La voluntad de Dios

El significado de la voluntad de Dios

¿Qué significa la voluntad de Dios? Seguramente no hay persona en la Tierra capaz de responder con exactitud a tan importante pregunta. La mente humana es muy limitada en relación con la mente de Dios, que es eterna e infinita; razón suficiente para no alcanzar a comprender los propósitos celestiales en toda su magnitud.

La voluntad del Omnipotente tiene que ver con la planificación y puesta en marcha de sus inmutables proyectos establecidos en la eternidad. «El Señor ha establecido su trono en el cielo; su reinado domina sobre todos» (Sal. 103:19). Dios decreta o determina lo que sucederá en el tiempo y en la Historia, bajo lo que llamamos hoy Providencia, derivado del término «pro-videre», que significa «ver con antelación». Y ello no quiere decir sólo que Dios sabe lo que va a ocurrir, sino que contempla su voluntad aplicada en la Historia como un todo completo, sin atender a un pasado o futuro.  Por eso la Providencia divina es la aplicación de su voluntad en la vida del ser humano, teniendo presente todos los sucesos así como detalles, sean grandes o pequeños. «El Señor ha establecido su trono en el cielo; su reinado domina sobre todos» (Sal. 103:19).

La Confesión de Fe Westminster, en el Cp.5, expone la doctrina de la providencia divina diciendo: «I. Dios, el Gran Creador de todo, sostiene, dirige, dispone, y gobierna a todas las criaturas, acciones y cosas, desde la más grande hasta la más pequeña, por su sabia y santa providencia, conforme a su presciencia infalible y al libre e inmutable consejo de su propia voluntad, para la alabanza de la gloria de su sabiduría, poder, justicia, bondad y misericordia. II. Aunque con respecto a la presciencia y decreto de Dios, quien es la primera, todas las cosas sucederán inmutable e infaliblemente, sin embargo, por la misma providencia las ha ordenado de tal manera, que sucederán conforme a la naturaleza de las causas secundarias, sea necesaria, libre o contingentemente»

Nada es producto del Azar, ni el universo camina sin control. La Providencia anula la casualidad, porque ésta nunca existió, ya que Dios mantiene el control absoluto de todas las cosas, y no hay nada que escape a su conocimiento. Su gobierno se ejecuta bajo el plan que ha diseñado previamente, según las causas primarias, esto es, su buena voluntad original, y las causas secundarias, que incluye las consecuencias del pecado en el ser humano. Los discípulos en Pentecostés así lo entendieron: «Para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera» (Hch. 4:28).

Aun con toda su complejidad, podemos hablar de la voluntad de Dios soberana, eterna, universal, histórica, nacional, grupal, individual, absoluta, condicional, permisiva, y demás implicaciones de los llamados decretos divinos. Por ello, aceptamos que su estudio contempla muchas y variadas perspectivas. Entendemos que la voluntad de Dios es predestinada, pero a la vez tiene presente la libertad moral del individuo. En todo es perfecta, pero en su aplicación incluye la imperfección del pecado, ya que Dios, conociendo de antemano la rebelión humana, incluyó el pecado y sus consecuencias para planificar su proyecto en la eternidad. Por un lado la voluntad de Dios es incondicional, pero por otro lado también establece condiciones; es verdad que permanece inmutable, pero en su planificación no pasó por alto las decisiones humanas… En cualquier caso, toda particularidad mencionada, se complementa con las demás a fin de planificar los llamados decretos divinos; porque, incluso los aspectos permisivos de Dios, están controlados y perfectamente ensamblados en sus designios celestiales. Todo está supeditado a la finalidad última y eterna, que es su glorificación personal. Según la afirmación del teólogo holandés, L. Berkhof: «Dios hace que todo trabaje en la naturaleza y que se mueva en la dirección de su predeterminado fin». No es otro el anuncio de la Escritura, ya que Dios es el Creador y Director de la obra, el «que hace todas las cosas según el designio de su voluntad» (Ef. 1:11). 

Pese a que Dios actúa según su sola soberanía, y decreta bajo sus sabios e infinitos consejos, observamos que la voluntad divina además establece condiciones de parte de Dios para el hombre. La Escritura sagrada está repleta de mandamientos, y el hombre es claramente responsable, por lo que inevitablemente experimentará las consecuencias de cumplir, o no, con las condiciones que el Soberano ha establecido en su Palabra. Saber, y no obedecer, es una contradicción ya denunciada por nuestro Señor: «¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?» (Lc. 6:46).

El Diccionario de Teología, de E. F. Harrison, destaca dos importantes aspectos de la voluntad de Dios: «La voluntad decretada determina cualquier cosa que haya de suceder, mientras que su voluntad preceptiva declara cómo debería vivir el hombre». Visto en este último sentido práctico, los planes preceptivos de Dios se convierten para nosotros «hoy» en mandamientos, enseñanzas, preceptos, recomendaciones, promesas, advertencias, es decir, todo ello la aplicación de los deseos celestiales, en el «aquí» y el «ahora»: lo que Dios quiere y lo que pide del hombre. ¿Qué pide Dios de usted, qué pide de mí...? Vivir conforme a la voluntad del Creador, significa llevar a término, por parte del ser humano, el cumplimiento de las condiciones establecidas en su santa Palabra.

Y para comprender el mensaje celestial acerca de la providencia divina, en relación con lo que llamamos la Revelación sobrenatural, es preciso primero disponer el corazón de manera correcta, no sólo para conocer la voluntad de Dios, sino también para hacerla: «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Jn. 7:17).

Con esta orientación planteada, no pensemos en ningún momento que el hombre tiene capacidad para desempeñar la voluntad de Dios. La Biblia afirma que al hombre natural le es imposible aplicar los designios divinos, pues no percibe «las cosas que son del Espíritu de Dios» (1 Co. 2:14). Antes bien, sólo es posible hacerlo bajo el amparo absoluto de la gracia divina. A la verdad, si no estamos unidos espiritualmente a Cristo, es tarea impracticable. «Separados de mí nada podéis hacer» (Jn. 15:5). Por tanto, los planes eternos de Dios se admnistran en el creyente únicamente a través de la obra, la Persona, y el poder de Jesucristo. «Conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor» (Ef. 3:1), Todo aquel que está unido a Cristo, por la conversión, es revestido diariamente de la gracia divina, para el cumplimiento de los planes celestiales. «Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia» (Ro. 11:6).

Enfaticemos la enseñanza, porque en ninguna manera el cristiano por sí sólo puede cumplir con la voluntad de Dios, ya que ésta es perfecta, infinita, eterna, santa y absoluta. Entonces, ¿por dónde va la idea? La idea se centra en la disposición del corazón. No hay obras humanas en el horizonte, sólo es cuestión de tomar una decisión interna, sabiendo que nuestra naturaleza caída está inclinada hacia el mal, y completamente inhabilitada para servir a Dios. Desde este sentimiento de incompetencia, orientamos voluntariamente nuestra vida al servicio de Dios, buscando su ayuda en todo momento, pues Él es nuestro amparo y fortaleza.Para comprender el mensaje celestial acerca de la providencia divina, en relación con lo que llamamos la Revelación sobrenatural, es necesario primero disponer el corazón de manera correcta, no sólo para conocer la voluntad de Dios, sino también para hacerla: «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Jn. 7:17). La pregunta principal no es ¿cómo puedo cumplir la voluntad de Dios? sino, ¿quiero hacer la voluntad de Dios? Si es así, en la medida que emprendamos el camino, nos daremos cuenta de que no podemos; forma parte del aprendizaje. Con este sentir, estaremos preparados para que Dios cumpla su voluntad por medio nuestro. La intervención humana será una mera colaboración, a través de un acto de la voluntad, que como posibilidad también es habilitada por Dios, por lo que nada resulta en gloria personal. No es cuestión de «acción» sino de «actitud». Nuestro corazón debe alinearse con el de Dios, y sólo así podremos andar conforme su voluntad. De todas maneras, la determinación personal, vista desde la completa deficiencia personal, es requisito para realizar buenas obras aceptables delante de Dios; determinación en la fe de Cristo, y para la obediencia a Dios.«Mi corazón está dispuesto, oh Dios» (Sal. 108:1), afirmaba el salmista.

Si buscamos refugio en Jesucristo, que es verdadero abogado e intercesor delante del Padre, alcanzaremos las fuerzas permanentes que nos permitan avanzar. Y aun siendo herramientas inútiles, en manos del Padre sus hijos pueden realizar labores impensables, para la sola manifestación de su gloria, pues «lo necio del mundo escogió Dios para vergonzar a los sabios» (1 Co. 1:27). Renglones torcidos somos, y vacíos de contenido, donde el Gran Diseñador escribe su destino, y por cierto, escribe recto… Dios es todo, y nada es el hombre. Y es sólo en Cristo, en quien Dios se complace, y aplica su amor obrando en nosotros los creyentes. Por eso Pablo exclamó, «todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil. 4:13), para que únicamente Él sea magnificado.

Aceptada la presente explicación, y teniendo presente que la obra es divina, no obstante, enfocaremos el estudio más bien en cuanto a la relación que existe entre la voluntad de Dios y la responsabilidad humana, centrado particularmente en la vida cristiana, según lo que llamamos la voluntad condicional de Dios. Veremos cómo y de qué manera el hijo de Dios ha de disponer su espíritu para andar en consonancia con su santa Palabra.

A continuación, para integrar bien en nuestra mente la enseñanza general, resaltaremos dos aspectos importantes que habremos de considerar por separado. Estos dos aspectos son la «voluntad general de Dios» y «la voluntad especial de Dios».

LA VOLUNTAD GENERAL DE DIOS

La glorificación de Dios

La finalidad primera y última de la voluntad divina, tanto en el orden de la creación como también de la salvación, es la glorificación de su propio Ser. «Para gloria mía los creé, los formé, y los hice» (Is. 43:7), fue la explícita declaración del Creador. Así pues, hombre o mujer que habita en este mundo, y especialmente si es creyente, ha sido creado «para la alabanza de la gloria de su gracia» (Ef. 1:6). Hacemos bien en recordar con frecuencia que el objetivo fundamental de la voluntad de Dios, no es otro que su propia glorificación, pues como bien afirmó el Señor: «Y a otro no daré mi gloria» (Is. 42:8).

Este aspecto de la voluntad de Dios es uno de los más importantes, y digno de meditar y profundizar en las Escrituras, así como ponerlo por práctica en todas las áreas de la vida cotidiana. No obstante, aquí no ampliaremos el tema, porque como enseñanza bíblica se verá implícitamente reflejada en todo el desarrollo temático, sin necesidad de hacer mención explícita.

La voluntad general de Dios para la Humanidad

En el conocimiento de Dios

Algunos se preguntan ¿Qué es lo que tengo que hacer para cumplir la voluntad de Dios? Esta pregunta tiene una doble vertiente y puede ser malinterpretada, ofreciendo la sensación de que todo depende del cristiano, que la cuestión es «hacer» o «no hacer», y ése no es el camino. No podemos entender la voluntad de Dios sólo en términos de lo que el cristiano tiene que hacer, pues de ser así podríamos caer en el orgullo; la voluntad de Dios no es cristiano-céntrica o eclesio-céntrica, sino Cristo-céntrica. Se dirige hacia Cristo, hacia Dios, no hacia el hombre. Por ello, el hacer la voluntad de Dios no se centra tanto en obedecer de la mejor manera, desarrollar nuestra vida cristiana con la mayor santidad posible, o poner a disposición todos nuestros bienes para el servicio de los demás. Aun siendo esto bueno y necesario, el sentido correcto de la voluntad de Dios se dirige principalmente en conocerle a ÉL. «Conocimiento de Dios más que holocaustos» (Os. 6:6), citaba el profeta Oseas. Sabemos que a Dios se le conoce a través de la conversión, también llamada «experiencia de la salvación», ya que es el momento en que Dios llena con su presencia el corazón vacío del pecador arrepentido. A partir de esa experiencia sobrenatural, está capacitado para seguir creciendo en el conocimiento de Dios, tanto teórico, como práctico. El conocimiento teórico lo encontramos esencialmente en la Biblia, ya que es su propia Revelación escrita, y añadimos el conocimiento experiencial, que lo encontramos en la aplicación práctica de ese conocimiento, en relación y puesta en marcha de nuestra comunión con Dios.

Con toda rotundidad afirmamos que la voluntad del Creador, para el ser humano, es que le conozcamos. Fue el clamor de Dios hacia su antiguo pueblo: «Para que me conozcáis y creáis, y entendáis, que yo mismo soy ; antes de mí no fue formado Dios, ni lo será después de mí» (Is. 43:10). El conocimiento del Altísimo no solamente implica saber, poco o mucho, acerca de Dios, sino principalmente en experimentar su Ser. Veamos la diferencia: Yo conozco al presidente de mi país, pero… realmente no le conozco, porque nunca he estado con él, ni formo parte de su familia o de sus íntimos más allegados, por lo que mi conocimiento es solamente un conocimiento teórico, no personal. El conocimiento de Dios implica relación personal, espiritualmente hablando; es una experiencia real de fe, «para que me conozcáis y creáis», hemos leído en el versículo.

La declaración de Jesucristo resume el objeto de la vida que Dios imparte en el corazón del creyente: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Juan 17:3). El texto bíblico resulta explícito por sí mismo, por lo que no consideraremos ahondar en el tema, dado que existe abundante literatura acerca del conocimiento de Dios. Sólo resaltar que la voluntad de Dios, en definitiva, se dirige hacia esta sublime enseñanza: «que conozcamos a Dios», en el sentido más amplio del término.

En la glorificación de Dios

La finalidad primera y última de la voluntad divina, tanto en el orden de la creación como también de la salvación, es la glorificación de su propio Ser. «Para gloria mía los creé, los formé, y los hice» (Is. 43:7), fue la explícita declaración del Creador. 

Dar gloria a Dios significa ensalzar su Ser, en reconocimiento de su grandeza, por lo que Él es (observando sus atributos), y por lo que ha hecho (observando su obra). De manera que la vida del creyente debe aportar honor y buena reputación al nombre del Señor, en una actitud constante de adoración a Aquel que nos ha creado y redimido.

En cuanto a propósito de vida, sólo Dios debe ser alabado, engrandecido y admirado. El juicio divino se mostró en la humanidad precisamente porque «no le glorificaron ni le dieron gracias» (Ro. 1:21). Vemos en la Escritura que el rey Herodes fue herido por un ángel, «por cuanto no dio la gloria a Dios» (Hch. 12:23).

Así pues, hombre o mujer que habita en este mundo, y especialmente si es creyente, ha sido creado «para la alabanza de la gloria de su gracia» (Ef. 1:6). Hacemos bien en recordar con frecuencia que el objetivo fundamental de la voluntad de Dios, no es otro que su propia glorificación, pues como bien afirmó el Señor: «Y a otro no daré mi gloria» (Is. 42:8). 

Este aspecto de la voluntad de Dios es uno de los más importantes, y digno de meditar y profundizar en las Escrituras, así como ponerlo por práctica en todas las áreas de la vida cotidiana. No obstante, la glorificación de Dios, como enseñanza bíblica, se verá implícitamente reflejada en todo el desarrollo temático, sin necesidad de hacer mención explícita.

En el orden natural

«Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos» (Sal. 135:6). Con anticipación al tiempo y al espacio, nuestro Hacedor ha planificado y así desempeñado su soberana voluntad. Sea antes, como después de la creación, en ningún momento ha dejado Dios de realizar sus proyectos. De forma pre-ordenada, e incluida su voluntad permisiva, ayer como hoy sigue moviendo los hilos de la historia de la Humanidad, para que en última instancia se cumplan sus planes eternos. Con tal objetivo utiliza el orden natural de las cosas que Él ha creado, bien sean llamadas físicas, emocionales o espirituales. Todo está perfectamente planificado por Dios.

En este sentido, no iba desencaminada la frase del siempre recordado científico, Albert Einstein: «Dios no juega a los dados en el Universo». Efectivamente, la Creación y el desarrollo de la Historia no resultan de ningún accidente fortuito. El Eterno sigue aplicando a través de los tiempos, y no de forma casual, todos y cada uno de sus planes celestiales. Y en esos magníficos planes, además incluye su abundante gracia, que se hace manifiesta a todos en forma general:  «Que hace llover sobre justos e injustos» (Mt. 5:45).

En el orden de la salvación

«Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Ti. 2:4). «Ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan» (Hch. 17:30). Destacamos las palabras «quiere» y «manda», ya que expresan la voluntad general de Dios en el marco de la Salvación; el hombre se haya perdido y camino a la perdición eterna, y por lo tanto necesita un Salvador. El mayor propósito del Creador, para con el ser humano, es llevar a cabo la sublime tarea de reconciliación con Él; reconciliación que se efectúa a través de la Cruz de Cristo, donde el pecador puede ser perdonado, salvado y restaurado. Fue el testimonio del mismo Señor Jesucristo: «Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero» (Jn. 6:40). Este es el mensaje del Evangelio, el plan de la Salvación que Dios ha provisto para la Humanidad en Cristo Jesús. 

Según sus soberanos decretos, Dios planificó y ejecutó la obra de la Redención, y asimismo la completará, sobre la base de sus fieles promesas. Dios es fiel y cumple lo que promete, pues «Dios no es hombre, para que mienta» (Nm. 23:19). En esta planificación de las promesas divinas, el orden de la salvación se concibe desde la eternidad con la formación de un pueblo predestinado por Dios, que sólo Él conoce, al que llamamos hoy la iglesia de Jesucristo, en el sentido bíblico y espiritual. A saber, la persona que recibe la salvación (en la historia de la humanidad), ha sido incluida previamente en el programa eterno del gran Diseñador, creándole un futuro específico, en el cual Dios ya planificó su destino, en función de su condición de salvo e hijo amado. «Según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo» (Ef. 1:4).

En el orden de la relación con Dios

La voluntad de Dios consiste, una vez ha redimido al individuo y en posición de hijo, que mantenga una buena relación con su Padre. Por ello el pecador que ha encontrado a Dios, ha encontrado el Sumo bien. Y en este encuentro, el recorrido del camino consistirá en conocerle Él, amarle, adorarle, gozarse en Él, agradecerle, complacerse en su presencia.  No se trata sólo de hacer buenas obras para agradar a Dios, sino principalmente de «buscar a Dios», desear estar con Él, anhelar caminar con Él, en plena comunión espiritual. «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra» (Sal. 73:25).  Es disfrutar de Dios en constante comunicación, por medio de la Palabra y la oración, en el área de la fe. Como expresaba el salmista: «Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío» (Sal. 40:8).

Entendamos bien el concepto, porque la voluntad de Dios no significa que «amemos el hacer su voluntad», sino que le amemos a Él; porque de lo contrario todo acto se convertiría en mera religión, que se centraría en el «hacer cosas» y no en Dios mismo, tal como desgraciadamente ha ocurrido y ocurre en gran parte de nuestro cristianismo. El rey David, hombre experimentado en la misericordia divina, no hablaba de religión, sino de relación con Dios: «Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela…» (Sal. 63:1). Tener a Dios es tenerlo todo, y si no le tenemos a Él, nada tenemos. Evocamos aquí la frase célebre: «Si tienes a Dios, qué te falta, y si te falta, qué tienes…».

Buscar la voluntad de Dios, no es otra cosa que buscar a Dios: «Buscadme, y viviréis» (Am. 5:4). El que comprende la gracia celestial no busca la obediencia al mandamiento por obligación, ni tampoco para recibir recompensa alguna; si tengo a Dios, ¿qué recompensa quiero?, pues lo tengo todo; «todo es vuestro», dijo a los corintios el apóstol Pablo, 1 Corintios 3:22. 

Vivir en Dios es vivir en plenitud, porque el Buen Pastor llena el alma, aporta refugio, descanso, y dirección segura en el peregrinaje por este mundo… El símil se halla en la oveja que busca la seguridad del pastor, o los polluelos que se refugian bajo las alas de su madre. Visto los efectos benéficos de nuestra relación con Dios, no parece nada extraño el empeño del profeta: «Con mi alma te he deseado en la noche» (Is. 26:9).

Puede haber personas que estén dispuestas a cumplir la voluntad de Dios por temor, por miedo al castigo, y así viven un cristianismo esclavizado que finalmente se hunde en el sinsabor de la vida… El creyente no intenta obedecer a Dios por castigo, sino por amor: «En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor» (1 Jn. 4:18).

Ahora bien, es cierto que hay un temor reverente a Dios, que es el principio de la sabiduría, según consta en Proverbios 1:7. No obstante, si al temor de Dios le llamamos «miedo», bien puede clamar todo creyente fiel con alta voz: ¡tengo miedo!… de defraudar a Dios, de olvidarme de Él; porque estoy tan unido al Salvador, tan bendecido, tan satisfecho, tan agradecido, que… ¡tengo miedo! miedo de pecar, de entristecer al que me lo ha dado todo, al que sufrió los terribles dolores de mi pecado. Tengo miedo de alejarme de su voluntad; de traicionarle como Judas, por 30 monedas de plata. Soy tan bienaventurado al conocerle, que no soportaría faltarle el respeto. Estoy tan impresionado por su inmenso amor, que tengo miedo de no corresponder como debiera…

Es verdad, el hijo de Dios tiene «miedo», debido a que experimenta la gran impotencia de su naturaleza caída, al sentirse indigno e insuficiente para obedecer la perfecta y santa ley de Dios. Y en esa fragilidad tiene miedo de no estar a la altura, de no poder cumplir con su Palabra. Motivo por el que en todo busca a Dios para recibir la gracia necesaria y oportuno socorro, en la tarea de aplicar su voluntad en la forma más perfecta posible.

¿Cuál es la voluntad de Dios? No hay otra: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mt. 12:30).

¿Hay algo más valioso que Dios? Si no buscas a Dios, entonces ¿qué buscas?

En el orden de la vida cristiana

Del mismo Dios recibimos la ayuda y dirección para aplicar su buena voluntad, en todos los ámbitos de la vida cristiana. Sin embargo, su buena intervención en nuestra vida tendrá como objeto final el recuperar la imagen caída del hombre, o lo que es lo mismo, conformar al cristiano a la semejanza de su Señor. Este es el propósito que el Padre celestial quiere alcanzar en todo hijo suyo. Ser como Jesucristo –en calidad humana–, es el deseo de Dios para cualquier creyente en cualquier lugar del mundo. Se trata, en suma, de que todos los acontecimientos, búsqueda de respuestas, decisiones, y demás pormenores, por parte del cristiano, sean encauzados hacia esta finalidad: «También los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Ro. 8:29).

No fue otra la preocupación del apóstol Pablo para con la iglesia: «Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gá. 4:19). Es menester centrar nuestro pensamiento en este gran objetivo, porque los planes eternos del Altísimo se aplicarán en el creyente bajo esta determinada condición: transformar al creyente conforme al modelo de Jesucristo.

Vista la voluntad de Dios con una orientación transformadora, hemos de preguntarnos si todo lo que gira alrededor nuestro: proyectos, circunstancias, situaciones, personas, así como las motivaciones internas del corazón: anhelos, deseos, etc., están cooperando para la glorificación de Dios y para la formación del carácter de Cristo en nosotros.

Existen otros muchos aspectos de la voluntad general de Dios, que requerirían un volumen aparte; bien podríamos destacar la evangelización y transmisión de la enseñanza bíblica, pues la voluntad de Dios es que, cumpliendo el mandato de Jesús, hagamos discípulos, según cita Mateo 28:19. Igualmente, los designios generales del Creador se han revelado en forma escrita, y es en la Biblia donde encontramos todas las directrices en cuanto al orden de la vida cristiana, relativo a las relaciones familiares, sociales, eclesiales, espirituales, testimoniales, etc.

LA VOLUNTAD ESPECIAL DE DIOS 

El destino del creyente y del incrédulo

«Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz» (Jn. 12:36). Con dependencia de la luz espiritual recibida en la conciencia (no en el espíritu, porque el espíritu humano está muerto en delitos y pecados), bien podemos pensar que cada individuo es responsable delante de Dios y no tendrá excusa en la eternidad. «Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado» (Jn. 15:22).  La Palabra de Cristo será la que juzgará a todo aquel que rechace su oferta de salvación. De manera que está en juego el estado final del ser humano: salvación o condenación. No sabemos muy bien cómo o de qué manera el hombre es responsable, pero en ningún caso tendrá excusa en el día final. «Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa» (Ro. 1:20). 

El mundo tiene conciencia de Dios, porque Él «ha puesto eternidad en el corazón del hombre» (Ec. 3:11), y de alguna forma el ser humano sabe que tiene un compromiso frente al Creador, y tendrá que rendir cuentas. Aunque, prefiere evadir su responsabilidad temporal en aras de asumir la eternaDe todas formas, los textos bíblicos apuntan hacia una verdadera responsabilidad humana: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él» (Jn. 3:36). «El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero» (Jn. 12:48). «Rechazar» la palabra de Cristo, o «rehusar» creer en Él, parece implicar en cualquier caso una decisión personal en relación a la voluntad de Dios. Por lo que, en función de la decisión interior tomada en el ámbito de la conciencia (con mayor o menor luz conferida por el Espíritu), le corresponderá entonces a cada persona vivir su periodo de vida en la Historia, que es preparado de antemano por Dios, para en el caso de ser incrédulo determinar su grado de condenación (mayor o menor), o de ser creyente su grado de bendición eterna (mayor o menor). Y a partir de aquí se determinará el particular futuro para cada individuo, aplicado en el devenir de su paso por este mundo, según la voluntad especial de Dios.

Con esta resuelta impresión de futuro, comprendemos que la vida terrenal constituye la «prueba determinante» (en el lugar y momento de la Historia) dispuesta por Dios para cada individuo. Los resultados de dicha prueba configurarán en buena medida el estado final de todo hombre o mujer en la eternidad... Ciertamente el fallecimiento de los neonatos es un gran misterio, e incluso los niños que no poseen capacidad de discernimiento sobre el bien y el mal. Para responder a esta duda, algunos se aferran a las palabras del Señor cuando dijo: «Dejad a los niños venid a mí… porque de los tales es el reino de los cielos» (Mr. 10:14). Aunque el texto no se refiere exclusivamente a bebés o niños de corta edad, podemos entender que los niños tienen un acercamiento especial en el reino de Dios. Es verdad, no hay respuestas absolutas para los misterios de Dios. Pese a todo desconcierto e incomprensión, en este asunto u otros, hacemos bien en intentar responder con lógica bíblica a las preguntas que nos plantea el destino de la Humanidad en general, y del creyente en particular.

«¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria» (Ro. 9:22,23). El texto leído refleja el problema del antiguo pueblo de Israel y su propósito histórico salvífico (como nación), que comprendía creyentes e incrédulos. Siguiendo la enseñanza del propio contexto histórico, extraemos un principio bíblico suficientemente preciso: «Él (Dios) preparó de antemano». Reflexionemos aquí, porque Dios prepara los escenarios donde reunió entonces, y reúne hoy, a los creyentes e incrédulos, en la proporción que estima oportuno. Por ejemplo, los países donde hoy el cristianismo es grandemente perseguido,  están destinados generalmente para todos aquellos vasos preparados para destrucción (incluyendo en tal caso la presencia de creyentes como evidencia testimonial). Así ocurre también con las religiones, culturas, pueblos, y algunas épocas de la Historia donde apenas hubo testimonio bíblico (pueblos idólatras de la Antigüedad, época medieval de oscurantismo bíblico, etc.). Me pregunto personalmente: Qué hubiera ocurrido si «por casualidad» un servidor hubiera nacido en el pueblo de mi tatarabuelo, situado en la España profunda del siglo XVIII, sin testimonio evangélico alguno, que yo sepa. Seguramente mi vida cristiana se hubiera reducido a dar testimonio de mi fe, y acto seguido la muerte segura a manos de la Inquisición. Aunque, ¡Gloria a Dios! si así hubiera tenido que ser.

Por lo común, pienso que casos de cristianos solitarios (vivir su cristianismo en soledad) no han sido abundantes en la Historia, y generalmente asumían un propósito de excepcionalidad en los planes divinos. De todos modos, visto desde su desarrollo histórico, Dios prepara, reúne, y dirige a la comunidad de cristianos, dado que representa el Cuerpo de Cristo, sean pocos o numerosos; así como también ha preparado y reunido a la comunidad de los incrédulos, clasificados por países, pueblos, religiones, culturas, y momentos históricos. Con esto quiero decir que los acontecimientos históricos, aplicados a cada persona, en relación con la salvación o condenación, también fueron diseñados por mano del Hacedor.

La Historia fue escrita en el libro Dios antes de que ésta se desarrollase. Hasta el mismo código genético de cada individuo fue trazado por el Creador. Así lo hace constar el salmista: «Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas»  (Sal. 139 16).

Nos preguntamos, además, desde nuestro corrompido Cristianismo: ¿Por qué en nuestra época de grandes movimientos evangélicos y fácil difusión bíblica, miles de cristianos abarrotan iglesias muertas espiritualmente? La respuesta es concisa: Porque éste es su destino. Dios mismo los ha juntado, agrupado en… No nos engañemos por las apariencias, pues habría que saber cuál es la intención verdadera de aquel que está satisfecho con una religión muerta. En cualquier caso, el Omnisciente conoce perfectamente los corazones, y por ello cada uno es predestinado en función de su verdadera disposición interior: «Pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (1º S. 6:7). Cada persona está donde debe y como debe estar, respecto a la voluntad de Dios, dependiendo de cuales sean sus intereses personales: «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mt. 6:21). En el día final nadie podrá decirle a Dios que vivió injustamente en el momento y lugar equivocado, o que padeció en esta vida pasajera sin sentido o propósito alguno. El Señor no es injusto o arbitrario con esta desdichada Humanidad: «Para él no hay acepción (diferencia) de personas» (Ef. 6:19).

Por lo dicho hasta aquí, podemos concluir que cada uno está en el hoy y estará en el mañana, en la época y lugar que le corresponde, comprendiendo que el Eterno prepara y planifica todo destino, teniendo presente las propias motivaciones humanas, que bien conoce de antemano. Así le ha placido en su soberanía, y aplicado en su providencia. 

Todas las cosas creadas, como sucesos históricos o circunstancias personales, es decir, desde lo más ínfimo relativo a la materia o el espíritu, hasta lo más grande e infinito del Universo, se mantiene en una estrecha vinculación con el Ser supremo llamado Dios, y por consiguiente con su voluntad decretada. No puede ser de otra manera. Ya citaba el poeta inglés William Blake: «Aquél que ve al infinito en todas las cosas, ve a Dios».

En cierta medida el hombre no es ignorante de que Dios es Rey soberano, y por ende tiene una responsabilidad en conocerle y servirle, por lo que no quiere enfrentarse a tan importante requisito. En la parábola de los talentos, el siervo que recibió un talento tuvo miedo a la responsabilidad que conllevaría el invertir lo entregado por su señor, o el precio que tendría que pagar en esta vida para gestionar lo que reconocía no era suyo, y por lo tanto prefirió enterrarlo: «Señor, te conocía que eres hombre duro… por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra» (Mt. 25: 4,5).  De igual manera hoy los intereses terrenales son los que prevalecen: sean intereses materiales, familiares, profesionales, morales, sociales, e inclusive religiosos, eclesiales o ministeriales, y que, definitivamente, suponen el rumbo que cada uno en particular desea seguir. El escritor y predicador estadounidense, A W Tozer, hace la siguiente mención: «Los hombres son libres para tomar sus propias decisiones morales, pero también están bajo necesidad de rendir cuentas a Dios por esas decisiones. Eso los hace tanto libres como responsables, porque está destinado a presentarse ante el juicio y rendir cuentas de las obras hechas mientras estaba en el cuerpo».

A pesar de todo, ninguna de las decisiones humanas, sean correctas o no, toman de improvisto y por sorpresa a Aquel que lo sabe todo. No olvidemos que Dios es omnisciente, y todo ello lo ha tenido presente a la hora de programar y desarrollar de forma general la historia de la Humanidad, y cómo no, aceptando también la elaboración de un plan previo en forma particular, esto es, un destino especial creado para cada individuo.

El predestino de los hijos de Dios

La voluntad de Dios para cada cristiano, en particular, se halla contemplada en lo que llamamos «la predestinación». Acerca de los hijos de Dios, la Biblia declara: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó» (Ro. 8:29). «En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad» (Ef. 1:5). Nótese la expresión «de su voluntad». La voluntad de Dios se manifiesta principalmente en la «predestinación». Razón por la cual el Padre celestial quiere llevar a cabo su perfecto plan en cada hijo suyo, incluyendo asimismo todos los aspectos esenciales de la vida cotidiana, mencionados en las preguntas anteriores.

He de aclarar que aquí no me refiero tanto a la predestinación en relación con la salvación o condenación eterna, sino más bien al destino previo creado por Dios para cada cristiano en particular, según su «providencia», término que, como ya hemos visto, significa «ver de antemano». Sobre el tema de la predestinación para salvación o condenación, no vamos a entrar en detalle, aunque según los datos bíblicos (Hch. 10:34, Ro. 2:11, Ef. 6:9, Gá. 2:5), Dios no hace acepción de personas. Según mi opinión, la «elección» guarda una estrecha relación con el concepto de eternidad, pues para Dios en esta dimensión no existe el tiempo, como ya hemos mencionado. El término «predestinación» implica tiempo, y sabemos que el que Creador del Universo no está supeditado al tiempo. De manera que en la predestinación está presente la caída del hombre, la muerte de Cristo, la condenación del incrédulo, la salvación del creyente, y nuestra responsabilidad humana, son realidades en tiempo presente para el Creador, vistas como un todo, desde antes de la fundación del mundo. Es difícil entender, mucho más de explicar…

En vista de las enseñanzas bíblicas, podemos asegurar que el Todopoderoso ha creado un destino particular para cada creyente, aplicado a esta vida temporal: desde el país de nacimiento, la familia que no ha escogido, su aspecto físico, sus dones, el ministerio, etc., hasta la fecha de su partida a la Patria celestial. El cristiano, como tal, se halla incluido en un programa minuciosamente planificado por Dios desde la eternidad. Sus circunstancias actuales (sean cuales fueren) no son casuales, sino que responden a un propósito celestial muy determinado. Así parece apoyarlo J.L. Packer, en su libro Conociendo a Dios: «¿Tiene Dios un plan individual para cada uno? Por cierto que sí: Dios tiene un “designio eterno” (literalmente “plan para las edades”), un designio… para realizarlo en la plenitud de los tiempos, en consonancia con lo cual realiza todo conforme a la decisión de su voluntad». Recapacitemos sobre tan maravillosa enseñanza, porque resulta de gran utilidad práctica, y constituye motivo de regocijo, pues en «la predestinación de Dios» es donde el creyente fiel, en cualquier circunstancia que se encuentre, halla un completo y eficaz descanso espiritual. 

Descubramos los grandes personajes de la Biblia, y cómo Dios cumplió su especial propósito (predestinación) en todos ellos. Distinguimos la vida y obra del señor Jesucristo, como el núcleo de la predestinación divina: «A éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole» (Hch. 2:23). Traemos a la memoria además la vida de Noé y su proyecto con el Arca; o el cumplimiento de la promesa de Dios con Abraham, angustiado por no tener hijos; Moisés y su renuncia a ser llamado hijo del Faraón; David, a punto de ser eliminado por Saúl; José, entregado por sus hermanos y encarcelado en Egipto; Juan el bautista y su labor precursora del Mesías... Y así podríamos seguir con otros ejemplos, relativos a la voluntad especial de Dios. De igual forma que con los ejemplos bíblicos, también los inmutables planes divinos se han de ejecutar en la vida del creyente que confía en su Salvador, y sin apenas notar el extraordinario proceder invisible de la intervención divina.

Conviene recordar que los cristianos no andamos carentes de rumbo o destino; todo lo contrario, existe un propósito que cada cual personalmente habrá de cumplir: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:10). Es verdad que hay un sentido general del texto leído (obras de carácter general), pero también es verdad que su aplicación contiene un sentido claramente individual. Por ejemplo, para que entendamos la idea, si Dios afirma que «cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros» (1 P. 4:10), será porque a la vez que el don, también Dios provee del ministerio específico para poder ejercer el particular don que Él mismo ha otorgado; de forma contraria sería un dicho absurdo en manos de un Dios razonable.

El teólogo y escritor del siglo XIX, Benjamín B. Warfield, realiza la siguiente mención sobre la predestinación: «Es el mismo nervio de la doctrina que cada individuo de la enorme multitud que constituye la gran hueste del pueblo de Dios, y que está ilustrando el carácter de Cristo en la nueva vida, ahora vivida en la fuerza del Hijo de Dios, ha sido el objeto particular desde la eternidad de la consideración divina y que ahora está cumpliendo el destino elevado designado por Él desde la fundación del mundo». 

Si nos centramos en las declaraciones bíblicas, podemos esperar con toda seguridad que el Buen Pastor nos guíe y ayude a aplicar el destino tan elevado designado por Él. Pablo, siendo consciente de su propia predestinación, se presenta a la iglesia como «apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios» (Ef. 1:1). Siglos antes, y en esta misma línea de pensamiento, el salmista afirmaba en su corazón: «Jehová cumplirá su propósito en mí» (Sal. 138:8).

Dios conoce de antemano nuestras decisiones

«Pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas» (Mt. 6:32). Resulta apropiado pensar que nuestra vida futura se construya, en buena medida, sobre la base de todas las decisiones que Dios sabe que vamos a tomar. Y a causa de tal conocimiento, parece tener bastante sentido que el devenir histórico esté previamente determinado por el Creador, que bajo su infinita sabiduría se preocupó con antelación de todos los aspectos prácticos de la existencia humana en general, y también en forma particular para cada individuo, sea incrédulo o creyente. 

En primer lugar hemos de aclarar los conceptos: «Dios ya sabe lo que va a ocurrir», o en términos bíblicos leídos: «sabe lo que necesitamos». Éstas son expresiones del lenguaje humano para que nosotros entendamos el proceder de Dios, contemplado desde nuestro espacio-tiempo. La omnisciencia divina va mucho más allá, pues no está sujeta a la limitación del tiempo. Para Dios, el pasado o futuro también es presente: «Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día» (2 P. 3:8). En cierta manera podemos advertir que Dios crea un destino específico en función de las decisiones que Él ya sabe de antemano, y que corresponden a las intenciones de cada persona en particular. En caso contrario la predestinación se convertiría en programación automática... Por supuesto, las líneas maestras de la Historia y su plan general, pertenecen solamente a los infinitos decretos de Dios, que no se sujetan a la voluntad humana. Él establece sus designios y sitúa los límites del proceso histórico según su soberanía. Pero, magnánimo es Dios, que en su soberanía no ha querido ser indiferente a la voluntad del hombre. En este sentido, Dios planificó la muerte de Cristo antes de la fundación del mundo, porque precisamente sabía que el hombre voluntariamente iba a pecar contra sus mandamientos, y es por ello, que en función de esta errónea decisión humana, dispuso el rumbo de la Historia. «Ya destinado (el sacrifico de Cristo) desde antes de la fundación del mundo» (1ª P. 1:20). El pensador cristiano CS Lewis, concluyó de esta manera: «Existen dos clases de personas. Aquellos que le dicen a Dios. Que se haga tu voluntad; y aquellos a quien Dios les dice: Muy bien, que se haga como usted quiera».

Volviendo a la Confesión de Fe Westminster, Cap. 5:2, leemos: «Aunque con respecto a la presciencia y decreto de Dios, quien es la primera, todas las cosas sucederán inmutable e infaliblemente, (1) sin embargo, por la misma providencia las ha ordenado de tal manera, que sucederán conforme a la naturaleza de las causas secundarias, sea necesaria, libre o contingentemente». Veamos el ejemplo en la prueba de José. La causa primaria fue por decreto divino, para salvar de la hambruna al pueblo de Israel. Y en esta causa decretada se incluye la causa secundaria, es decir, el ser vendido por sus hermanos. ¿Dios lo tenía todo previsto? Sin lugar a dudas: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Gn. 50:20). 

Hagamos un inciso para explicar que, en cuanto a la dirección de Dios sobre lo que ya está predestinado, hemos de saber que el Espíritu Santo no determina si hemos de comer manzanas rojas o verdes, si hemos de comprar un lapicero azul o marrón… En términos generales hay ciertos aspectos de la vida que no poseen unas consecuencias eternas, y por lo tanto, si bien es Dios quien controla todo detalle, muchos no conllevan un carácter de predestino específico, y por ende carecen de importancia.

En definitiva, visto desde nuestra práctica cristiana, podemos admitir que Dios construya un entorno social, familiar, profesional, eclesial, ministerial, etc., que represente el camino preparado para cada creyente, teniendo en cuenta previamente, y desde la eternidad, el futuro grado de compromiso y obediencia a su Palabra. Todas las buenas obras del cristiano están preparadas de antemano, según consta en Efesios 2:10. Por lo demás, si el creyente peca, o dicho de otro modo, «siembra para la carne», también el destino incluirá las consecuencias de su pecado, «segando corrupción», según cita Gálatas 6:8. En cualquier caso las posibilidades de contención y restauración espiritual están presentes: «Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta» (Is. 1:18). ¡Qué gozo da el saber que todo está previsto por nuestro buen Padre Dios!

El destino y las bendiciones de nuestra fidelidad a Dios

Algunos podrían ver la postura planteada aquí como absolutamente fatalista, suponiendo que hemos de resignarnos estoicamente ante cualquier situación. Ésta no es la idea. No solamente es lícito, sino que también necesario, cambiar todos los acontecimientos que favorezcan nuestra vida aquí en la tierra, y así no quebranten la ley de Dios. Estamos llamados a cambiar para bien nuestra vida, y a colaborar en lo posible para mejorar la vida de los demás. Pero, sabemos que esos cambios efectuados, en decisión propia o ajena, también estaban previstos por Dios, y por consiguiente los incluye en su predestino. Con toda seguridad, el Todopoderoso interviene con anterioridad planificando nuestra vida, para que todas nuestras decisiones contribuyan a su plan final. Pensemos bien, porque de lo contrario sería absurda la promesa bíblica para el cristiano fiel: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Ro. 8:28).

Asimismo, el destino incluirá las bendiciones de nuestra obediencia a Dios, pero también los resultados de nuestra desobediencia. La enseñanza no reside en que Dios tiene un plan para mí, y dicho plan fracasará si no lo cumplo, dado que entonces Él no lo puede aplicar. En ningún modo pensemos que los planes del Creador se frustran si no andamos conforme su voluntad. El Omnipresente no pierde el tiempo creando un destino que el hombre no va a poder cumplir, ni queda defraudado por la rebeldía humana. Las bendiciones condicionales de Dios están preparadas (en Cristo) para aquellos que las van a recibir, dependiendo del grado de disposición, consagración y buena voluntad, porque así le ha placido a Dios bendecirnos por los méritos de Cristo.

Pensemos bíblicamente, porque lo que hagamos de bien en la vida, sea mérito o buena obra, sea disposición u obediencia, no merece recompensa ni bendición alguna por parte del hombre; no necesitamos ahondar mucho en el problema del pecado, para ver que todas nuestras buenas obras son hechas en imperfección; «como trapo de inmundicia», cita el profeta Isaías 64:6…

Ahora bien, reiteramos la enseñanza de que soberanamente, y a través de los méritos de Cristo, Dios mismo ha determinado recompensar la buena disposición del creyente. Como señala Mateo 10:42, ni un vaso de agua dado en el nombre de Jesús, a uno de sus discípulos, carecerá de recompensa. Esta promesa en ningún caso es justicia, sino benevolencia divina.

No cabe duda de que el Padre celestial lleva a cabo sus planes, teniendo en cuenta de antemano nuestras decisiones futuras, para así proporcionarnos un destino adecuado a éstas. Y en todo ello, por supuesto, se halla la absoluta gracia divina, de principio a fin. De manera que, las bendiciones de nuestra fidelidad a Dios (bendiciones fundamentalmente espirituales) y las consecuencias de nuestro pecado (bien sean temporales o eternas) están especialmente previstas por Dios. 

Jonás desobedeció el mandamiento, y Dios lo sabía, por eso le predestinó un gran pez: «Pero Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás» (Jon. 1:7). El destino para Jonás estaba conformado según la decisión que él tomaría, y que no sorprendió a Dios. Igualmente Sansón no tenía otro destino que la piedra de molino, preparada por Dios, porque sabía la errónea decisión que iba a tomar. Planificado por Dios fue el episodio de la traición de Jesús, las treinta monedas de plata, el campo y la horca donde se desarrolló el fatídico final de Judas Iscariote. Fue este un destino creado por el Eterno conforme a su voluntad permisiva, no así establecida, porque Dios no dispone lo malo, sino que más bien lo incluye en su destino como consecuencia propia.

En este sentido, el Antiguo Testamento está repleto de profecías (voluntad especial de Dios), escritas para momentos específicos y personas determinadas, y todas ellas se cumplieron sin excepción, y algunas cumpliéndose y por cumplirse. Ejemplo claro lo tenemos profetizado, con mucha antelación, en la deportación del antiguo pueblo de Israel, como consecuencia de su rebeldía; o el ministerio tan especial de Juan el Bautista, determinado por Dios desde su nacimiento. Esto sin mencionar las cientos de profecías acerca de la persona y obra de Jesucristo.

El reformador francés Jean Calvin, dijo: «La voluntad de Dios es la causa primera y dueña de todas las cosas, porque nada se hace sin su mandato o permisión». La voluntad de Dios decretada, vista desde el predestino histórico y personal, contiene un componente permisivo que incluye las consecuencias del pecado, que aun no conviniendo con los deseos originales de Dios, sí constituyen la puesta en marcha de un plan que respeta nuestras futuras decisiones. Decisiones previstas bajo su control y permisión. En efecto, la soberanía de Dios ha decretado su voluntad permisiva, pero al mismo tiempo su presciencia le permite también añadir los límites y las condiciones para que el mal no sobrepase los linderos establecidos, ni tampoco logren quebrar sus proyectos de eternidad, sino más bien para que en toda situación contribuyan al cumplimiento de éstos. En el caso del creyente fiel, también los males cooperarán en beneficio suyo.

El relato del rico y Lázaro, presentado por el Señor Jesucristo, resulta altamente clarificador. Aunque en el evangelio se muestra a modo de parábola, hacemos bien en considerar su veracidad histórica: «Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado» (Lc. 16:25). Lázaro recibió males en la vida, y con toda seguridad éstos fueron dispuestos por Dios con antelación a su nacimiento. Naturalmente, había un propósito de orden eterno; de hecho el resultado final fue altamente revelador. Podía haber sido también un buen final para el rico, pero decidió voluntariamente no compartir sus bienes con Lázaro; y también esta injusticia estaba prevista por Dios. Evidentemente el pecado del rico no fue en sí las riquezas, sino más bien el no querer compartirlas; seguramente pensaba que sus bienes eran suyos y merecidos, y no providencia divina, y por ello tampoco creía en la Palabra de Dios, que además nos manda amar a nuestro prójimo en forma práctica. Tal insensibilidad hacia la necesidad ajena, evidenciaba su incredulidad hacia los mandamientos divinos, ya establecidos en el Antiguo Testamento: «Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra» (Dt. 15:11). Como resultado, el rico se condenó por no haber creído en la Revelación divina, esto es, su vida egoísta fue consecuente con su incredulidad. ¡Qué importaba la eternidad! Lo que al parecer interesaba era vivir el presente lo mejor posible (no es otra la mentalidad de hoy). Dios lo sabía, y por eso lo predestinó como vaso de destrucción, dándole una prueba difícil de superar, que es el amor al bienestar material: «Raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Ti. 6.10). Finalmente las riquezas fueron solamente una prueba para delimitar su grado de sufrimiento eterno, y para demostrar que el hombre es egoísta por naturaleza.

Alguien podría preguntarse: Entonces, aquel que es pobre, que padece necesidad, o que sufre injusticias en este mundo, ¿está destinado por Dios para tal propósito? Debemos afirmar la respuesta con un rotundo «sí». «¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó?» (Lam. 3:37). Puede parecer confuso, pero en cualquiera de sus formas el sufrimiento contiene, en manos de Dios, una dimensión gloriosa y a la vez profundamente transformadora, para todo creyente fiel. Comprendamos bien que la pobreza o riqueza no suponen en sí mismo un bien o un mal; es algo temporal que el hombre administra para la eternidad. La carta de Santiago es muy enfática a este respecto: «Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman? Pero vosotros habéis afrentado al pobre» (Stg. 2:4-6). Esta declaración no supone que la pobreza sea voluntad original de Dios, ni tampoco que hayamos de promover la vagancia, o apoyar la injusticia social. En lo posible el cristiano ha de contribuir con el bienestar social, y así compartir sus bienes, mayormente con los que no tienen posibilidad de trabajar. «En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir» (Hch. 20:35). La norma bíblica es que el rico comparta con el pobre, el que tiene con el que no tiene nada, y así haya igualdad social para todos. Bien recomendó el Señor Jesús: «El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo»  (Lc. 3:11). 

Dicho esto, no pensemos en ningún modo que los valores eternos se construyen con dinero. Más rico fue Lázaro (riqueza espiritual) que el propio rico; y para tal estado contribuyó, paradójicamente, su pobreza material. 

Queda claro en la Escritura que la vida del cristiano no está exenta de pruebas, y muchas de ellas en forma de grandes penalidades, como le ocurrió a Lázaro. Pero, todas las aflicciones, en manos de Dios, contienen siempre propósitos victoriosos. El teólogo y novelista CS. Lewis, resalta la excelencia de las pruebas diciendo: «Las dificultades preparan a personas comunes para destinos extraordinarios». Pensemos, pues, en los destinos extraordinarios dispuestos por Dios para todos los cristianos, y no solamente aquellos que disfrutaremos en la eternidad, sino también los preparados para nuestra vida en particular.

En fin, la pobreza, así como las demás injusticias humanas, son medidas con las que Dios prueba al hombre, que también al creyente, para determinar el estado de nuestra eternidad. Y ese futuro estado, corresponderá en aquel día sin fin con nuestras decisiones tomadas en el hoy temporal, respecto a la voluntad de Dios. El sabio predicador, analizando las injusticias de la vida, exponía la enseñanza: «Es así, por causa de los hijos de los hombres, para que Dios los pruebe…» (Ec. 3:18).

Llegados a este punto, a continuación estableceremos la diferencia entre la voluntad de Dios general y la especial, utilizando como base un texto bíblico, en palabras del Señor Jesús.

TEXTO BÍBLICO QUE MARCA LA DIFERENCIA: Mateo 6:31-33

«Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia» (Mt. 6:33a). Esta parte del versículo expresa cuál es la voluntad general de Dios para todo creyente. Dicho mandamiento dado por el Señor Jesús, significa que la voluntad de Dios ha de ser motivo y propósito de nuestra existencia, por encima de todo lo demás, e inclusive de nuestras necesidades personales. Es oportuno preguntamos si existen personas, metas, proyectos, deseos, que en nuestro corazón se sobrepongan a los planes divinos. En este análisis, resultaría lógico aceptar que si no logramos ofrecer en todo el primer lugar a Dios y a su Palabra, no podemos esperar entonces que Él, pasando por alto nuestra indiferencia, responda con su bendición a todas nuestras necesidades vitales, según vemos en el contexto.

«Y todas estas cosas os serán añadidas» (Mt. 6:33b). La segunda parte de este versículo bíblico (la promesa) es el resultado de la primera (el mandamiento), esto es, de buscar el «reino de Dios» en primer lugar (su voluntad general). La expresión «todas estas cosas» se relaciona con las respuestas a las preguntas que formulábamos anteriormente (la voluntad especial de Dios), y que pertenecen a las necesidades de la vida cotidiana. En esto, el eminente teólogo holandés, L. Berkhof, parece concluir acertadamente: «Debe decirse que constituye un concepto antibíblico de Dios, decir que Él no se ocupa ni puede ocuparse de los detalles de la vida, que no puede responder a la oración, que no puede ayudar en los apuros e intervenir milagrosamente a favor del hombre… La Biblia enseña que hasta los más pequeños detalles de la vida tienen lugar en el orden divino». 

Para nuestra tranquilidad, las promesas bíblicas son más que concluyentes. Y estamos convencidos de que El Eterno suplirá, como así lo promete, lo que de antemano sabe que necesitamos (no lo que nosotros creemos necesitar). 

Sin embargo, también podemos intentar conseguir «todas estas cosas» por nuestra cuenta, antes que esperar en Dios y buscar su Reino en primer lugar. Pero, de ser así, «todas estas cosas», siendo muchas o pocas, a la verdad no irán acompañadas de la bendición especial de lo Alto. Recordemos que el cristiano fiel no vive por cuenta propia, sin por la de Dios. A veces ocurre que el creyente no busca la voluntad de Dios, sino que ésta se adapte a su propia voluntad, a sus propios deseos, alejándose así del mandato de Jesús. En ninguna manera podemos buscar la aprobación de Dios en decisiones que ya hemos tomado, máxime si éstas son erróneas. En tal caso, lo correcto es buscar la voluntad de Dios antes de tomar cualquier decisión que sea relevante. Santiago concluyó apropiadamente en su epístola: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto y aquello» (Stg. 4:15).

«No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?» (Mt. 6:31). Aquí podemos seguir incluyendo todas las preguntas anteriormente citadas, más las preguntas que el lector desee añadir… Si en verdad estamos buscando primeramente el desempeño de la voluntad de Dios, habremos de confiar en el control minucioso que Él tiene sobre todas nuestras necesidades básicas. Es precisamente nuestra plena confianza en sus promesas, la que nos permite permanecer tranquilos en esta vida, sin preocuparnos desmedidamente. «Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos» (Mt. 10:31).

En tanto nuestro corazón se disponga a cumplir con los designios generales de Dios, se añadirá entonces todo aquello que precisamos para llevar a término sus planes. Solamente hemos de procurar poner en práctica la voluntad general de Dios (siempre con su ayuda), que bien se encargará Él de aplicar en nosotros su especial y perfecta voluntad, ya diseñada desde antes dela fundación del mundo.

«Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas» (Mt. 6:32). Comprendamos bien el conocimiento anticipado de Dios, ya que por lo general no nos otorgará todas las cosas que creemos necesitar; sino, en todo caso, las que Él sabe que realmente necesitamos. Podemos afirmar que toda necesidad cubierta por Dios siempre guardará una estrecha relación con sus planes celestiales; y tales planes, en su concepción original, poseen una marcada perspectiva de eternidad. Al fin y al cabo el propósito más importante que debemos perseguir, es el estado final de nuestra eternidad con Cristo.

Hoy más que nunca, descubriendo cómo se aceleran los tiempos del fin, nos sentimos motivados a contemplar la vida con unos anteojos de largo alcance: trayendo a a la vida terrenal nuestra posición de eternidad con Cristo: «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col. 3:2).

Uno de los problemas fundamentales de la esencia humana es «no saber esperar». Y como somos impacientes por naturaleza, a veces queremos adelantarnos a las previsiones celestiales, y por ello algunos espíritus impulsivos no están dispuestos a esperar los tiempos de Dios, tomando por contra decisiones fuera de su voluntad. J.L. Packer, hablando sobre la providencia divina, apunta a este importante factor: «Falta de disposición para esperar. “Espera en Jehová” es uno de los estribillos constante en los Salmos –consejo necesario porque frecuentemente Dios nos hace esperar–. Él no tiene tanto apuro como nosotros, y su modo de proceder es el de no darnos más de lo que necesitamos para el tiempo presente, o lo que necesitamos como guía para dar un paso a la vez. Cuando estemos en duda sigamos esperando en Jehová y no hagamos nada. Cuando sea necesario, la luz necesaria vendrá».

Por otra parte, entendemos que el Padre celestial no cubrirá las necesidades de todos por igual, puesto que sus planes especiales, en este mundo, son diferentes para cada hijo suyo, y por ello resulta sensato pensar que a cada cuál le aplique una medida distinta.

Podemos notar que, «todas estas cosas» (necesidades cubiertas en la vida) no son «finalidad» en sí mismas, sino los «medios» que Dios utiliza para llevar a cabo en cada cristiano la misión encomendada en esta vida temporal, la cual, como hemos citado, contiene una proyección de eternidad.

Ante la pregunta de sus discípulos, «Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra» (Jn. 4:34). Nos preguntamos, ¿no debería de ser también ésta nuestra mayor aspiración en la vida?

Hagamos aquí una consideración concluyente. Teniendo en cuenta la propia libertad (valga la expresión), el creyente puede buscar el reino de Dios y su justicia en primer lugar, o no buscarlo; es una decisión personal. Decisión tan importante marcará la diferencia entre vivir dentro o fuera de la voluntad general de Dios. Consideremos aquí la determinación de Moisés: «Escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado» (He. 11:25). Al igual que hizo este gran héroe de la fe, también en el momento determinado habremos de elegir; la disposición para el servicio es realmente voluntaria. Sobre el tema, no fue diferente la enseñanza de nuestro Maestro: «Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc. 9:23). «El que quiere hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Jn. 7:17). Subráyese de estos versículos la palabra «quiere»: el que quiere, si alguno quiere… Así es, Dios no impone sus mandamientos, ni obliga a nadie que no desee obedecer; por el contrario, respeta las decisiones tomadas en el presente. También fue la exclamación del Señor para con su pueblo. El llamamiento antiguo del Señor para con su pueblo fue en todo similar: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida» (Jn. 5:40). 

Parafraseando la frase conocida del poeta, podríamos decir: «Querer o no querer, esa es la cuestión». Como cualquier decisión en la vida cristiana, querer o no querer constituye una prueba de amor a Dios. Todo aquel que «no quiera», aun siendo cristiano, habrá de atenerse a las consecuencias; consecuencias que incluirá, entre otras cosas, cargar con una vida espiritualmente fracasada. En cambio, en la medida que el creyente se disponga a cumplir con la voluntad general de Dios, tendrá entonces garantizada las bendiciones de los proyectos divinos en forma particular. 

Ahora bien, cumplir con los planes divinos no representa para el hombre vivir en estado de perfección, o impecabilidad absoluta. Desgraciadamente el cristiano todavía está sujeto a la influencia de su naturaleza caída. Por lo tanto, la idea central, en este asunto, va siempre encaminada hacia disponer nuestra voluntad en dirección a la de Dios. El que es Omnisciente ve la intención del corazón y no tanto la actividad. Somos y seremos insuficientes para hacer nada bueno para Dios. Necesitamos la gracia y el poder de nuestro Señor, pues reconocemos que Él mismo hace la obra en nosotros. 

En esto, como en todo, la gracia de Dios en el creyente se muestra de forma completa, porque tampoco merecemos que Él responda con su rica bendición a nuestra obediencia, por muy fiel que ésta se manifieste. Si merecemos algo, es el castigo eterno. A saber, la remuneración a nuestro obrar es posible porque así le ha placido a Dios en su benevolencia (formando parte de su voluntad general), y determinado solamente por gracia: «Y si por gracia, ya no es por obras» (Ro. 11:6).

Visto lo visto, no impacientemos nuestra alma en saber cuál sea la voluntad de Dios en todos los temas que atañen a la vida cotidiana (no os afanéis). Nuestra preocupación debe ser, fundamentalmente, la de «buscar el reino de Dios y su justicia». Al tiempo determinado, nuestro Buen Pastor añadirá todas las demás cosas, o dicho de otro modo, cumplirá con su voluntad específica, tanto en nuestra vida, como en nuestras circunstancias personales.

Al cristiano le corresponde hacer su parte, bajo la gracia de Dios (voluntad general), que Dios a su tiempo hará la suya (voluntad especial). Entiéndase la idea.

¿POR QUÉ CUMPLIR CON LA VOLUNTAD DE DIOS?

La respuesta sería tan sencilla como decir que Dios es soberano, y por lo tanto el que manda. No ignorando esta importante enseñanza, también como Padre bondadoso desea lo mejor para sus hijos, y por ello sus mandamientos no son gravosos, conllevando siempre resultados benéficos para el ser humano, mayormente para aquellos que son receptores del amor divino. De igual forma también es una concesión que Dios da a sus hijos, para que sean colaboradores en los proyectos de Dios. El mismo apóstol remarcó la idea: «Porque nosotros somos colaboradores de Dios» (1 Co. 3:9).

Aquí hemos de precisar bien, porque para desempeñar los designios del Creador es necesario mantener unas motivaciones correctas. Toda decisión tiene su razón de ser. De modo que, las motivaciones del corazón son las que dispondrán nuestra vida a favor o en contra de la buena voluntad de Dios.

Por lo general no hemos de obedecer a Dios para…, sino principalmente por… No para alcanzar la salvación, desde luego, ni tampoco para ser merecedores del favor celestial. Si alguno piensa que es merecedor de algo, aun cumpliendo con los planes divinos, no piensa bien. El Padre sólo tiene su complacencia en el Hijo, según Marcos 1:11, por ello todas sus bendiciones nos vienen a través de Cristo (sobre la base de su obra en la Cruz).

Disposición a cumplir con los designios de Dios

Por agradecimiento

Los cristianos somos poseedores de la preciosa verdad del Evangelio. Y estamos tan agradecidos a Dios por su gracia, su amor, y por todos los beneficios de su salvación, que no parece existir otra opción razonable que no sea la de buscar el cumplimiento de su voluntad. «Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios» (1 Te. 5:18). Agradecemos al Señor con nuestros labios, pero también hemos de hacerlo con nuestra vida. ¡Hay tantos motivos por los cuales hemos de agradecer a nuestro Padre Dios!

Porque glorifica a Dios

Los planes celestiales, aun siendo eternos, han de llevarse a cabo en este mundo temporal. Dichos planes contienen un objetivo sublime, y no éste no es otro que el de adorar y glorificar a nuestro Padre celestial. «Glorificad, pues, a Dios» (1 Co 6.20). Glorificamos a Dios por lo que Él es, en sus atribuciones divinas principalmente, y también por lo que ha hecho, hace, y hará en nuestras vidas. Alabar y enaltecer el nombre de Dios en la obra de Jesucristo, es el motor que debe impulsar nuestra boca, nuestros corazones, así como nuestros hechos… Buscar la voluntad de Dios, por consiguiente, en ninguna forma ha de repercutir en la glorificación personal, pues «a Él sea la gloria por los siglos» (Ro. 11:36).

Porque no nos pertenecemos

Los cristianos somos instrumentos en manos del Omnipotente para llevar a término sus fieles propósitos. «Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Co. 6:19,20). El creyente verdadero ha sido comprado por Dios, y por ende no es dueño de su vida. Ha sido rescatado de la esclavitud del pecado, y también de un terrible destino final: el infierno. Luego, si fuimos comprados, es porque alguien pagó el precio. La muerte de su querido Hijo, Jesucristo, es el precio que Dios pagó para poder redimirnos; motivo suficiente para sentirnos deudores. Gracias a la muerte de Cristo (y a su resurrección) muchos pecadores han sido rescatados, que no es poca cosa…

Verdad es, los hijos de Dios recibimos en forma gratuita la salvación, pero ¡cuán grande fue el precio que Dios pagó por ella…! De manera que somos suyos, le pertenecemos. Y, por tan grande dicha, nuestra responsabilidad como cristianos es administrar, con diligencia y buena voluntad, los deseos de nuestro Señor, o mejor dicho, de nuestro Dueño.

Porque es para nuestro bien

«Y sabemos que a los que aman a Dios (la motivación correcta), todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Ro. 8:28). El cristiano ha recibido el amor de Dios en la conversión, y por ello está habilitado para poder amarle. Como resultado, todo lo que acontece en su vida, previa condición (amar a Dios), va a colaborar para su bien. Un bien en esta vida terrenal: «todo lo que hará prosperará» (Sal. 1:3), y lo más relevante, un bien eterno: «entra en el gozo de tu señor» (Mt. 25:21). Definitivamente, no hay nada en este mundo que traiga tanta satisfacción al alma humana, que vivir conforme a la voluntad de Dios, pues ello aporta vida y vida en abundancia: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn. 10:10).

Porque posee una proyección eterna

Nos preguntamos, con todo el sentido de la lógica, ¿qué importancia conlleva el vivir 80-90 años en este mundo lleno de sinsabores, si lo comparamos con toda una eternidad repleta de satisfacciones? «Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece» (Stg. 4:14). Hacemos bien si valoramos nuestra vida terrenal en relación con la eternidad. Vivir el hoy con sentido del mañana, es buena medida para no descarriar el significado de nuestro paso por este mundo.

Comprobemos nuestro andar diario, porque vivir conforme a la voluntad de Dios, marcará nuestro destino final. El estado en la eternidad, esto es, el grado de satisfacción, categoría celestial, funciones, privilegios, así como nuestra cercanía con Jesús y participación de su gloria, va a depender, con todo, de nuestra labor en este mundo, o mejor dicho, de la labor que Dios haga a través nuestro, porque en todas las cosas siempre habrá de acompañarnos su poder y su gracia.

A tenor de lo comentado, no parece razonable preocuparse demasiado (afanarse) por los avatares de la vida cotidiana, ya sea empleo, posición económica, estabilidad familiar, enfermedad o salud... Todo ello es como nada si lo contemplamos con los ojos de la eternidad. No fue otra la experiencia del apóstol Pablo: «Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Ro. 8:18). Con esta visión de futuro camina el cristiano fiel, convencido de que la promesa del Señor no tardará mucho en hacerse realidad: «He aquí, vengo pronto, y mi galardón conmigo» (Ap. 22:12).

José Mª Recuero

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