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Llamados a Evangelizar

La necesidad de la evangelización

LA EVANGELIZACIÓN

La comunicación es uno de los elementos más importantes que conforman las reglas éticas y funcionales de nuestra sociedad. Si tomamos ejemplo de nuestro entorno social, político y cultural, podremos observar que sin la comunicación sería prácticamente imposible la convivencia entre los seres humanos.

De esta manera, los políticos comunican sus programas para mejorar el país; los médicos realizan simposios para informar sobre los últimos descubrimientos en medicina; los ingenieros divulgan sus avances tecnológicos con el fin de mejorar nuestra calidad de vida; las grandes empresas exponen sus anuncios publicitarios, dando a conocer la gama de productos creados para nuestro supuesto bienestar. Y así podríamos elaborar un amplio catálogo de personas o sectores de nuestra sociedad, donde cada uno, en particular, realiza su propia proclamación.

Nuestro mundo actual se comunica enérgicamente; la información que nos ofrece es constante y cada vez más eficiente. A saber, estamos cada día más y mejor informados, pues los esfuerzos que realiza nuestra sociedad no cristiana para que recibamos su mensaje de una manera clara y efectiva, son de primer orden. A este respecto es preciso preguntarnos: Y los cristianos, ¿tenemos algo que anunciar a nuestra sociedad?

Las Escrituras nos muestran que, el creyente auténtico –que lo es por la fe en Jesucristo– es hecho partícipe, delante de Dios, de una nueva creación, condición y posición, frente a aquellas personas que le rodean, y que no conocen la gracia divina. Las diferencias existentes entre el cristiano y el incrédulo, que se derivan de la Salvación, poseen una trascendencia de eternidad, y son de tanta relevancia que no se pueden eludir, como si de algo insignificante se tratase. En este sentido mencionado, existe un sin fin de bendiciones que hemos recibido por gracia. El creyente –nacido de nuevo– ha sido liberado de la condenación; sus pecados han sido perdonados; ha obtenido la Salvación de forma gratuita; ha recibido el regalo de la vida eterna; ha sido hecho templo del Espíritu Santo de Dios; ha sido incorporado a la única Iglesia universal de Jesucristo; ha recibido la promesa de vivir perpetuamente en las moradas eternas, y un largo etcétera. Así, la Biblia nos ofrece una interminable lista de beneficios espirituales que hemos obtenido ya –de forma inmerecida–, como los primeros frutos, para que vayamos degustando aquí, en este mundo, todo lo que hemos de recibir –de forma abundante– en la eternidad, cuando Cristo regrese con poder y gloria para recoger a su amada Iglesia. Ante toda esta verdad (creída y experimentada por fe en la Palabra de Dios) no podemos obviar la siguiente pregunta: ¿El cristiano tiene algo que decir, algo que anunciar?

Pero, dicho todo esto, no resulta extraño admitir que con el transcurrir de los años y la rutina diaria de la propia vida, muchos cristianos vayan perdiendo la conciencia del verdadero significado de su condición en Cristo: «...nos bendijo (Dios) con toda bendición espiritual» (Ef. 1:3). Y, seguramente, sea esta falta de conciencia lo que también provoque la falta de espíritu evangelístico en nuestras vidas.

ANUNCIANDO EL MENSAJE AL MUNDO

Los apóstoles y primeros cristianos, siendo impactados por la Persona de Jesucristo, impregnados por su mensaje, aprehendidos de su ejemplo, y revestidos de sus enseñanzas... sí tuvieron algo que decir al mundo de aquella época: «Iban por todas partes anunciando el evangelio» (Hch. 8:4). El mensaje de Cristo, en las primeras etapas de la iglesia primitiva, fue creído y vivido como una experiencia de fe auténtica; y, como resultado lógico, anunciado a los demás.

El mismo apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, desarrolla una reflexión lógica dirigida a todos los creyentes: «Porque todo el que invocare el nombre del Señor Jesucristo, será salvo. ¿Cómo invocarán a aquel en el cual no han creído?  ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído?  ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» (Ro. 10:13,14). Según el texto bíblico, la evangelización conlleva tres grandes vías, las cuales dirigen a la salvación de la persona que recibe el mensaje: El «escuchar», el «creer», y el «invocar» al Señor Jesús… No obstante, para que se origine este proceso, es necesario que alguien, como hemos leído, les presente el mensaje. «Hablar» es una de las acciones que utilizamos para comunicarnos; por lo que, si los cristianos permanecemos en silencio, entonces: ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? Por tal motivo, principalmente, resaltamos la gran necesidad que hay de proclamar al mundo quién es Jesucristo y cuál es su obra; quiénes somos los cristianos y qué es lo que creemos. Es preciso, al tiempo, denunciar –con amor– el pecado de los hombres, anunciar –con valor– el arrepentimiento, y presentar –con justicia– la salvación a los perdidos. Se hace necesario, además, avisar del destino final que le aguarda a la Humanidad que vive separada de Dios; y, sin más dilaciones, comunicarles las buenas noticias de salvación. Seguidamente, habremos de presentar un proyecto de vida que dé sentido y orientación al ser humano, conforme a los principios del Reino establecido por Jesús.

Si por el contrario a lo dicho, no nos interesa, en manera alguna, ganar almas para Cristo, tal vez sea ésta una señal de que hemos perdido el sentido central de nuestra vocación cristiana. Bien dijo San Clemente: «El Señor, hermanos, no tiene necesidad de nada. Él no desea nada de hombre alguno, sino que se confiese su Nombre» (J. B. Lightfoot, Los Padres apostólicos. CLIE, 1990, 100). «Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él (Cristo), sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan (declaran, dan testimonio) su nombre» (He. 13:15).

El mismo apóstol Pablo expone su formulación más razonable: «Conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé» (2ª Co. 4:13). Aquí hallamos la causa y el efecto, dado que el hombre que conoce de verdad a Jesucristo, que ha creído en su Palabra, y ha sido favorecido con la Redención, no podrá quedar inalterable a tal experiencia, sino que en buena medida obtendrá el deseo natural y espontáneo de comunicar el mensaje a otras personas.

«Vosotros sois mis testigos, dice el Señor» (Is. 43:10). A tenor del texto bíblico leído, todo cristiano se puede considerar un mártir en la medida que da testimonio del amor de Dios. El mismo término mártir es definido por Orígenes en su sentido etimológico (ya que con el tiempo ha ido adquiriendo una connotación distinta): «Todo el que da testimonio de la verdad, ya sea de palabra, ya de obra, ya de cualquier otra manera se ponga de parte de ella, puede con razón ser llamado mártir. Mas a decir verdad, nuestro Salvador “mártires” llama a todo el que da testimonio de las cosas por él anunciadas» (Ruiz Bueno, Actas de los Mártires. BAC, 1996, 41).

Aquellos que hemos sido beneficiarios de la gracia especial de Dios, en ningún modo podemos dejar de comunicar a los que nos rodean, que tenemos algo importante que ofrecer, y que está al alcance de todos, esto es: la Biblia (la voz de Dios). Y a través de ella (de su mensaje) anunciar que existe una Verdad absoluta: Dios; que hay un solo y único camino: Cristo; y que hay una sola obra redentora: su muerte por nuestros pecados.

Así fue, Jesucristo, a través de su humanidad, ganó nuestra salvación por medio de su obra en la Cruz. Y, si bien esto es cierto, no debemos olvidar además que Él es Dios eterno, y como tal su llamada a la salvación permanece inalterable por los siglos: «Venid a mí» (Mt. 11:28). Por esta causa las «buenas nuevas» no pasan de moda, y éstas siguen vigentes para el hombre en cualquier época y lugar donde se encuentre.

Luego, el cristiano, por su nueva condición en Cristo, se convierte en un portavoz de esas buenas noticias, y por ello recibe el encargo de:

1º- experimentarlas en su propia vida, y 2º- comunicarlas a los demás. «Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!» (Ro. 10:15).


Un mundo condenado

La realidad es que nuestro mundo sin Cristo se dirige hacia la condenación eterna; cada día miles y miles de almas se pierden por la eternidad. Pensemos, porque el cristiano no puede callar ante panorama tan desolador, y mucho menos cuando sabe que existe un cielo que abre sus puertas de forma gratuita –por medio de Cristo– a todas y cada una de las personas de este mundo.

No hacemos bien si escondemos, con nuestro silencio, la grave afección que padece la humanidad por causa del PECADO. Si el médico no diagnosticara la enfermedad del paciente, me temo que éste, desconociendo el diagnóstico, no pondría remedio a tal enfermedad. Por ello, es preciso entender que la predicación primeramente tiene como objeto mostrar la «caída» en la que está inmerso el pecador, el mal que hay en su corazón; pues si la persona no es consciente de su pecado, de su mal obrar, de su alejamiento de Dios, ¿cómo va a convertirse? En primer lugar habrá que mostrarle su «herida», y en la medida que se aperciba y sienta el dolor, entonces estará preparado para recibir la medicina.

Igualmente, no se puede invitar a Jesús como el Salvador, si primero no se vivencia –de alguna manera– la perdición. Tampoco se puede aceptar a Jesús como Señor, si primero no se experimenta –de alguna forma– la esclavitud del pecado, deseando la liberación de éste. El sentir del salmista refleja claramente la misma idea: «Por tanto, confesaré mi maldad, y me contristaré por mis pecados» (Sal. 38:18). Por consiguiente, la predicación de las «buenas noticias» generalmente ha de ir precedida de «las malas noticias». Así reza el texto bíblico: «Tus profetas vieron para ti vanidad y locura; y no descubrieron tu pecado (no denunciaron el pecado) para impedir tu cautiverio» (Lm. 2:14).

Ahora bien, afinando nuestra mirada, nos damos cuenta de que son abundantes las conversiones que se realizan muy a la ligera. Esto es debido a que se limita el mensaje del Evangelio a una sola frase: «Aceptar a Jesús como el Salvador personal»; y aunque esta propuesta evangélica es aceptable, sólo lo es en parte… La exposición del Evangelio en muchas ocasiones ha sido seccionada, presentándose de una manera tan fácil y superficial, que así logra desvirtuar el verdadero mensaje predicado por Jesucristo. Desde este enfoque, la exposición de las buenas nuevas se parece más a una promoción publicitaria, que a una predicación reverente del mensaje bíblico. No es por tanto extraño, que muchas de las aparentes conversiones sean como mera espuma; como el burbujeo de las pompas de jabón, las cuales se desvanecen al momento.

Conviene recordar que la exposición evangelística ha de ser integral, y en primer lugar habrá de mostrar la miseria en la que nuestra Humanidad se halla cautiva; el pecado por el cual el hombre agoniza; el error que desvía a las personas del verdadero camino trazado por Dios. El mismo Señor ya ha hecho el diagnóstico: muerte espiritual, según Romanos 6:23. Ahora, si el hombre ignora su dolencia, ¿cómo, pues, pondrá remedio a ésta? Si nadie le muestra su propia perdición, ¿cómo podrá, en consecuencia, recibir la salvación? Reflexionemos, porque si observáramos cómo una persona se está ahogando en el río, seguramente no seguiríamos indiferentes nuestro camino sin hacer nada para ayudarle, dado que en nuestro caso alguien tuvo la valentía de socorrernos cuando nos hallábamos en la misma situación. ¡Bien! Para que las personas se suban al «barco de la Salvación», alguien les tendrá que avisar que se están ahogando, ofreciéndoles una mano, seguidamente. Pero, si los propios habitantes del barco no son lo suficientemente valientes como para hacerlo, ¿quién, entonces, lo va a hacer?

En cierta ocasión escuché el testimonio de un anciano que vivía solo, al cual le preguntaron –¿Tiene usted miedo a la muerte? A lo que él respondió: –Cuando pienso en la muerte lo paso realmente mal, pero lo que hago es salir de casa e intentar distraerme... Pese a lo que algunos puedan creer, éste no es un ejemplo aislado, pues todas las personas, en algún momento de su vida, piensan en el «más allá». En cambio, al día de hoy son pocos los creyentes que, en el «más acá», informan a las gentes de que Cristo vino, precisamente, para librarnos del temor a la muerte, según Hebreos 2:15; y para que, por medio del mensaje bíblico esperanzador, el hombre alcance a responder las grandes preguntas existenciales, las cuales todavía siguen inherentes en su corazón: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos?

Tomando conciencia de lo aquí planteado, pensamos en lo triste que es la condición del incrédulo: camina solitario hacia la eternidad, ignorando cuál es su destino, como en una especie de sueño, del cual no puede despertar por sí mismo.

Entonces, si consideramos con detenimiento el preciado «tesoro» que poseemos los cristianos, esto es, el Evangelio de Jesús, y el gran bienestar que aporta al corazón humano cuando se recibe y cree en él, tal vez podamos exclamar como el apóstol Pablo: «¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!» (1ª Co. 9:16).

Por otra parte, quizá la conciencia de Dios y de su poder salvador se haya perdido, pero a la vez también la conciencia de que existe un eficaz adversario, que es enemigo de nuestras almas: Satanás, el cual permanece alrededor nuestro, influyendo con su poder para que no testifiquemos de Cristo. Como dice el viejo adagio: «El diablo sabe más por viejo que por diablo». Así es, él conoce muy bien nuestras debilidades, y sabe cómo paralizar toda actividad evangelizadora. No debemos, por tanto, ignorar su poderosa influencia en nuestro entorno, pues libramos una gran batalla, no contra los hombres, solamente, sino contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes, según Efesios 6:12.

Al influjo de las huestes espirituales de maldad, se une el impulso de nuestra propia naturaleza pecadora, en un único esfuerzo por conseguir reducir la obra de Dios. De ahí que se produzca el silencio, la falta de ánimos, los temores internos... El diablo conoce perfectamente nuestra humana debilidad, y ha aprendido bien cuáles son las estrategias más eficaces para hacernos enmudecer. Por ello hacemos bien en mantenernos alerta ante su permanente actividad, pues ésta opera en contra del mensaje de Cristo.

Si nuestra predicación es para salvación, sin duda es porque el mundo está condenado, y Satanás lo sabe. Y si a través de la Historia se ha silenciado o distorsionado el mensaje claro de la Escritura, pensemos, porque quizá sea hora de volver a repasar los libros sagrados. Si se ha perdido de vista la necesidad de la evangelización, se hará preciso entonces acudir a las páginas de los santos evangelios, y empaparnos no sólo de las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo, sin además de su ejemplo evangelizador.

Tal vez sea ésta la ocasión de echar una mirada retrospectiva en el tiempo, y observar el fervor cristiano de los primeros discípulos, e imitar su devoción, su plenitud espiritual, su ardor guerrero, y su celo por predicar el mensaje de las buenas nuevas. Así fue en la iglesia naciente del primer siglo, según cuentan los registros eclesiásticos: «Indudablemente, por una fuerza y una asistencia de arriba, la doctrina salvadora, como rayo de sol, iluminó de golpe a toda la tierra habitada. Al punto, conforme a las divinas Escrituras, la voz de sus evangelistas inspirados y de sus apóstoles resonó en toda la tierra, y sus palabras en el confín del mundo. Efectivamente, por todas las ciudades y aldeas, como en era rebosante, se constituían en masa iglesias formadas por muchedumbres innumerables» (Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica. BAC, 1997. II, 3,1-2).

«Y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y (también fue y es necesario) que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones» (Lc. 24:47). El mensaje de salvación es de carácter urgente, y no hay tiempo que perder; para muchas personas es cuestión de vida o muerte. «No estamos haciendo bien: Hoy es día de buenas noticias, y nosotros callamos» (2º R. 7:9). La llamada evangelista resulta inevitable: un mundo condenado necesita la Salvación. Y, definitivamente, no hacemos bien si permanecemos sentados en el «cómodo sillón» de nuestra vida, viendo ensimismados el transcurrir absurdo de la existencia humana.

¡Cuántos corazones entenebrecidos por el pecado vagan por este mundo, anhelando la luz de Cristo! Muchos aguardan el despertar en sus caminos de oscuridad y desorientación humana, esperando que alguien les ofrezca el iluminador mensaje de la Salvación. «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?» (Is. 6:8), dijo el Señor al profeta Isaías. Como él mismo respondió, también cada uno de nosotros podemos responder hoy: «¡Heme aquí, envíame a mí!» (Is. 6:8). En esta responsabilidad, probablemente algún cristiano pueda pensar: –Isaías era un profeta, un misionero, y yo no poseo tan grande vocación... Ciertamente que el Señor escoge a algunos creyentes para grandes labores, y entre ellas la evangelización. Pero, con toda seguridad, el Señor prefiere numerosos cristianos que lleven adelante misiones pequeñas, que importantes pero escasos misioneros con ocupaciones muy grandes.

Notemos bien la enseñanza bíblica, porque todos nosotros, sin distinción, somos misioneros, y nuestra labor es buscar al hombre perdido que vive sin Dios y sin esperanza: «Más vosotros (todos los cristianos) sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para (propósito) que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1ª P. 2:9). Como podemos apreciar en el texto, uno de los cometidos importantes (expresado con el término para), es el de ANUNCIAR. Este compromiso es a la vez privilegio y responsabilidad de aquellos que han recibido el regalo de la Salvación, y por ende la vida eterna.

En una entrevista realizada por televisión, le preguntaron a un conocido actor de cine:  –¿Cree usted en Dios? –Creo que hay algo (respondió el actor), porque tengo miedo de no creer en nada... Palabras sinceras son éstas, las de una estrella del cine, que pese a tenerlo todo (en apariencia), le faltaba lo más importante: tener a Dios en su vida... No cabe duda de que si pudiéramos indagar en el corazón del actor, seguramente no encontraríamos otra cosa que frustración, vacío y desolación.

Sin lugar a dudas, el evangelio de la Salvación debe ser expuesto a toda criatura, no importa su condición social, edad, profesión o religión que profese; el mensaje de la Escritura para el hombre pecador es claro y sencillo: «Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo (Jesucristo). El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida» (1ª Jn. 5:11,12).

Por lo demás, según las predicciones bíblicas, el mensaje será rechazado por la mayoría de personas que lo escuchen. Pese a todo, en ningún caso debemos impacientarnos. Nuestra obligación es cumplir con el encargo, pues el resultado está en manos del Señor. Sepamos que aquellos que no quieran enfrentarse en esta vida con la realidad de un Dios justo que castiga el pecado, pero que también ha provisto de perdón, sus mismos pecados seguirán con ellos en la eternidad atormentando sus conciencias, por el penoso recuerdo de no haber querido ser redimido a través del Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo: Jesucristo.

En lo que afecta a nuestra vida cristiana, recojamos la advertencia por parte del Señor, el cual afirmó: «Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano» (Ez. 3:18). Dicha esta verdad bíblica, entendemos que los creyentes no somos responsables, en ningún caso, de la condenación de los incrédulos. Pero, la pregunta es: ¿Somos de alguna forma responsables de trasmitirles el mensaje de la salvación? ¿En qué manera estamos colaborando para que este mensaje sea proclamado?

UN LLAMAMIENTO PARA TODOS

Es verdad, no todos los cristianos estamos llamados al ministerio de la evangelización (en el sentido específico). Sin embargo, todos estamos llamados –ya desde la conversión– a dar testimonio de nuestra fe... Si bien, para eludir dicho llamamiento, son muchos los que hoy día muestran objeciones: –No estoy preparado; soy recién convertido; mi vida no es muy espiritual; tengo muchas caídas; estoy desanimado; no me siento capaz de hacerlo; tengo mucho trabajo; mi propia timidez me lo impide... y otras excusas varias para no llevar a cabo la labor encomendada. Ante toda esta serie de pretextos, cabe preguntarse: ¿Qué preparación teológica poseía el endemoniado de Gadara? Y cuenta la Escritura que inmediatamente después de la liberación realizada por Jesús, fue predicando por toda la región de Decápolis (Mr. 5:20). ¿Qué capacidad, además, tenía el pobre ciego, o qué amplios conocimientos acerca de Jesús? Sin embargo, después de recibir la vista, dio un testimonio sumamente claro y sencillo delante de las autoridades religiosas, diciendo: «Una cosa sé (no sabía mucho), que habiendo yo sido ciego, ahora veo» (Jn. 9:25). ¿Qué credibilidad podría tener la mujer samaritana, ya que era conocida por su evidente inmoralidad? Con todo, después de su diálogo con el Señor, se fue a la ciudad y anunció en voz alta: «Venid y  ved... ¿no será éste el Cristo?» (Jn. 4:29). Parece que no existe causa, motivo o excusa, para justificar nuestro silencio e impedir dar testimonio de la Persona y obra de Cristo a este mundo perdido. Igualmente, la encomienda de Jesús al endemoniado de Gadara no fue muy complicada: «Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti» (Mr. 5:19).

Razones diversas eran ofrecidas al mismo Señor, pero su llamamiento seguía siendo firme: «Y le dijo Jesús: Sígueme (el mandamiento del Señor). Él le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre (asunto de importancia). Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú vé, y anuncia el reino de Dios (el cometido del discípulo es anunciar –la predicación–)» (Lc. 9:59,60). Dos principios bíblicos extraemos de este texto.

1º- Seguir a Jesús es anunciar el Reino de Dios; por consiguiente, si no existe un espíritu evangelístico en nuestras vidas, ¿por qué entonces nos llamamos cristianos?

2º- En la obra del Señor hacia este mundo no existe nada más digno que anunciar el reino de Dios (se sitúa incluso por encima de los lazos familiares).

Atendiendo a las dificultades que pueda representar dar testimonio de nuestra fe, posiblemente alguien pueda concluir: –¡Yo no tengo por qué soportar experiencias negativas, o sufrir situaciones incómodas que desconozco, que me crean inseguridad y me producen malestar! Éstas son, no obstante, afirmaciones que hay que respetar, por supuesto. Pero, si razonamos así, seguramente nunca haremos nada. Hemos de pensar que el Señor no sólo tuvo que sufrir la incomodidad de llevar nuestros pecados en la Cruz, sino que también nos soporta día a día, consiente nuestras torpezas, tolera nuestras negligencias personales, y por si fuera poco, además, sufre nuestra ingratitud… Paralelamente, la respuesta que nosotros podamos dar, debe ser comparativa al gran amor que Dios nos tiene, y ese mismo amor es el que debemos procurar transmitir a los demás.

Con frecuencia ocurre que los inconvenientes y obstáculos que encontramos en nuestro caminar diario, nos impiden dar el paso decisivo para colaborar con la evangelización de nuestro mundo perdido. Por ejemplo, el tener que marchar en contra de la corriente de nuestra sociedad; el soportar el menosprecio de los demás; el enfrentarse con la crítica o el rechazo del mundo; sin mencionar las tribulaciones y persecuciones que padecen los cristianos en países donde no hay libertad de expresión. Tales situaciones pueden generan conflictos internos. En muchas ocasiones, al cristiano le da vergüenza compartir su fe, y frente a esta incomodidad, es muy probable que algunos prefieran tomar la opción cómoda de no pagar el precio. Ahora bien, si decidimos no pagar el precio, el aviso de parte del Señor Jesús es el siguiente: «El  que  se  avergonzare  de mí  y  de  mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria» (Lc. 9:26). La salvación no se pierde, según la enseñanza bíblica, pero sí se pueden perder los galardones que se otorgarán en la eternidad, y que recibirán aquellos cristianos que se han mantenido fieles a su Señor.

Aclaremos la idea, porque si pensamos que es malo y pecaminoso mantener estos sentimientos (de vergüenza, culpa, incompetencia o incomodidad) a la hora de compartir nuestra fe, estamos arrastrando una idea equivocada; pues tales emociones son humanas y totalmente lícitas. El error se produce cuando ingenuamente pensamos que somos culpables si albergamos dichos sentimientos. Antes bien, a pesar de las impresiones de animadversión lógicas que podamos experimentar (el Señor nos comprende), debemos proseguir con la obra encomendada. «Si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello» (1ª P. 4:16). La clave del éxito, en el problema de las emociones negativas que podamos tener, consiste siempre en asumirlas y sobrellevarlas con gozo, ya que el Señor nos ayudará cuando demos el paso decisivo: «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad» (Ro. 8:26).

De sentimientos sabía, y no poco, el predicador y escritor del siglo XVII Juan Bunyan, cuando en su lucha interna y lleno de susceptibilidad, declaraba: «Es mucho mejor traer condenación sobre uno mismo por predicar claramente a otros, que el escaparse, encerrando la verdad en la injusticia» (Juan Bunyan, Gracia abundante. CLIE, 1983,100).

Si no nos atrevemos a dar testimonio de la Verdad a este mundo, y «no se puede esconder una luz debajo de un recipiente» (Mt. 5:15), seguramente es porque no somos conscientes del precio que tuvo que pagar Jesús por nosotros; del regalo que Dios nos ha dado; de nuestra privilegiada posición como cristianos, como también de la gloriosa eternidad que nos espera. Si la predicación conlleva sufrimiento, no debemos asombrarnos por ello, ya lo profetizó el Señor Jesús: «En el mundo tendréis aflicción» (Jn. 16:33). Incluso el mismo apóstol Pablo advirtió: «Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él» (Fil. 1:29).

Todo cristiano, aun dentro de su incapacidad personal, se halla suficientemente dotado por Dios para cumplir con dicha responsabilidad mencionada; no por sus propias fuerzas, sino por el «poder de Dios que actúa en él» (Ef. 3:20). Éste es motivo suficiente para permanecer sensibles al Espíritu de Dios, y aprovechar así cada momento que se presente como oportunidad para dar testimonio de nuestra fe.

Como ya venimos recalcando, los resultados de la evangelización dependen esencialmente de la actuación de Dios; pero, aun así, el hombre está llamado a tomar la decisión, emprender la labor, y llevarla a cabo: «Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor... sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios» (2ª Ti. 1:8).

En cierta ocasión, reveló el Señor Jesús al apóstol Pablo: «No temas, sino habla, y no calles (el llamamiento del Señor); porque yo estoy contigo (su  presencia garantizada); y ninguno pondrá la mano para hacerte mal (su intervención y protección divina); porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad (la eficacia y los resultados pertenecen al Señor)» (Hch. 18:9,10). El principio bíblico que se extrae del texto es aplicable a todos los cristianos. Por lo tanto, no querer obedecer al llamamiento dado por Dios, es desobedecerle; pero, por otro lado, el querer hacer una labor por cuenta propia, es ignorarle.

En definitiva, debemos adquirir la valentía suficiente para afrontar los inconvenientes que conlleva dar testimonio de nuestra salvación, y de tal manera confiar plenamente en el poder de nuestro Señor.

Aun con todo lo dicho, debemos entender que la soberanía de Dios no se halla supeditada a la propia decisión humana, sino que Él lleva su programa por encima de la labor que el cristiano pueda hacer o no hacer. Si el Señor tuviera que depender de nuestro obrar, sin duda que estaríamos perdidos. Y aunque esto es del todo cierto, encontramos que el Creador, en su generosa misericordia, se complace en ofrecer una «cooperación» con el hombre. Así es como se muestra de forma patente a través de toda la Escritura, en la relación que Él ha mantenido con su pueblo, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

Finalizamos este apartado con una frase concluyente, indicando que: la predicación es el mensaje del Dios Santo, en colaboración con el hombre pecador.

 

José Mª Recuero

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