• Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente
La iglesia de Laodicea, un mensaje de actualidad

Una voz profética

«Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto: Yo conozco tus obras que ni eres frío o caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias».

                                                                                             (EL APOCALIPSIS 3:14-22)

LA IMPORTANCIA

Probablemente muchas personas albergan en su corazón la equivocada impresión de que El Apocalipsis representa el libro «del futuro», y por esta razón tiene muy poco que decirnos en el presente. Es cierto e innegable que éste contiene elementos que son para un futuro (no muy lejano). Sin embargo, las cosas que fueron escritas no son, esencialmente, para que sepamos los acontecimientos escatológicos que han de ocurrir, sino, más bien, para que vivamos aquí y ahora con el impulso de la esperanza a la que hemos sido llamados todos los cristianos. Y así debemos vivir el presente, siempre con un enfoque o perspectiva futura; vislumbrando, en todo tiempo, el cumplimiento final del Reino de los cielos. En este sentido, la recomendación bíblica es bastante precisa: «Poned la mira en las cosas de arriba» (Col. 3:2).

Igualmente, la inadecuada visión de futuro lejano, es mucho menos aplicable cuando consideramos las cartas de Juan a las siete iglesias; puesto que la situación que estaba viviendo la Iglesia de entonces era real, y no menos lo eran aquellos hechos históricos. Así reza el texto: «Escribe las cosas que han de ser (perspectiva futura), y las que son (situación presente)...» (Ap. 1:19).

Ciertamente no son pocos los cristianos que han visto en el propio pasaje el reflejo de la Iglesia del final de los tiempos. Entre otros motivos, por ser la última carta del apóstol Juan, en el orden en que se redactó; y también por su vislumbre profética, que expresa una notoria similitud con el panorama evangélico de nuestros días, al exponer una correlación bastante definida entre la situación eclesial de aquel momento y nuestro Cristianismo reinante.

También conviene subrayar que la dificultad en la interpretación del texto estriba, básicamente, en el estilo literario de la propia carta; pues el pasaje se encuentra situado en uno de los documentos más difíciles de interpretar: El Apocalipsis; siendo su lenguaje altamente simbólico. Y aunque admitamos que éste contiene elementos de tipo profético, ello no supone, en ningún caso, una sola aplicación para el momento final de la historia de la Humanidad, sino que además descubrimos enseñanzas de utilidad permanente: primero para aquella época en la que se escribió (algo tendría que decir a los lectores primarios), y en segundo lugar para la nuestra, con una clara extensión hacia la eternidad.

Indudablemente, el mensaje de parte del Señor a las siete iglesias posee un carácter de marcado significado para nuestros tiempos, y en especial el mensaje a la iglesia de Laodicea. Su perfil social y religioso, nos ofrece muestras suficientemente claras de su incuestionable actualidad, no sólo en lo que respecta a nuestras iglesias locales, sino también en lo que atañe a la vida personal de cada cristiano.

Por otra parte, el valor incalculable que adquiere este pasaje, radica en su autoridad, la cual es reforzada por sus múltiples autorías: Primero (1:4), por mantener el sello apostólico: el del apóstol Juan, amigo personal de Jesús. Segundo (3:22), por poseer toda la autoridad divina: el Espíritu Santo habla. Y tercero (3:2), por ser un mensaje directo del Señor Jesucristo: Cabeza y suprema Autoridad de la Iglesia. Es una carta dictada por Dios mismo, procedente del cielo para la Iglesia que está en la tierra. Por estos motivos, entre otros, su relevancia espiritual es indiscutible para nosotros hoy.

La importancia que se destaca en la clara exhortación del texto, parece sobresalir con fuerza de las páginas de este pasaje bíblico tan especial. Y así, al final de su lectura y consideración, tendremos que darnos cuenta de que el llamamiento a las iglesias sigue todavía presente, de que su mensaje es urgente, de que el pecado parece del todo evidente, y a la vez cada advertencia se mantiene invariable; sin descuidar, al mismo tiempo, que las fieles promesas de restauración, prometidas por Jesús, todavía permanecen inalterables por los siglos.

CARACTERÍSTICAS HISTÓRICAS DE LA IGLESIA EN LAODICEA

Destacando algunos datos históricos, cabe mencionar que la iglesia de Laodicea (1), en Frigia, era una de las siete iglesias del Asia menor; zona situada en la parte más occidental de la actual Turquía. No debemos confundirla con Laodicea de Siria, que se encontraba al sur de Antioquia de Pisidia (donde llamaron a los creyentes por primera vez «cristianos»), en la cual se hallaban algunas comunidades cristianas establecidas.

1. Laodicea era una ciudad, pero a efectos prácticos identificaremos el nombre con la iglesia. Así cambiaremos, a veces, iglesia en Laodicea por iglesia de Laodicea, o simplemente Laodicea.

Laodicea se situaba como capital en la zona de Frigia, y estaba asentada estratégicamente en medio de una red de caminos comerciales hacia otras ciudades, como por ejemplo Éfeso. El nombre de la ciudad fue dado por Antíoco II (S.III a.C.) en honor a su esposa Laodice. Laodicea significa «el juicio del pueblo»: Lao = pueblo y dike = juicio. Su anterior nombre era Dióspolis. Así el pueblo hizo honor a su nombre, y las implicaciones se verían reflejadas prontamente en el ámbito de la iglesia; pues el nombre de Laodicea lleva el sentido de «autogobierno». Según cuentan los registros históricos, hacia el año 60 d.C., la ciudad de Laodicea fue completamente destruida a causa de un terremoto. Posteriormente fueron los propios ciudadanos del pueblo los que, rehusando la ayuda del gobierno de Roma, reconstruyeron de nuevo la ciudad. Este precedente permite adentrarnos en el contexto histórico de la iglesia, y nos ofrece suficiente luz para comprender mejor el pasaje bíblico en el que está enmarcado.

No perdamos de vista la necesidad de identificar, a ser posible, el ambiente social, político y cultural, donde se sitúa el texto bíblico en cuestión; pues éste va a determinar los factores coyunturales que nos ayudarán a realizar una mejor interpretación de la porción bíblica.

Evidentemente el escenario de la ciudad donde esté situada la iglesia va a influir, decisivamente, en el funcionamiento de la misma iglesia. Con estos condicionantes, la comunidad en Laodicea estaba supeditada a la presión de su propia civilización, que se caracterizaba, principalmente, por la prosperidad económica y el bienestar social.

En lo que se refiere al contexto histórico, también el creyente forma parte de su propia cultura, y no puede evitar experimentar la vida cristiana influida por ésta. La afirmación del profesor y escritor Bernard Ramm, subraya la importancia de lo señalado: «Nosotros estamos siempre bajo presiones que nos hacen ver las Escrituras desde otro enfoque, y no con su verdadero significado... es difícil impedir que nuestra cultura entre en nuestra comprensión del significado de la Escritura... porque cada persona es la suma de sus experiencias» (Bernard Ramm, The Evangelical Heritage. Baker Books, 2000).


Laodicea era una ciudad cosmopolita, rica, próspera, de hermosos templos, enormes gimnasios, magníficos teatros, y demás atracciones que hacían de la ciudad un motivo de orgullo para sus habitantes. Ésta se hallaba como el centro de negociación bancaria con varias ciudades del Imperio. Asimismo, la reconocida escuela de medicina le confería alto prestigio a aquella población. Allí se fabricaba el famoso polvo frigio, utilizado como tratamiento oftalmológico, el cual era muy solicitado por los viajeros cuyos ojos se irritaban al cruzar las arenas del desierto. Y cerca de ella, en Hierápolis, existían unas fuentes termales que ofrecían una buena oportunidad para practicar el llamado «relax». En la ciudad de Laodicea también se fabricaban tejidos con una lana especial, que era muy apreciada por los comerciantes, y que procedía de los carneros criados en aquellos parajes.

En cuanto a las referencias que se hallan en el Nuevo Testamento sobre esta iglesia, parecen ser escasas, y las pocas que hay las encontramos en la carta que el apóstol Pablo escribió a la comunidad en Colosas: «Porque quiero que sepáis cuán lucha sostengo por vosotros, y por los que están en Laodicea... Os saluda Epafras... De él doy testimonio que tiene gran solicitud por vosotros y por los que están en Laodicea, y los que están en Hierápolis... Saludad a los hermanos que están en Laodicea... Cuando esta carta haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la iglesia de los laodicenses, y que la de Laodicea la leáis también vosotros» (Colosenses 2:1; 4:12,13,15,16). Por los datos que podemos recoger, debemos pensar que ésta era una iglesia establecida hacía muchos años, y que gozaba de suficiente formación doctrinal; por lo menos desde la fecha en que se escribió la epístola a los Colosenses (62 d.C.). Al parecer, Epafras (natural de Colosas, ciudad muy cercana a Laodicea) realizó una labor en esta congregación, y tal vez fuera el fundador de la iglesia.

Cuenta el historiador Flavio Josefo, que Laodicea albergaba numerosos judíos, y seguramente muchos de ellos se convirtieron al Cristianismo (Flavio Josefo, Antigüedades, L.14,20. 1986, T.III p. 37).

Por lo demás, el propio apóstol Pablo tuvo gran carga por esta comunidad, y seguramente mantuvo un contacto asiduo a través de sus cartas. Ahora bien, desde los escritos de Pablo transcurrieron varios años hasta la redacción del libro de El Apocalipsis. Y algo sucedió para que, cerca del año 100, el Señor tuviera que amonestar directamente a esta congregación de manera seria, y a modo de ultimátum.

Deberíamos, entonces, preguntarnos: ¿Qué ocurrió en el devenir histórico de la iglesia de Laodicea, en su funcionamiento eclesial, y en su desarrollo interno, para que Jesucristo en persona les tuviera que reprender seriamente por medio del apóstol Juan?


EL ÁMBITO DEL LIDERAZGO

«Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea»

En el análisis del texto nos enfrentamos con el primer problema exegético. El mensaje de Juan –desterrado en la isla de Patmos–, que escribe de parte del Señor Jesucristo, va dirigido primeramente al «ángel de la iglesia», y por medio de él para la misma iglesia.

En primer lugar recordemos que cada vez que surge en la Escritura una palabra de difícil comprensión, no nos corresponde aplicar una exégesis literalista (tal y como se lee), sino que, entre otras normas, debemos tener en cuenta su etimología (la raíz de la palabra) y análisis gramatical, y después, según el contexto, poder considerar las varias opciones que nos indique el texto, para realizar así una interpretación lo más ajustada posible al pasaje en cuestión.

El término «ángel», en el idioma en el que fue escrito (en griego) significa «mensajero», y ello puede sugerir varias posibilidades:

1. Podría simbolizar a la propia iglesia en sí, pues el término «ángel» tiene un sentido figurado, esto es, una forma de hablar que en tal caso puede expresar la personificación de la iglesia. Puesto que la iglesia es un cuerpo, una unidad, el autor emplea una metáfora para identificar ángel con iglesia.
2. También podría aplicarse al presidente del culto, secretario, o responsable de leer y comunicar los mensajes a la congregación (el mensajero).
3. Igualmente los ángeles son los guardianes y protectores, con lo cual, el término podría llevar el sentido de cuerpo gobernante de la iglesia, quien debe guardar, proteger, y asimismo transmitir el mensaje divino a la comunidad.
4. Otra opción bastante aceptada, que guarda relación con la anterior, identifica el ángel con el representante de la iglesia, o llamado pastor; que bien podría ser el máximo líder de los ancianos, encargado éste de anunciar los comunicados.

Según lo expuesto, podemos admitir que, por el contenido que se desprende de las siete cartas, e incorporando las referencias que nos ofrece la Historia, el «ángel» podría haber sido una persona con responsabilidad en la iglesia –el pastor–, el cual se encargó de transmitir a la comunidad el mensaje de Juan ofrecido por parte del Señor. Entre otros datos, cabe destacar que cuando Ignacio de Antioquía escribe (principios del siglo II) a Policarpo –discípulo del apóstol Juan–, éste ya ejercía la función de «obispo» en la congregación de Esmirna (J. B. Lightfoot, Los Padres apostólicos. CLIE, 1990, 203).

Según los escritos patrísticos, él fue el máximo dirigente de aquella comunidad, es decir, quien ocupaba la responsabilidad pastoral. Esta información nos conduce a pensar, por asociación histórica, que además lógica, en la posibilidad de que también hubiera en la iglesia de Laodicea (en la fecha de redacción de El Apocalipsis –finales del siglo I–) un representante: obispo, pastor o anciano responsable, siendo el mensaje principalmente para él, y asumiendo, a la vez, el encargo de anunciarlo a los demás.

Implicaciones del líder en una iglesia tibia

La expresión «y escribe al ángel», según la interpretación aquí expuesta, ya nos sugiere abordar el tema «pastoral» como una de las causas desencadenantes del fracaso que la iglesia experimentaba en aquel momento histórico; considerando que si la congregación padece de tibieza espiritual, el pastor o cuerpo gobernante es el máximo responsable y, en consecuencia, el primero que debe tomar cartas en el asunto.

Desgraciadamente el problema en el liderazgo no era nada nuevo, pues ya se reflejaba en el antiguo pueblo de Israel: «Ovejas perdidas fueron mi pueblo; sus pastores las hicieron errar» (Jer. 50:6). Es fácilmente comprensible este panorama, puesto que la imagen que hoy ofrece la iglesia, en buena parte, es la imagen de sus propios líderes. Si éstos no caminan bien, el resultado consecuente será que la congregación –por efecto dominó– seguirá por el mismo camino.

Es sabido que los hermanos reconocidos en la iglesia son los que deben estar más alertas en cuanto a su responsabilidad eclesial; pues normalmente el líder es, sin duda, el blanco preferido por nuestro enemigo el Diablo, el que sufre más tentaciones, y por consiguiente, el más vulnerable a padecer la tibieza. No se debe ignorar, por tanto, las maquinaciones de Satanás, ya que sus dardos más nocivos son lanzados, sin piedad, hacia los máximos responsables de la comunidad.

Reparemos bien en esta cuestión. El pastor, anciano u obispo, debe ser consciente del estado espiritual de la comunidad que preside, y el primero en responder al mensaje de la Palabra, para que de esta forma, y no de otra, pueda comunicarlo a la congregación con mayor propiedad. Desde luego que la intención no es cargar todo el peso de la culpa sobre las espaldas de los dirigentes, cuando la Escritura advierte que «cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí», según Romanos 14:12. No podemos pensar que si el cuerpo gobernante no funciona, los demás miembros tienen justificante sobrado para desviarse del camino. Esto, en cualquier caso, es auto-engañarse y añadir insensatez a nuestro compromiso cristiano.
Dicho esto, no obstante es cierto que los líderes poseen gran responsabilidad delante de Dios acerca de las congregaciones que presiden; pues aquel que verdaderamente ha sido puesto por Dios, recibe una especial dotación pastoral de parte del Espíritu Santo, que así habrá de aplicarla en la iglesia como conviene.

Debemos recordar que al igual que en el antiguo pueblo escogido, la iglesia local también hoy comienza a fracasar primordialmente por causa de los pastores incompetentes que descuidan al rebaño. Es por este motivo por el cual Dios reprendió a los líderes de Israel: por su egoísmo y despreocupación hacia las ovejas, muchas de ellas desatendidas, desorientadas o enfermas... «¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos!... Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí, yo estoy contra los pastores; y demandaré mis ovejas de su mano» (Ez. 34:2,10).

El problema

La historia eclesiástica está marcada por el proceder de sus líderes, y pudiera ser, en el caso que estamos tratando, que el pastor de la iglesia en Laodicea comenzara a distanciarse del modelo bíblico. Podemos elucubrar al respecto, pero seguramente el poder asumido en el liderazgo, la jerarquía eclesiástica, o la autoridad mal entendida, empezaban a hacerse hueco en la comunidad de hermanos (el problema comienza a entreverse en los escritos de los llamados Padres Apostólicos). En esto, la recomendación bíblica es bien precisa: «Que reconozcáis (reconocimiento necesario) a los que trabajan (evidente servicio) entre (no por encima ni por debajo) vosotros» (1 Ts. 5:12). Luego, el líder habrá de tener la suficiente humildad como para, desde el reconocimiento necesario, no situarse por encima, sino sirviendo «entre»...

Con todo, la jerarquía eclesiástica, a partir del primer siglo, tuvo posteriores consecuencias nefastas. La Iglesia Antigua quiso guardar la unidad doctrinal (cosa en sí positiva), pero lamentablemente se olvidó de su Guardador; como cita el texto: «Olvidaron al Dios de su salvación» (Sal. 106:21).

Al igual que en la época de Jesús, también ocurre en nuestros días, cuando son demasiados los pastores que se aferran a una «tradición» formada a través de los años en la iglesia, la cual a veces se sitúa –en la práctica– sobre la autoridad de la Biblia, invalidando de esta forma su sagrado mensaje. Y así es como algunos, asidos tercamente a su posición eclesial, no se dan cuenta de que la «empresa» no es suya, de que no pueden monopolizarla a su arbitrio, creyendo que la obra de Dios es facultad exclusiva del propio hombre. Entendamos con buen criterio que la iglesia no es una entidad pastor-céntrica, sino cristo-céntrica.

Efectivamente, es en el ámbito del liderazgo donde se producen los desarreglos que afectarán más tarde a toda la congregación. Porque, precisamente, son los pastores tibios los que originan cristianos tibios. De tal forma parece encaminarse el consejo del texto bíblico: «Mirad por vosotros (primeramente), y por todo el rebaño (sin excepción)» (Hch. 20:28).

Causa cierta perplejidad saber que cada vez surgen más y más líderes en el mundo evangélico, pero a la vez también hay más falsificación; y lo grave es que buena parte de las iglesias no se da cuenta de ello. Entre tanto, las comunidades desorientadas sufren el pésimo servicio de pastores fraudulentos. Y si alguien se pregunta por la causa de este fraude, la analogía bíblica una vez más nos ofrece la respuesta: «Falsamente profetizan los profetas en mi nombre; no los envié, ni les mandé, ni les hablé» (Jer. 14:14). Es verdad, se hallan pastores que nunca fueron puestos por el Señor. Y la falsedad en el liderazgo se hace notar, cuando hoy apenas se percibe el «corazón de pastor» en los propios dirigentes; en todo caso contemplamos las «vestiduras».

Desde esta realidad nos unimos al pesar del profeta Zacarías: «El pueblo vaga como ovejas (descarriadas), y sufre porque no tiene pastor» (Zac. 10:2). Es realmente preocupante observar que para muchos líderes, en la práctica, Jesús es un simple símbolo, una asignatura para estudiar, un personaje evangélico de referencia, o un mito del pasado. Y quizá sea trágico tener que decir la verdad, pero éstos han cambiado la relación personal con Jesús por: su cargo en el despacho, las reuniones administrativas, los pasatiempos informáticos, el apego al teléfono móvil, y la apretada agenda con sus compañeros de ministerio.

A decir verdad, buena parte del pueblo cristiano está cansado de pastores falsos, que con suave lengua seducen el alma de las ovejas, pero en la práctica viven indiferentes ante sus necesidades reales. Éstos prestan más atención al entretenimiento dominical, que a las carencias espirituales de sus miembros; son administradores técnicos, pero no pastores. Tanto es así, que algunos se preocupan más por el santuario, que por su santidad; por el bienestar socio-eclesial, que por la vida espiritual. Probablemente aprecien más su ministerio pastoral que al mismo Jesús, y muestra de ello es la evidente carencia de amor que manifiestan hacia las personas que pastorean. Este cuadro descriptivo no debe sorprendernos, pues ya nos fue profetizado: «Se amontonarán (no son pocos) maestros conforme a sus propias concupiscencias (deseos egoístas)» (2 Ti. 4:3).

Quizá no tenemos claro cuáles son las prioridades en la obra del Señor, y en consecuencia hemos llegado a este grave estado de insensibilidad. Y es que algunos líderes se han olvidado de lo verdaderamente primordial: la adoración a Dios, la enseñanza bíblica, la conversión de un alma, la restauración de un hermano caído, el discipulado de un recién convertido, el confort espiritual de la comunidad, la disciplina en casos de pecado abierto... entre otras cuestiones de primer orden, que con el tiempo van perdiendo la importancia que poseen para la vida cristiana.

Ahora bien, es tal la decadencia que puede experimentar un líder, que a veces la «tibieza» le conduce a cerrar por entero su corazón a Dios, y así centrar su vida solamente en el cargo pastoral, o en la responsabilidad eclesial que ejerce, dejando de cumplir su función como mensajero del Señor. Tal como cita el texto de El Apocalipsis: Creen ser ricos, pero ante Dios «son pobres»; están convencidos de que ven, pero sin embargo «son ciegos»...

No debemos engañarnos, el problema existe hoy como existió entonces, y si hablamos de restauración y avivamiento espiritual en la iglesia, es necesario comenzar por las bases, y en primer lugar examinar nuestros valores pastorales: dónde hemos caído, y en qué situación nos hallamos hoy... Y después, se hace preciso revisar los principios bíblicos y espirituales de la comunidad: en qué lugar se encuentra la congregación, y qué debemos hacer, tanto para su crecimiento en la fe, como para su renovación espiritual.

Y así, muchos pastores, predicadores, o líderes reconocidos, son los ángeles que el Señor ha puesto en la iglesia, encargados de recibir y de comunicar, a su vez, el mensaje divino.

Teniendo en cuenta todo lo dicho, no es ilógico pensar que la carta del Señor haya sido dirigida principalmente al líder, o líderes, de aquella particular congregación que se hallaba Laodicea.

LA PRESENTACIÓN DE JESUCRISTO

Una visión acertada del Señor de la Iglesia

«He aquí»

Es inevitable obtener una concepción clara y consistente de la Persona y la obra de Jesús; pero también es preciso poseer un discernimiento claro acerca de su «presencia real» en la comunidad, así como en la vida personal de cada creyente.

Si examinamos algunos círculos llamados evangélicos, sobre todo en aquellos más institucionalizados (y también en nuestra practica eclesial), podremos detectar que se ha ido adquiriendo una visión de la Persona y obra de Jesús bastante parcial y lejana; tal vez haciendo demasiado énfasis sobre el aspecto histórico Cristo, pero a la vez descuidando la imagen de su actual manifestación divina.

En contraste con este pensamiento, la Biblia afirma que Jesús es Dios eterno e infinito, está en medio de su Iglesia, habita en el corazón del creyente, y debido a su omnisciencia conoce perfectamente el estado espiritual de su pueblo. Por ello, el control que Jesucristo mantiene sobre su Iglesia es absoluto y además permanente.

Definitivamente, Jesucristo es Dios, y no sólo está a la «diestra del Padre» (He. 1:13), sino que es «uno con Él» (Jn. 10:30). ¿Alguien puede entenderlo? Seguramente que no... pero la verdad bíblica es una, y la comunión que la iglesia debe tener es «con el Padre, y con su Hijo Jesucristo» (1 Jn. 1:3).

Así parece darlo a conocer el propio pasaje de El Apocalipsis. Jesús, en calidad de hombre, había muerto y resucitado unos 70 años antes de que el apóstol Juan tuviera la revelación. Y de tal forma, observamos que quien se aparece a Juan es el mismo Jesús, aunque en este caso expresando su divinidad, la cual trasciende el tiempo y el espacio de nuestra esfera terrenal. Y la idea que el texto intenta transmitir, es que Jesucristo está presente en su Iglesia; aunque, si bien, toda su atribución divina escapa a nuestra limitada comprensión humana.

El Señor Jesús prometió su presencia en la comunidad, por lo tanto no debemos ponerlo nosotros en duda: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18:20).

Bien, después de tanto tiempo, y posteriormente a su muerte, resurrección y glorificación, Jesús parece hallarse estrechamente vinculado a las comunidades cristianas, obrando activamente entre los creyentes; y lo hace como espectador y como agente activo, pues las constantes alusiones registradas en el libro de El Apocalipsis, apuntan no sólo hacia su divina presencia, sino también hacia su poderosa intervención en la iglesia local.

La presentación de su Persona y obra

Desde una sencilla lectura del texto bíblico, podemos recibir la sensación de que el Señor tiene que presentarse a la iglesia y así darse a conocer, porque al parecer ya era un perfecto desconocido para la misma iglesia. Por esta causa fue necesario que mostrara sus credenciales divinas, pues ciertamente sólo éstas podrían otorgar autoridad a sus palabras.

Tal como sucedió en la iglesia de Laodicea, prevemos hoy que, en la práctica, también Jesucristo sea el gran desconocido en buena parte de nuestro Cristianismo contemporáneo. Si realizáramos un análisis serio en algunas de nuestras congregaciones, sobre el conocimiento que existe acerca de la Persona y la perfecta obra de Jesús, enmarcado éste en su ejemplo y enseñanzas bíblicas, observaríamos una carencia de lo más evidente. No es de extrañar, pues, que actualmente muchas iglesias vayan tomando el relevo de la iglesia en Laodicea.

La veracidad de Dios

«El Amén»

Al parecer, el vocablo «amén» procede originalmente del idioma hebreo. La traducción que hace un reconocido autor cristiano, es la siguiente: «En su significado original esa palabra tenía la idea de criar, alimentar, cuidar, construir, edificar» (Ray Summers, Digno es el Cordero. CBP, 1977,168).

Siguiendo la pauta del concepto original, hallamos que aunque el término exprese la veracidad de las palabras de Jesús, no obstante entendemos que esta verdad no permanece estática, sino que es la verdad viva que produce fruto. Aceptar la verdad es tan sencillo como aceptar a Jesucristo, y en consecuencia recibir su acción benéfica en nuestras vidas. Él es la única Verdad capaz de iluminar nuestra mente, alimentar nuestro espíritu y confortar nuestro corazón. Por ello alcanzamos a distinguir que Jesús no es una verdad conceptual, sino como cita Isaías: «El Dios de la verdad» (Is. 65:16).

Unido a este pensamiento inicial, también podemos añadir el amén litúrgico que expresamos al terminar las oraciones. Contemplado desde nuestra práctica eclesial, el amén se configura como una expresión que indica la condición del que tiene la última palabra: lo definitivo, lo creíble. Podemos incluir el siguiente ejemplo: Cuando un hermano ora públicamente en la iglesia, y termina su oración, los demás dicen amén, y la oración finaliza; se han pronunciado las últimas palabras y ya está todo dicho, por lo que la congregación ofrece su aprobación con el amén (así sea). De conformidad con este sencillo ejemplo, podemos garantizar que Jesús es el que posee la última palabra, y en el caso de Laodicea, va a ofrecer en su mensaje la conclusión final de lo que ocurría en aquella iglesia.

Igualmente los creyentes pueden calificar o descalificar, decir amén a lo que acontece, o abstenerse de decirlo; pero el que tiene la última palabra es Jesús, porque Él mismo es el Amén, puesto que su fiel mensaje se fundamenta en Aquel que dijera un día: «Yo soy la Verdad» (Jn. 14:6). Por esta razón, todo lo que Él diga resulta certero y a la vez determinante, y no se puede de ningún modo discutir.

El amén, por lo visto, nunca representará la conclusión de lo que la comunidad cristiana dictamine, sino la palabra final de Cristo. Cualquier doctrina o conducta es válida y verdadera, en tanto está sujeta a la Verdad del Señor de la iglesia.

La presencia permanente de Cristo

«El testigo fiel y verdadero»

El Señor Jesús va a dar testimonio del amén, esto es, el mensaje definitivo, cuyo contenido a la vez encierra la verdad de unos hechos que se sucedían en la iglesia de Laodicea, y que fueron analizados y también diagnosticados por el gran Médico divino.

A saber, si Jesucristo es testigo de la iglesia, es porque su atributo es la omnisciencia; y si su mensaje es verdadero, es porque Él representa la Verdad absoluta. Y, en esto, podemos pensar que si se digna a revelar la triste situación de su pueblo, no es precisamente porque éste lo merezca, sino porque la fidelidad de su Persona se manifiesta a través de su infinito amor.

Una vez más observamos la demostración patente de que Dios es fiel a su pacto, a su carácter benigno, a su Palabra, y a sus promesas. En contraposición con la falsedad e infidelidad de la propia iglesia, nuestro Señor es Fiel y Verdadero.

Cristo tiene la última palabra, por eso la Escritura dice que «sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso» (Ro. 3:4). Y es que por muy verdadera que sea la verdad del hombre, en comparación con la verdad de Dios es como si fuese mentira (verdad imperfecta y relativa); porque la verdad de Dios es absoluta, y así se mantiene firme y permanente.

Lo admirable de todo esto es que, por encima de la situación lamentable en la que se hallaba aquella congregación, Jesús permaneció fiel a sus principios. Él es amor, y por ello sigue amando profundamente a su iglesia, a pesar de la indiferencia que ésta pueda mostrar hacia su mensaje. Y en este caso, no tuvo por menos, en su misericordia, que avisarles del inminente peligro en el que se encontraban los laodicenses. Nuestro amado Señor hace todo lo posible para que su Iglesia funcione adecuadamente en este mundo, porque siendo su Cuerpo, no desea otra cosa que su bienestar espiritual. Ahora, indudablemente a la iglesia le concierne responder al llamamiento divino, de lo contrario habrá de sufrir las consecuencias.

Una enseñanza firme que podemos extraer, es que el creyente no puede mantenerse ignorante, porque de alguna forma la Palabra de Jesús alcanzará su corazón, advirtiéndole de las graves consecuencias si descuida el mensaje que ofrece la Persona de Cristo.

Prestemos especial atención a la exhortación de Jesús, pues de lo contrario, «¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande?» (He. 2:3).

Jesucristo el Creador

«El principio de la creación de Dios»

En cuanto a la divinidad de Jesucristo, seguramente el presente texto bíblico pueda ofrecer cierta confusión. Pero, en ningún caso significa que Él haya sido creado, aunque algunas sectas pretendan afirmar lo contrario (como pensaban los «arrianos» en la antigüedad). No obstante, en el examen de los vocablos conseguimos descubrir el significado original. Si analizamos el término traducido por «principio», en griego «arkhé», observaremos claramente que éste posee dos acepciones principales:

1ª LA CAUSA: Jesús es el origen de todo lo creado, porque Él participó directamente en la Creación (es el Creador). El Universo como efecto tiene una causa, y es Jesucristo, debido precisamente a que él lo creó. Y lo que se pretende resaltar aquí, no es otra cosa que el atributo divino de la omnipotencia; ratificando así lo comentado: que Jesús es hombre, cierto, pero no olvidemos que siempre fue Dios, y como tal interviene hoy en su pueblo.
2ª EL PRÍNCIPE O JEFE: Jesús es el Príncipe, el Jefe; por lo cual, si alguien manda en la iglesia, o posee autoridad alguna, no es el obispo, pastor o anciano, sino Él. Jesucristo es la única Autoridad de la Iglesia, y no existe nadie por encima de su señorío. Por ser Dios, justamente, reclama su legítima autoridad divina.

Así cita el texto sagrado: «Él es la imagen del Dios invisible» (Col. 1:15). Esta definición nos lleva a pensar que a Jesús se le identifica como el Creador: atributo sublime. Por lo tanto, parece sensato aceptar su autoridad en cuanto al mensaje que a continuación va a transmitir a la Iglesia; pues debemos reconocer quien mejor conoce el corazón de sus criaturas, evidentemente es el Creador. Y pensamos con lógica, porque si Jesús no fuera el Creador, no tendría derecho a juzgar la intención del corazón de ningún individuo: «Porque Jehová (solamente Él) escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos» (1 Cr. 28:9).

En conclusión, el Señor Jesús va a presentar, con todo el derecho, la condición de la iglesia, las causas de su fracaso, los síntomas de su enfermedad, el peligro de su actitud, la solución que se debe tomar, y las consecuencias que acarrea la desobediencia a su Palabra.

Un mensaje de urgencia

«Dice esto»

Los creyentes debemos tomar ejemplo de nuestro Señor, y si Él no cerró su boca (dice esto) ante el pecado evidente de su pueblo, ni hizo la vista gorda, como tampoco usó de indiferencia, ¿cómo podemos, entonces, callar nosotros ante el desdibujado paisaje eclesial que tenemos por delante?

El mensaje del Señor Jesús descubre la situación de una iglesia que estaba experimentando un grave declive espiritual. Y si tomamos ejemplo del Maestro, también al cristiano le corresponde presentar lo que Dios dice en su Palabra, comparando al mismo tiempo la situación real de nuestras comunidades con el mensaje de Cristo; pese a las consiguientes reacciones adversas de los miembros. Aunque todo ello hecho siempre con amor y comprensión («os aconsejo», dirá Jesús más adelante).

Además, resulta en vano predicar lo que la congregación quiere oír, para así quedar bien con todos. Si como predicadores buscamos agradar al Dios que nos ha confiado su Palabra, no deberíamos hacer tal cosa. En cambio, haremos bien en presentar la verdad bíblica con sentido de honor y abnegación; sin temor al «qué dirán». Es verdad, cada vez se hace más indispensable una voz profética que sea oída en la «iglesia de Laodicea» de nuestros tiempos.

 

José Mª Recuero

© Copyright 2008
Estrictamente prohibida su reproducción para la venta.

 

                                                                                    

Ministerio cristiano Portavoces de Vida