El cristiano, una nueva creación de Dios

Los tiempos del fin

En el desarrollo de nuestra consideración sobre la condición espiritual del cristiano, no podemos pasar por alto la «perspectiva futura» de su nueva creación y posición en Cristo Jesús. En esto, la Escritura Sagrada recoge y plasma el anuncio serio del final de la Historia. Un final que vendrá con gran destrucción para la Humanidad; con el Juicio de Dios para los pecadores no arrepentidos, pero con la maravillosa y perfecta salvación para todos aquellos que han sido receptores de la gracia divina.

Dicho esto, nos concierne aquí el reservar muchos de los aspectos teológicos relacionados con los últimos tiempos, pues no es objeto de la presente reflexión. Éstos corresponden al estudio de lo que se denomina la Escatología bíblica. De todas formas, donde la Biblia guarda un silencio especial, o no es demasiado explícita, tampoco parece conveniente aventurarse a interpretar detalles de los eventos finales que han de suceder en la Historia.

No obstante, también es cierto que los acontecimientos históricos, sociales y políticos por los que estamos atravesando, parecen indicar, y así lo creemos muchos cristianos, que el regreso de Jesucristo para buscar a su Iglesia parece inminente. Por esta razón, lejos de conocer todos los datos de los pormenores futuros, el propósito se alcanza cuando logramos experimentar en el presente, aquí y ahora, la renovación de la esperanza cristiana, que al tiempo contempla por la fe un glorioso futuro en la eternidad.

Así, pues, para obtener una visión adecuada sobre el fin de los tiempos, es recomendable considerar algunos aspectos básicos que pertenecen a dicho tema, y que a continuación pasaremos a mencionar de forma resumida.

LA MUERTE

Resulta inevitable admitir que el final de la Historia, en cierto sentido, se halla en el final de nuestros días aquí en la tierra. Por ello tiene cierta lógica plantear algunas preguntas de orden primordial: ¿Es cierto que con la muerte se acaba todo? ¿Después de nuestra partida permanece el vacío y la nada, o realmente existe otra vida en el más allá? Pensar que la muerte es el fin de la subsistencia humana, es acabar con cualquier atisbo de esperanza, y contemplar la vida en el absurdo de una existencia que no posee sentido ni propósito alguno.

Es muy probable que algunos de los que estén leyendo este mensaje, tendrán que pasar por el umbral de la muerte física en un tiempo no muy lejano, sean creyentes o no... Si bien, como ya hemos visto en apartados anteriores, el destino que les aguarda dependerá, con todo, de su presente condición delante de Dios.

El concepto de muerte

Mucho y largo podría hablarse acerca de un asunto tan crucial como es la muerte. Solamente se pretende aquí resaltar este singular acontecimiento, que es visto cada vez con mayor naturalidad. Quizá por ello nos preocupa tan poco este dilema, pues estamos demasiado acostumbrados. Los medios de comunicación cada día se hacen eco de la muerte como un dato informativo, sin más valor que eso. Además, muchos prefieren evitar el tema por miedo a lo desconocido, y así escapar de toda responsabilidad vinculante. En cualquier caso, la mayoría de personas no les interesa hablar de la muerte, ni siquiera se plantean que hay más allá de la esfera terrenal. No son pocos los que están demasiado absorbidos por esta vida temporal, con sus grandes dificultades y no menos preocupaciones, para tener que añadir disquisiciones de tan lejano alcance... Aunque, paradójicamente, resulta sorprendente contemplar la manera como algunos gastan sus preciosos días en distracciones y frivolidades varias, pero curiosamente no encuentran tiempo para reparar en los importantes y trascendentales asuntos de la eternidad.

La realidad se presta muy cercana, porque llegará un día en que, irremediablemente, todos pasaremos por el trance de la muerte. «Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio» (He. 9:27). Queramos o no, habrá alguien en «el otro lado» a quien, en último término, vamos a tener que rendir cuentas. Con esta impresión de responsabilidad final, parece del todo sensato detenernos por un momento para reflexionar sobre nuestro paso por este mundo. Desde esta perspectiva, las aspiraciones ya no se presentan en el orden de los planteamientos religiosos o eclesiásticos, sino que poseen un carácter de vital importancia para todo mortal. Nuestra condición en la eternidad está en juego. Y por tan sencilla razón, se considera esencial descubrir el significado de la muerte, además de sus consecuencias.

Entonces, comprendamos aquí el significado del término muerte, ya que en ninguna forma apunta a la destrucción o aniquilación del alma, como exponen algunos movimientos aparentemente cristianos.

Sobre el tema, el significado bíblico de la muerte denota separación: sea ésta espiritual, física, o eterna. Así, todos nacemos muertos espiritualmente, porque nacemos separados de Dios. Todos moriremos físicamente, porque nuestra alma se separará del cuerpo. Y a no ser que pongamos remedio, también moriremos eternamente, puesto que nuestro destino es permanecer la eternidad separados de Dios, como ya hemos reiterado. Éstos son los tres estados de muerte que el hombre puede llegar a experimentar.

Por lo demás, sepamos que cuando un cristiano fallece, es conducido directamente al cielo, donde en completa paz habita junto con Cristo y otros seres queridos. Con esta seguridad el apóstol Pablo transmitía su especial anhelo a los hermanos en la fe, de la siguiente manera: «Teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor» (Fil. 1:23). Estar con Cristo es estar más cerca del buen Pastor celestial, experimentando su presencia en grado de satisfacción muy superior al que podamos hallar aquí en la tierra.

Visto en el otro sentido, el alma del incrédulo al morir es trasladada directamente a un lugar llamado «Hades» (Ap. 20:13), a la espera del Juicio final, para posteriormente seguir viviendo alejado de Dios, esto es, en el mismo estado de perdición en el que se hallaba antes de morir... No es éste el deseo del buen Padre Dios, porque Cristo vino a morir en nuestro lugar, para destruir así el imperio de la muerte (He. 2:14). Con la vida eterna que Cristo nos ofrece, conseguimos librarnos del temor y la incertidumbre que pueda suponer el pasar por el tránsito de la fría muerte. Recordemos aquí la declaración y posterior pregunta que el mismo Señor le hizo a Marta: «Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?» (Jn. 11:26). Para el cristiano la muerte es el comienzo de la eternidad, y aunque no deja de ser una travesía en cualquier caso desagradable, de hecho asume este paso con esperanza y serenidad interior. Observemos cómo Pablo contempló la cercanía de su muerte con un enfoque innegablemente positivo. Así declaraba: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» (Fil. 1:21).

Según lo expuesto, la muerte para todo creyente en Cristo es sólo el principio de la vida: la puerta que se abre hacia la eternidad. Y con este espíritu de triunfo, podemos unirnos a la exclamación del apóstol: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» (1 Co. 15:55).

Apreciado lector: ¿Está usted preparado para este gran acontecimiento?

Para el cristiano la muerte es el principio de la vida.

EL JUICIO FINAL

Si no fuera cierto que al fin de los tiempos llegará el ignorado Juicio de Dios 5., deberíamos terminar nuestro examen con la triste conclusión de que la vida en esta tierra es del todo injusta, y por ello no tiene mucho sentido vivirla. «Vanidad de vanidades, dijo el predicador» (Ec. 1:2). Consideremos por un instante a ciertos personajes de la Historia, que a pesar de las verdaderas atrocidades cometidas, finalmente quedaron impunes, o no lograron pagar con la medida justa de su injusticia. Y no son pocos los que hoy todavía viven tranquilos, pese a sus grandes o pequeñas maldades, y que según este pensamiento, pasarán de largo sin que haya un legislador que les juzgue con justicia y rectitud.

Por razones de redacción evitamos abordar aquí el Juicio Final en relación con los últimos eventos históricos y el castigo de Dios sobre la tierra. Nos referimos aquí al Tribunal de Dios donde cada persona será sometida a juicio, para valorar su paso por este mundo.

Pero, atendamos bien a la enseñanza bíblica, porque si es verdad que existe un Juicio final, donde los actos del ser humano serán juzgados, entonces inevitablemente cada uno deberá atribuirse la responsabilidad última de lo que haya hecho o dejado de hacer en su propia vida. La profecía apocalíptica no se retarda: «Y ví a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios... y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras» (Ap. 20:12).

Suponemos que la aceptación de un Juicio final es alentador para muchos. Por fin se hará justicia a la gran desdicha que la Historia ha vivido por siglos. A saber, si no hubiera una Autoridad suprema a quien en última instancia debamos rendir cuentas de nuestras decisiones y actuaciones, no seríamos en ningún modo responsables. Si fuera verdad que no existe un Juez justo y soberano, parece del todo razonable vivir en plena inconsciencia; porque, como dicen algunos: la vida se vive una sola vez. Así que, irónicamente hablando, la propuesta paulina es del todo justificada: «Comamos y bebamos, porque mañana moriremos» (1 Co. 15:32).

Ahora, apreciando que la Biblia es clara en esta enseñanza, aceptamos que el Juicio no se establecerá en ningún caso para presentar los méritos de nuestra salvación. La entrada en el reino de Dios se decide en este mundo, y no por derecho propio. Ya expusimos, con suficiente claridad bíblica, que la salvación se alcanza en el tiempo presente: «He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación» (2 Co. 6:2), y no depende de las obras realizadas, sino de la fe en Jesucristo. El juicio de Dios, en todo caso, determinará el grado de condenación de los perdidos, tras evaluar su manera de obrar y sus determinaciones. A fin de cuentas el impío no se saldrá con la suya.

Diferenciemos bien, porque el Juicio final, para el incrédulo, es la proyección eterna del estado espiritual en el que se encuentra ahora: lejos del Padre celestial. Ya hemos hablado del infierno en los apartados anteriores, así que solamente recordaremos que es un lugar donde Dios no estará presente; y sin la presencia de Dios, la paz y el amor, así como todas las buenas manifestaciones divinas, permanecerán eternamente ausentes.

Visto en el otro sentido, en cuanto al cristiano, el Juicio servirá para ofrecer a Dios el balance de su propia vida, teniendo presente el uso de los correspondientes dones otorgados. Y en cierto sentido también para determinar la categoría espiritual en la eternidad, y precisar el grado de felicidad que en definitiva colmará a todo creyente en Cristo. Por ello, el pecador salvado está seguro de que el juicio ya lo asumió Jesucristo; y Dios no es injusto, por lo que no puede juzgar dos veces. El juicio, en tal caso, consistirá en declarar ante el Tribunal de Cristo para dar buena cuenta de todo servicio a Dios (1 Co. 3:13). «De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí» (Ro. 14:12).

Concluyendo con lo dicho, el cristiano verdadero ha ingresado en el Reino celestial representado por el pueblo de Dios, y como consecuencia natural proseguirá en la eternidad gozando en el mismo Reino; aunque en perfección absoluta, claro está. En cambio, el incrédulo vive en el presente apartado de la presencia de Dios, y por lo tanto, cuando se apague la llama de su frágil vela, la tendencia natural será continuar con la propia condición espiritual en la que se hallaba antes de morir, esto es, excluido de la gloria de Dios y de su Reino eterno.

En lo que afecta a los cristianos, tengamos paz en todo momento, y no nos angustiemos al ver las grandes injusticias que algunos cometen en nuestro desdichado mundo, porque la Biblia asegura que «ellos darán cuenta al que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos» (1 P. 4:5).

El juicio de Cristo en la cruz, libra del juicio al cristiano.

LA ESPERANZA CRISTIANA

Todo cristiano verdadero está seguro en las manos de su Padre celestial, y así logra mirar al futuro, con grata expectación. Es cierto, si no fuera por lo que esperamos, de nada serviría nuestra perseverancia en la fe. Todo servicio a Dios y compromiso con el prójimo, carecería de valor alguno... Pero, el cristiano no pierde su esperanza firme y segura, a pesar de las circunstancias adversas por las que pueda atravesar. Muy al contrario, cobra ánimo en todo momento, manteniendo su confianza en el Dios que le ha salvado y que en definitiva tiene cuidado de sus hijos: «Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él (Dios) tiene cuidado de vosotros» (1 P. 5:7). De tal forma, la fe de nuestra alma se ve robustecida al confiar en las promesas de Dios. Asidos firmemente a ellas, logramos vivir en plena certidumbre la salvación futura, como también la presente, bajo el amparo del buen Pastor. Esta esperanza, a la vez, se ve reforzada cuando conseguimos reavivar, con vistas hacia el mundo venidero, la perspectiva de nuestra eternidad con Dios.

De igual manera, también nuestra esperanza se vigoriza cuando consideramos la hermosa residencia que poseemos en los cielos. Los verdaderos cristianos (pecadores arrepentidos) sabemos que tenemos una morada celestial que nos está esperando, pues Cristo fue a prepararla, para que una vez fuera de este cuerpo mortal, disfrutemos del paraíso: lugar de reposo y bienestar, donde plácidamente aguardaremos el día de nuestra gloriosa resurrección. «Voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Jn. 14:2), declaró el buen Pastor. Las consistentes palabras de nuestro Señor, nos recuerdan que ya existe un paraíso en el cielo de Dios, donde ahora cada creyente tiene un lugar especialmente preparado para él. No por casualidad, en la misma cruz, Cristo dijo al ladrón que estaba a su lado: «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc. 23:43).

Sepamos, además, que aparte de un bello hogar construido por manos divinas, también poseemos de Dios nuestro Padre una herencia incorruptible, que en su momento recibiremos, cada uno en particular, gracias a los méritos de Cristo (1 P. 1:4).

Al mismo tiempo, nuestra esperanza contempla la perfección futura de todo nuestro ser, incluido el cuerpo. En esto, la Biblia habla de la resurrección corporal de todos los creyentes... En aquel día, un cuerpo inmortal revestido de completa hermosura, se unirá al espíritu para formar el cuerpo celestial. «Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial» (1 Co. 15:49). Cuerpo y alma perfectamente unidos para gozar de una nueva creación junto a los redimidos de Dios.

Reflexionar acerca de la maravillosa vida que está por venir, sin duda logra impulsar la esperanza de todo cristiano para correr con ánimo la carrera que tiene por delante; pensando que nuestro servicio a Dios, por muy ingrato que parezca, no resulta en vano (1 Co. 15:58). Por ello, la mente del creyente debe recapacitar constantemente en las alentadoras promesas bíblicas, las cuales anuncian con toda firmeza la gloriosa venida de Jesucristo, y con ello la restauración final de todas las cosas. Así que, no debemos perder en ningún caso la ilusión, pues los cristianos no aspiramos a nada en este mundo. La riqueza material, la fama vanidosa, los reconocimientos humanos, o los placeres y deleites temporales, no prevalecerán en la eternidad. Nuestra satisfacción está en Dios, en el Todopoderoso, y «nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo» (Fil. 3:20).

La esperanza del cristiano mira hacia el futuro.


José Mª Recuero

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