Los extremos de la doctrina carismática

Satanás y los demonios

Tanto la acérrima incredulidad en la existencia de Satanás, como la creencia obsesiva acerca de su persona y actividad en este mundo, han creado los dos extremos donde se balancean las opiniones en el ámbito cristiano. Así es como el Diablo logra introducir sus desórdenes desde los polos opuestos, entre su variopinta gama de confusiones doctrinales; desde los que no creen en la actividad satánica, hasta llegar a los que hacen un exagerado énfasis sobre ella.

UN ÉNFASIS DESMESURADO

Satanás es el gran imitador de Dios, y como dice el refrán, «sabe más por viejo que por diablo», y por ende, conoce muy bien las estrategias bíblicas más eficaces para confundir a los cristianos. No olvidemos que por algo es el segundo más poderoso, después de Dios, y por lo tanto no debemos mantener una idea simplista acerca de su maléfica intervención.

Si consideramos con detalle la operación de Satanás en este mundo, huelga decir que su actividad es ciertamente controlada. Y aunque la Biblia enseña que el Diablo se encuentra rugiendo como un «león», la verdad es que no posee ningún derecho sobre los verdaderos cristianos; porque, como enseña la Biblia, somos pertenencia del Señor. Así, su dominación está ciertamente restringida, y sólo puede actuar bajo el radio de acción que Dios, el Soberano, le permita, dado que Satanás no tiene parte en el reino de Cristo.

Bien es verdad que no estamos exentos de su influencia; y su molesta intervención en nuestra vida tendrá la intensidad en la medida que así le demos lugar (voluntariamente). Si la Escritura aconseja a los cristianos: «Ni deis lugar al diablo» (Ef. 4:27), nos preguntamos: ¿No es posible darle lugar con todas las prácticas extra-bíblicas mencionadas anteriormente? Satanás puede rugir en su jaula... pero en ningún modo nosotros debemos abrirla.

Normalmente cuando se habla mucho de una persona, aunque sea para mal, quien se lleva la gloria es la propia persona. Así se consigue interferir buena parte de nuestro tiempo, y llevar cautivo todo pensamiento hacia el objeto deseado. Pero, la Biblia dice que nuestra mirada tiene que estar puesta en Jesús, no en Satanás; ya que esto es lo que él quiere: que desviemos nuestro objetivo del Salvador y de sus enseñanzas, y atraigamos toda nuestra atención hacia él.

Ahora bien, Satanás está verdaderamente interesado en que se busque la experiencia y se le reste importancia a la Palabra. Y una manera de conseguir este fin, con la mayor efectividad, es que la persona cree vínculos especiales con los demonios. Y aún cuanto mayor sea la obsesión, mayores serán también los puentes de pensamiento que se establecerán con los participantes, y aún mucho más fuertes los estrechos lazos que se crearán entre ambas partes. De esta manera, pues, Satanás consigue involucrar a los interesados en los peligrosos pasatiempos que él tiene preparados.

El fragmento del siguiente relato, nos ofrece una pincelada de las ideas que se propagan en estos ambientes. Cuenta el autor: «Mary Ann estaba gravemente demonizada por muchos demonios sexuales asociados con el abuso de que había sido víctima en su infancia por parte de su abuelo. Un grupo aún mayor de demonios sociales (ira, rabia, rebeldía, rechazo y resentimiento) eran los más importantes, con el resentimiento a la cabeza» (Ed. Murphy, Manual de Guerra Espiritual. Ed. Caribe. 1994, 516). Leído el texto, nos fijamos en el disparate que logra pronunciar este escritor, al calificar a la víctima de abusos sexuales de «gravemente demonizada». Según esta declaración, si debemos buscar aquí algún demonio es, sin duda alguna, en el sinvergüenza del abuelo, y no en la pobre mujer, que lo único que tenía era una lógica herida infantil derivada de su propia experiencia traumática. ¿Logramos ver cómo se producen los extremos? Y claro que se tendría que haber liberado a la niña, pero principalmente de la satánica inmoralidad del abuelo; y ahora, por desgracia, de las secuelas psicológicas que le produjo este grave incidente. Aunque, no obstante, la liberación en este caso como en otros, no se realiza por medio de exorcismos; entre los varios métodos, necesita de un procedimiento psicoterapéutico adecuado, y por descontado, el Evangelio como primer agente sanador. Con este ejemplo y otros, vemos que Satanás engaña y confunde con sus mentiras disfrazadas de «casi-verdades» bíblicas. Y utilizando las artimañas del error, consigue desviar a los ingenuos de la Verdad; sobre todo a los que todavía no han ejercitado el discernimiento bíblico.

De manera que, si en nuestras doctrinas y prácticas nos salimos de los parámetros establecidos por Dios en su Palabra, no nos quepa la menor duda de que le abrimos una puerta grande a Satanás.

Visto el asunto en términos generales, bien podemos pensar que el hambre que este mundo tiene de nuevas y excitantes experiencias, predispone al incrédulo a creer en cualquier cosa: en los horóscopos, en las cartas del tarot, y también en otros muchos oscuros laberintos que produzcan el deseado milagro, independiente de su procedencia... Y al parecer, para muchos el fenómeno del extremo carismático sólo es una variante más de esta gama de posibilidades, aunque al mismo tiempo revestida de cristianismo. Es preciso, por tanto, reflexionar sobre las extrañas manifestaciones que se producen dentro del extremo carismático... ¿De dónde proceden?

Llegados hasta aquí, no debemos obviar el tema, ni tampoco afrontarlo con superficialidad, dado que las implicaciones son demasiado serias. Buena medida sería que cada cristiano revisara minuciosamente sus creencias, y advirtiera si éstas contienen el suficiente apoyo bíblico como para creerlas y así llevarlas a la práctica con toda fiabilidad.

MINISTERIO DE LIBERACIÓN

Es cierto que, al igual que en los relatos bíblicos, también hoy existen personas endemoniadas, y no pocas; y por supuesto que necesitan ser liberadas, aunque no por imposición exorcista, como se tiene por costumbre, sino fundamentalmente haciendo uso del mensaje liberador de la Palabra divina.

A veces, también se percibe que las manifestaciones de posesión diabólica, son muy distintas de las que se suelen observar normalmente en los extremos carismáticos. De hecho, podemos hallar individuos poseídos o directamente influenciados por los demonios, que son extremadamente inteligentes, y asimismo están dotados de una excelente audacia y gran capacidad; y por qué no decirlo, muchos gozan de una salud impecable. A la verdad que el perfil de estas personas no coincide con las imágenes que se pueden contrastar en algunos «exorcismos», en los cuales los aparentes endemoniados caen al suelo en un estado de rigidez, manifestando diversas convulsiones... Antes bien, estos cuadros clínicos que se producen, lejos de ser expresiones demoníacas, son en muchos casos simplemente ataques de histeria, que se ocasionan debido a una especie de pre-hipnosis involuntaria, donde el exorcista de turno fuerza elementos del subconsciente; y como resultado de ello la persona interior (el inconsciente) se rebela con brusquedad.

Una vez más Satanás inventa enseñanzas que no se fundamentan en la Biblia, y que, en todo caso, son recubiertas con versículos aislados e interpretaciones forzadas y oscuras. Pero, cuando éstas son analizadas a la luz de todo el contexto bíblico, nos damos cuenta del engaño infernal. Y no parece nada extraño tal procedimiento, pues la artimaña que Satanás utilizó con Adán y Eva en el huerto del Edén, fue tergiversar la Escritura.

Volvemos a la misma cuestión planteada: nuestra labor no consiste en realizar exorcismos, puesto que la Biblia no lo recomienda. Lo que sí enseña es que «si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres» (Jn. 8:36). Así que, la verdadera libertad se produce por la intervención directa del Señor Jesús en el corazón del ser humano. Cuando la persona se convierte a Cristo, la liberación se sucede en forma instantánea; y aquí no hay intermediarios, ni métodos adicionales. Jesús es la Verdad, y cuando recibimos su gracia, Él nos libera de todo influjo maligno. Y por el conocimiento de esa misma verdad (su Palabra), también nos logramos liberar de las influencias del pecado, de nuestro yo, y del mundo que nos rodea... Así lo expresó el mismo Señor: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (liberación)» (Jn. 8:32). Ciertamente, la exposición clara y verdadera de la Revelación bíblica, hace temblar a los demonios. Y es con la aceptación del mensaje redentor de la Palabra, que comienza la intervención poderosa del Espíritu de Dios, produciéndose auténtica liberación en el corazón de todo aquel que acepta la gracia salvadora de Cristo.

Reparemos en el peligro, porque con la aceptación de estos procedimientos mencionados, se está yendo en pos de los falsos cristos, y cayendo en las trampas que, con no poca astucia, el Maligno ha preparado para hacernos tropezar. Y para no incurrir en errores doctrinales o prácticas insensatas, es necesario conocer bien la Palabra de Dios, y estar ejercitado en su manejo (la espada del Espíritu). De lo contrario, cualquiera es presa fácil para el Diablo, que es lobo vestido de «oveja».

Al igual que hemos hecho constar en las sanidades, la misión de liberar a las personas de los demonios, no la efectuó nadie, aparte de Jesucristo y sus apóstoles. Por lo demás, no existe ninguna instrucción en la Biblia para realizar este tipo de ministerio, ni tampoco se recoge mandamiento alguno sobre estas prácticas ciertamente escandalosas.

Sepamos distinguir las doctrinas, porque si nos desviamos de la verdad bíblica, lo único que conseguimos es que Satanás se aproveche de todas estas artimañas, es decir, de los métodos que no son bíblicos. Métodos que, por otra parte, hacen que cada vez más personas se introduzcan en este juego peligroso. Valga una muestra de la errónea conducta plasmada por el autor carismático, con la siguiente confesión: «Yo nunca llamo demonio a nada hasta que en realidad haya hablado con él. Utilizo varios criterios para evaluar si estoy hablando con un demonio...» (Jhon Wimber, Sanidad poderosa. Ed. Caribe, 1987, 264). En el sentido opuesto a esta declaración, la Escritura no presenta ninguna enseñanza que nos otorgue licencia para hablar con los demonios, ni tampoco para evaluar nuestra relación verbal con ellos. La única relación que promueve la Biblia es con Dios, y no con el Diablo.

Como veremos a continuación, la Palabra advierte que la lucha del cristiano consiste en resistir la tentación y mantenerse firme, en obediencia a las recomendaciones bíblicas. Lo demás son complicaciones, que si en algo contribuyen, es a entorpecer nuestra buena relación con Dios, y a debilitar gravemente nuestra vida espiritual.

NUESTRA LUCHA CONTRA EL ENEMIGO

La guerra espiritual es un tema que parece hallarse muy de moda hoy día, y avalado por una especie de actitud triunfalista en muchos sectores cristianos. Pero, a la verdad, esta inquietud enfermiza por la guerra espiritual, no se corresponde con el verdadero llamamiento bíblico a la lucha. El creyente, en este sentido, está llamado a proclamar la verdad de Dios y no tanto a detectar la mentira de Satanás. En contraposición, la mentira se descubre de forma espontánea en la medida que estamos más empapados de la Verdad divina.

Nuestro combate contra el Reino de las tinieblas debe hacerse siempre desde el Reino de la luz, y nunca al revés. De la misma forma, el engaño se logra detectar cuando se conoce la verdad revelada en la Escritura, y no de forma inversa.

Para obtener un criterio acertado sobre la guerra espiritual, es preciso preguntarse: ¿Cuáles son las instrucciones que se hallan en la Biblia para ejercer nuestra lucha contra el Diablo y sus huestes de maldad? Con el objeto de responder bíblicamente a esta pregunta, destacaremos algunos pasajes claves:

(Efesios 6:1-10) Éste es, con toda seguridad, el pasaje más importante de la Escritura, en el cual se expone de forma clara, concisa y gráfica, la manera como debe actuar el cristiano frente a las asechanzas del Diablo. «Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes...». Al parecer, el texto indica que el tipo de lucha que se requiere, no se contempla como una batalla campal o guerra encarnizada contra el enemigo. Más bien lo que se considera es la posición de estar firmes (vs. 11 y 14), y después resistir (v.13), para que, desde esa condición, podamos apagar los dardos que el Maligno lanza sobre los cristianos (v.16). Las armas que se exponen en este pasaje: la verdad, la coraza de justicia, el apresto del Evangelio, el escudo de la fe, el yelmo de la Salvación, y la espada (ésta era la espada pequeña que poseía el soldado romano para defenderse; no estaba diseñada para el ataque) del Espíritu, junto con la oración, son exclusivamente para la «defensa» y no para el «ataque». Y como podemos observar, no se encuentran los otros métodos que estos sectores utilizan hoy día para luchar contra Satanás. No se mencionan reprensiones, palabras agresivas, imposiciones de manos, soplos, repeticiones verbales, manifestaciones apoteósicas, ni demás entuertos. Tampoco se identifica el nombre de los demonios, se dialoga con ellos, o se les ataca... como hace constar Peter Wagner –el promotor de la Guerra espiritual–.

(Gálatas 5:22,23) «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley». –Si pensamos que todos los síntomas que se muestran en el extremo carismático, son producto del Espíritu Santo, vamos por camino errado; pues el fruto del Espíritu es amor (no prepotencia), paz (no excitación), fe (fidelidad a la Palabra), mansedumbre (no un talante autoritario), templanza = sobriedad (no descontrol de la personalidad, aturdimiento o desconcierto psíquico). Y como cita Santiago, la sabiduría de lo alto es «pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre (palabra clave) ni hipocresía» (Stg. 3:17).

(Santiago 4:7) «Someteos, pues, a Dios, resistid al diablo, y huirá de vosotros». –Si observamos bien el texto, el mandamiento bíblico para toda clase de liberación, consiste en «someterse a Dios». Este mandamiento bíblico es bastante explícito, puesto que exige una forma de vida en obediencia a su Palabra (aunque tal vez esta recomendación no sea del agrado de muchos). La segunda prescripción es comprensible: «resistid al Diablo». Vemos que dicha encomienda, ciertamente bíblica, no significa en ningún caso que hayamos de amenazarle o enfrentarse con él. Parece tener un sentido completamente inverso, esto es, evitarlo a toda costa, no cediendo a la tentación de involucrarse en los extraños juegos de malabarismo extra-bíblico. Y como resultado de todo ello (de resistir y someterse a Dios), el Diablo no alcanza sus objetivos, y por consiguiente, como cita el texto, huye de nosotros.

Como bien habrá notado el lector, el tema parece bastante sencillo, y no existen las otras maniobras complicadas que se suelen presentar. Aquí no se observan imposiciones de manos mágicas, gritos, reprensiones, enfrentamientos; como tampoco se identifican nombres demoníacos, ni se reclama autoridad alguna. Lo único que estamos apreciando, hasta ahora, es que la obediencia a Dios, junto con la resistencia a la tentación, produce la adecuada liberación de toda intervención diabólica.

(1 Timoteo 3:6) «No un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo». –El apóstol Pablo, escribiendo a su discípulo Timoteo en cuanto a los requisitos pastorales, prescinde de todos los procedimientos extremos que se han citado. Solamente recomienda que el anciano, o pastor, no sea un recién convertido, puesto que el envanecimiento es, básicamente, el arma predilecta que utiliza el Diablo. De la misma forma que el hambriento león busca el animal más débil de entre la manada, para atraparlo con más seguridad y rapidez, también en la vida cristiana ocurre lo mismo: el que en su orgullo cree ser el más fuerte, ése resulta ser el más débil.

¿Con qué pensamos que asocia el apóstol la influencia de Satanás? Pues no con las manifestaciones convulsivas, propias de una película de terror (tipo «la niña del exorcista»), sino más bien con el «orgullo» del hombre. Éste es el horrendo pecado que Satanás cometió, y a la verdad, está muy interesado en fomentarlo, mayormente entre los círculos cristianos. Y desde luego que va a hacer todo lo posible, utilizando sus mentiras, para que la arrogancia brote en todo corazón predispuesto; y sobre todo en aquellos que se así atribuyen el poder de dominar el desconocido y peligroso mundo de los demonios.

Es verdad, algunos pretenden hacer creer que poseen grandes poderes, pero lo que ignoran es que su engreimiento, es decir, la jactancia en admitir que pueden dominar a Satanás, es precisamente lo que les hace más vulnerables. Y, envanecidos por su propio ardor guerrero, lo único que consiguen es enredarse de una forma lamentable en los lazos del Diablo.

Contrariamente a lo que ciertos individuos practican, la manera más efectiva de combatir con el enemigo, en todas las áreas de la vida cristiana, consiste en aplicar la humildad; puesto que ésta constituye requisito indispensable para recibir la bendición de Dios. Y, si en la vida del llamado siervo de Cristo no se halla humildad, ¿de dónde provienen todas las aparentes bendiciones?

(2 Timoteo 2:25) «...por si quizás Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él». –Aquí vemos que la actitud de arrepentimiento es necesaria para adquirir el conocimiento de la verdad, que es lo que a su vez produce la auténtica liberación. Un verdadero arrepentimiento, por tanto, dispone nuestro corazón hacia una vida de humildad y mansedumbre, por la cual somos receptores de la constante gracia divina. De hecho, el cristiano en sus propias fuerzas se encuentra indefenso, y solamente Dios puede protegerlo de toda influencia demoníaca. Así lo hace constar el mismo Señor en el «Padre nuestro» (Mt. 6:13).

La formulación bíblica es del todo precisa: Dios humilla a aquel que a sí mismo se exalta, y en cambio exalta a todo aquel que se humilla. Esta última disposición ofrece la protección divina contra el Diablo, y la liberación del pecado que nos asedia. Pero la verdad sea dicha, la humildad y la mansedumbre brillan por su ausencia en la «actuación» de buena parte de los líderes ultra-carismáticos. Y por lo que cita el texto, aquellos que en su arrogancia pretenden liberar a los demás del Diablo, son los que se hallan más esclavos: «cautivos a voluntad de él (de Satanás)».

(1 Pedro 5:6-10) «Humillaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios». –El concepto es el mismo que hemos expuesto. El primer paso, en el procedimiento que debe seguirse, es adoptar una actitud de humildad. Observemos que el texto no dice: ¡exaltaos contra el Diablo! sino: humillaos ante Dios. ¡Ven ustedes la diferencia!

«Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros». –El segundo paso consiste en mantener la confianza plena en el cuidado y la protección del Padre celestial. Nuestra fe en el Dios todopoderoso es la que vence al mundo, según cita 1 Juan 5:4.

«Sed sobrios, y velad». –Seguidamente el texto nos invita a conservar la serenidad, la cual se consigue con el dominio propio (sobriedad); lo contrapuesto al descontrol mental. Y a continuación, el consejo no se presta a confusión alguna, y así recomienda: ¡velad!, es decir, estad atentos, vigilantes, despiertos y no aturdidos; para que, desde esta condición, podáis distinguir con claridad todo engaño del enemigo.

«Resistid firmes en la fe». –Por último sólo nos queda resistir sin ceder a la tentación. Con esta actitud habremos de perseverar en toda paciencia, y así mantenernos firmes, con la plena convicción de que Dios, nuestro Protector, nos guarda de todo mal.

La Escritura se vuelve a confirmar una vez más: no son necesarios los ataques, las provocaciones, los embates pendencieros, las agresiones verbales... La enseñanza se subraya en los textos una y otra vez. A saber, no hemos de combatir en el campo del enemigo, sino mantenernos firmes en nuestro propio campo.

«Él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca». –He aquí el resultado final de este proceso de lucha: perfección, firmeza, fortaleza, estabilidad, etc. Y esto, consecuentemente, no es producto del esfuerzo humano, sino que lo hace el mismo Dios de toda gracia.

Como notamos claramente en el pasaje bíblico leído y comentado, todo ello constituye el armamento de la espiritualidad efectiva, y contribuye gratamente a nuestra madurez personal. Luego, sólo a través de una íntegra capacitación cristiana, y lejos de procedimientos extremos, lograremos mantener intacta la estabilidad espiritual frente a los ataques del enemigo.

Consideraciones varias

Después de haber considerado los textos bíblicos, es necesario preguntarse: ¿Dónde se encuentra en la Biblia, expresado de forma clara, todos los demás métodos ultra-carismáticos: exorcismos, diálogos con el Diablo, reprensiones, retos, insultos, enfrentamientos, y demás sinrazones?

Por lo general, debemos admitir que Satanás influye y actúa en nuestras vidas, y sobre nuestras circunstancias... pero siempre y cuando Dios se lo permita. Y todas sus maniobras, ataques o tentaciones, mantendrán siempre una finalidad provechosa para aquel que ama a Dios: «A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Ro. 8:28). De tal forma, el resultado positivo está asegurado para el creyente fiel, por muy duras que sean las pruebas.

Ajustando nuestra mirada hacia el modelo bíblico, apreciamos que sólo Jesucristo y los que recibieron la autoridad apostólica, ejercieron su poder sobre los demonios: «Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades» (Lc. 9:1). Visto el texto, ¿por qué, entonces, queremos asignar a todos los cristianos esta autoridad, si el Señor se la confirió sólo a ellos? De todas formas el Nuevo Testamento no parece indicar otra cosa. «Llamando a sus doce (no más) discípulos les dio autoridad» (Mt. 10:1). «Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios» (Mr. 3:14,15). Como podemos comprobar, los versículos bíblicos limitan claramente esta autoridad a los apóstoles de Cristo, y circunscrita sólo para aquel periodo mesiánico.

Consideramos también que ni siquiera el arcángel Miguel, siendo el príncipe de los ángeles, como su propio título indica, se atrevió a reprender a Satanás, según hace constar Judas 9.

En este tiempo observamos la ingenuidad que algunos albergan respecto a la persona y el poder de Satanás. Para ciertos líderes ultra-carismáticos, el Diablo se reduce a un simple muñeco, el cual se puede manipular a voluntad propia, a modo de marioneta. Incluso también se le puede ordenar, como si éste fuera nuestro mayordomo personal...

Una vez más debemos recoger el ejemplo de nuestro Maestro, y ver que cuando Jesús se enfrentó con Satanás en el desierto, no adoptó una postura de superhéroe... Tampoco se produjeron gritos, palabras repetitivas, reprensiones, alborotos; y en ningún caso utilizó expresiones verbales agresivas. La conducta de Jesús contra los ataques de Satanás fue tranquila, serena y pacífica; incorporando una posición defensiva, que consistió básicamente en mantenerse firme, como igualmente hemos apreciado en las varias instrucciones bíblicas.

Vistos los ejemplos extremos, nos percatamos en la Escritura de que Jesús resistió la tentación utilizando la verdad bíblica: «Escrito está» (Mt. 4:4). Y si en la vida del Maestro no se contempló estas formas extrañas de proceder, ¿quién es el hombre para inventarlas hoy?

Apreciado lector: haría bien en no arriesgar su espiritualidad, no vaya a ser que, aun pensando que se halla en la verdadera luz, sea atrapado por las tinieblas. Según lo examinado hasta aquí, la postura más correcta, además de bíblica, consiste en acudir al Padre de las luces y pedir cada día su protección celestial. Por nuestra parte solamente nos corresponde tomar la armadura, resistir, estar firmes, y asumir por la fe el programa que el Señor haya previsto según sus designios para nuestra vida en particular.

En fin, ni en el Antiguo Testamento, los evangelios, el libro de Hechos, ni en las cartas a las iglesias, encontramos que los escritores establecieran esta doctrina: ni para sanar enfermedades, ni para echar fuera demonios. Y si la Biblia no arroja suficiente luz para apoyar estas prácticas impropias, ¿a qué conclusión podemos llegar? Si todo ello no posee fundamento bíblico, ¿de dónde proviene entonces...?

Después de estas breves sugerencias, podemos concluir diciendo que: a Satanás no se le vence con el poder, sino con la verdad.

José Mª Recuero


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