La iglesia de Laodicea, un mensaje de actualidad

El materialismo y la iglesia

EL CONDICIONAMIENTO MATERIALISTA

«Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad»

Esta porción bíblica nos enfrenta con una temática tan interesante, como vigente y de notable actualidad: el llamado materialismo; entendiéndolo éste como uno de los desencadenantes del problema espiritual que existía en la iglesia de Laodicea.

El «yo», «me», «tengo», del texto bíblico leído, son expresiones que indican las motivaciones más esenciales de un cristiano tibio, puesto que su vida es básicamente ego-céntrica, que lejos está de ser cristo-céntrica.

Lo que el Señor hace es precisamente sacar a luz la equivocada convicción que mantenía esta particular iglesia, para poner de manifiesto su orgullo espiritual. Y lo más probable es que éste fuera generado, efectivamente, por una actitud materialista.

El materialismo es un tema de contenido básicamente ético, y aunque puede suscitar cierta controversia entre los creyentes, nos preguntamos ¿en qué medida el condicionamiento materialista de nuestra sociedad está influyendo negativamente en la vida de las iglesias?

Hablar de materialismo, desde un enfoque bíblico, absorbido por una sociedad eminentemente hedonista, es entrar en una importante confrontación, no sólo dialéctica, sino también moral y espiritual, entre el mensaje de la propia Escritura y la situación evidente de nuestro Cristianismo actual; sobre todo en los países desarrollados, donde la valoración excesiva de lo material ha calado de una forma considerable: «de ninguna cosa tengo necesidad».

Es verdad que existen diversas concepciones sobre el tema, y además está lleno de matices que muchas veces son difíciles de precisar. Hay distintas maneras de entenderlo y aplicarlo, desde las más descaradas, hasta las más sutiles y suavizadas por el mal, que pasadas por el molde del relativismo –tan generoso y cortés–, camuflan el materialismo de nuestra sociedad como algo tan normal y necesario, que es casi imposible desprenderse por completo de toda su influencia.

En realidad es un tema que se ha de tratar con máximo rigor, ya que esta horrenda mentalidad se ha introducido en la Iglesia, y es utilizada por el adversario, que tan cordialmente nos ayuda a presentarla de una forma compatible con la fe. Y así es como su efecto devastador consigue ensuciar el testimonio santo de la Iglesia, entorpeciendo la obra de Dios, e impidiendo la extensión del Reino de los cielos, el cual entendemos que trasciende a lo meramente material de este complicado mundo.


EL CONCEPTO Y LAS IMPLICACIONES

Concebir el materialismo desde su aspecto histórico-filosófico (aunque no dejaría de ser interesante), no nos ayudará tanto como si lo percibimos desde una perspectiva actual, desde una visión cotidiana: qué significa para el hombre de la calle, y sobre todo, qué implicaciones posee para el cristiano.

Primeramente hay que tener presente que «lo material» en sí mismo no es malo, pues forma parte de la creación de Dios. Pensar así sería admitir las posturas gnósticas de los primeros siglos del Cristianismo: la materia «mala», el espíritu «bueno», y practicar al tiempo un ascetismo mal entendido, no valorando lo bello de la propia creación de Dios y su beneficio para con el hombre. Y pudiera parecer que ya hemos superado esta forma de pensar, sin embargo, todavía se sigue extendiendo dicha orientación cristiana en algunos círculos llamados evangélicos.

Si bien no hay que adoptar una postura extrema, es completamente lícito disfrutar de las buenas cosas que Dios nos ha dado, pues como afirmó el apóstol Pablo: «El Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Ti. 6:17).

Una definición actual

El materialismo es una «mentalidad» (valga la expresión) que valora excesivamente los bienes materiales; de forma que muchas veces se suele escuchar: –¡Eres demasiado materialista! Es aferrarse a lo que da seguridad y bienestar, a partir de lo que este mundo ofrece. Es básicamente una actitud, una forma de entender las cosas que no tiene en cuenta la perspectiva eterna. Así, el materialismo se sitúa a la altura de Dios, acomodándose en el trono de esta corta vida terrenal, y declarándose el «soberano» de sí mismo: «Soy rico y me he enriquecido», declaraba la iglesia en Laodicea.

Meditando sobre este asunto, recuerdo que en cierta ocasión escuché decir en los medios de comunicación, de un famoso poeta español que murió en Octubre de 1999, la siguiente frase: –El conocido poeta... ha dejado de existir a causa de un fallo cardiaco. Bien, seguramente el periodista no alcanzaba a entender que el hombre es eterno (en el sentido futuro), y por lo tanto no deja de existir. Esta sencilla frase, no obstante, esconde la condición de una sociedad claramente materialista, que evade la realidad de una vida más allá de la muerte; y en caso de que la hubiera –pensarán algunos–, mejor es ignorar dicho tema, no sea que ese conocimiento nos exija desprendernos de la mentalidad materialista que tanto nos satisface.

Es indudable que nuestra cultura tiende hacia el materialismo, en detrimento de las cosas espirituales. Y si por el contrario, hay alguna búsqueda de «lo espiritual», muchas veces ésta pretende ser materializada de una forma lo más evidente posible; ya sea con el racionalismo, el humanismo, las tradiciones, o la espiritualización emocional que busca el placer de los sentidos.

El materialismo se ha convertido en una forma de vida; es lo que da sentido a nuestros sentidos. Ha creado la sociedad del «bienestar» –del estar bien–, de la comodidad, de la opulencia, de la búsqueda de un sinfín de métodos para ofrecer el máximo contentamiento al ser humano.

En lo que concierne a nuestro devenir cristiano, en muchas ocasiones nuestras vivencias no son controladas por la fe, ni entendidas desde el propio espíritu, sino sólo por los sentidos materiales: vista, tacto, oído, olfato y gusto. Cada uno de ellos representa una puerta que se abre hacia el materialismo.

En esto, la iglesia de Laodicea fue el vivo ejemplo de congregación materialista que había dejado fuera a Jesús, declarando en su aparente seguridad: «Me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad». De modo semejante nuestras iglesias, en la práctica, parecen no necesitar a Dios, y probablemente sea porque la sociedad materialista nos proporciona todo lo que precisamos (más bien lo que nos hace creer que necesitamos) para saciar nuestra sed... De esta manera tenemos todos los sucedáneos de Dios, que por otra parte son más fáciles de conseguir: el camino ancho siempre está disponible.

La profecía bíblica parece apuntar en el mismo sentido: «También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres... amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita» (2 Ti. 3:1,4,5).

Es necesario reconocer que nuestra sociedad, enmarcada en los países más desarrollados, nos provee de todo lo necesario –además de lo superfluo–, para disponer de una vida más placentera, desde una estancia más fácil y cómoda. Y aunque todo ello tenga su aspecto positivo, el engaño que se urde está muy bien escondido. Y así, poco a poco, y sin apenas darnos cuenta, perdemos la necesidad de Dios y de las cosas espirituales, puesto que vamos incorporando otros diosecillos que nos facilitan todo lo que precisamos para vivir de manera satisfactoria, inclusive los elementos religiosos materializados en las actividades eclesiales, llegando así a la misma convicción que tuvo la iglesia en Laodicea: «De ninguna cosa tengo necesidad».

Nuestro mundo, presidido por el «dios de este siglo» (2 Co. 4:4), genera una esclavizadora dependencia hacia los atractivos recursos que ofrece, induciéndonos a ser cada vez más independientes de Dios, de tal manera que podemos llegar a olvidarnos casi por completo de Él... Ya fue advertido por el Señor, que conoce bien nuestro corazón: «Luego que comas y te sacies, cuídate de no olvidarte de Jehová» (Dt. 6:11,12).

No parece absurdo pensar que si la nueva generación cristiana opta por el placer, y es indiferente al llamamiento de Cristo, seguramente es porque se cree rica y no siente necesidad alguna de Dios y de su Palabra. Y como resultado acepta, de modo natural, las nuevas tendencias de moralidad cristiana que la iglesia tibia le proporciona. Esta propuesta hedonista encuentra su lugar, de forma inadecuada, en la búsqueda de los placeres que hagan equilibrar la balanza de «lo incómodo» de nuestro paso por este mundo. Las restricciones sociales, los problemas familiares, el cansancio del trabajo, el sobre esfuerzo en los estudios, unido al malestar de nuestro corazón, son situaciones que hacen girar la balanza hacia un lado. Y para equilibrarla, pues, se busca huir de esta pesadumbre a toda costa, y así no añadir más sufrimiento a nuestro agitado ritmo de vida. Expresado con otras palabras, el filósofo inglés G.K. Chesterton, afirmaba: «La furia con que el mundo actual busca el placer, prueba de que carece de él».

Es de suma importancia que comprendamos todos los elementos que envuelven al materialismo: su alcance, su intensidad y, sobre todo, su influencia; no sólo en nuestra sociedad, sino también en la Iglesia. Siendo conscientes, asimismo, de cómo ha impactado y qué mentalidad se ha ido formando, y en consecuencia, poder identificar el problema, aplicando los procedimientos necesarios para poder luchar y combatirlo, desde una visión siempre bíblica y práctica.

Los cristianos de Laodicea tenían puesta su esperanza en los bienes terrenales, y ello les hacía ser ricos en sí mismos. Igualmente, ocurre que nunca hasta hoy la Iglesia ha gozado de los recursos más sofisticados, y de los medios económicos más en alza; pero, antes bien, la realidad es que somos cada vez más pobres.

Tal vez no nos demos cuenta, pero las aguas del materialismo nos arrastran hacia la sequía espiritual.

La actitud ante los bienes materiales

La frase bíblica es más que concluyente: «Raíz de todos los males es el amor al dinero (a lo material)» (1 Ti. 6:10).

Si analizamos la dinámica de muchas familias cristianas, podremos observar que no se repara en gastos a la hora de comprar, mantener el coche, adornar la casa, ir de vacaciones, pagar los estudios de nuestros hijos... Pero, cuando se trata de invertir en la obra del Señor, damos de lo que nos sobra. ¿No es esto señal de tibieza? ¡Menos mal que el Señor no dio de lo que le sobraba, sino que lo dio todo, se entregó completamente!

Algunos pueden argumentar que tener dinero no es malo, lo erróneo estaría en afanarse por él (el amor al dinero), lo cual es cierto. Pero, debemos preguntarnos, ¿podemos mantener una buena y suculenta cuenta bancaria, sin amarla? ¿Podemos gozar de abundantes bienes, al tiempo que manifestamos una evidente falta de generosidad? Tal actitud parece contradictoria con el modelo de Jesús. Igualmente el ejemplo de la viuda pobre, que dio todo lo que tenía, es más que clarificador (Mr. 12:42). Esta concepción materialista, por desgracia, está cada vez más arraigada en el trabajo, en la escuela, en la familia, en los medios de comunicación... Incluso en las relaciones interpersonales podemos apreciar una autosuficiencia cada vez más creciente, que nos ha llevado a practicar la tibia «indiferencia» hacia nuestros semejantes, haciendo así agresión a la recomendación ética de nuestro Señor: «Al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa» (Mt. 5:40).

En el aspecto mencionado, vemos que no iba muy desencaminado nuestro amigo P. Voltaire, con su atinada frase: «Cuando se trata de dinero, todos son de la misma religión». Queda bien probado que el materialismo constituye un gran muro construido con los ladrillos que aporta el egoísmo de nuestra sociedad. Y este sólido muro, desde luego, nos impide contemplar a Dios con los ojos de la fe.

Sin duda, son los pequeños o grandes dioses materialistas de nuestro mundo, que con sus variopintas formas y diversidad de ofrecimientos –casi inagotables–, sumergen a las personas en esa horrenda mentalidad que les separa cada vez más de Dios, les entretiene en la más absurda ingenuidad, y les hace olvidarse de su propia realidad como seres espirituales y eternos.

Pensemos en las palabras que el Señor pronunció por medio del profeta Oseas al pueblo de Israel, pues éstas bien se pueden aplicar hoy a buena parte de nuestra Iglesia contemporánea: «En sus pastos se saciaron, y repletos, se ensoberbeció su corazón; por esta causa se olvidaron de mí» (Os. 13:6).

José Mª Recuero

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