Los extremos de la doctrina carismática

El don de lenguas

EL DON Y LA CIUDAD DE CORINTO

La práctica de hablar en lenguas extrañas, constituye una experiencia bastante común en este colectivo. Para el extremo carismático, tal carisma supone una manifestación clara de la salvación de todo convertido a Dios. Aquellos cristianos, por tanto, que no practican el don de lenguas, son tratados bajo sospecha, y cuestionada su espiritualidad, cuando no su salvación personal.

Inicialmente, para comprender el llamado «don de lenguas» que se menciona en la epístola a los Corintios, deberemos tener en cuenta todo el contexto histórico en el que habitaban los ciudadanos de la ciudad de Corinto; desde el enfoque hermenéutico al que nos hemos referido anteriormente. Sólo así podremos recoger algunos datos, ciertamente necesarios, que nos ayudarán a realizar una interpretación más acertada de la doctrina que nos ocupa en el presente capítulo.

Como ya hemos indicado en el apartado sobre hermenéutica, comprendemos que nuestra Cristiandad y sus doctrinas no se conformaron en el cielo estelar, a modo de «nebulosa cósmica»; sino que nacieron y se desarrollaron en medio de un ambiente histórico, en el cual fueron adquiriendo la forma determinada. A partir de aquí, si no logramos obtener unos mínimos detalles de los elementos sociales, culturales y religiosos, que influenciaron a la iglesia de aquella época, resultará imposible que lleguemos a un acercamiento exegético adecuado sobre dicho tema.

En primer lugar debemos señalar que Corinto era una ciudad cosmopolita, y como tal formaba una colonia romana, con sus variopintos dioses y diversas prácticas animistas. Tengamos presente que la ciudad de Corinto fue una de las más afectadas por los movimientos filosóficos y religiosos de la Grecia antigua, así como de la moderna Roma. Las religiones de misterio estaban a la orden del día en aquella ciudad, y la iglesia de Corinto no se resistía precisamente a recibir sus negativas influencias. Por lo que se desprende de todo el contexto bíblico, se sabe que muchos de los conversos provenientes de estos sectores, adoptaron ciertas prácticas y las introdujeron en aquella congregación.

Acerca de las lenguas, advertimos que uno de los problemas principales de esta congregación fue la importancia que se le otorgaba a la sabiduría humana (primeros capítulos de la epístola). Por entonces era muy común la búsqueda de la sabiduría de palabras y las sutilezas de la dialéctica; y en la congregación se movía un cierto afán por destacar en las pláticas.

En aquel tiempo, la cultura pagana de aquellas religiones, concedía cierta importancia a las experiencias extáticas. Como se sabe, los practicantes de estos círculos místicos hacían cualquier cosa por alcanzar el trance, hablando así en diferentes idiomas (aparentemente), y proclamando distintas profecías. Para ello, era obligatorio mantener una comunión mágica y sensual con las deidades, expresada especialmente a través del «éxtasis», que a su vez provocado por varios métodos utilizados para tal propósito: por la vigilia, por el ayuno, por las danzas exaltadas, por el efecto de la música estimulante, por la inhalación de gases, por el vino, por la autosugestión... Los datos que nos ofrece la Historia son paralelos: «Con el fin de impresionar la imaginación y de atacar los nervios, no se vacilaba en recurrir a medios truculentos: en ciertos locales donde se iniciaba en los misterios, las estatuas articuladas o parlantes, los juegos de luces, las puertas abriéndose y cerrándose solas; en las ceremonias la teatralidad de los vestidos abigarrados, de las músicas estridentes, de los cantos y los gritos exaltados...» (Historia General de las Civilizaciones, Vol.II. Ed. Destino, 1974, 407). Además, la costumbre de ingerir grandes cantidades de alcohol, les procuraba una comunión especial con Dionisio: el dios de la fertilidad (recordemos que uno de los problemas en la congregación de Corinto, era el abuso de alcohol). Así, la palabra corinto se convirtió en sinónimo de borracho, y no resulta ilógico que en plena embriaguez se dieran fenómenos extraños, entre ellos el de hablar toda clase de lenguas ininteligibles. «Las sectas místicas siguieron guardando la tradición dionisiaca, y este dios desempeña todavía una importante papel en la época imperial...» (Grimal Pierre, Diccionario de Mitología Griega y Romana. Ed. Paidos, 1990, 141).

No parece absurdo, entonces, pensar que las lenguas que se practicaban en la ciudad de Corinto, entre las religiones paganas, se infiltraran de forma natural en la iglesia. Y éstas, seguramente, no eran otras que las lenguas órficas, que provenían de la adoración al dios Orfeo, y que fueron introducidas en aquella congregación; al igual que otras prácticas y abusos cometidos en la iglesia que tenían mucho que ver con las influencias espirituales de su entorno, y de las cuales hace referencia el apóstol Pablo en su carta, como veremos más adelante.

En fin, recogiendo los aspectos históricos que influyeron en la iglesia de Corinto, conseguiremos aproximarnos hacia una interpretación apropiada acerca del don que ellos practicaban.


EL DON DE LENGUAS Y LA HISTORIA

Es cierto que algunos apelan a la historia de la Iglesia para defender el don de lenguas. Pero esto no parece muy recomendable, pues la Escritura no se interpreta desde la Historia, sino desde la misma Escritura. Y de querer recoger la experiencia de la Historia, podemos observar que los casos que se produjeron dentro del Cristianismo histórico, hasta el siglo XX, fueron bastante cuestionables, si comparamos hoy sus prácticas y doctrinas a la luz de la Biblia.

Ciertamente no se considera prudente apoyar una enseñanza en la historia del Cristianismo, tan lleno de contradicciones, pues la doctrina bíblica no debe fundamentarse en la Historia, sino en la Biblia. Por lo demás, la Historia nos puede ofrecer elementos de criterio para apoyar o rechazar una enseñanza; pero en el caso que nos ocupa, no tenemos el suficiente apoyo, ni bíblico, ni histórico, ni eclesial, para otorgarle suficiente crédito a esta particular doctrina.

Tratando de ofrecer una conclusión histórica muy resumida, cabe mencionar a un personaje llamado Montano, creador del Montanismo (siglo II). Él mismo dijo hablar en lenguas, además de tener diversas revelaciones de tipo apocalíptico. Montano afirmaba ser el delegado directo del Espíritu Santo, junto con sus dos profetisas: Priscila y Maximila... Si bien es cierto que este movimiento tuvo un enfoque renovador y puritano, oponiéndose a la reciente jerarquización de la iglesia oficial, por lo general sus prácticas extáticas, de extremado rigor, no se hallaban acorde con lo que hoy conocemos como doctrina bíblica. Es cierto que este movimiento tuvo su repercusión en el Cristianismo, y permaneció por muchos años, pero como tal desapareció alrededor del siglo VI.

Al mismo tiempo, podemos destacar que el testimonio que existe de los Padres de la Iglesia, en los primeros siglos del Cristianismo, no parece muy fiable; pues se incurre en numerosas contradicciones –en ésta y en otras muchas cuestiones doctrinales–. Y es del todo comprensible, ya que los pilares de la «doctrina cristiana» permanecían todavía en su periodo de formación. Con todo, la gran mayoría de ellos no estaban de acuerdo con el don de lenguas, y no lo consideraban necesario para la extensión del Evangelio. Por ejemplo, San Agustín, en el siglo IV, confirmó que las manifestaciones de las lenguas habían terminado.

Durante la Edad Media surgieron por entonces algunos grupos esporádicos que decían hablar en lenguas. Así se hizo evidente entre los Cátaros (Albigenses) en el siglo XI. Ellos, si bien surgieron como reacción a la institucionalización católica romana, hemos de saber que éste era un movimiento de influencia maniquea, que negaba la encarnación y resurrección corporal de Cristo, entre otros puntos doctrinales considerados como no bíblicos.

También debemos tener presente que el avivamiento durante el periodo de la Reforma –a partir del siglo XVI–, así como en los siglos posteriores, no fue precedido de estos fenómenos extra lingüísticos. Y que se sepa, ninguno de los grandes predicadores (Jonathan Edwards, Spurgeon, Whitefield, entre otros muchos) y participantes de los distintos avivamientos que se produjeron en la Historia, hablaron en lenguas. En cualquier caso el resurgimiento espiritual siempre fue provocado por la exposición clara y poderosa de la Palabra de Dios, y por la intervención del Espíritu a través de ella.

Después de la Reforma y hasta el siglo XX, florecieron algunos sectores religiosos que afirmaron hablar en lenguas: como los Jansenistas (grupo reformador católico, que se oponía a la reforma protestante), o alguna comunidad sectaria vinculada al movimiento Cuáquero (como los Shakers), además de otros círculos enmarcados fuera del Cristianismo.

En definitiva, los grupos que han surgido a través de la Historia, hasta el siglo XX, y que dijeron hablar lenguas, no son en ninguna manera representativos de la verdad bíblica, ya que debido a sus elementos heréticos no gozan de autoridad alguna para apoyar cualquier doctrina bíblica; en cualquier caso parece ser lo contrario.

Igualmente reiteramos que no podemos fundamentar hoy una doctrina cristiana en la historia de la Iglesia, ya que para ello tendríamos primero que tener los documentos originales escritos (las fuentes primarias) que apoyasen cualquier dato histórico. Con todo, tampoco poseemos la seguridad de que sea cierto lo que se dice, dado que el escritor puede contar los hechos según su versión, a veces llevado por intereses políticos, religiosos, etc.

Y llegados a este punto, los movimientos que emergieron a partir del siglo XX, los cuales se extienden a marchas forzadas, se habrán de analizar, en todo caso, a la luz de la Sola Escritura, que es la única que posee autoridad sobre dicho tema.

En este asunto, podemos considerar que si Dios quiso otorgar el don de lenguas en los inicios del Cristianismo, para la divulgación del Evangelio, no podemos nosotros cuestionarlo hoy, porque al parecer la Biblia así lo contempla. Pero lo que también queda claro, es que estas manifestaciones no deben constituir doctrina para la Iglesia, debido, por encima de todo, a su falta de apoyo y argumentación bíblica; y mucho menos debe ser normativa para todos los cristianos.

En lo que se refiere a las presentes expresiones del don de lenguas, éstas se consideran de orden universal, pues también las encontramos en religiones seudo-cristianas, o incluso fuera de los círculos cristianos. Se habla en lenguas entre los católicos, los mormones, las religiones orientales, las tribus indígenas del África y Centroamérica; sin olvidar que este fenómeno es muy frecuente entre aquellos que practican ocultismo, especialmente los médium.


EL DON DE LENGUAS EN LA BIBLIA

El estudio de las lenguas requiere un tratamiento de ardua investigación bíblica, que debe realizarse a partir del Antiguo Testamento, por lo que no entraremos en materia. Pero sólo cabe decir que las lenguas, generalmente, han sido una señal de juicio por parte de Dios, y no de bendición. A este respecto puede leerse Génesis 11:7, e Isaías 28:11.

Observando la Escritura bajo una perspectiva hermenéutica, el don de lenguas aparece, al margen del libro de Hechos, sólo en la epístola a los Corintios; y por si fuera poco, el apóstol no estaba muy de acuerdo con este hábito. Asimismo, el don de lenguas no se propone en ninguna de las veinte cartas restantes que hay en todo el Nuevo Testamento.

Reflexionemos detenidamente, porque si las lenguas son una señal de la recepción o bautismo del Espíritu, o una experiencia que todos los cristianos han de practicar como algo útil y necesario para su edificación espiritual, o para la extensión del Evangelio, sin lugar a dudas que los escritores del Nuevo Testamento –teniendo esto muy en cuenta– lo hubieran reflejado en sus cartas a las iglesias. Sin embargo, la completa ausencia de mención bíblica, indica necesariamente que los autores contemplaron este don a modo de práctica transitoria.

Igualmente el término lenguas no significa jerigonzas, o palabras desarticuladas y sin sentido, sino que en el original griego el término «glosais» se traduce por idiomas o lenguaje. ¿Qué idiomas, por tanto, se hablaban en el primer siglo: hebreo, arameo, griego, árabe, latín...?

En el caso de que hablar en otros idiomas se concibiera como un don, la Escritura enseña que no todos los cristianos serían portadores del mismo don: «... el Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere» (1 Co. 12:11). «Teniendo diferentes dones» (Ro. 12:6). «Cada uno según el don que ha recibido» (1 P. 4:10). Y aunque el apóstol Pablo aceptaba la existencia de este don, al incluirlo en su lista de dones (tenemos algunas referencias en Hechos de que existió como una manifestación del Espíritu), ello no significa que estuviera de acuerdo con lo que los corintios practicaban, sino más bien parece ser todo lo opuesto: muestra su clara disconformidad con esas prácticas (lenguas extáticas). Y este desacuerdo se desarrolla de forma contundente desde el capítulo 12 al 14 de 1ª a los Corintios.

A continuación examinaremos, a través de algunos textos claves, la gran oposición del apóstol hacia las «habilidades lingüísticas» de la iglesia en Corinto.

Los textos bíblicos

«Os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús» (12:3). Al parecer, según el texto, algunos corintios pronunciaban anatema (la palabra más original es blasfemias) contra Jesús, creyendo al mismo tiempo que eran manifestaciones del Espíritu Santo. No obstante, tendríamos que preguntarnos de qué espíritu sería... pues seguramente del mismo espíritu que gobernaba las religiones paganas del momento. «Cesarán las lenguas» (13:8). Debido al énfasis que ellos hacían sobre dicho tema, el apóstol les avisa de su error con esta declaración, sobre todo para que se vayan concienciando. Es cierto, los idiomas no son necesarios en el reino de Dios, por lo tanto no pretendamos volver otra vez a la torre de Babel.

«Porque el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla misterios» (14:2). Es como si el apóstol dijera: –Porque el que habla en un idioma diferente del comprensible, dentro de la iglesia, anda desorientado, porque en tal caso el único que le puede comprender es Dios. Por eso dice que habla misterios, porque las formas extáticas de expresión, como los idiomas extraños, no se pueden comprender, y en consecuencia se reducen al ámbito de «lo desconocido». Ahora bien, que hable a Dios no significa que Dios esté de acuerdo con la oración, ni tampoco que la oración sea correcta. Asimismo, la expresión «por el Espíritu» se ha traducido de forma errónea, puesto que corresponde al dativo singular del griego «pneúmati» (alma, soplo, vida..), y teniendo en cuenta la línea de pensamiento de todo el pasaje, es más correcto traducirlo por «en el espíritu», haciendo referencia al espíritu humano y no al Espíritu Santo. Igualmente los versículos paralelos así lo demuestran (teniendo presente el contexto), por ejemplo: 14:14,15,16,32.

«El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza (enseña) edifica a la iglesia» (14:4). El propósito de los dones, según el Nuevo Testamento, es para edificación de la iglesia, para su crecimiento y desarrollo espiritual, y nunca para la autorrealización del individuo. Por ello, entendemos que la expresión «a sí mismo se edifica» resulta una ironía, utilizada en muchas ocasiones por el apóstol en sus escritos. Así que, esa misma auto-edificación personal, es contemplada por el mismo Pablo con muchas reservas.

«Si yo voy a vosotros hablando en lenguas (dijo Pablo), ¿qué os aprovechará?...» (14:6). Indudablemente el autor de la carta a los Corintios, tenía toda la razón. Esta práctica en la iglesia es verdaderamente inservible; y efectivamente, de su uso no se obtiene ningún beneficio espiritual. Así que, por lo que vemos, el desacuerdo de Pablo parece unánime en todas sus recomendaciones bíblicas.

«Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire» (14:9). Parece ser que el hablar en lenguas –al modo de los corintios– era igual que hablar al aire, es decir, una pérdida de tiempo. Desde luego que en esta frase observamos claramente la disconformidad del apóstol Pablo con estas prácticas inoportunas.

«Por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida poder interpretarla (traducirla)» (14:13). A la verdad, este mandamiento se pasa por alto de una manera bastante generosa. Parece del todo razonable que Pablo les pusiera una medida de precaución, esto es, la traducción de esas lenguas en la iglesia, para que, en cualquier caso, no se produjeran expresiones blasfemas; ya hemos visto que así ocurrió. Y podríamos añadir, como el mismo apóstol indicará posteriormente, que si esto no se cumple (la traducción de esas lenguas), mejor que tal persona se calle.

«Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento» (14:15). La disposición bíblica parece bastante precisa. Así, en la oración siempre se deben coordinar las palabras correctamente para que el orador sea plenamente consciente de lo que dice, y los demás también puedan entenderlo. Por consiguiente, si en las oraciones no se utiliza el entendimiento, tales oraciones, desde un punto de vista bíblico y según reza el texto leído, no deben aceptarse como válidas.

«Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros; pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida» (14:18,19). Pensamos que las lenguas que conocía Pablo podrían haber sido muchas, porque al margen de ser buen conocedor de la Ley, fue un hombre de gran erudición académica, por lo que seguramente aprendió varios idiomas; sin cuestionar, por supuesto, que pudiera realmente tener el don de «idiomas» al modo que ocurrió en Hechos.

Ahora, según su declaración, desecha ciertos métodos de auto-edificación, que para él son ilegítimos, en favor de la edificación de la iglesia. Y éste es otro texto que se añade a la discrepancia que Pablo mantuvo con la práctica del don de lenguas en esta iglesia.

«Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar» (14:20). Este versículo nos enseña, además, que las manifestaciones de las lenguas corresponden al periodo infantil de la Iglesia naciente, que se produjo en el contexto de la ley judía, la cual pertenece al Antiguo Pacto. Por consiguiente, querer repetir la misma experiencia, es sumergirse en un estado de retroceso a la Ley y de infantilismo espiritual, propio de una iglesia inmadura, como en buena medida lo era la iglesia de Corinto.

«Así que, las lenguas son por señal, no a los creyentes (importante declaración), sino a los incrédulos» (14:22). Aquí es necesario destacar la expresión «no a los creyentes», recalcando que esta práctica en la iglesia, entre los creyentes, queda completamente descalificada. Y él mismo apóstol llega a una conclusión que se contempla en el Antiguo Testamento: «En la ley está escrito» (v. 21). Recordemos que el concepto bíblico se desprende de ahí, porque las lenguas, como ya mencionamos, son señal de juicio para los incrédulos.

«Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis locos?» (14:23). Razón tenía el hermano Pablo. Y bien podemos unirnos al sentir del apóstol, porque también hoy día se podría aplicar perfectamente el calificativo de «loco», al espectáculo que se observa en muchas reuniones de extremada espiritualidad. Y es que, entre la algarabía de las lenguas y los demás enredos, lo único que se consigue es despertar un «sentimiento de ridiculez» al que, en su sano juicio, entra por primera vez a un culto de estas características.

«Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios» (14:28). La palabra «intérprete» significa traductor. El mandamiento resulta explícito, es decir, toda persona que hable en la congregación con idiomas que no sean traducidos, mejor sería que se estuviera callado. Y también se observa que, en un tono bastante condescendiente, e irónico a la vez, les dice que en caso contrario hablen para sí mismos (recomendación absurda si lo aplicamos literalmente), y para Dios... que a lo mejor es el único que puede entender tales jeroglíficos.

«Y los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas» (14:32). Aquí les recuerda que si existen exposiciones verbales que no se pueden controlar, entonces, tales expresiones –según el texto– no son válidas ni provienen de Dios. Como en todas las cosas, el cristiano ha de dominar sus manifestaciones espirituales, y nunca debe permitir que ellas le controlen a él. No olvidemos que una de las virtudes del fruto del Espíritu Santo es el dominio propio: de lo que decimos y de lo que hacemos. Y esta virtud en ninguna manera conlleva descontrol del habla, como tampoco de las acciones.

«Si yo hablase lenguas humanas y angélicas (en el supuesto de que se pudiera) y no tengo amor... nada soy» (13:1,2). Pablo sigue cuestionando las prácticas realizadas por aquella iglesia, llegando a la firme conclusión de que lo que realmente necesitaban cultivar, en contra de sus extraordinarias aspiraciones, era el verdadero amor. Dios es amor, y su Espíritu no desea derramar sus ricas bendiciones entre los cristianos, si no es a través del ejercicio de tan extraordinario don. La formulación de Pablo es matemática: lenguas (que estaban practicando) sin amor, según el texto leído, equivalen a «nada»; por lo cual, podemos deducir que aquel don que estaban desempeñando los corintios, era completamente inservible.

El significado del don

Si algunos acuden al libro de Hechos de los Apóstoles para reivindicar esta práctica, también se va por camino torcido; porque tanto en esos momentos precisos de la Iglesia primitiva, como en otras menciones de la carta a los Corintios, el término lenguas no se traduce por sonidos extraños, o palabras desarticuladas (que es lo que se suele escuchar), sino que, en las distintas transcripciones del original griego, el término se traduce por idiomas o dialecto (Hch. 2:11).

Entonces, ¿cómo se explica que Pablo incluyera el don de lenguas e interpretación de lenguas en su lista, y que permitiera unas prácticas con las que no estaba de acuerdo? Bueno, en primer lugar Pablo declara que había pecados de tal magnitud en esa congregación, que no se mencionaban ni aun entre los gentiles, y que afectaban de forma muy directa a su testimonio cristiano; y en consecuencia, tiene como máxima prioridad el prohibirles los pecados más graves, como por ejemplo: alcoholismo, fornicación, incesto, partidismos, idolatría... Además, como dijo él: «Sois niños en Cristo», y bien se sabe que a los niños hay que dispensarles un trato especial.

Por lo demás, la única referencia donde el don de lenguas tuvo un efecto positivo, utilizado por Dios con el propósito de expandir el Evangelio, se halla solamente en Hechos 2:11. «Les oímos hablar en nuestro propio dialecto las maravillas de Dios». Aun con todo, si aquellos que escuchaban el Evangelio –a través de este fenómeno–, lo rechazaban, daba como resultado lo que antes hemos indicado: juicio. Y así ocurrió en aquellos momentos: «Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto (vino)» (vs.13). Por tal razón Pablo menciona ese don como algo válido, porque en aquellas circunstancias históricas el fenómeno fue real, a la vez que sobrenatural, y todavía se mantenía vigente. Pero ni mucho menos el apóstol estuvo conforme con lo que los corintios practicaban, pues el don de lenguas, según Hechos, no son palabras incomprensibles, sino todo lo contrario: los apóstoles hablaban y los demás entendían el mensaje, cada uno en su propio idioma; de tal forma que el milagro ocurrió no tanto en las expresiones de los apóstoles, sino más bien en los oídos de aquellos que les escuchaban.

Téngase en cuenta que en el tiempo de los corintios todavía no estaba escrito ni recopilado el Nuevo Testamento, y este «don» pudo ser una herramienta útil para la extensión del Evangelio. Sin embargo, ahora tenemos la Revelación escrita y difundida por casi todo el mundo; y tanto la salvación de los incrédulos, como la edificación de los creyentes, se obtiene únicamente por fe en la Palabra de Dios.

Así que, intentar hablar otros idiomas a través de una experiencia extática para destacar según la sabiduría humana, probablemente hubiera constituido sólo una práctica inocua en la iglesia de Corinto, a la par que inservible. Pero, no obstante, el apóstol (harto de paciencia y comprensión) les propone que haya un intérprete (traductor), como medida prudencial, debido a lo que había ocurrido: que algún «inspirado», hablando en lenguas, llamaba anatema (pronunciaba blasfemias) a Jesús.

Podemos aceptar de buen grado la mención que el apóstol hizo sobre el don de lenguas en su lista, pero en ningún caso de las lenguas que se practicaban en la iglesia de Corinto, sino del verdadero don de Dios, apreciado de forma positiva en Hechos. Como hemos apuntado, Corinto era una ciudad cosmopolita, y tal vez Pablo consideró necesario el don de idiomas para esta ciudad, debido a su diversidad cultural, y a la necesidad de que el mensaje de Cristo se extendiera lo más rápido posible. De todas maneras, tampoco poseían la Palabra de Dios traducida a los idiomas vernáculos; motivo suficiente para aplicar este don, según el modelo de Hechos.

En conclusión, aquello que los corintios practicaban, era una forma de imitar el don de idiomas; aunque, claro está, trayendo consigo las verborreas ininteligibles y extáticas que se ejercitaban con asiduidad en las religiones de la ciudad de Corinto. Y no es nada extraño pensar esto, pues una iglesia inmadura e infantil (según el calificativo de Pablo), busca las experiencias y los dones espectaculares para llamar la atención... Y como niños, lo que consiguieron no fue otra cosa que traer consigo las mismas prácticas extendidas en su entorno, introducirlas en la iglesia, y hacer una adaptación sincretista de la espiritualidad cristiana. Y parece bastante probable, pues entonces no poseían todas las instrucciones del Nuevo Testamento, como las tenemos nosotros hoy. Éste era el don que los corintios pretendían manifestar. De hecho, lo que ellos expresaban, con excepción de algunas blasfemias, eran palabras sin sentido alguno. Obviamente una cosa es querer hablar en otros idiomas, y otra muy diferente es provocar el habla de esos idiomas por métodos ilegítimos; lo cual sólo ocasiona una encadenación de términos, sonidos y demás locuciones discordantes, que en palabras de Pablo constituye una postura de infantilidad.

El gran desacuerdo del apóstol Pablo

Resulta evidente que a través del capítulo 14 de Corintios, el apóstol traza una línea de pensamiento en el que se destaca, con determinación, el gran desacuerdo del autor con la práctica del don de lenguas en esta iglesia.

Asimismo tampoco observamos en ninguna parte de la Escritura que Jesús hablara en lenguas. Ni siquiera los apóstoles o escritores del Nuevo Testamento dan instrucciones a la Iglesia para que se efectúe esta habilidad. Al igual que en los demás apóstoles, tales experiencias extáticas no se hallaban en la dinámica cristiana del propio Pablo, como cita en 1 Corintios 14:19.

Pensemos con lógica, porque si queremos recurrir a algún modelo ejemplar de congregación para aprender de sus procedimientos eclesiales, desde luego que éste (el de la iglesia de Corinto) es el peor de todos. Y aunque el apóstol les permitió ciertas costumbres, en aquellos momentos, con las que no estaba de acuerdo, también les propone una serie de condiciones como medida de prevención: que guarden el orden, que haya un intérprete, etc.

En definitiva, pretender utilizar la carta a los Corintios para fundamentar la doctrina de las lenguas, es establecer una base muy pobre y llena de afirmaciones contradictorias, en las cuales no existe ni peso teológico ni hermenéutico alguno, para sostener esta doctrina. Muy al contrario, Pablo está plenamente disconforme, porque al parecer las lenguas en aquella iglesia sólo servían para problemas y confusión. Así que, el apóstol, como no podía ser de otra manera, les tiene que indicar un camino mejor (en el capítulo 13). ¿Cuál? Sin ningún género de dudas: el Amor.

Atendamos a la razón, porque si el apóstol Pablo hubiera dado por buenas estas prácticas, entendiendo que provenían de parte del Señor y que eran auténticas manifestaciones del Espíritu Santo, está claro que no se hubiera atrevido en ningún momento a cuestionarlas tan claramente. Lo que sí deja suficientemente claro, como hemos visto, es que en la iglesia se prohíbe hablar en lenguas, a no ser que haya un traductor. «Y si no hay intérprete, calle en la iglesia» (14:28). Suponiendo, pues, que hoy existiera el don de lenguas, indudablemente deberíamos guardar muy estrictamente el presente mandamiento bíblico.

Además, si este don resultara ser hoy tan necesario, con toda seguridad el apóstol lo hubiera recomendado cuando dictó mandamientos, acerca de los requisitos pastorales, a los líderes de la iglesia: Timoteo y Tito.

Finalmente, el don al que se refiere Pablo en su lista, es el don de «idiomas», necesario para la extensión del Evangelio en aquel tiempo; por eso dice que «no es señal para el creyente, sino para el incrédulo». Pero, si bien, admitamos que tales manifestaciones no guardan ninguna relación con el don que practicaban los corintios (lenguas de sabiduría humana), que provenía de las religiones paganas de aquel ambiente. De ahí precisamente el conflicto en la iglesia, las advertencias, y el gran desacuerdo de Pablo, que tiene a bien, como mínimo, proporcionarles unas instrucciones de carácter preventivo.


UNA EXPLICACIÓN DE ESTE FENÓMENO

El fenómeno de hablar en lenguas extáticas (palabras desarticuladas y sin sentido), tan extendido en nuestros días, es en la mayoría de los casos una manifestación puramente psicológica, producto de la manipulación emocional (sea colectiva o individual). Es una capacidad –por llamarlo así– inconsciente, que en sí misma podría ser inocua (no se sabe), pero que por lo visto es innecesaria. Este método se logra a modo de práctica, por la cual, cuando se llega a un estado de euforia emocional, se altera el inconsciente, y durante unos momentos surgen sonidos o palabras distorsionadas. A saber, son expresiones verbales que emergen sin comprensión alguna, por la influencia psico-emocional que se ha recibido, autoprovocado o aprendido. Cuando se ha adquirido la costumbre, entonces puede practicarse como algo natural.

Por ello Pablo no erradica esta costumbre, pero establece un orden, y como medida prudencial ordena que otro interprete (por si acaso). Hoy día son muchos los que integran este don en sus ejercicios espirituales. Unos por el deseo de vivir nuevas experiencias. Otros, por no quedar marginados del grupo, o para no ser mirados con desprecio. Y también los hay que se suman para no pertenecer a un nivel de inferioridad espiritual en la iglesia; entre otros motivos.

Deberíamos de ser prudentes en todos los procedimientos espirituales que no contengan apoyo bíblico explícito. Y aunque el Señor pudo conceder el «don de idiomas» para la extensión del Evangelio, en su momento, la Escritura no contempla en ningún lugar que la práctica de lenguas ininteligibles se tenga que procurar en la iglesia, ni mucho menos como una experiencia normativa para todos los cristianos.

Ahora bien, el Señor puede permitir (como permite tantas cosas) cualquier práctica improcedente en ciertos círculos cristianos. Sin embargo, debemos tener sumo cuidado, porque también hay otro «señor» que puede llamar anatema a Jesús, como lamentablemente vemos que ocurrió en la congregación de Corinto.

En sentido análogo, y analizando la práctica del don de idiomas sin haberlos nunca aprendido, recuerdo un caso en el que una traductora de lenguas indígenas, guiada por la curiosidad, acudió a una reunión carismática. En medio de las manifestaciones de lenguas, ella detectó que las palabras pronunciadas correspondían a un dialecto tribal, por lo que al tiempo se propuso escribir las frases en su cuaderno. A continuación, cuando tradujo las palabras, la sorpresa fue mayúscula al comprobar que éstas eran maldiciones dirigidas hacia la persona de Jesús.

Así es, la práctica de hablar en idiomas que el individuo no ha aprendido (griego, latín...), estando en situación de trance hipnótico, es habitual dentro del ámbito espiritista. No pasemos por alto, entonces, que en un estado de éxtasis y descontrol de la personalidad, se puede abrir la puerta fácilmente a cualquier influencia espiritual negativa. La propia Escritura nos advierte: «Sed sobrios (moderados), y velad (estad alerta y no en estado de inconsciencia) porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor (de los cristianos) buscando a quien devorar» (1 P. 5:8).

José Mª Recuero


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