• Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente
La voluntad de Dios

El significado de la voluntad de Dios

¿Qué significa la voluntad de Dios? Seguramente no hay persona en la Tierra capaz de responder con exactitud a tan importante pregunta. La mente humana es muy limitada en relación con la mente de Dios, que es eterna e infinita; razón suficiente para no alcanzar a comprender los propósitos celestiales en toda su magnitud.

Podemos hablar de la voluntad de Dios decretada, soberana, permisiva, universal, histórica, nacional, grupal, individual, y demás variantes. Por ello, aceptamos que su estudio contempla muchas y variadas perspectivas. Entendemos que la voluntad de Dios es predestinada, pero a la vez tiene presente la libertad moral. Es perfecta, pero incluye la imperfección del pecado. Es incondicional, pero también establece condiciones. Es inmutable, pero no pasa por alto las diversas decisiones humanas.

La voluntad de Dios es sencilla y además profunda. Es del Cielo, pero se revela en la Tierra. Es infinita, aunque controla hasta el más mínimo detalle. De procedencia eterna, sin embargo se manifiesta inalterable en esta vida temporal. Es claramente espiritual, pero no carece de practicidad. Es invisible, y al tiempo se hace visible en los acontecimientos. Es incomprensible, y en cierta medida se hace razonable y comprensible. Se contempla sobrenatural, y se presenta natural; se considera extraordinaria, pero también se manifiesta ordinaria.

Aun con toda su complejidad, la voluntad del Omnipotente tiene que ver esencialmente con la planificación y puesta en marcha de sus inmutables proyectos establecidos en la eternidad. Como también afirma el teólogo holandés, L. Berkhof: «Dios hace que todo trabaje en la naturaleza y que se mueva en la dirección de su predeterminado fin» (2). Definitivamente, Dios es el Creador y el Director de la obra, el «que hace todas las cosas según el designio de su voluntad» (Ef. 1:11). El Diccionario de Teología, de E. F. Harrison, destaca dos aspectos de la voluntad de Dios: «La voluntad decretada determina cualquier cosa que haya de suceder, mientras que su voluntad preceptiva declara cómo debería vivir el hombre» (3). Visto en este último sentido práctico, los planes preceptivos de Dios se convierten para nosotros hoy en mandamientos, enseñanzas, promesas, advertencias, instrucciones, es decir, todo ello la aplicación de los deseos celestiales, en el «aquí» y el «ahora»: lo que Dios quiere y lo que pide del hombre. ¿Qué pide Dios de usted, qué pide de mí? Vivir conforme a la voluntad del Creador no significa otra cosa que poner por obra sus sabios consejos, y llevar a término en esta vida sus determinadas instrucciones; todo ello el cumplimiento de las condiciones establecidas por Dios en su Palabra.

Con esta orientación planteada, la Biblia afirma que al hombre natural le es imposible cumplir con los designios divinos, pues no percibe «las cosas que son del Espíritu de Dios» (1 Co. 2:14). Antes bien, sólo es posible hacerlo bajo el amparo de la gracia divina, y unidos espiritualmente a Cristo. «Separados de mí nada podéis hacer» (Jn. 15:5), declaró nuestro buen Señor. Así, los planes eternos de Dios se aplican en el creyente únicamente a través de la obra, la Persona, y el poder de Jesucristo. «Conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor» (Ef. 3:1).

Aceptada la presente explicación, seguimos ahondando sobre el significado de la voluntad de Dios. Y para integrar bien en nuestra mente la enseñanza, hay dos aspectos importantes que habremos de considerar por separado. Estos dos aspectos son los siguientes:

El PRIMER ASPECTO: LA VOLUNTAD GENERAL DE DIOS

La voluntad general de Dios para la Humanidad se contempla:

En el orden natural

Antes de la fundación del mundo, nuestro Hacedor ha planificado y así desempeñado su soberana voluntad. Y, siguiendo con la Creación no ha dejado Dios de realizar su buena voluntad. De forma preordenada –e incluida su voluntad permisiva–, ayer como hoy sigue moviendo los hilos de la historia de la Humanidad, para que a la final se cumplan sus planes eternos. Con tal objetivo utiliza el orden natural de las cosas que Él ha creado, bien sean físicas, emocionales o espirituales. Sin duda el Eterno sigue aplicando sus disposiciones celestiales en el ser humano, y su gracia todavía se manifiesta para todos en forma general: «Que hace llover sobre justos e injustos» (Mt. 5:45).

En el orden de la salvación

«Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Ti. 2:4). «Ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan» (Hch. 17:30). Destáquense las palabras «quiere» y «manda», ya que expresan la voluntad implícita de Dios. Su mayor propósito, para el ser humano, es llevar a cabo la tarea de la reconciliación con Él; reconciliación que se efectúa a través de la Cruz de Cristo, donde todo pecador puede ser perdonado, salvado y restaurado. Éste es el mensaje del Evangelio, el glorioso plan de la Salvación que toda persona ha de conocer y recibir. Y así es como el Dios Redentor cumple con su voluntad en el orden de la salvación.

En el orden de la vida cristiana

Es verdad que de Dios recibimos la ayuda y dirección que necesitamos todos los creyentes en Cristo. Pero, antes bien, su buena intervención en nuestra vida tendrá como objeto final el recuperar la imagen caída del hombre, o lo que es lo mismo, conformar al cristiano a la semejanza de su Señor. Este es el propósito que el Padre celestial quiere alcanzar a cumplir en todo hijo suyo. Ser como Jesucristo –en calidad humana–, es el deseo de Dios para cualquier creyente en cualquier lugar del mundo. Así pues, todos los acontecimientos, búsqueda de respuestas, decisiones, y demás propósitos, deben estar encauzados con tan gloriosa finalidad. «También los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Ro. 8:29).

No fue otra la preocupación del apóstol Pablo para con la iglesia: «Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gá. 4:19). Es menester centrar nuestro pensamiento en este gran objetivo, porque los planes eternos de Dios se aplicarán en el creyente bajo esta determinada condición: transformar al creyente conforme al modelo de Jesucristo.

Por tanto, hemos de preguntarnos si todo lo que gira alrededor nuestro: proyectos, circunstancias, situaciones, personas; así como las motivaciones internas: anhelos, deseos, etc. están cooperando para la formación del carácter de Cristo en nosotros...

El SEGUNDO ASPECTO: LA VOLUNTAD ESPECIAL DE DIOS

El destino del creyente y del incrédulo

«Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz» (Jn. 12:36). Con dependencia de la luz espiritual recibida, bien podemos pensar que cada individuo toma su decisión eterna: salvación o condenación. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él» (Jn. 3:36). «El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero» (Jn. 12:48). «Rechazar» la Palabra de Cristo, o «rehusar» creer en Él, implica en cualquier caso una decisión personal. De manera que, en función de la decisión interior tomada (con mayor o menor luz conferida por el Espíritu), le corresponderá entonces a cada persona vivir su periodo de vida en la Historia, que es preparado de antemano por Dios, para en el caso de ser incrédulo determinar su grado de condenación (mayor o menor), o de ser creyente su grado de bendición eterna (mayor o menor). Con esta resuelta impresión de futuro, comprendemos que la vida terrenal constituye la «prueba determinante» (en el lugar y momento de la Historia) dispuesta por Dios para cada individuo. Los resultados de dicha prueba configurarán en buena medida el estado final de todo hombre o mujer en la eternidad... Ciertamente el fallecimiento de los neonatos es un gran misterio, e incluso los niños que no poseen capacidad de discernimiento sobre el bien y el mal. Ante dicha incógnita nos aferramos con fuerza a las palabras de nuestro buen Señor: «Dejad a los niños venid a mí… porque de los tales es el reino de los cielos» (Mr. 10:14). Es verdad, no hay respuestas absolutas para los misterios de Dios. Pese a todo, hacemos bien en intentar responder con lógica bíblica a las preguntas que nos plantea el destino de la Humanidad en general, y del creyente en particular.

«¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria» (Ro. 9:22,23). Si bien el texto leído reflejaba el problema del pueblo de Israel (como nación), que comprendía creyentes e incrédulos, no obstante extraemos un principio bíblico suficientemente preciso: «él (Dios) preparó de antemano». Reflexionemos aquí, porque Dios prepara los escenarios donde reunió entonces, y reúne hoy, a los creyentes e incrédulos, en la proporción que estima oportuno. Por ejemplo, los países donde hoy el cristianismo es grandemente perseguido, generalmente están destinados para todos aquellos vasos preparados para destrucción (incluyendo en tal caso la presencia de creyentes como evidencia testimonial). Así ocurre también con las religiones, culturas, pueblos, y algunas épocas de la Historia donde hubo ausencia de testimonio bíblico (pueblos idólatras de la Antigüedad, época medieval de oscurantismo bíblico, etc.). Me pregunto personalmente: Qué hubiera ocurrido si «por casualidad» hubiera nacido en el pueblo de mi tatarabuelo, situado en la España profunda del siglo XVIII, sin testimonio evangélico alguno, que yo sepa. Seguramente mi vida cristiana se hubiera reducido a dar testimonio de mi fe, y acto seguido la muerte segura a manos de la Inquisición. ¡Gloria a Dios! si así tenía que ser… Pero, sin embargo, pienso que casos de cristianos solitarios han sido excepcionales en la Historia, y por lo común asumían un propósito muy especial en la expansión de la Palabra divina. Luego, visto desde su desarrollo histórico, por lo general Dios prepara y también reúne a la comunidad de cristianos, dado que es el Cuerpo de Cristo, sean pocos o numerosos; así como también ha preparado y reunido a la comunidad de los incrédulos, clasificados por países, pueblos, religiones, culturas, etc.

Nos preguntamos, además, desde nuestro corrompido Cristianismo: ¿Por qué en nuestra época de gran difusión bíblica miles de cristianos abarrotan iglesias muertas espiritualmente? Pues porque éste es su destino; Dios los ha juntado, agrupado en… (habría que saber cuál es la intención verdadera de aquel que está satisfecho con una religión muerta). En cualquier caso Dios conoce perfectamente los corazones, y por ello cada uno es predestinado en función de su verdadera disposición interior: «Pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (1º S. 6:7). Cada persona está donde debe estar, y cada uno tiene y tendrá lo que decida respecto a la voluntad de Dios, dependiendo de cuales sean sus intereses personales: «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mt. 6:21). En el día final nadie podrá decirle al Señor que vivió injustamente en el lugar equivocado, o que padeció en esta vida pasajera sin sentido o propósito alguno. El Señor no es injusto o arbitrario con esta desdichada Humanidad. «Para él (Dios) no hay acepción (diferencia) de personas» (Ef. 6:19).

Por lo dicho hasta aquí, podemos concluir que cada uno está en el hoy y estará en el mañana, en el lugar y la época que le corresponde. Y cierta medida Dios prepara y planifica todo destino en función de las propias motivaciones y decisiones humanas, que bien conoce de antemano.

Buena parte de nuestra Humanidad rechaza el mensaje celestial, porque lo más preciado de su corazón no son los intereses del Reino de los cielos, sino los suyos propios: sean bienes materiales, familiares, religiosos, morales, sociales, eclesiales, ministeriales, etc., y que suponen el rumbo que cada uno en particular desea seguir. Si bien, ninguna de las decisiones humanas, sean correctas o no, toman de improvisto y por sorpresa al Eterno. Dios es omnisciente, y todo ello lo tiene muy presente a la hora de programar y desarrollar la historia de la Humanidad, de forma general, y aceptamos que también de forma particular.

Dios conoce de antemano nuestras decisiones

«Pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas» (Mt. 6:32). Resulta apropiado pensar que nuestra vida futura se construya, en buena medida, sobre la base de las decisiones que Dios sabe que vamos a tomar. Y a causa de tal conocimiento, parece tener sentido que todo esté determinado por el Creador, que bajo su infinita sabiduría se preocupó con antelación de todos los aspectos prácticos de la existencia humana, en forma particular para cada individuo, sea incrédulo o creyente…

En primer lugar hemos de aclarar los conceptos: «Dios ya sabe lo que va a ocurrir», o en términos bíblicos leídos: «sabe lo que necesitamos». Éstas son expresiones del lenguaje humano para que nosotros entendamos el proceder de Dios, contemplado desde nuestro espacio-tiempo. La omnisciencia divina va mucho más allá, pues no está sujeta a la limitación del tiempo. Para Dios el pasado o futuro también es presente: «Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día» (2 P. 3:8). De esta manera, podemos advertir que Dios crea un destino específico en función de las decisiones que Él ya sabe de antemano, y que corresponden a las intenciones de cada persona en particular. Pensamos que no puede ser de otra manera. Por supuesto, las líneas maestras de la Historia y su plan general, pertenecen solamente a los sabios decretos de Dios, que no se sujetan a la voluntad humana. Él establece sus designios y sitúa los límites. Pero, magnánimo es Dios que no ha sido indiferente a la voluntad del hombre. Él planificó la muerte de Cristo antes de la fundación del mundo, porque precisamente sabía que el hombre voluntariamente iba a pecar contra sus mandamientos, y en función de esta decisión humana dispuso la Historia. «Ya destinado (el sacrifico de Cristo) desde antes de la fundación del mundo» (1ª P. 1:20). ¡Cuánto nos ama el Buen Creador, que hasta en su plan eterno respetó nuestras decisiones personales!

En cuanto a la dirección de Dios sobre lo que ya está predestinado, hemos de saber que en cierto sentido el Espíritu no nos dirige si hemos de comer manzanas rojas o verdes, si hemos de comprar una lapicera azul o marrón… En términos generales hay ciertos aspectos de la vida que no poseen unas consecuencias eternas, y por lo tanto, si bien Dios controla todo detalle, no conllevan un carácter de predestino específico.

En definitiva, visto desde nuestra práctica cristiana, podemos admitir que Dios construya un entorno social, familiar, profesional, eclesial, ministerial, etc., que represente el camino preparado para cada creyente, teniendo en cuenta previamente nuestro futuro grado de compromiso y obediencia a su Palabra. Por lo demás, si el creyente peca, también el destino incluirá las consecuencias de su pecado, así como las posibilidades de contención y restauración espiritual. ¡Qué dicha saber que todo está provisto por nuestro Padre Dios!

El destino incluye o excluye las bendiciones de nuestra fidelidad a Dios

Algunos podrían ver esta postura planteada aquí como absolutamente fatalista, entendiendo que hemos de resignarnos estoicamente en cualquier situación. Ésta no es la idea. No solamente es lícito sino que también necesario cambiar todos los acontecimientos que favorezcan nuestra vida aquí en la tierra, y así no quebranten la ley de Dios. Estamos llamados a cambiar para bien nuestra vida, y a colaborar para mejorar la vida de los demás. Pero, entendamos que esos cambios efectuados, en decisión propia o ajena, también estaban previstos por Dios y por consiguiente los incluye en su predestino. Con toda seguridad el Eterno interviene con anterioridad planificando nuestra vida, para que todas nuestras decisiones contribuyan a su plan final. De lo contrario sería absurda la promesa bíblica para el cristiano fiel: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Ro. 8:28).

Asimismo, el destino incluirá las bendiciones de nuestra obediencia a Dios, pero también los resultados de nuestra desobediencia. La enseñanza no reside en que Dios tiene un plan para mí, y dicho plan fracasa si no lo cumplo, dado que Él no lo puede aplicar. En ningún modo pensemos que los planes del Creador se frustran si no andamos conforme su voluntad. El Omnipresente no pierde el tiempo creando un destino que el hombre no va a poder cumplir, ni queda defraudado por la rebeldía humana. Las bendiciones de Dios están preparadas para aquellos que las van a recibir, dependiendo del grado de disposición, consagración y buena voluntad... No cabe duda de que Dios lleva a cabo sus planes teniendo en cuenta de antemano nuestras decisiones futuras, para así proporcionarnos un destino adecuado a éstas. Y en todo ello, por supuesto, se halla la absoluta gracia divina, de principio a fin. De manera que las bendiciones de nuestra fidelidad a Dios (bendiciones fundamentalmente espirituales) y las consecuencias de nuestro pecado (bien sean temporales o eternas) están previstas por Dios.

Jonás desobedeció el mandamiento, y Dios lo sabía, por eso le predestinó un gran pez: «Pero Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás» (Jon. 1:7). El destino para Jonás estaba conformado según la decisión que él tomaría, y que no sorprendió a Dios. Igualmente Sansón no tenía otro destino que la piedra de molino, preparada por Dios, porque sabía la errónea decisión que iba a tomar. Fue un destino creado por el Eterno conforme a su voluntad permisiva, no así establecida, porque Dios no destina lo malo, sino que más bien lo incluye como consecuencia propia.

Observamos que la voluntad de Dios, vista desde el predestino, contiene un componente permisivo que incluye las consecuencias del pecado, los males, que si bien no son los deseos originales de Dios, constituyen la puesta en marcha de un plan que respeta nuestras futuras decisiones. Con todo y ello Dios añade los límites y las condiciones para que el mal no sobrepase los linderos establecidos, ni tampoco logren quebrar sus proyectos de eternidad, sino más bien para que en toda situación contribuyan al cumplimiento de éstos. En el caso del creyente fiel, también los males cooperarán en beneficio suyo.

El relato del rico y Lázaro resulta aclarador: «Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado» (Lc. 16:25). Lázaro recibió males en la vida, y seguramente éstos fueron dispuestos por Dios con antelación a su nacimiento. Desde luego, había un propósito de orden eterno; de hecho el resultado final fue positivo. Podía haber sido también un buen final para el rico, pero decidió voluntariamente no compartir su bienes con Lázaro; aunque esta injusticia ya estaba prevista por Dios. Evidentemente el pecado del rico no fue las riquezas, sino más bien el no querer compartirlas; no creía que sus bienes eran providencia divina, y por ello tampoco creía en la Palabra de Dios, que además nos manda amar a nuestro prójimo en forma práctica. Esta gran insensibilidad e indiferencia hacia la necesidad ajena, evidenciaba su incredulidad hacia los mandamientos divinos. Como consecuencia, el rico se condenó por no haber creído en Dios, y por eso su vida egoísta fue consecuente con su incredulidad. ¡Qué le importaba a él la eternidad! Lo único que le interesaba era vivir el presente lo mejor posible (no es otra la mentalidad de hoy). Dios lo sabía, y por eso lo predestinó como vaso de destrucción, dándole una prueba difícil de superar, que es el amor al bienestar material: «Raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Ti. 6.10). Finalmente las riquezas fueron solamente una prueba para delimitar su grado de sufrimiento eterno, y para demostrar que el hombre es egoísta por naturaleza.

Alguien podría preguntarse: Entonces, el pobre, el que padece necesidad, o el que sufre injusticias en este mundo, ¿está destinado por Dios para tal propósito? Podemos afirmar la respuesta con un rotundo «sí». En cualquiera de sus formas el sufrimiento contiene, en manos de Dios, una dimensión gloriosa y profundamente transformadora. Comprendamos bien que la pobreza o riqueza no suponen en sí un bien o un mal; es algo temporal que el hombre administra para la eternidad. La carta de Santiago es muy enfática al respecto: «Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman? Pero vosotros habéis afrentado al pobre» (Stg. 2:4-6). Esta declaración no supone que la pobreza sea voluntad original de Dios, ni tampoco que hemos de promover la vagancia, o apoyar la injusticia social. En lo posible el cristiano ha de contribuir con el bienestar social, y así compartir sus bienes, mayormente con los que no tienen posibilidad de trabajar. «En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir» (Hch. 20:35). La norma bíblica es que el rico comparta con el pobre, el que tiene con el que no tiene nada, y así haya igualdad social para todos. Dicho esto, no pensemos en ningún modo que los valores eternos se construyen con dinero. Más rico fue Lázaro (riqueza espiritual) que el propio rico; y para tal estado contribuyó, paradójicamente, su pobreza material. Ciertamente éste fue un caso de predestino particular, y lógicamente no constituye una regla fija para todos los cristianos.

En fin, la pobreza, así como las demás injusticias de este mundo, son medidas con las que Dios prueba al hombre, que también al creyente, para determinar el estado de nuestra eternidad, que corresponderá entonces con nuestras decisiones tomadas hoy respecto a la voluntad de Dios.

El predestino de todo hijo de Dios

La voluntad de Dios para cada cristiano, en particular, se halla contemplada en lo que llamamos «la predestinación». Acerca de los hijos de Dios, la Biblia declara: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó» (Ro. 8:29). «En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad» (Ef. 1:5). Nótese la expresión «de su voluntad». La voluntad de Dios se manifiesta principalmente en la «predestinación». Razón por la cual el Padre celestial quiere llevar a cabo su perfecto plan en cada hijo suyo, incluyendo todos los aspectos esenciales de la vida cotidiana, mencionados en las preguntas anteriores.

Personalmente he de aclarar que aquí no estoy hablando de la predestinación tocante a la salvación o condenación eterna, sino más bien al destino previo creado por Dios para cada cristiano en particular, según su «providencia»: término que significa «ver de antemano». Sobre el tema de la predestinación para salvación o condenación, no vamos a entrar en detalle, aunque según los datos bíblicos (Hch. 10:34, Ro. 2:11, Ef. 6:9, Gá. 2:5), Dios no hace acepción de personas. Según mi opinión, la «elección» guarda una estrecha relación con el concepto de eternidad, pues para Dios en esta dimensión no existe el tiempo, como ya hemos mencionado. El término «predestinación» implica tiempo, y sabemos que Dios no está supeditado al tiempo. De manera que la predestinación, la caída del hombre, la muerte de Cristo, y nuestra decisión de aceptar o rechazar la salvación –expuesta ampliamente en la Biblia–, es una realidad presente para el Creador, vista como un todo, desde antes de la fundación del mundo. Por consiguiente la predestinación divina se une a la decisión voluntaria del hombre en el estado eterno. Es difícil entender, mucho más de explicar…

En vista de las enseñanzas bíblicas, podemos asegurar que el Todopoderoso ha creado un destino particular para cada creyente, aplicado a esta vida temporal: desde el país de nacimiento, la familia que no ha escogido, su aspecto físico, sus dones, el ministerio, etc., hasta la fecha de su partida a la Patria celestial. El cristiano, como tal, se halla incluido en un programa minuciosamente planificado por Dios desde la eternidad. Sus circunstancias actuales (sean cuales fueren) no son casuales, sino que responden a un propósito celestial muy determinado. Así parece apoyarlo J.L. Packer, en su libro Conociendo a Dios: «¿Tiene Dios un plan individual para cada uno? Por cierto que sí: Dios tiene un “designio eterno” (literalmente “plan para las edades”), un designio… para realizarlo en la plenitud de los tiempos, en consonancia con lo cual realiza todo conforme a la decisión de su voluntad» (4). Recapacitemos sobre tan maravillosa enseñanza, porque resulta de gran utilidad práctica, y constituye motivo de regocijo, pues en «la predestinación» es donde sin duda el creyente fiel halla completo descanso.

Observemos la vida de los grandes personajes de la Biblia, y cómo Dios cumplió su especial propósito (predestinación) en todos ellos: Noé y su proyecto con el Arca; Abraham, angustiado por no tener hijos; Moisés y su renuncia a ser llamado hijo del Faraón; David, a punto de ser eliminado por Saúl; José, entregado por sus hermanos y encarcelado en Egipto por varios años; entre otros ejemplos bíblicos... De igual forma también los inmutables planes divinos se han de ejecutar en la vida del creyente que confía en su Salvador; a veces sin apenas notar el extraordinario proceso invisible.

Conviene recordar que los cristianos no andamos carentes de rumbo o destino; todo lo contrario, existe un propósito que cada cuál personalmente habrá de cumplir: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:10). Es verdad que hay un sentido general del texto leído (obras de carácter general), pero también es verdad que su aplicación contiene un sentido claramente individual. Por ejemplo, para que entendamos la idea, si Dios afirma que «cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros» (1 P. 4:10), será porque a la vez que el don, también Dios provee del ministerio para poder ejercer el particular don; de forma contraria sería un dicho absurdo en manos de un Dios razonable.

El teólogo y escritor del siglo XIX, Benjamín B. Warfield, realiza la siguiente mención sobre la predestinación: «Es el mismo nervio de la doctrina que cada individuo de la enorme multitud que constituye la gran hueste del pueblo de Dios, y que está ilustrando el carácter de Cristo en la nueva vida, ahora vivida en la fuerza del Hijo de Dios, ha sido el objeto particular desde la eternidad de la consideración divina y que ahora está cumpliendo el destino elevado designado por Él desde la fundación del mundo» (5).

Reconociendo las muchas declaraciones bíblicas, y teniendo muy presente las promesas divinas, podemos esperar con toda seguridad que el Buen Pastor nos guíe y ayude a aplicar su perfecta voluntad. Pablo, siendo consciente de su afirmación, se presenta a la iglesia como «apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios» (Ef. 1:1). Siglos antes el salmista afirmaba en su corazón: «Jehová cumplirá su propósito en mí» (Sal. 138:8).

Llegados a este punto, a continuación estableceremos la diferencia entre la voluntad de Dios general y la especial, utilizando como base un texto bíblico, en palabras del Señor Jesús.

UN TEXTO BÍBLICO QUE MARCA LA DIFERENCIA: Mateo 6:31-33

«Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia» (Mt. 6:33a). Esta parte del versículo leído expresa cuál es la voluntad general de Dios para todo creyente. Dicho mandamiento dado por el Señor Jesús, significa que la voluntad de Dios ha de ser la prioridad (motivo y propósito de nuestra existencia), por encima de todo lo demás, e inclusive de nuestras necesidades personales. Es oportuno preguntamos si existen personas, metas, proyectos, deseos, que en nuestro corazón se sobrepongan a los planes divinos… En este análisis, resultaría lógico aceptar que si no logramos ofrecer en todo el primer lugar a Dios y a su Palabra, no podemos esperar entonces que Él, pasando por alto nuestra indiferencia, responda con su bendición a todas nuestras necesidades vitales.

«Y todas estas cosas os serán añadidas» (Mt. 6:33b). La segunda parte de este versículo bíblico (la promesa) es el resultado de la primera (el mandamiento), esto es, de buscar el «reino de Dios» en primer lugar (su voluntad general). La expresión «todas estas cosas» se relaciona con las respuestas a las preguntas que formulábamos anteriormente, y que pertenecen a las necesidades de la vida cotidiana. El eminente teólogo holandés, L. Berkhof, parece concluir acertadamente: «Debe decirse que constituye un concepto antibíblico de Dios, decir que Él no se ocupa ni puede ocuparse de los detalles de la vida, que no puede responder a la oración, que no puede ayudar en los apuros e intervenir milagrosamente a favor del hombre… La Biblia enseña que hasta los más pequeños detalles de la vida tienen lugar en el orden divino» (6).

Para nuestra tranquilidad, las promesas bíblicas son más que concluyentes. Y estamos convencidos de que El Eterno suplirá, como así lo promete, lo que de antemano sabe que necesitamos (no lo que nosotros creemos necesitar).

Claro está, también podemos intentar conseguir «todas estas cosas» por nuestra cuenta, antes que esperar en Dios y buscar su Reino en primer lugar. Pero, de ser así, «todas estas cosas», siendo muchas o pocas, a la verdad no irán acompañadas de la bendición especial de lo Alto. Recordemos que el cristiano fiel no vive por cuenta propia, sin por la de Dios.

«No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?» (Mt. 6:31). Aquí podemos seguir incluyendo todas las preguntas anteriormente citadas, más las preguntas que el lector desee añadir… Si en verdad estamos buscando primeramente el desempeño de la voluntad de Dios, habremos de confiar en el control minucioso que Él tiene sobre todas nuestras necesidades básicas. Esta especial confianza en sus promesas nos permite permanecer tranquilos, sin preocuparnos desmedidamente.

En tanto nuestro corazón se disponga a cumplir con la voluntad del Señor, se añadirá entonces todo aquello que precisamos para llevar a término sus planes. Solamente hemos de procurar poner en práctica la voluntad general de Dios, que bien se encargará Él de aplicar en nosotros su especial y perfecta voluntad.

«Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas» (Mt. 6:32). Comprendamos bien el conocimiento anticipado de Dios, ya que por lo general no nos dará todas las cosas que creemos necesitar (necesidades de pareja, empleo, estabilidad familiar, etc.); sino, en todo caso, las que Él sabe que realmente necesitamos. Podemos afirmar que toda necesidad cubierta por Dios siempre guardará una estrecha relación con sus planes celestiales; y tales planes, como no puede ser de otra manera, poseen una marcada perspectiva de eternidad. Al fin y al cabo el propósito más importante que debemos perseguir, es el estado final de nuestra eternidad con Cristo. Hoy más que nunca, descubriendo cómo se acercan los tiempos del fin, nos sentimos más obligados a contemplar la vida con una visión no particularmente temporal, sino decisivamente eterna: «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col. 3:2). Ésta, y no otra, es la voluntad de Dios.

Uno de los problemas fundamentales de la esencia humana es «no saber esperar». Y como somos impacientes por naturaleza, a veces queremos adelantarnos a las previsiones celestiales, y por ello algunos espíritus impulsivos no están dispuestos a esperar los tiempos de Dios. J.L. Packer, hablando sobre la providencia divina, apunta a este importante factor: «Falta de disposición para esperar. “Espera en Jehová” es uno de los estribillos constante en los Salmos –consejo necesario porque frecuentemente Dios nos hace esperar–. Él no tiene tanto apuro como nosotros, y su modo de proceder es el de no darnos más de lo que necesitamos para el tiempo presente, o lo que necesitamos como guía para dar un paso a la vez. Cuando estemos en duda sigamos esperando en Jehová y no hagamos nada. Cuando sea necesario, la luz necesaria vendrá» (7).

Por otra parte, entendemos que el Padre celestial no cubre las necesidades de todos por igual, puesto que sus planes especiales, en este mundo, son diferentes para cada hijo suyo, y por ello resulta sensato pensar que a cada cuál le aplique una medida distinta.

En definitiva, «todas estas cosas» (necesidades cubiertas en la vida) no son «finalidad», en sí mismas, sino los «medios» que Dios utiliza para llevar a cabo en cada cristiano la misión encomendada.

Ante la pregunta de sus discípulos, «Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra» (Jn. 4:34). Nos preguntamos, ¿no debería de ser también ésta nuestra mayor aspiración en la vida?

REFLEXIÓN CONCLUYENTE

Teniendo en cuenta la propia libertad (valga la expresión), el creyente puede buscar el reino de Dios y su justicia en primer lugar, o no buscarlo; es una decisión personal. Decisión tan importante marcará la diferencia entre vivir dentro o fuera de la voluntad de Dios. Consideremos aquí la determinación de Moisés: «Escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado» (He. 11:25). Al igual que hizo este gran héroe de la fe, también en el momento determinado habremos de elegir; la disposición para el servicio es realmente voluntaria. Sobre el tema, no fue diferente la enseñanza del Gran Maestro: «Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc. 9:23). «El que quiere hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Jn. 7:17). Subráyese de estos versículos la palabra «quiere»: el que quiere, si alguno quiere… Cierto es, Dios no impone sus mandamientos,ni obliga a nadie que no desee obedecer; por el contrario, respeta las decisiones tomadas en libertad. También fue la exclamación del Señor para con su pueblo: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida» (Jn. 5:40).

Parafraseando la frase conocida del poeta, podríamos decir: «Querer o no querer, esa es la cuestión». Como cualquier decisión en la vida cristiana, querer o no querer constituye una prueba de amor a Dios. Todo aquel que «no quiera», aún siendo cristiano, habrá de atenerse a las consecuencias, consecuencias que incluirán cargar con una vida espiritualmente fracasada. En cambio, en la medida que el creyente se disponga a cumplir con la voluntad general de Dios, tendrá entonces garantizada la aplicación especial de los proyectos divinos en forma particular. Santiago concluyó apropiadamente en su epístola: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto y aquello» (Stg. 4:15).

Ahora bien, cumplir con los planes divinos no representa para el hombre vivir en estado de perfección, o impecabilidad absoluta. Todavía estamos sujetos a una naturaleza caída. La idea central, en este asunto, está encaminada en disponer nuestra voluntad en dirección a la de Dios. En esto, como en todo, la gracia de Dios en el creyente se muestra completa, y desde luego tampoco merecemos que Él responda con su rica bendición a nuestra obediencia, por muy fiel que ésta se manifieste. Su remuneración es posible porque así le ha placido a Dios (formando parte de su voluntad general), determinado solamente por gracia: «Y si por gracia, ya no es por obras» (Ro. 11:6).

Visto lo visto, no impacientemos nuestra alma en saber cuál sea la voluntad de Dios en todos los temas que atañen a la vida cotidiana (no os afanéis). Nuestra preocupación debe ser, fundamentalmente, la de buscar el reino de Dios y su justicia. Al tiempo determinado, nuestro Buen Pastor añadirá todas las demás cosas, o dicho de otro modo, cumplirá con su voluntad específica, tanto en nuestra vida, como en nuestras circunstancias personales.

Al cristiano le corresponde hacer su parte (voluntad general de Dios), que Dios a su tiempo hará la suya (voluntad especial de Dios). Entiéndase la idea.

¿POR QUÉ HEMOS DE CUMPLIR CON LA VOLUNTAD DE DIOS?

La respuesta sería tan sencilla como decir que Dios es soberano, y por lo tanto el que manda. No ignorando esta importante enseñanza, también como Padre bondadoso desea lo mejor para sus hijos, y por ello sus mandamientos no son gravosos, conllevando siempre resultados benéficos para el ser humano, mayormente para aquellos que son receptores del amor divino.

Aquí hemos de precisar bien la idea, porque para desempeñar los designios del Creador es necesario mantener unas motivaciones correctas. Toda decisión tiene su razón de ser. De modo que, las motivaciones del corazón son las que dispondrán nuestra vida a favor o en contra de la buena voluntad de Dios.

Por lo general no hemos de obedecer a Dios para…, sino principalmente por… No para alcanzar la salvación, desde luego, ni tampoco para ser merecedores del favor celestial. Si alguno piensa que es merecedor de algo, aun cumpliendo con los planes divinos, no piensa bien (tal fue el pensamiento inicial del santo Job).

El creyente se dispone a cumplir con los designios de Dios:

Por agradecimiento

Los cristianos somos poseedores de la preciosa verdad del Evangelio. Y estamos tan agradecidos a Dios por su gracia, su amor, y por todos los beneficios de su salvación, que no parece existir otra opción razonable que no sea la de buscar el cumplimiento de su voluntad. «Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios» (1 Te. 5:18). Agradecemos al Señor con nuestros labios, pero también con nuestra vida. ¡Hay tantos motivos por los cuales hemos de agradecer a nuestro Padre!

Porque glorifica a Dios

Los planes celestiales, aun siendo eternos, han de llevarse a cabo en este mundo temporal. Dichos planes contienen un objetivo sublime, y no es otro que el de adorar y glorificar a nuestro Padre celestial. «Glorificad, pues, a Dios» (1 Co 6.20). Glorificamos a Dios, por lo que Él es, principalmente, y también por lo que ha hecho, hace y hará en nuestras vidas. Glorificamos a Dios con nuestros labios, pero también con nuestros hechos. Buscar la voluntad de Dios, por consiguiente, en ninguna forma ha de repercutir en la glorificación personal: «A Él sea la gloria por los siglos» (Ro. 11:36).

Porque no nos pertenecemos

Los cristianos somos instrumentos en manos del Omnipotente para llevar a término sus fieles propósitos. «Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Co. 6:19,20). El creyente verdadero ha sido comprado por Dios, y por ende no es dueño de su vida. Ha sido rescatado de la esclavitud del pecado, y también del destino final: el infierno. Luego, si fuimos comprados, es porque alguien pagó el precio. La muerte de su querido Hijo, Jesucristo, es el precio que Dios pagó para poder redimirnos; motivo suficiente para sentirnos deudores. Gracias a la muerte de Cristo (y a su resurrección) muchos pecadores han sido rescatados, que no es poca cosa… Verdad es, los hijos de Dios recibimos en forma gratuita la salvación, pero ¡cuán grande fue el precio que Dios pagó por ella…! De manera que somos suyos, le pertenecemos. Y por ello nuestra responsabilidad como cristianos es administrar, con diligencia y buena voluntad, los deseos de nuestro Señor, o mejor dicho, de nuestro Dueño.

Porque es para nuestro bien

«Y sabemos que a los que aman a Dios (la motivación correcta), todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Ro. 8:28). Absolutamente todo lo que acontece en la vida del creyente, previa condición (amar a Dios), va a colaborar para su bien. Un bien en esta vida terrenal: «Todo lo que hará prosperará» (Sal. 1:3), y lo más relevante, un bien eterno: «Entra en el gozo de tu señor» (Mt. 25:21). No hay nada en este mundo que llene de tanta satisfacción el alma humana que vivir conforme al propósito diseñado por Dios. Hacer la voluntad de nuestro Señor, llena la vida de significado y de propósito el corazón. «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn. 10:10), fue y sigue siendo la firme promesa del Buen Pastor.

Porque posee una proyección eterna

Nos preguntamos, con todo el sentido de la lógica, ¿qué importancia tiene el vivir 80 años en este mundo lleno de sinsabores, comparado con toda una eternidad repleta de satisfacciones? «Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece» (Stg. 4:14). Seamos sabios, y valoremos adecuadamente nuestra vida terrenal en relación con la eternidad. Vivamos el hoy, pero con sentido del mañana.

Vivir o no conforme a la voluntad de Dios, marcará nuestro destino final. El estado en la eternidad: grado de satisfacción, categoría celestial, funciones, privilegios, así como nuestra cercanía con Jesús, va a depender, con todo, de nuestra labor en este mundo.

A tenor de lo comentado, no parece razonable preocuparse demasiado por los avatares de la vida cotidiana (empleo, posición económica, estabilidad familiar, enfermedad o salud…). Todo ello es como nada si lo contemplamos con los ojos de la eternidad. Con esta visión de futuro camina el cristiano fiel, convencido de que la promesa del Señor no tardará mucho en hacerse realidad: «He aquí, vengo pronto, y mi galardón conmigo» (Ap. 22:12).

Una vez entendido el porqué de nuestro servicio cristiano, y descubriendo en nuestro corazón una motivación correcta, hemos de comprobar en forma práctica si estamos andando, o no, según los planes previstos por nuestro Señor.

José Mª Recuero

© Copyright 2010
Estrictamente prohibida su reproducción para la venta.

 

                                                                                    

Ministerio cristiano Portavoces de Vida