Los extremos de la doctrina carismática

Una cuestión hermenéutica

HACIA LA INTERPRETACIÓN CORRECTA

Meditando sobre el tema que nos ocupa en este primer apartado, la recomendación bíblica se dirige hacia el problema de fondo: «Que usa bien la palabra de Verdad» (2 Ti. 2:15). Según este versículo, la consecuencia que se deriva es la siguiente: si no se interpreta correctamente la Palabra de Dios, tampoco se podrá hacer un buen uso de ella. En tal caso, lo único que se ocasionará son doctrinas y prácticas, que a la postre se desviarán de la correcta enseñanza bíblica. Por ello podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que los extremos producidos en el entorno de nuestro «ámbito evangélico» (por desgracia el calificativo «evangélico» se encuentra muy desfigurado de su significado original) se deben fundamentalmente a una interpretación errónea de las Sagradas Escrituras; precedida ésta por un desconocimiento de los principios más básicos pertenecientes a la llamada Hermenéutica bíblica.

Ya en tiempos del Nuevo Testamento se hallaban movimientos infiltrados dentro de la verdadera Iglesia, y éstos fueron denunciados por los mismos apóstoles, debido principalmente a las doctrinas erróneas que pretendían introducir en las comunidades. No resulta impropio pensar, por tanto, que aquellas advertencias hayan quedado registradas en la Biblia, para que también los creyentes de hoy recojamos el ejemplo. Así reza el texto bíblico: «Porque vendrá (futuro) tiempo cuando no sufrirán (soportarán) la sana doctrina (elemento clave), sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán (son muchos) maestros conforme a sus propias concupiscencias (motivaciones egoístas)» (2 Ti. 4:3).

En primer lugar es del todo imprescindible aceptar la enseñanza de que solamente existe una interpretación de la Biblia, no varias. Si bien es verdad que los textos pueden comprender incontables aplicaciones para nuestra vida personal, la interpretación justa de los escritos bíblicos la determina la Hermenéutica Bíblica (el conjunto de normas que establecen la correcta interpretación de los textos sagrados). A este respecto, la misma Escritura nos ofrece innumerables normas de interpretación (buena parte de la Hermenéutica se encuentra en la propia Biblia), como veremos a continuación; y supeditadas éstas al cumplimiento de las reglas más básicas: la dependencia de Dios y la iluminación de su Santo Espíritu, que se corresponden asimismo con un sincero deseo de obediencia al Señor, y con la subordinación a los métodos que Él mismo ha estipulado en su Palabra para poder interpretarla.

Es cierto que el Espíritu Santo habrá de iluminar nuestra mente para conocer el sentido espiritual y práctico de la Escritura Sagrada. Pero, no es menos cierto que la Palabra, la Revelación de Dios, se ha transmitido en el escenario de la historia de la Humanidad. Por consiguiente, es nuestra responsabilidad conocer los factores de ese escenario, donde la Palabra asume la configuración final determinada por Dios, a la vez que adquiere un significado concreto para el ser humano.

Así que, es preciso atender a la recomendación expuesta. Todo aquel que desee llegar a una comprensión adecuada de la sana doctrina, necesitará conocer, en buena medida, las indicaciones que nos ofrece la Hermenéutica Bíblica.

Teniendo en cuenta lo dicho, no parece sensato aplicar una exégesis bíblica sobre la base de nuestras propias emociones, impresiones personales, o experiencias subjetivas; y a continuación insertar versículos bíblicos aislados y desprotegidos de su contexto, para crear cualquier doctrina sin importar las normas establecidas. Y ésta es, verdaderamente, la base hermenéutica de la mayoría de círculos carismáticos extremos, desde donde se confeccionan y desarrollan el conjunto de enseñanzas y prácticas extra-bíblicas. Luego, de ninguna manera podremos entender correctamente las Escrituras, si a la vez ignoramos las adecuadas herramientas de interpretación para tal uso.

Por esta razón planteada, y debido al gran desconocimiento que se ha podido constatar, no tan sólo en el ámbito carismático, sino en buena parte de nuestro desarrollado mundo cristiano, consideraremos oportuno mencionar algunas sencillas reglas de interpretación bíblica, las cuales se habrán de tener presente a la hora de estudiar la Santa Palabra de Dios.

Como ya señalamos, estas reflexiones no se escriben con la intención de refutar todos los errores que se puedan producir en el extremo carismático. Lo que se procura es ofrecer ciertas claves de interpretación bíblica, las cuales se desprenderán a lo largo de los comentarios de la presente obra –previa mención de algunas normas en este apartado–, con el propósito de que sea el mismo lector quien examine sus propios presupuestos doctrinales.

Con este espíritu de investigación, presentaremos seguidamente algunas pautas que se estiman de interés general, para que podamos analizar con buenos criterios exegéticos todos los extremos doctrinales que se puedan plantear.

EL CONTINENTE BÍBLICO

Por lo general, los cristianos creemos que Dios ha comunicado al ser humano su propia voluntad, descubriéndola por medio de la Palabra escrita... A esta manifestación divina la vamos a denominar el contenido bíblico. Sin embargo, para que podamos comprender mejor su Revelación, Dios la ha transmitido en diferentes periodos de la Historia y por medio del lenguaje humano. A estos medios de comunicación los llamaremos el continente bíblico. Querer, por lo tanto, conocer sólo el «contenido», esto es, la Revelación de Dios que incluye la doctrina bíblica, sin conocer también el «continente», es decir, el proceso de comunicación que se extiende a través de los varios libros de la Biblia, ubicado en un contexto histórico (circunstancias sociales, culturales, políticas, geográficas...), así como el desarrollo lógico de la teología bíblica en el tiempo, entre otros factores, es no aceptar la manera y las condiciones especiales por las cuales Dios ha hablado. Es, en definitiva, rechazar los propios métodos que el Espíritu Santo ha utilizado para concedernos su Revelación escrita.

Factores del continente bíblico

Para confirmar una doctrina bíblica, en primer lugar corresponde al creyente examinar el texto cuidadosamente, haciéndolo siempre desde su fondo «histórico» y su condición «gramatical». Como ya hemos indicado, el contexto va a determinar, en gran manera, la interpretación del propio texto. Por ello es interesante descubrir, si así lo permite el pasaje bíblico, todos los datos internos que éste nos pueda aportar; y a partir de ahí, deberemos involucrarnos lo máximo posible en el escenario del escrito. A ello añadimos los datos que la propia Historia nos proporcione: como pueden ser las costumbres del lugar, las circunstancias especiales del momento, los componentes del ambiente político, social y religioso, y demás pormenores.

Continuando con este enfoque, también es conveniente vislumbrar la motivación principal de los escritores (causas de la redacción), que a veces se relacionará con la situación vital en la que ellos mismos se encontraban a la hora de escribir el texto. De igual manera ocurrirá con los destinatarios del libro o carta que estemos leyendo; puesto que deberemos, en su caso, averiguar el significado que el mensaje tenía para ellos (los primeros oyentes o lectores del texto bíblico). A este respecto, es preciso saber que, como norma, siempre deberá existir una «conexión» entre el significado original y la aplicación doctrinal que podamos extraer del texto.

Al mismo tiempo, es recomendable familiarizarse con el esquema del libro y su estructuración básica: observando la composición, sus diferentes secciones, el orden y la importancia de las expresiones; además de reconocer el estilo literario del documento, e identificar las figuras retóricas del lenguaje.

También resulta indispensable percatarse del pensamiento o enseñanza central que el autor intenta expresar a través de los distintos pasajes, y a la vez reconocer las palabras claves que se repiten a lo largo del libro, carta o porción bíblica.

Con el objeto de obtener una adecuada comprensión, es de gran utilidad descubrir el significado que originalmente tuvieron las palabras o expresiones escritas, así como los tiempos verbales y demás aspectos gramaticales. Para ello resulta de enorme valor reconocer las diferentes traducciones en griego o hebreo, el uso de los términos en aquella época y sus diferentes acepciones (para aquel que tenga acceso a la información, claro está).

Ahora bien, en ningún modo debemos olvidar que la Biblia es inspirada por Dios, y por lo tanto habremos de aceptar que en ella se encuentre un significado espiritual implícito (no histórico) subyacente al mismo texto. Siendo cierto esto, que puede existir un sentido que trascienda al propio significado del texto (por ejemplo el elemento profético, o bien alguna aplicación especial), recordemos no obstante la relación esencial que éste debe guardar con su sentido natural a la hora de establecer «doctrina» para la Iglesia. Se hace obligatorio, pues, que cualquier enseñanza goce de una concordancia lógica con el significado histórico-gramatical, así como con todos los principios teológicos análogos al conjunto de textos bíblicos, que de manera conjunta guardarán la unidad de la Escritura.

Dicho todo esto, advertimos que lo señalado hasta aquí no se tiene muy presente cuando se valora una doctrina. Por lo general, la estrategia hermenéutica que se aplica, sobre todo en el «extremo carismático», es tan simple como escoger algunos versículos aislados para apoyar la consecuentes experiencias emocionales, que son, hoy por hoy, las que preceden y también determinan toda interpretación. El texto bíblico, en este caso, es sacado sin miramiento alguno del contexto en el que se sitúa, formulando así doctrinas y prácticas que, como iremos contemplando a lo largo del presente trabajo, muy poco tienen que ver con el auténtico mensaje bíblico.

LA ANALOGÍA BÍBLICA

Una manera fácil de comenzar a distinguir si una doctrina carece de fundamento bíblico, es realizando un examen comparativo de los textos, desde la propia coherencia bíblica. Así pues, cuando intuyamos que una doctrina es de carácter dudosa, se hará conveniente recurrir a lo que en términos teológicos se conoce como ANALOGÍA BÍBLICA. Para aplicar esta disciplina, deberemos comparar las enseñanzas que puedan ser oscuras, con todo el cuerpo doctrinal que existe en el conjunto de la Escritura, y que habla acerca del tema en cuestión. Es entonces cuando empezaremos a reconocer si los otros pasajes bíblicos apoyan la doctrina, o bien se contradice con la enseñanza general de la Palabra, a la luz de sus verdades más fundamentales. De esta forma, comprobaremos si dicha doctrina guarda unidad con todo el pensamiento global de la Biblia, conforme a los principios universales de la Revelación escrita que Dios nos ha dejado.

Si estamos de acuerdo con que la Biblia se interpreta a sí misma, podemos entonces aplicar un ejercicio sencillo, practicando los pasos siguientes desde la propia lectura que hagamos de un texto bíblico. Con este método podremos saber si cualquier doctrina está lo suficiente argumentada como para poder otorgarle el crédito necesario, y obtener así la seguridad de que estamos bien encaminados:

Debemos afirmar toda enseñanza doctrinal en su propio contexto inmediato (versículos anteriores y posteriores).
Contemplar esta doctrina en su amplio contexto (tener en cuenta todo el pasaje o porción bíblica).
Investigar la doctrina a la luz de la idea central del autor –enmarcada en el pasaje o bloque de pensamiento–, el cual define el principio y el fin del tema tratado.
Examinar la doctrina según todo el pensamiento general del libro o carta que estemos leyendo.
Descubrir la doctrina a la luz de la historia del Testamento (AT o NT) en el que sitúa.
Reconocer la doctrina teniendo presente los principios generales de toda la Biblia, con los cuales deberá guardar una relación coherente.
Finalmente, aseguraremos la doctrina sobre la base de todos los pasajes paralelos y enseñanzas que mantengan una correspondencia entre sí.
Si hasta aquí no hemos concluido con suficiente claridad, examinando lo oscuro a la luz de lo claro, no tendremos más remedio entonces que desechar toda enseñanza cristiana, que así se presente como doctrina o norma de fe.

UNA VISIÓN GLOBAL DEL CONTINENTE BÍBLICO

El Antiguo Testamento

En primer lugar resulta indispensable entender, con la máxima amplitud mental, que el Antiguo Testamento comprende el escenario profético donde se desarrollaron los acontecimientos históricos que apuntaban a la obra del Nuevo Testamento; teniendo como personaje central a Jesucristo. Luego, para realizar una exégesis correcta de los antiguos documentos bíblicos, se hace necesario discernir con toda precisión este pensamiento, cuyo amplio desarrollo podemos descubrir, dicho de paso, en la epístola a los Hebreos: es la «sombra» (He. 10:1).

Efectivamente, el Antiguo Testamento constituye la Revelación de Dios concedida al pueblo de Israel. Pero, sin embargo, no olvidemos que hubo una finalidad histórica muy especial, claramente expresada en el Nuevo Testamento: que se cumpliese el plan de la Salvación provisto por Dios desde la eternidad en Cristo Jesús. Con este fin, la constancia de Dios en cuanto a la preservación del pueblo de Israel, fue primordial, guardándolo y utilizándolo para tal propósito. Y muchas de las promesas son concedidas a Israel, así como mandamientos y estatutos, con la finalidad de llevar a cabo, física e históricamente, la gran obra de Cristo en la cruz del Calvario, haciendo así posible la salvación de la propia Humanidad perdida. Y cuando este objetivo, predicho a lo largo de toda la Antigua Alianza, se cumplió en Jesucristo, también al mismo tiempo quedaron anulados los aspectos antiguos de la Ley: como pueden ser las normas de conducta dadas al pueblo, las leyes cívicas y rituales, o algunas promesas que fueron específicas para el pueblo de Israel como nación.

Una vez admitida esta enseñanza, tampoco nos obligamos en ningún caso a eliminar el Antiguo Pacto, ya que estaríamos haciendo agresión a la recomendación bíblica: «Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron» (Ro. 15:4). Es verdad, con la lectura y meditación de los antiguos Escritos, podemos recoger abundantes enseñanzas y ejemplos prácticos para nuestra vida cristiana, así como principios esenciales del carácter de Dios, considerando –por comparación– la manera como Él sigue obrando hoy en la vida y en las circunstancias de muchas personas. Con todo, y aun siendo esto cierto, resulta completamente erróneo establecer doctrinas o prácticas para el cristiano de nuestro siglo sobre pasajes del Antiguo Testamento, máxime si éstas no encuentran su amplio apoyo en el Nuevo.

Muchas de las dificultades o aparentes contradicciones que encontramos y que no entendemos, respecto de la intervención de Dios en la Antigüedad, como podría ser su estricta justicia o su gran permisividad, son fácilmente comprensibles (o por lo menos aceptables) cuando reconocemos que por encima de todas las cosas, el designio central de Dios fue la «salvación eterna» de la propia Humanidad; y ésta solamente podía hacerse efectiva en la persona de Jesucristo (en su muerte y resurrección), a través de la historia de un pueblo llamado Israel. Por tal razón, la presentación genealógica era tan relevante para un judío. La descendencia pura, en la preservación de las familias, garantizaba el cumplimiento profético sobre la venida del Cristo (descendiente de Abraham; de la nación de Israel; de la tribu de Judá; de la casa de David...). De otra manera, la Salvación no se hubiera llevado a cabo con la fiabilidad histórica requerida por Dios desde la Antigüedad. Y con este pensamiento, podemos afirmar que la «perspectiva mesiánica» es de crucial importancia, tanto para interpretar el Antiguo Testamento, como para construir una visión correcta de la doctrina bíblica aplicable a la Iglesia en nuestra era contemporánea. Ahora bien, la obra ya se completó, y lo que no podemos hacer, en ninguna manera, es volver otra vez al escenario, al cuadro preparatorio, para asentar dogmáticamente cualquier postura teológica que no sea apoyada por el Nuevo Testamento.

Por lo demás, a la hora de establecer una doctrina, haremos bien en considerar los diferentes momentos del panorama histórico: antes de la Ley; los distintos periodos proféticos; los dos grandes cautiverios del pueblo dividido (Asiria y Babilonia); la restauración de la nación posterior a la deportación babilónica; entre otros momentos relatados en cada libro. De esta manera habremos de contemplar los sucesos históricos, y descubrir si las enseñanzas o promesas bíblicas fueron sólo temporales, o bien permanecen invariables hasta nuestros tiempos.

Los cuatro evangelios

Quienes escribieron los evangelios que aparecen en la Sagrada Escritura, no pretendieron ofrecer la doctrina sistemática que la Iglesia de Jesucristo tendría que practicar a lo largo de la Historia. Éste no fue, precisamente, el propósito principal de los autores que redactaron los documentos evangélicos.

Los evangelistas, con sus escritos, quisieron darnos a conocer –guiados por el Espíritu Santo– una buena noticia (evangelio), y el desarrollo de esa noticia en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo; pero no una información doctrinal estática y permanente para la Iglesia. Ellos presentaron a la Persona gloriosa de Jesús como el Señor y Salvador de la Humanidad; y a su perfecta obra, como el cumplimiento de las promesas comprendidas en el Antiguo Testamento. Y la motivación de todo ello fue, sin duda alguna, la de expandir el Evangelio de Jesucristo, dando a conocer el mensaje de la Salvación, y presentando además la ética del Reino de los cielos... Aunque, no obstante, también con sus escritos expresaron un deseo implícito de confirmación en la fe y de consolidación «evangélica» para las iglesias existentes, desde luego. Pero, visto con toda lógica, no podemos admitir que ellos trataron de ofrecer un compendio doctrinal y fundamental sobre eclesiología, y mayormente cuando lo que rondaba por sus mentes era la imagen de un inminente regreso de Jesucristo.

Si podemos aprender algo de los evangelios, a buen seguro, son pautas morales y espirituales; enseñanzas universales presentadas por el gran Maestro, que tienen que ver esencialmente con la salvación, la condenación, la esperanza, la fe, el amor, y lo que se deviene de todo ello: nuestra buena relación con Dios, y también con nuestro prójimo.

Lo que en ningún modo presentan los evangelios, son las formas doctrinales que hoy debe practicar la Iglesia. El Señor Jesús no nos dejó un manual escrito de liturgia eclesial. En todo caso, si queremos cumplir con la «doctrina» que se revela en los evangelios, ésta comprende abundantes enseñanzas y principios éticos comunicados por el gran Maestro; pero en ningún caso el ministerio mesiánico, con los milagros y las señales que le correspondieron solamente a Él, y a los que Él estableció de acuerdo con su soberanía (como veremos más adelante).

Fueron, a este efecto, los apóstoles y discípulos de Jesucristo, los que recogieron todas las enseñanzas de Jesús y las transmitieron a los cristianos del primer siglo; primero de forma oral, y seguidamente por medio de los escritos que encontramos en las epístolas. Y aunque los evangelios fueron redactados más tarde que muchas cartas del Nuevo Testamento, ello no significa que presenten una doctrina más desarrollada; es un problema de fecha en la redacción, y no de evolución en la enseñanza o doctrina.

Hechos de los Apóstoles

Como su propio título indica, el libro no intenta definir la doctrina apostólica, sino los hechos (los actos) que los propios apóstoles realizaron, como cofundadores de la Iglesia de Jesucristo. Y es de suma importancia reconocer, con toda transparencia, que en ningún lugar del Nuevo Testamento se nos insta a que repitamos todos los hechos que en aquel tiempo efectuaron los apóstoles.

El libro de Hechos, según v.1, es la narración escrita a una persona: Teófilo (posiblemente un cristiano). Pero Lucas, el autor, en ningún momento trató, con sus escritos, de instruir doctrinalmente a la Iglesia. «Hechos», en su concepción original, es la narración histórica del nacimiento, crecimiento, expansión y consolidación de la Iglesia de Jesucristo, y no un libro de doctrina.

Este documento bíblico recoge el periodo de transición que hubo entre el Judaísmo y el Cristianismo, el cual ya se había establecido y se encontraba en proceso de crecimiento, perfeccionamiento y consolidación. De tal forma, el libro de Hechos no permanece estático, pues mantiene todo un «desarrollo» en donde observamos que la Iglesia experimenta modificaciones en su contenido doctrinal. Es cierto que este libro no presenta una doctrina fija para la Iglesia. Pero al igual que en los evangelios, también podemos extraer enseñanzas aplicables para nuestros días. En esto, es preciso entender que Hechos no posee una finalidad doctrinal, aun cuando estén presentes, claro está, los principales aspectos doctrinales que tienen que ver con la Salvación, en su concepto más amplio. En esta dirección, notamos que los hechos de los apóstoles (sus milagros, prodigios, señales...) fueron realizados como demostración palpable de que ellos (y no otros) eran los enviados directos de Jesús, esto es, los que iban a conformar la doctrina cristiana para la Iglesia y, por ende, los únicos que habían adquirido una autoridad especial de parte del Señor. Y esta autoridad delegada, fue evidentemente demostrada por sus hechos portentosos, los cuales ratificaron el advenimiento del Salvador. Estas señales mesiánicas, pues, identificaron a los apóstoles como representantes del Mesías; y desde esta representación, se preparó el terreno, como convenía, para que posteriormente se consolidara la doctrina apostólica, por la cual debe conducirse hoy la Iglesia de Jesucristo.

Comprendamos que la Iglesia no está fundada en los hechos que realizaron los apóstoles, no nos engañemos, sino en su doctrina, que es la que Jesucristo les comunicó. Por esta causa, y en medio de la evidente confusión doctrinal del momento, el asentimiento hermenéutico del apóstol al joven Timoteo fue suficientemente claro y preciso: «Pero tú has seguido mi doctrina (no los milagros, sino la doctrina apostólica)» (2 Ti. 3:10). Como bien podemos observar a lo largo del libro, las experiencias transitorias de la joven Iglesia fueron evolucionando, por lo que no podemos pretender repetirlas hoy; y mucho menos si éstas no mantienen su apoyo seguro en el Nuevo Testamento.

En definitiva, estos hechos confirieron a los apóstoles la necesaria acreditación que les certificó (en aquel tiempo) como portadores del mensaje de Jesús, el Mesías, corroborando así el comienzo de una nueva era: el nacimiento de la Iglesia de Jesucristo, que irrumpe en la Humanidad como la renovada y definitiva comunidad del Reino de Dios.

Las cartas apostólicas

El objetivo de las cartas apostólicas fue, en términos generales, el de transmitir la doctrina bíblica para los cristianos de aquellas primeras iglesias establecidas, proveyendo así de las instrucciones prácticas que éstos debían seguir; y a la vez, suministrando las directrices necesarias para su correcto funcionamiento eclesial.

Las cartas, además, son el cumplimiento del mandamiento dado por Jesús a sus apóstoles, cuando dijo: «Id, y haced discípulos a todas las naciones... enseñándoles (lo enseñaron oralmente y por escrito) que guarden todas las cosas que yo os he mandado» (Mt. 28:19,20). Entonces, debemos preguntarnos, ¿qué cosas les mandó Jesús a sus discípulos para que nosotros las guardásemos? Pues no son otras que las enseñanzas de Cristo explicadas y detalladas en las cartas apostólicas.

Igualmente las epístolas del Nuevo Testamento, aparte de presentarnos la enseñanza apostólica –que es la doctrina de Jesús–, también intentaron corregir muchos de los errores que ya existían en aquellas primeras comunidades cristianas. Parece evidente, pues, que las enseñanzas generales proporcionadas por el Señor Jesús a sus discípulos, recogidas en los evangelios, se convirtieron en instrucciones específicas para nosotros en las cartas del Nuevo Testamento.

También es preciso saber que en el Nuevo Testamento existe un proceso que se ha procurado en llamar la revelación progresiva, donde la doctrina se va desarrollando de forma creciente y gradual. De ahí que las cartas más tempranas del apóstol Pablo, como Gálatas, Tesalonicenses o Corintios, expresen una iglesia que se está constituyendo doctrinalmente. Sin embargo, las cartas más tardías, como pueden ser las pastorales (1 y 2 Timoteo, y Tito), exponen una doctrina de iglesia más formada y estable. Por ello, el contenido de las cartas que se redactaron más tarde, poseen un mayor peso teológico y doctrinal, que aquellas que son de fecha más temprana.

Por lo visto, los documentos escritos a modo de cartas apostólicas, son de un valor incalculable para confirmar cualquier doctrina. No olvidemos, así, que la verdadera Iglesia de Jesucristo adquiere su fundamento inamovible en la doctrina (no en los hechos) de los apóstoles (oficio) y profetas (función), tal como hace constar Efesios 2:20.

Ya se ha mencionado que la enseñanza bíblica se va desarrollando y transmitiendo con carácter progresivo (va creciendo, cambiando, madurando), aunque, como se suele afirmar, Dios siga siendo el mismo. Es cierto que Dios no cambia (es inmutable), pero no obstante su programa en este mundo comprende un desarrollo que en cualquier caso puede ser variable. En cada periodo de tiempo determinado, el Soberano administra, de forma igual o distinta, los medios que considere oportunos; aunque Él siga siendo el mismo (la diversidad en las acciones no implica variabilidad en la persona). Es evidente que Jesús actuó de una manera con los fariseos, y de otra manera muy diferente con la mujer samaritana; y Él no cambia. La actuación de Dios con su pueblo Israel –como nación–, en muchos aspectos no es la misma que con la Iglesia neotestamentaria (y Dios no cambia); y así podríamos añadir más ejemplos expresados en la multiforme gracia de Dios.

COSTUMBRES ERRÓNEAS

Para concluir con este capítulo, se estima conveniente resaltar algunos hábitos erróneos que se suelen aplicar a la hora de leer la Biblia. Y estas insanas costumbres son las que deberemos evitar, en la medida de lo posible, si es que deseamos interpretar correctamente las Escrituras (en sus enseñanzas generales), para así también poder hacer la voluntad de Dios correctamente:

* No tener prejuicios

Es cierto que cuando una persona se convierte a Dios dentro de un círculo cristiano determinado, por lo general suele recibir la influencia de una línea doctrinal definida. Y resulta muy fácil, debido a la lógica inmadurez espiritual, que quede aferrada a ella como si se tratase de la «única verdad».

Toda instrucción bíblica inicial, sea correcta o incorrecta, suele permanecer arraigada en nuestra mente. Y así se corre el peligro –aun de forma inconsciente– de plasmar en nuestro pensamiento conclusiones de antemano respecto a la doctrina bíblica. O lo que también es peor, nos provee de una línea específica de interpretación por la que, posteriormente, filtraremos todos los datos bíblicos que recibamos.

Esta predisposición concluyente nos condiciona a la hora de comprender el texto bíblico, y no en pocas ocasiones distorsiona el mensaje natural que se desprende de la Sola Escritura. Como bien se sabe y mejor se experimenta, resulta muy difícil despojarse de todos los prejuicios contraídos. Sin embargo, es necesario que cuando acudamos a la Biblia, lo hagamos sin dictámenes preconcebidos. Es preferible que primero ella nos hable directamente, y a continuación realizar nuestra humilde valoración, sin incurrir en actitudes dogmáticas.

Reconozcamos, pues, que muchas de las verdades divinas trascienden a nuestra estropeada y no menos limitada comprensión humana: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!» (Ro. 11:33).

* No adoptar una actitud dogmática

Para comprender de forma adecuada el mensaje bíblico, corresponde hacerlo como si realmente no supiéramos nada; manteniendo así nuestra mente abierta a cambiar aquellas cosas que, por su amplio y difícil contenido, son susceptibles de modificación o, en su caso, de ampliación informativa.

Aceptemos de buen grado, como hemos leído en el texto anterior, que la sabiduría de Dios es inescrutable. Tal declaración bíblica es definitiva, y por ello debemos admitir la imposibilidad de alcanzar el conocimiento de la verdad absoluta en todas las disciplinas bíblicas.

Son muchas las ocasiones en las que deberemos abrir las puertas de nuestra mente y los cerrojos de nuestro corazón, para recibir las muchas enseñanzas que seguro desconocemos y que Dios quiera mostrarnos; pues por más que sepamos, siempre podremos estar equivocados, en algo o en mucho (nuestra naturaleza humana sigue estando caída).

En este asunto, no son pocos los cristianos que mantienen por largo tiempo su mente en un estado de hermetismo absoluto, creyendo poseer la verdad en todo lo concerniente a la enseñanza bíblica. Y lo más grave es que la gran mayoría no ha investigado, con rigor bíblico y enseñanza contrastada, ni siquiera sus propias afirmaciones doctrinales.

Por otra parte, también es cierto que a veces los conocimientos bíblicos son mal canalizados, impidiendo así el avance en la correcta comprensión de la doctrina cristiana, y provocando con ello una deformación de la vida espiritual.

Asimismo se perfilan muchas cuestiones doctrinales que son de orden secundario, y en ningún caso vitales para la vida cristiana. Aunque, por desgracia, existen algunos que otorgan demasiado valor a la «tradición», descuidando lo realmente importante; incurriendo, en ocasiones, en una postura dogmática farisaica, la cual provoca una invalidación del mensaje de la Palabra divina, según la advertencia del mismo Señor Jesús recogida en Marcos 7:13.

De conformidad con lo dicho, estamos seguros de que una de las condiciones que se requiere para, por lo menos, obtener una percepción clara de la voluntad de Dios, es la humildad. Por ello, haríamos bien en tener presente la siguiente recomendación bíblica: «Si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo» (1 Co. 8:2).

* No dar rienda suelta a la imaginación

Haciendo uso de la imaginación, se alcanza a manipular la Biblia de tal manera que podemos obtener enseñanzas donde en realidad no las hay (es como sacar agua del desierto). Si así dejamos volar nuestra mente, podremos confeccionar fácilmente cualquier doctrina o práctica extraña a la verdad bíblica. Sólo resta insertar a la original creación, los varios versículos que aparentemente apoyen nuestra particular enseñanza.

Es cierto que en algunos ámbitos cristianos el sentido común (creado por Dios) es un «bien» poco utilizado, y un tanto descuidado cuando leemos las Escrituras. No son pocas las personas que en vez de aplicar el sentido lógico del texto, lo que hacen es dejarse llevar por sus propias fantasías, cuando en el fondo carecen de razonamiento alguno. Si bien esto no debería de sorprendernos, pues ya lo advertía el predicador: «Donde abundan los sueños, también abundan las vanidades y las muchas palabras » (Ec. 5:7).

No olvidemos la importante revelación del profeta Jeremías: «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jer. 17:9). Si atendemos al texto leído, podemos afirmar que la doctrina bíblica no se debe basar en la experiencia del «corazón», sino exclusivamente en la Palabra de Dios. Así, pues, no hacemos mal en desechar toda enseñanza que se extravíe del marco bíblico, pese a lo certera que sea la experiencia.

Resulta curioso escuchar las historias rocambolescas de algunos cristianos extremistas, que navegan con su imaginación hasta límites insospechados. Razonemos con inteligencia, porque si interpretamos la Biblia bajo la «experiencia», seguramente habrá muchas interpretaciones, porque muchas son las experiencias. Y dependiendo de la intensidad y del cariz que éstas posean, así se concebirán las «gafas» de observación bíblica a través de las cuales se contemplará cualquier doctrina.

Para llegar a vencer esta malograda inclinación, no hay nada mejor que tomar ejemplo de nuestro Maestro, el Señor Jesús, el cual se enfrentó con la tentación utilizando como escudo la frase: «Escrito está» (Mt. 4:4). Y todavía podemos seguir manteniendo la normativa bíblica; porque, si no «está escrito», entonces deberemos cuestionar seriamente toda propuesta bíblica presentada.

En conclusión, no parece prudente salirse del marco determinado por la Palabra de Dios, y de los límites que ella misma ha establecido.

* No decir lo que el texto no dice

A veces encontramos que las posturas doctrinales que defendemos tan ardientemente, no se hallan realmente en el texto bíblico. Simplemente son conclusiones que nos han transmitido, que hemos deducido, o tal vez malinterpretado.

En otras ocasiones, y examinada la enseñanza desde el extremo carismático, la ausencia de instrucción bíblica es tan clara que el error cae por su propio peso. Sirvan las siguientes preguntas como ejemplo: ¿Dónde enseña la Biblia que debemos enfrentarnos directamente con Satanás? ¿Qué texto recomienda a los creyentes que realicen exorcismos? ¿Hay algún pasaje donde, de forma clara, enseñe que todos los cristianos deben hablar en lenguas? ¿En qué lugar se nos garantiza a todos los creyentes la sanidad física, en esta vida terrenal?

Como veremos en los capítulos posteriores, numerosas enseñanzas y prácticas carismáticas hallan su fundamento en el «vacío bíblico». Y no son pocas las doctrinas que se intentan camuflar en textos aislados, debido a que en la mayoría de las ocasiones no guardan ninguna relación con el contexto o pasaje bíblico en las que se sitúan. Asimismo, las expresiones: ¡parece que lo dice! ¡lo da a entender! ¡se supone! o ¡se deduce! son muy imprecisas a la hora de establecer una doctrina. Si bien el sistema alegórico puede tener su encuentro en este tipo de interpretación, la experiencia histórica nos demuestra que no es recomendable como método hermenéutico.

Igualmente ocurre con el «literalismo» (tal y como se lee), el cual arranca las palabras textuales de su trasfondo histórico y gramatical; y con ello ocasiona no pocas contradicciones.

A tenor de lo dicho, no es recomendable dejarse llevar por la primera impresión, o por lo que ya se presupone que conocemos. En esto, es preciso alcanzar un espíritu crítico que nos impulse a realizar toda clase de preguntas, a fin de descubrir el verdadero sentido del texto bíblico.

En resumidas cuentas, es aconsejable cerciorarse bien de que nuestras afirmaciones bíblicas puedan ser demostradas de una forma clara y transparente. Para ello, es imprescindible fijarse muy bien en «lo que dice el texto» y también en «lo que no dice» (aunque los demás lo digan).

La indicación del apóstol Pablo a los confundidos corintios, contiene el reglamento de toda hermenéutica bíblica: «Para que en nosotros (la doctrina apostólica) aprendáis a no pensar más de lo que está escrito (anotación importante)» (1 Co. 4:6).

José Mª Recuero


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