Los extremos de la doctrina carismática

El extremado énfasis emocional

Una vez expuestas algunas recomendaciones hermenéuticas, vamos a considerar lo que podríamos llamar el «terreno» donde se planta, crece y reproduce el extremo carismático. O por decirlo de otra forma, vamos a ver cuáles son los cimientos donde, posteriormente, se fue construyendo todo el edificio doctrinal de dicho movimiento.

Partimos de una premisa cierta: las emociones no son malas, naturalmente, pues son creación de Dios. Lo nefasto, en cualquier caso, está en el uso y abuso que se hacen de los sentimientos, y los extremos que se crean en torno a ellos. Tengamos presente que los sentimientos, o cualquier alteración de tipo emocional, no garantizan ni la conversión del pecador, ni tampoco la edificación del creyente; y mucho menos es muestra de santidad o madurez cristiana. Por el contrario, la Biblia nos enseña que nuestra relación con Dios no se rige por los sentimientos (algo ambiguo e inestable), sino por la fe. Según manifiesta la Escritura, la fe no es un sentimiento: es básicamente «convicción» y «certeza», como cita Hebreos 11:1.

Sobre lo dicho, observamos que la doctrina carismática extrema halla su seguridad en los sentimientos, en la experiencia, y en los fenómenos de tipo extraordinario; pero muy poco en la Biblia. Además, cuando el extremo carismático utiliza algún texto bíblico, lo hace casi siempre de una forma aislada; aunque luego se intente hacer coincidir el texto –de manera forzada– con la doctrina o práctica en cuestión.

Debe tenerse en cuenta que existen personas que van a los cultos evangélicos más bien a buscar experiencias animistas y trascendentales. Tanto es así, que en numerosas iglesias la enseñanza bíblica es materia de segundo orden. La Biblia es reemplazada por experiencias de tipo sentimental, y de tal manera queda relegada en el olvido. Y, esta discordancia cristiana, es muestra inequívoca de la gran contradicción espiritual en la que viven inmersos muchos creyentes. Al fin y al cabo podemos afirmar que la mayoría de los que difunden tales extremos, dirigen su objetivo hacia la búsqueda del placer y el bienestar personal; podría bien ser un derivado del llamado «hedonismo». Por ejemplo, la llamada Teología de la Prosperidad, que inunda de falsa esperanza el corazón del cándido asistente (además de quedarse con su dinero), es una evidencia palpable de esta propuesta cristiana. Y es cierto que la Teología de la Prosperidad funciona... sobre todo para los dirigentes, que llenan sus arcas hasta rebosar, aprovechándose del desconocimiento bíblico de algunos ingenuos; y lo que es aún más grave, también de su precariedad económica.

Como se puede prever, el tema en cuestión requiere un apartado especial. No obstante, para evitar demasiado comentario, solamente huelga destacar que la única verdad bíblica que está confirmada, en obediencia al Señor, es la prosperidad espiritual; no así la prosperidad económica, que, por supuesto, será aplicada en función de la providencia divina para cada creyente en particular.

Impresiones de una reunión carismática

Voy a compartir, a modo de comentario, la impresión que recibí acerca de una reunión carismática a la que tuve la oportunidad de asistir –entre otras varias–con el fin de anotar todo lo que ocurriría en su transcurso, y de esta manera obtener un criterio más experimental sobre tales prácticas tan.

La campaña evangelística que se anunciaba, prosiguió de la siguiente manera:

La reunión se inició con un elevado volumen de emotivos cánticos que, articulados bajo una gran instrumentación musical, imprimían un ritmo altamente pegadizo.

–Este preámbulo formaba parte de la preparación, y parecía tener un objetivo claro: empezar a remover las emociones del auditorio allí presente (servidor incluido). Cabe decir que en estas reuniones no es inusual observar cómo la gente acude con gran predisposición, impresionada por el acontecimiento, la música, y la presencia del esperado «pastor» evangelista; abiertos plenamente a recibir toda clase de influencias extrañas.

Estos cánticos eran aderezados con un sinfín de aplausos, voceríos y repeticiones constantes de palabras espiritualizadas. Entre las onomatopeyas desordenadas, se utilizaba el nombre de Jesús hasta la saciedad, el «amén» como una coletilla, y el «aleluya» para demostrar la súper espiritualidad del espectáculo. Así, notaba cómo las palabras intermitentes, repetidas machaconamente, unidas a la música estridente, parecían provocar un efecto de pre-hipnosis en los participantes. Entre tanto, escuchaba cómo en medio toda la algarabía, el nombre de Jesús resonaba de forma constante y repetitiva...

–Visto el asunto en su aspecto bíblico, desde la antigüedad la Escritura nos ordena: «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano» (Ex. 20:7). Comprendamos que Jesús no es una palabra que se puede utilizar a nuestro capricho; es un nombre, el del gran Señor y Salvador, y por tanto requiere de nuestro máximo respeto. Él mismo ya nos advirtió: «No uséis vanas repeticiones» (Mt. 6:7).

A continuación se pasó la ofrenda (esto que no falte), para recoger dinero del auditorio. Esta costumbre parece ser requisito indispensable para la posterior bendición espiritual que el ofrendante recibirá por parte del ministrador, como respuesta a su generosidad. La condición establecía que cuanto más se ofrende, mayor sería la bendición de Dios.

–Aplicando el sentido de la ética, entendemos que en un «acto evangelístico» (ya sea en reuniones, maratones radiales o televisivos) no se debe pedir dinero, pues los visitantes (como yo) pueden pensar, y con toda razón, que esto no es otra cosa que un «sacadineros» (suelta el rollo y recoge el dinero); y en la Biblia no se observa, ni a Jesús ni a los apóstoles, ni a los primeros cristianos, pidiendo dinero en sus actos evangelísticos. En sentido opuesto, el apóstol Pablo, cuando tuvo la ocasión, trabajó para cubrir sus necesidades básicas, y a la vez compartir con las necesidades ajenas (véase Hch. 20:34, 1 Ts. 2:9, 2 Ts. 3:8). Y, cuando recogió las ofrendas para la obra del Señor, lo hizo «en las iglesias», con el objeto de llevarlas a otras necesitadas, como se observa en Romanos 15:31. En contraste con esta clara enseñanza, se puede advertir que la práctica de «pedir dinero» públicamente está muy arraigada en algunos sectores cristianos.

Y con esta vocación monetaria exhibida en público, se supone que el propio acto quedó descalificado por sí mismo. Sepamos que la bendición de Dios no se puede en ningún caso comprar. En esto, la conclusión de Pedro a Simón el mago resultó bastante definitiva: «Tu dinero perezca contigo» (Hch. 8:20).

Posteriormente se invitó a los jóvenes a recibir la bendición del Espíritu Santo, que al parecer se impartiría por medio del presunto pastor que estaba ministrando. Y tras insistir éste concienzudamente con gritos, voceríos y extravagancias varias, e imponiendo las manos en las frentes de los asistentes, ordenaba al Espíritu Santo, repitiendo obsesivamente que toque, toque y toque... El ochenta por ciento aproximadamente de los que salieron al estrado, cayeron derrumbados al suelo, como si de soldaditos de plomo se tratara.

–Francamente, la sensación que recibí es la de estar en un espectáculo donde las «marionetas» son manejadas a voluntad del «titiritero». Me causa cierta perplejidad ver a las personas derribadas por el suelo y privadas de su sano juicio (borrachos en el Espíritu –como suelen decir–), sin tener en cuenta el decoro cristiano, y ofreciendo una imagen desvirtuada del Cristianismo, cuando no patética. Resulta obvio que las Escrituras no presentan recomendaciones para hacer este tipo de prácticas desordenadas e irrespetuosas, que por otra parte no tienen sentido alguno, ni tampoco son para la edificación del creyente. Y si sirven para algo, en todo caso, es para confundir aún más a los presentes... Y menos mal que no le dio por arrojar la chaqueta y derrumbar así al personal, como si estuviera jugando a «los bolos» (aunque para el «pastor» debe resultar más divertido).

El pastor evangelista proseguía con su gran espectáculo, y ordenaba a todo el auditorio que hablara en lenguas. Y a las ordenanzas del líder, en obediencia absoluta, comenzaba la algarabía. Así fue como todos, o la mayoría de ellos, empezaron a exclamar con palabras ininteligibles y sonidos estrepitosos... Estas manifestaciones se produjeron en medio de un clima de confusión y desorden, que a mi juicio lo único que ocasionó fue una absurda sensación de extrañeza y ridiculez, la propia que recibe toda persona ajena a estos círculos.

–Tanto en el caso anterior (imposición de manos), como en el de hablar en lenguas, se llevó a cabo de una forma alborotada y bastante desorganizada. Y como bien podemos comprobar, el tumulto, el griterío y la excitación, contrastan en gran manera con la paz, la mansedumbre y serenidad que Dios imparte en el corazón de sus hijos, cuando existe verdadera comunión con Él.

Después el supuesto pastor, con la autoridad de un «emperador», incitó a los presentes para que reprendieran a Satanás y le ordenaran que se vaya.

–Volvemos a la misma cuestión. No existe esta malsana práctica entre los cristianos del primer siglo, ni se halla en la Biblia instrucciones explícitas para las iglesias (lo veremos en el capítulo 6, en la sección: Nuestra lucha contra el enemigo).

Tras una pausa musical, se daba comienzo a la correspondiente predicación del Evangelio; ciertamente esperada, al ser un acto evangelístico. Ésta, para no privarla del ambiente, se efectuó junto a una suculenta música de fondo, haciendo así la predicación más emotiva y trascendente.

–No era para menos, porque el contenido del mensaje carecía de sustancia alguna. El sermón, por llamarlo de alguna forma, era un compuesto de palabras infladas que sólo hacían énfasis en Satanás, enfermedades y liberación; adosadas al tiempo con gestos extravagantes más propios de un guardia de tráfico, que de un pacífico cristiano. Qué podemos decir... que no hubo predicación del Evangelio alguna.

Seguidamente realizó la generosa invitación para «aceptar a Jesús» (sin haber predicado el Evangelio). Como respuesta, la cuarta parte del auditorio, aproximadamente, salió al estrado para mostrar su decisión de «aceptar a Jesús».

–¡Eso sí que es eficacia!, pensarían algunos. Está claro que la mayoría, por no decir todos los que acudieron a la plataforma, pertenecían al «grupo». Parece ser buena costumbre el responder a la invitación evangelística; por un lado para motivar al inconverso en su decisión por Cristo –dicen–, y por el otro, porque muchos piensan que la salvación se pierde; entonces, cuantas más veces repitan la «función», más seguridad tendrán de su salvación.

A continuación el pastor comenzó a orar, y a hablar en «lenguas»... Al mismo tiempo, apreciaba cómo sus facciones emitían un alto grado de empecinamiento. Al parecer, los allí presentes iban a recibir en breve el don del Espíritu Santo a través de él.

–El cuadro que se dibujaba, en todo el proceso, no podía ser más ilustrativo.

10º Finalmente el acto terminaba con una invitación generosa para todo el que quisiera recibir la unción del Espíritu o segundo Bautismo. A la llamada salían más personas con el ávido deseo de calentarse en el ambiente de euforia emocional. El pastor volvió otra vez a hablar en lenguas y a repetir palabras, dando gritos y ordenando al Espíritu que toque, toque y toque, y ahora, ahora, ahora... Como si el Espíritu estuviera sordo, y para más infamia, bajo el sometimiento del autoritativo «pastor».

–Con esta escena tan dantesca, se recibe la triste impresión de que el Dios todopoderoso se ha convertido en un simple siervo, quedando a merced de las órdenes humanas. Sinceramente, resulta chocante observar a ciertos señores intentando manipular al Espíritu Santo, cuando en la práctica es el Espíritu quien debería de mantener control sobre todo aquel llamado pastor o líder cristiano; en el caso de que tengan al Espíritu, ciertamente, porque «si alguno no tiene al Espíritu de Cristo, no es de él» (Ro. 8:9).

Algunas consideraciones sobre el acto

Como bien pude contemplar, la reunión fue dirigida por un superfluo emocionalismo, a modo de distracción; motivado por la música alta, el escándalo, los sonidos extraños y el ímpetu irracional. Así que, el culto fue bastante completo, en cuanto a variedades carismáticas extremas se refiere.

De esta manera, si hacemos una comparación con los efectos que se producen en algunos grupos no cristianos, nos daremos cuenta de que estos actos se asemejan, en su esencia, a los festivales de Heavy Metal, a las danzas africanas, o a algunas sectas, cuyos ritmos y métodos provocan un gran estado de excitación. No es nada sorprendente, por tanto, que con todos estos procedimientos, las personas –que ya vienen predispuestas– sean vulnerables a cualquier clase de manipulación e influencia extraña.

Igualmente ocurre que, la melodía, el tono y el ritmo de la música, unido a las repeticiones constantes de palabras, inducen a la persona hacia una especie de alienación mental; la filosofía oriental lo denomina el efecto «mantra». Éstas resultan ser técnicas comunes de preparación muy apropiadas para persuadir y manipular las conciencias de los confiados asistentes.

Siguiendo el hilo de esta idea, se sabe que ciertos métodos aplicados alteran en gran manera el estado emocional de las personas. Y una vez se obtiene la conmoción, éstas quedan sin defensas, debido al cansancio físico y mental que se consigue ocasionar. Con este proceder se ejerce una mayor influencia sobre los presentes, y se alcanza a seducir la parte inconsciente de una manera más fácil y rápida. Posteriormente, y como consecuencia de todo ello, el grupo entero se integra en una especie de hipnosis colectiva. Es razonable pensar que, por tanto, muchos queden atrapados en una mentalidad fuertemente sectaria, y abiertos a toda clase de influencias doctrinales ajenas a la Palabra. En dirección contraria a estos hábitos, encontramos que el apóstol Pablo rechazó ciertos métodos meramente humanos; aunque él supiera cómo llevarlos a cabo: «Ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría» (1 Co. 2:4). Visto desde una perspectiva humana, Pablo nunca intentó persuadir, convencer, conmover, cautivar, atraer o seducir, con sus formas de predicar. «Porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica», afirmaba Santiago en sus escritos (Stg. 3:15).

Como se distingue en la Escritura, el Espíritu Santo no edifica de manera fantasmagórica a través de fórmulas de seducción, sino que utiliza principalmente la exposición de su Palabra, pues para ello ha sido inspirada por Dios. Y todos estos procedimientos son desechables (según los datos bíblicos) para la edificación del creyente, y todavía con mayor razón si hablamos de la evangelización del incrédulo.

Por otra parte, la impresión personal que recibí del líder no fue muy grata, que digamos. Sus gestos se hallaban impregnados de cierta soberbia, y la expresión de su rostro desprendía un evidente sentimiento de superioridad. Además, su discurso me pareció más propio de un agente comercial, que lo único que pretendía era vender artículos a buen precio. Y por lo que he podido apreciar, buena parte de líderes carismáticos poseen este mismo perfil, que en verdad muy poco se aviene al carácter manso y humilde que debe mostrar el verdadero siervo de Dios.

Indudablemente, la disposición de todo aquel que ha sido transformado por el Espíritu de Dios, es básicamente de insuficiencia personal. Bajo esta condición el Espíritu Santo puede trabajar, y no de otra manera, ya que de lo contrario se le ponen barreras que Él no desea franquear; porque su deseo es que el hombre colabore voluntariamente en la extensión del Reino de Dios, pero haciéndolo con respeto, con sensatez, con serenidad, y lo más importante: con humildad.

Tampoco se puede admitir, a juzgar por la enseñanza bíblica, que alguien pueda recibir la bendición del Espíritu, o la llamada «unción», a capricho de un individuo que se atribuye poderes especiales (que en la mayoría de los casos es un personaje distante y desconocido para los fieles que asisten al evento o congregación donde concurren). Esta práctica, en suma, constituye una falta de respeto a la tercera persona de la Trinidad.

También recuerdo que escuché el testimonio de dos mujeres católicas –según su declaración– que dijeron: –Hemos sentido el gozo del Espíritu Santo, comenzamos a reír, cayéndonos al suelo, y empezamos a hablar en lenguas. Fue una experiencia muy bonita, estamos muy contentas... Probablemente estas señoras eran católicas carismáticas que ya estaban familiarizadas con el ambiente. La verdad sea dicha, porque si el Espíritu hubiera tocado a estas ingenuas mujeres (como pretendía el pastor), en vez de provocarles cosquilleos en los pies, y causarles risas convulsivas y descontrol emocional, más bien les hubiera producido cierta vergüenza, al no contemplar la vida espiritual con la devoción y seriedad que se requiere.

Una vez terminado el acto, la sensación que había en el ambiente es la que se produce cuando finaliza una obra de teatro. La gente volvía a la normalidad (del estado de excitación), como si desfilaran por la salida de un cine tras realizar el pase de película. Desde luego, durante la reunión no ocurrió nada que pudiese resultar de beneficio espiritual, así como tampoco enseñanzas provechosas. Además, la completa ausencia de instrucción bíblica fue de lo más notorio. Ahora, eso sí, el nombre de Jesús fue repetido hasta el exceso. Al parecer, la costumbre de mencionar el nombre de Jesús de forma repetitiva, para que se produzca el milagro, es muy usual dentro de la doctrina carismática extrema. Con esta gran obstinación, y rayando la superstición, el siguiente autor declara: «Mas hay poder en el nombre de Jesús, hay autoridad en el nombre de Jesús. Al usar el nombre de Jesús en la batalla tienes que saber que Dios le ha dado autoridad sobre todo nombre. El nombre de Jesús nos abre las puertas del ámbito espiritual» (Héctor Torres, Derribemos fortalezas. Ed. Betania, 1993, 213).

Algunos pueden pensar que este culto fue bastante excepcional, si lo comparamos con otras reuniones en el terreno carismático. Sin embargo, por lo que he podido constatar en diferentes países, gran parte de estos elementos se encuentran presentes en la mayoría de eventos relacionados con el movimiento mencionado. Y puede parecer exagerado, pero éste es el cuadro que se pinta, por lo general, en muchas congregaciones carismáticas de nuestro mundo llamado evangélico. En lo que se refiere al extremo emocional, recogemos las palabras de la Dra. Rebecca Browm; que aunque personalmente no mantengo afinidad doctrinal con esta autora, reconozco que no va muy desencaminada en el dictamen que realiza: «Demasiados cristianos cometen el fatal error de pensar que el Espíritu Santo vendrá y “tomará el control de ellos” de modo que no sepan lo que hacen o que no se controlen a sí mismos. Únicamente los demonios hacen tal cosa. El Espíritu Santo siempre exige nuestra colaboración activa y consciente con su voluntad. Cada vez que rindamos el control de nosotros mismos, les habremos abierto la puerta a los demonios para que entren a dominarnos» (Rebecca Browm, Vasija para Honra.. Whitaker House, 1993, 120). En cuanto a esta declaración, y vista desde una postura psicológica, se entiende que muchas de las prácticas realizadas en éste ámbito pueden ser simples técnicas de manipulación psicológica (aunque para sus líderes sean desconocidas, profesionalmente hablando), y en principio resulten inocuas. Ahora bien, no podemos negar que si jugamos con aquello que reside en «lo oculto», y nos rendimos a ciertas experiencias espirituales carentes de base bíblica, estaremos de alguna forma abriendo la puerta de nuestra vida a los demonios, que harán lo posible por atrapar y encadenar a todo aquel que se disponga a practicar cualquier método extra-bíblico.

Resumiendo lo dicho, podemos afirmar que estos episodios carismáticos no los recoge la Biblia por ninguna parte que los busquemos. Sólo hay que darse un paseo «tranquilo» por el Nuevo Testamento, principalmente, y analizar cómo predicó Jesús, los apóstoles, los primeros cristianos, y cuáles son los procedimientos reflejados en la Escritura. Y si tenemos que aprender de los métodos de evangelización, éstos son los que el gran Maestro Jesucristo nos enseñó, quien primeramente respetó a sus seguidores, y en ningún caso intentó dominar la voluntad ajena: «Si alguno quiere (acto voluntario) venir en pos de mí» (Lc. 9:23).

Nuestro Señor predicó el Evangelio (en sus campañas y a modo individual) de forma serena, tranquila, pacífica y discreta. Y la gente se maravillaba, no por los espectáculos, sino por la propia predicación, que iba acompañada de su sabiduría, inteligencia, humildad, bondad, y sobre todo y lo más importante, del gran amor que mostraba por las almas.

Igualmente, si investigamos el modelo de predicación apostólica, no veremos otra cosa que no sea una exposición serena y razonable de las Escrituras; hecha con claridad, sencillez, respeto, tranquilidad, comprensión, y con lo más elemental: un profundo amor hacia las personas; y tenían como centro de su predicación a Jesucristo, no al Espíritu Santo. No se observan aquí los otros elementos aparentemente evangelísticos. Y si la Biblia no los enseña claramente, la verdad es que no tenemos más opción que descartarlos.

Todavía podemos añadir el ejemplo de aquellos primeros discípulos de Jesús, como paradigma de un cristianismo equilibrado; y sin duda alguna notaremos la ausencia de todos estos elementos extremos: superficialidad, emocionalismo, euforia irracional... Lo que sí encontramos es una verdadera praxis cristiana, esto es, una manera de vivir que refleje el carácter de Jesús y asimismo ponga en práctica sus enseñanzas.

Las palabras del predicador C.H. Spurgeon resumen, con suficiente precisión poética, lo hasta aquí expuesto: «No me agrada una religión que necesita o engendra personas exaltadas. Dadme una piedad que florezca sobre el Monte Calvario, y no sobre el volcán Vesubio».

José Mª Recuero

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