la intranquilidad, el tumulto, la exaltación, las sensiblerías, el desbordante entusiasmo, los jaleos, el bullicio y los griteríos, no concuerdan con el sosiego y la tranquilidad interior que proviene del Espíritu; que, por otra parte, es notoriamente compatible –y resultante– con la abundante alegría y el fervor espiritual que, al tiempo, puede experimentar cualquier cristiano; pero sin perder un ápice, desde luego, el espíritu apacible y sereno que debe aportar la acción divina.

El Espíritu Santo utiliza a sus siervos cuando éstos asumen una actitud de humildad, la cual se acompaña de paciencia y benignidad. Pero ni la prepotencia, ni la soberbia, se conforman al testimonio del Espíritu de Cristo. Así que, cuando existe jactancia o engreimiento, podemos decir que un «espíritu» oscuro planea sobre el escenario.

El Espíritu Santo engendra la virtud de la templanza –dominio propio–, y ésta encuentra su forma de expresión a través del decoro personal, el orden y la reverencia. Y así el amor cristiano se demuestra, tanto de forma particular como en todos los actos o reuniones, por medio del respeto, la moderación y el buen juicio.

Por lo general, la extravagancia que manifiestan algunas reuniones, utilizando el desenfreno, el exceso, la incontinencia verbal, el descontrol emocional, los desórdenes, los alborotos, etc., se corresponde en muy poco con la mansedumbre y docilidad que nuestro buen Señor expresó en su vida terrenal. Inversamente a estas exhibiciones, el siervo de Dios que en verdad es controlado por el Espíritu, debe ser benigno con los demás, delicado en su trato, y cálido en sus expresiones.

El Espíritu Santo restaura automáticamente la salud espiritual del convertido y, según lo promete en Romanos 8:28, todo lo que acontezca –si ama a Dios– le ayudará para bien. Pero estamos seguros de que el Señor nunca instará a un siervo suyo a realizar promesas propagandísticas de esplendor físico, ni conducirá a su pueblo hacia una búsqueda frenética de la prosperidad económica.

En cambio, el Espíritu quiere enseñarnos, por medio de las oportunas pruebas, que nuestra vida aquí en la tierra depende por completo de su gracia y providencia divina.

El Espíritu Santo guía a su pueblo hacia la adoración del Padre y la exaltación de la Persona de Cristo, según Juan 16:14. Y aunque sabemos que el Espíritu es el mismo Dios, no encontramos base en la Escritura donde el Espíritu se glorifique a sí mismo, como tampoco la adoración o las peticiones de oración deban ser dirigidas a Él. No hay necesidad, puesto que el Espíritu es uno con el Padre.

10º El Espíritu Santo instruye al creyente sobre la base de la Sola Fe (fe es convicción y certeza de lo que no se ve), y no de los sentimientos. El ejercicio de nuestra fe no se obtiene por seguir el entramado emocional que se produce en los extremos carismáticos, ni tampoco por ver las enigmáticas sanidades o los dudosos milagros; sino que la fe viene «por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios» (Ro. 10:17). Estas manifestaciones, en definitiva, solamente condicionan a creer en lo que se ve o en lo que se siente; y, en cualquier caso, sólo ayudan a reducir o anular la poca fe que se pueda poseer. «Porque por fe andamos, no por vista» (2 Co. 5:7).

Luego, sin desmerecer los sentimientos sanos y equilibrados que se puedan originar en el seno del corazón humano, el texto se revela de la siguiente manera: «Y todo lo que no proviene de fe, es pecado» (Ro. 14:23).

El Espíritu Santo y las emociones

Aunque ya hemos hecho referencia en el capítulo II acerca del extremo emocional, no obstante destacaremos algunos detalles que nos ayudarán a matizar el tema de las emociones en relación con la vida espiritual.

En primer lugar debemos admitir que las emociones en sí no son perjudiciales. Muy al contrario, bien utilizadas pueden resultar de gran beneficio para cualquier cristiano. Por lo cual, gozar de una saludable armonía emocional, comporta un asiento adecuado donde toda estabilidad espiritual se mantendrá sólida y equilibrada.

En este punto, lo pernicioso resulta del énfasis tan excesivo que se suele hacer en los extremos carismáticos. Los sentimientos, en estos círculos, se utilizan de forma abusiva y no poco forzada, ocupando en muchas ocasiones el lugar que le corresponde a la fe.

La emoción, indiscutiblemente, halla su lugar en nuestra vida personal, familiar y eclesial. Pero, sin embargo, ésta no debe constituir el motor que promueva nuestra existencia física y mucho menos nuestra vida espiritual (sin realizar una separación). Las sensaciones, vistas desde la parte orgánica (aunque originadas en el alma), se contemplan como una alteración bioquímica del cuerpo. Y esta modificación de nuestro estado físico, no necesariamente ha de ser producto exclusivo del Espíritu. Las personas se emocionan por tantas cosas: el nacimiento de un hijo; el reencuentro de un familiar querido; una canción que nos trae recuerdos; el casamiento de un familiar... ¡Al ver una telenovela se derraman tantas lágrimas! Al fin y al cabo la mayoría de propuestas que el mundo nos presenta, están concebidas y desarrolladas con el objeto de que la gente se «sienta» lo mejor posible. Pese a todo, la Biblia nos enseña en muchos pasajes que el cristiano experimentará sufrimiento y aflicción; y éstas, desde luego, son sensaciones confrontadas con la búsqueda del bienestar emocional.

Saquemos conclusiones, porque muchas preguntas quedan sin respuesta. Por ejemplo: ¿Dónde se indica en la Biblia que el cristiano necesariamente deba sentir la presencia de Dios? ¿Dónde dice, además, que el gozo sea un sentimiento? ¿En qué lugar se exaltan las emociones como la base de nuestros cultos? Es menester adquirir una perspectiva correcta y bien definida acerca de nuestros sentimientos en relación con la vida cristiana.

Cabría preguntarse, entonces, ¿cómo podemos reconciliar nuestro sistema emocional con la acción del Espíritu? Pues muy sencillo: situando la experiencia siempre en el lugar que le corresponde. Porque vivimos por fe, y aun cuando la emoción exista o bien esté ausente, la fe permanece arraigada en el corazón como una profunda e inamovible convicción interna, que sobrepasa incluso a los sentimientos.

Definitivamente, aunque nuestras emociones pudieran ser contrapuestas, tengamos así alegría o tristeza, es nuestra fe en la Palabra de Dios la norma que debe gobernar cada experiencia cristiana.

Es cierto que nuestro sistema sensitivo es creación de Dios, y por ello debe ser utilizado por el Espíritu; e incuestionablemente su actividad puede conllevar sentimientos placenteros para nuestra vida personal. Pero... esto no es doctrina, y como tal muy poco se revela en la Biblia. Toda esfera emocional, desde su enfoque cristiano, pertenece más bien a las experiencias subjetivas de cada creyente (con Dios, consigo mismo y con los demás), intransferibles a otras personas. Tengamos en cuenta que las manifestaciones emocionales no son señal evidente de que el Espíritu Santo esté interviniendo especialmente. Si bien, en la vida cristiana, la fe es la medida de todas las cosas.

Por otro lado, ocurre que la «paz», según la Escritura, no se descubre como un sentimiento, sino como un estado: de tranquilidad espiritual, de confianza en Dios y de serenidad ante la vida, que está por encima de las emociones y sobre las adversidades que puedan sobrevenir; aun cuando, naturalmente, alcance a incluir el sentimiento. En cierta ocasión Jesús dijo: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn. 14:27). Notamos que el texto no dice «la paz sentiréis». Por lo que, podemos sentirnos tristes y al mismo tiempo disfrutar de un estado de paz; aunque esto pueda considerarse paradójico.

Nuestro Señor exclamó en cierta ocasión: «Mi alma está muy triste» (Mr. 14:34). Siendo esto cierto, y a pesar de que en algunos momentos Jesús experimentó tristeza y pesadumbre, no debemos negar que Jesús tenía paz, puesto que la verdadera paz proviene de Él. La respuesta es bíblica: en primer término la paz se asienta en el corazón, y después, según la voluntad divina y dependiendo de la experiencia de cada persona, se sucederán las emociones.

Lo mismo ocurre con el gozo: término que frecuentemente se confunde con «la alegría». El gozo, a saber, es un estado de plena satisfacción que se produce como resultado de una adecuada relación con Dios. El creyente puede estar gozoso, aunque en el mundo, como está profetizado, no podrá evitar la «aflicción». El gozo es, en primer lugar, un estado espiritual, y no una experiencia emocional que se deba forzar. En esto, los sentimientos pueden variar y tener altibajos, pero el gozo se contempla como un «estado» de profunda satisfacción, el cual permanece inalterable en el corazón de aquel que se somete al control del Espíritu.

Es cierto que el Espíritu Santo también puede ejercer su acción a través de las emociones, y ello constituye una experiencia enriquecedora para todo creyente. Sin embargo, estamos seguros de que cualquier experiencia emocional no debe marcar la línea general en nuestro andar diario, y mucho menos debe conceder el soporte de nuestra doctrina bíblica.

Ante esta perspectiva, podemos imaginar la aflicción que se origina en el corazón de algunos, la cual se produce esencialmente debido a que todas sus «experiencias espirituales» no contienen principios aplicables a la vida cotidiana. Y por lo tanto, el cristiano se convierte en lo que la Biblia llama «hombre de doble ánimo» (Stg. 1:8), que va al culto a vivir una irracionalidad emocional, pero a la vez no obtiene elementos de discernimiento para poder vivir la vida cristiana con verdadero sentido práctico.

Como norma bíblica, el Espíritu Santo nos guía hacia una detenida reflexión acerca de nuestra vida personal; de cómo va nuestra relación con Dios; de cómo transcurre el mundo en su problemática; de cuáles son nuestros errores; de cómo ha de funcionar nuestra relación personal, familiar, eclesial; entre otras cuestiones de orden primordial. Y esto, en algunas ocasiones, no es para bailar ni dar saltos de alegría. En muchos casos es para vergüenza nuestra, por no estar cumpliendo con la voluntad de Dios en toda su exigencia bíblica.

Pongamos atención ante la presente situación, porque si salimos siempre muy contentos y eufóricos de los cultos, en pro de una emoción pasajera, tal vez con esta actitud nos hallemos creando muros al Espíritu Santo, e impidiendo la comprensión del serio mensaje que Él desea comunicar a nuestro corazón... El Espíritu, en este aspecto se encarga de transmitir instrucciones claras, y en buena medida prácticas, que conducirán al cristiano a buscar el modelo de Cristo y no tanto la experiencia. Seguramente su iluminación nos hará ser más conscientes de nuestro pecado delante de Dios; lo contrario, precisamente, de sentirse lleno y rebosante de irresponsable alegría.

Aquí debemos hacer una pausa y preguntarnos: ¿Cuál es nuestro proceder en la vida cristiana? ¿Dónde asentamos nuestra experiencia espiritual? ¿Son las emociones la base de cualquier doctrina cristiana? ¿Cómo se llevan a cabo las reuniones eclesiales, y qué es lo que prevalece en ellas?

A partir de lo expuesto, es lógico pensar que los que viven frustrados en su corazón descontento, acudan a ciertos métodos extras para modificar su presente estado de insatisfacción. Y lejos de buscar a Dios, lo que predomina en estas reuniones es una superficialidad de tipo sentimental e intrascendente, motivada por el deseo de buscar nuevas y refrescantes vivencias, cambiando la emoción por la fe, y a Dios por la experiencia.

José Mª Recuero


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