Jesús, el siervo sufriente
Una de las facetas más difíciles de imitar del ejemplo de Jesús, consiste en reproducir la capacidad que tuvo para asumir el sufrimiento desde una vida sencilla y sin duda servicial.
Al revisar nuestra experiencia cristiana, nos damos cuenta de que son muchas las ocasiones que la paz y el gozo del Espíritu, se suceden juntamente con periodos de sufrimiento. Y esto puede percibirse como una gran paradoja, pero hemos de admitir que las dos experiencias de aparente contradicción –en los caminos del Señor–, resultan perfectamente compatibles.
Estamos de acuerdo en que Dios no desea el sufrimiento de nadie, pues éste no se aviene a los principios de su carácter bueno y santo. Pero la realidad es que el pecado ha impregnado todo nuestro ser (cuerpo y espíritu), y por el momento, hasta que no entremos en el gozo eterno, los cristianos transitamos por este mundo expuestos a sufrir sus nefastas consecuencias. Aun así, es preciso saber que Dios utiliza la aflicción en la vida del creyente como un medio útil para enderezar su corazón estropeado, y así hacerle más consciente de las graves implicaciones que tuvo la «caída» del hombre. Solo de esta forma nuestra limitada mente interpretará mejor los designios de Dios, en un mundo donde el dolor y el caos parecen estar reinando.
Según advertimos en el modelo del Maestro, en ninguna ocasión observamos que promoviera la teología de la diversión, pero tampoco contempló el sufrimiento como algo malo, sino como un instrumento que, visto desde la intervención divina, es capaz de transformar decisivamente el corazón del ser humano.
Con este objetivo, la finalidad bíblica del verdadero discípulo se dirige hacia la formación del carácter de Jesucristo, procurando conseguir la impresión de una vida cada vez más parecida a su persona. No olvidemos que el ministerio de Jesús transcurrió por un camino doloroso, en un continuo devenir de sinsabores. Pocas fueron sus alegrías, y menos sus diversiones… Su mirada estaba puesta en el fruto de su dolor, esto es, en la salvación que su muerte traería al mundo. Con este pensamiento se nos insta a proseguir nuestro camino, aceptando los periodos de sufrimiento que no podamos evitar, como algo útil en manos de Dios: «He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren» (Santiago 5:11).
EJEMPLO DE SENCILLEZ
⇒ «Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal» (Marcos 4:38).
Antes de calmar la tempestad, Jesús se encontraba durmiendo en la popa de un barco. A continuación, el texto bíblico nos muestra el cansancio lógico de nuestro Señor, que por otra parte era propio de su verdadera humanidad. Jesús fue (y es) humano, y como tal experimentó las necesidades propias de los humanos (hambre, sed, sueño…). Ahora, el hecho de que se durmiera entre tanta turbulencia, nos enseña que Jesús estaba realmente muy cansado, dándonos a entender que tenía poco tiempo para dormir, debido a que su ministerio le ocupaba gran parte del día. Destacamos, como venimos haciendo, la verdadera humanidad de Cristo vivida en sencillez, con todas las incomodidades, calamidades y penurias por las que tuvo que pasar: «Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal».
Tomemos buena nota, porque pese a todo inconveniente acontecido, en el ejemplo del Maestro no encontraremos queja alguna en sus labios: por tener poco tiempo, por estar cansado, por carecer a veces de lo necesario, por privarse de comodidades… Esta es una actitud realmente digna de imitar, la cual estaba desprendida de todo egoísmo, y no se centraba en la búsqueda de su propia comodidad o bienestar personal, sino en el cumplimiento estricto de la voluntad de Dios.
El modelo expuesto, nos presenta un claro contraste entre la vida del Jesús humano vivida en plena sencillez, y algunos que, teniéndolo todo, se quejan por aquello que creen que les falta para completar su comodidad. En cambio, sin tener posesión alguna, el Cristo reinante vivió como el siervo sufriente, en una vida de verdadera entrega a Dios, y de servicio al prójimo.
Nuestro buen Señor, con verdadero espíritu de sacrificio, supo mantener en todo tiempo una vida sencilla, siendo ejemplo al mundo –sobre todo al cristiano–, para que, atendiendo a su enseñanza, no nos dejemos atrapar por esa horrenda mentalidad hedonista que intenta separarnos cada vez más de Dios, y por lo tanto del mensaje de Cristo.
Resaltemos el ejemplo de la condición humana de Jesús, porque también los creyentes deberemos aceptar, con toda paciencia, las debilidades propias de nuestra humanidad presente: «Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal».
⇒ «¿No es éste el carpintero?… Y se escandalizaban de él» (Marcos 6:3).
La declaración impertinente de aquellos que escuchaban al Maestro en la sinagoga, después de oír sus palabras y quedar maravillados, no parecía nada extraña, dado que Jesús carecía de categoría religiosa reconocida, y por tal razón no podían dar crédito a sus palabras: «Y se escandalizaban de él».
Al parecer, en aquellos tiempos la posición religiosa era de suma importancia para obtener cierta credibilidad sobre los asuntos espirituales. Tanto es así, que para los que presenciaron el acontecimiento en la sinagoga, Jesús era solamente «el carpintero», sin más… Por ello se escandalizaron de él, por no poseer el reconocimiento oficial del momento. La baja posición social y religiosa de Jesús, quizás provocó en sus contemporáneos un sentimiento de vergüenza (se escandalizaban de él), y seguramente a muchos les ocasionaría una sensación de superioridad, al comparar sus respectivas clases, ya fueran sociales o religiosas: «¿No es éste el carpintero?».
Fijemos bien nuestra mirada en el supremo ejemplo del Maestro, porque siendo Dios todopoderoso, escondió su gloria para llegar a ser «el carpintero». Y, nosotros, siendo nada, en ocasiones jugamos a ser «dioses». ¡Qué diferencia tan abismal, y qué ejemplo tan contradictorio el nuestro! Por desgracia, algunos hoy se fijan más en la posición que en la vocación. Otros confían más en los títulos que en los dones… Por el contrario, el Señor de señores y Rey de reyes no poseyó titulación alguna, no tenía elevada posición social o religiosa, y carecía de todo reconocimiento oficial… Pese a toda carencia, nadie predicó mejor que Jesús; nadie tuvo más autoridad que él; nadie pudo superar la calidad de su ministerio… Seguro que ninguno de los que estaban allí presentes, pudo señalarle en algún defecto o rebatir sus extraordinarias enseñanzas.
Para Dios, Jesús tenía el mayor rango religioso que pudiera haber, jamás concedido a nadie: «El Mesías», y asimismo fue el ser humano que poseyó la máxima categoría espiritual, ya que ésta provenía directamente del cielo. De tan maravilloso ejemplo, aprendemos que el servicio a Dios no se debe a los reconocimientos humanos, sino a los de Dios; tampoco a nuestra profesión, sino a nuestra vocación; no proviene inclusive de la brillantez teológica, sino de la encomendación divina.
La sencillez del Maestro fue tan brillante que, lejos de formalismos religiosos, supo imprimir el carácter auténtico de lo que significa servir a Dios. Un servicio que se desarrolló fuera de la Institución, pero cuya efectividad fue manifiesta por todos los que le escucharon, y así se beneficiaron de su ministerio.
⇒ «Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los inicuos» (Marcos 15:28).
La crucifixión de Jesús, aparte de señalar descriptivamente el momento álgido de sufrimiento por el que tuvo que pasar, nos muestra la condición más baja a la que un hombre, máxime siendo judío, pudo llegar en aquella época, es decir, a ser crucificado por los soldados romanos: sus opresores paganos. En este final ya profetizado, al Dios hecho hombre no le importó ser despreciado, como un delincuente común rechazado por la sociedad «justa» del momento, porque para él lo más importante fue cumplir con el propósito por el cual había venido a este mundo: salvar a los pecadores.
Por otro lado, si pensamos bien en las motivaciones más internas del ser humano, debemos admitir que el hombre alberga en el corazón claros sentimientos de inferioridad, que con el tiempo pueden provocar una búsqueda ilícita de reconocimiento personal. Ocurre que, para contrarrestar esos sentimientos hostiles, que en mayor o menor medida todos podemos tener, los hay que se lanzan a una búsqueda frenética de la «gloria temporal» que haga compensar tales emociones. Con esta disposición, todo ministerio parece centrarse en uno mismo y en su propia realización, porque con ello la persona logra sentirse útil, querida por los demás, y admirada por los nombramientos; logrando así el bienestar que le proporciona la buena reputación, en contra del modelo de Jesús: «Y fue contado con los inicuos».
Es verdad, en oposición a la actitud entregada de Jesús, sobresale la actitud esquiva de muchos, que al parecer no desean ser contados con los inicuos. El gran Maestro desarrolló su ministerio aceptando su humilde condición social, y resistiendo así a todo deseo de aparentar grandeza alguna. Por lo demás, el reconocimiento del Padre le fue suficiente para realizar la obra.
Finalmente, si creemos que lo que va a prevalecer por la eternidad es la Palabra divina, deberemos en consecuencia anhelar el cumplimiento de sus decretos, así como en todo momento se cumplió en Jesús, hasta su muerte: «Y se cumplió la Escritura».
Si de esta forma buscamos que la Escritura se haga efectiva en nuestra vida, también habremos de aceptar que nos señalen entre los malhechores, y no entre los justos. A Jesús no le importó ser contado con los inicuos, dado que en todo momento procuró desechar la vanagloria terrenal… Y nosotros, ¿con quién queremos ser contados?
La sencillez de la vida de Jesús, no pudo tapar el esplendor de su grandeza.
EJEMPLO DE VALENTÍA
⇒ «Respondiendo (a los fariseos) él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí» (Mr. 7:6).
Es cierto que hoy vivimos en un tiempo donde la religión está cada vez más extendida. Pero, desdichadamente, a esta propagación religiosa también le acompaña una compostura que podríamos calificarla de enfermedad peligrosa y extremadamente contagiosa: la llamada hipocresía. La doble moralidad que habían adquirido los líderes religiosos de la época (escribas y fariseos), les otorgaba el merecido título de hipócritas. Claro está que llamar hipócrita a alguien pudiera parecer una grave ofensa, por cuanto el término ha adquirido en nuestros días una connotación marcadamente ofensiva. Desde luego que debemos pensarlo muy bien antes de inculpar a una persona de hipócrita, o aplicarle cualquier calificativo que pudiera ser claramente despectivo.
Ahora, visto desde el ejemplo de nuestro Maestro, habrá situaciones especiales donde a cada uno habrá que llamarle por su nombre. Y para ello se requiere valentía, naturalmente, y en cualquier caso a estar dispuesto a sufrir las consecuencias de toda posible confrontación: «Respondiendo él, les dijo: Hipócritas».
Bien podemos presentir que todos participamos, de algún modo, de esa hipocresía generalizada. Aunque en este caso, la «actitud farisaica» respondía al estereotipo del hipócrita por decisión propia. Comprendamos bien, porque una cosa es participar (con los peligros de llegar a ser), y otra cosa es poseer una clara identidad, donde la doble moralidad sea el rasgo que defina la personalidad del individuo. Así, pues, el que participa de la hipocresía y se deja llevar por ella, sin poner remedio a tan engañoso proceso, bien puede llegar a endurecer de tal forma su corazón, que ya no logra darse cuenta del grado de simulación que ha conseguido, tan evidente para los demás, pero tan inconsciente para él mismo.
Destaquemos especialmente la actitud de valentía que mantuvo nuestro Señor, al enfrentarse con el poder de la religión popular: una religión fingida a causa del orgullo religioso, reinante entre sus líderes, que por otra parte él debía denunciar: «Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí».
Hemos de reconocer que para descubrir el pecado hay que ser valiente, porque nos exponemos a ser rechazados, criticados, menospreciados… y con mayor razón si se trata de los líderes de la religión oficial. Aunque, la verdad sea dicha, porque sin duda alguna es mejor ser rechazados por el hombre, que no serlo por Dios.
Visto el ejemplo de Jesús, notamos que la valentía es una cualidad que no se suele observar con demasiada frecuencia en la vida de muchos cristianos. Nuestra falta de fe por momentos nos acobarda, y nuestros sentimientos encontrados nos paralizan a la hora de responder a cada uno según conviene. En el sentido opuesto, nuestro Señor mostró gran coraje, y no huyó de las contrariedades que le pudieron sobrevenir. Podemos pensar, en este ejemplo, que la osadía de enfrentarse con los más altos mandatarios de la religión, seguramente fue el detonante que le llevó al Maestro a morir en la Cruz. Y en tal ejemplo cabe preguntarse: ¿Nos atrevemos a decir la verdad, pese a las consecuencias que ello pueda acarrear?
⇒ «Y Jesús le dijo: Yo soy (declaración de su deidad); y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo (reconocimiento de su majestuosidad)… Y algunos comenzaron a escupirle y a cubrirle el rostro y a darle de puñetazos, y a decirle: profetiza. Y los alguaciles le daban de bofetadas» (Marcos 14:62,65).
En estos momentos especiales, Jesús se encontraba ante el Concilio (la asamblea de los máximos representantes de la religión judía), y sometido a una gran presión de preguntas, les respondió con una rotunda declaración, que como podemos observar le supuso un definitivo rechazo, además de un severo castigo, y con ello la decisión por parte del Concilio de condenarle a muerte.
Decir la verdad, pese a las adversidades que pudieran surgir, denota una postura de valentía que es muy poco habitual en nuestros días. Así vemos cómo el alcance de las valientes palabras de Jesús, determinó el comienzo de un doloroso camino hacia la cruz del Calvario; palabras muy duras, por cierto, para el auditorio de los líderes judíos: «Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo».
Siguiendo el modelo de Cristo, debemos confesar que los cristianos de hoy necesitamos una mayor valentía a la hora de defender las grandes verdades de Dios. Y en esta labor, nuestro Señor ya profetizó que todo cristiano valiente tendrá problemas; siendo muy probable el rechazo de los de su propia casa, incluyendo también a su misma iglesia. Pero no nos dejemos afectar, porque al Maestro lo rechazaron primero, y no es el siervo mayor que su Señor.
Resulta muy fácil lavarse las manos, como lo hizo Pilato, en actitud de evidente cobardía. En cambio, hay que ser valiente para denunciar el pecado (con amor), para señalar las injusticias (con verdad), para proclamar el juicio de Dios (con esperanza), para descubrir la hipocresía (con claridad), para anunciar el arrepentimiento (con entereza), entre otras manifestaciones de la verdad.
Reparemos una vez más en la enseñanza del Maestro, porque decir lo que se piensa es integridad; pero, decir lo que se piensa, a riesgo de perder la vida, es valentía. El creyente firme con su vocación cristiana, no puede pasar desapercibido en el anonimato de su propia cobardía, viviendo un cristianismo diluido en el completo absentismo. La fama se difunde, para bien o para mal. Y el rechazo, los insultos, el menosprecio, la ira contenida de los calumniadores, representará el pago injusto del cristiano bienaventurado que desea defender la verdad con arrojo y valentía: «Y algunos comenzaron a escupirle y a cubrirle el rostro y a darle de puñetazos, y a decirle: profetiza. Y los alguaciles le daban de bofetadas».
En este punto, sucede que si la persecución de Jesús se produjo entre los de su propio pueblo, no parece insólito pensar que la mayor persecución que hoy puede experimentar un cristiano valiente, comience principalmente entre sus propios hermanos, los de la fe. En tal sentido, todavía hoy encontramos creyentes fieles que no forman parte en el «sistema» de la institución oficial, y mantienen con perseverancia su fidelidad a Dios, su valentía, su integridad… Pese a ser rechazados o menospreciados en muchos momentos de la vida, su fiel testimonio les hace ser poseedores del más alto rango de profetas valientes. Podemos estar tranquilos, porque así como ocurrió en el Antiguo Pacto, nuestro Señor sigue manteniendo hoy su remanente fiel. Y, definitivamente, nadie podrá hacer callar la voz profética de los verdaderos discípulos de Cristo.
La cobardía es la antesala de la incredulidad.
EJEMPLO DE DISCRECIÓN
A pesar de la fama (buena y mala) de Jesús, podemos señalar que en ningún caso incurrió en escándalos impropios, sino que guardó una sana discreción, manteniendo la adecuada compostura a lo largo de su ministerio. Así, Jesús mostró su tacto y diplomacia en las relaciones personales, sin perder en momento alguno ni un ápice de su integridad espiritual.
⇒ «Pero él les mando mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer» (Marcos 5:43).
Después de la milagrosa resurrección de la hija de Jairo (un hecho sobrenatural digno de todo reconocimiento), Jesús dio órdenes estrictas para que nadie lo supiese… Ciertamente podía haber recibido los honores propios de un milagro tan espectacular, y seguramente muchos le hubieran proclamado rey. Sin embargo, no era esa la labor específica que venía a realizar en este mundo. La gloria de Cristo estaba reservada para el futuro.
Podríamos dar por sentado, que si hoy se están realizando verdaderos milagros de parte de Dios, la gente tendría que saberlo, puesto que el hecho sobrenatural le otorgaría mayor credibilidad a nuestro mensaje. De ser cierto este postulado, Jesús habría proclamado a los cuatro vientos todos sus milagros. Pero no fue la tarea de Jesús, ni tampoco pensemos que deba ser la nuestra. Es la Palabra de Dios la que produce fe para salvación, y no el milagro. Y aun cuando el milagro sea evidente, no parece muy oportuno declararlo a la ligera, ni mucho menos acompañar el suceso con bombos y platillos. Por ello, es mejor seguir el modelo de Jesús en humildad y discreción, y no buscar la gloria que el propio acto milagroso pudiera ofrecer: «Pero él les mando mucho que nadie lo supiese».
Cierto es que Jesús podría haber utilizado los milagros para reafirmar su ministerio, dado que aquellas manifestaciones correspondían a las señales mesiánicas. Y si bien en cierta forma hizo alusión a sus obras para que así creyeran, sabía que la gente no se iba a convertir por ver ciertas demostraciones extraordinarias. En este ejemplo como en otros, Cristo proclamó una salvación por fe, y no por vista, de tal forma que su predicación fue: «Arrepentíos y creed en el evangelio».
Igualmente podía haber exigido la remuneración del beneficio que supuso todos los actos de bondad que realizó, o de las portentosas sanidades. Teniendo derecho a una compensación, el Maestro anduvo haciendo el bien sin esperar recibir ningún pago a cambio. Y teniendo presente los tiempos de Dios, quiso recalcar que su tiempo de gloria todavía no había llegado.
En todo su ministerio, Jesús no reclamó honor alguno, como tampoco exigió reconocimiento de sus obras. Hoy parece ser todo lo contrario: primero se recibe el reconocimiento, y luego se practica el servicio. No debería de ser así, pues la gloria es solo para Jesús, pues bien la merece.
A tenor del ejemplo presentado, hagamos el bien que podamos, y no busquemos en ninguna forma los galardones, pues los tales están reservados en el cielo para aquellos que aman a Dios.
⇒ «Y descendiendo ellos del monte (de la transfiguración), les mandó que a nadie dijesen lo que habían visto» (Marcos 9:2).
Después de la experiencia tan intensa que vivieron los discípulos en el monte de la transfiguración, lo más natural parecía contarlo a los demás, en un impulso o deseo de transmitir una vivencia con matices de eterna espiritualidad… No obstante, el mandamiento de Jesús fue bastante explícito, dando la orden de que no dijesen a nadie lo que habían visto. ¿Por qué el silencio? Podemos imaginar que ante la historia contada, algunos no entenderían las implicaciones de aquella sobrenatural experiencia; otros, malinterpretarían las palabras; y tal vez serían varios los que rechazarían el mensaje. Por tales motivos, no podemos depositar nuestro tesoro en manos de cualquiera, porque seguramente muchos no alcanzarían a comprender el gran valor que realmente éste posee. Al igual que un matrimonio no puede proclamar todos sus recuerdos matrimoniales, en cierto sentido la intimidad con Dios es un tesoro reservado al ámbito privado. Y en este caso, como en otros similares, se corría el grave peligro de que Jesús pudiera ser proclamado rey, lo cual iba en contra de los designios de Dios para aquel momento. Estamos seguros de que si Jesús hubiera tomado el cetro y así establecido su trono, con toda certeza la obra de salvación por medio de la Cruz, no hubiera sido posible. Con ello, el programa de Dios se habría incumplido, y en consecuencia nuestra redención hoy no podría ser efectiva. Es una de las razones por las que «les mandó que a nadie dijesen lo que habían visto».
Apreciemos el sentido positivo, pues resulta recomendable compartir las impresiones que se devienen de nuestra relación con Dios. Es completamente lícito y además beneficioso, sobre todo para nuestros hermanos en la fe, exteriorizar las vivencias que como hijos amados gozamos con nuestro Padre celestial.
Ahora bien, la disconformidad se produce cuando los deseos de transmitir tales experiencias conlleven una motivación egoísta, sean susceptibles de gloria personal, puedan causar desconcierto, interpretaciones erróneas, o confusión en otras personas. En todo ello, Jesús sabía de primera mano que la gente no se convierte por escuchar historias rocambolescas, o ver manifestaciones asombrosas, aunque no obstante pudieran llegar a ser ciertas.
Con esta orientación planteada, aprendamos del buen Maestro, y apliquemos la sensatez a la hora de expresar convenientemente el ejercicio de nuestra fe.
En lo que a nuestro proceder cristiano respecta, debemos buscar el equilibrio, manteniendo la discreción y huyendo de todo extremismo. Si somos especiales, no es por las genialidades que podamos contar superficialmente, sino más bien por nuestra forma de ser; por la paz que alcancemos a transmitir; por nuestro mensaje diferente; por la bondad que muestre nuestro corazón; y, esencialmente, por el amor que logremos comunicar a los demás.
La discreción en la vida, es la sensatez del cristiano.
EJEMPLO DE SUFRIMIENTO
Calificado el sufrimiento de Cristo como ejemplo sublime de amor, se hace necesario traer a la memoria las aflicciones que experimentó a lo largo de su vida, y en especial en el proceso que le llevó a la muerte. En este recuerdo, estamos obligados a poner un particular énfasis en aquellos momentos tan significativos, donde la entrega y muerte de Jesús en la cruz por nosotros, representó la culminación de su amor manifestado de una forma verdaderamente práctica.
⇒ «Y le golpeaban en la cabeza con una caña, y le escupían, y puestos de rodillas le hacían reverencias. Después de haberle escarnecido, le desnudaron la púrpura, y le pusieron sus propios vestidos, y le sacaron para crucificarle» (Marcos 15:19,20).
Recordemos que Jesús fue arrestado como un criminal para ser juzgado, y finalmente conducido a morir en la cruz, según la legislación romana. Observamos en el texto, que antes de comenzar su camino hacia el monte Calvario, fue castigado duramente con una condena mucho mayor que la de los otros reos que le acompañaron en su muerte. Golpes, insultos, esputos, mofas, latigazos, además de la coronación de espinas, significó el pago de todo el bien que Jesús hizo al prójimo en el recorrido de su ministerio: «y le sacaron para crucificarle».
A la verdad, aunque profundizáramos con un espíritu de erudita investigación, no alcanzaríamos a comprender el grado de sufrimiento físico y espiritual que Jesús pudo experimentar; tomar la copa amarga que contenía el juicio de Dios, no fue precisamente un trago fácil de beber. Con este espíritu de sacrifico, Jesús prosiguió su camino, pese a las consecuencias tan dramáticas que tuvo que aceptar para conseguir nuestra salvación. Con esta gran determinación, bebió el cáliz de sufrimiento por causa de nuestros pecados, pagando un precio muy alto: su propia vida.
Es cierto que el sufrimiento de Jesús representa un claro modelo de entrega, obediencia y valentía, que en cierta medida todo cristiano debe seguir. Y no pensemos que en esta difícil tarea añadimos nada a nuestra salvación, pues ésta es gratuita, ya que fue ganada por Cristo en la cruz.
Según el modelo presentado, debemos presentir que todo aquel que quiera seguir las pisadas de Jesús, se encontrará con un precio que habrá de pagar; aun sin saber dónde está el límite de nuestro precio, solo Dios lo sabe.
Visto el ejemplo que encontramos en esta obra inigualable, los principios de entrega, amor, voluntariedad, obediencia y valentía, son realmente dignos de incorporarlos en nuestra vida cristiana.
La pregunta surge sola: si Jesucristo pagó un alto precio por cumplir con el plan que Dios había diseñado para él, entonces, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar para que el plan de Dios se cumpla en nuestra vida?
⇒ «Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó» (Marcos 15:23).
Se sabe que el vino mezclado con mirra ofrecido a los reos crucificados, les proporcionaba un efecto analgésico que les ayudaba a contrarrestar el sufrimiento experimentado en la cruz. Pero, observamos cómo Jesús, estando en profunda agonía, rechazó aquel brebaje que momentáneamente podría haber reducido aquellos dolores tan intensos. EL Maestro no quiso beberlo, y con toda razón, porque para que no exista ninguna duda de la gratuidad de nuestra salvación, el Señor asumió de forma completa el grado de aflicción que correspondía al pago de todos nuestros pecados.
Contrariamente al ejemplo del Maestro, no son pocos hoy los cristianos que quieren escapar de su destino, intentando compatibilizar el cristianismo con la vida de comodidad, sin estar dispuestos a beber ni una gota de la copa amarga que conlleva ser discípulo de Jesús.
En lo que atañe a nuestro vida personal o ministerial, aceptemos de buen grado los momentos de dolor que nuestro buen Padre tenga programado para nosotros, en su permisiva voluntad; pues si Dios nos pone la prueba, también de manera conjunta nos da la salida para que podamos sobrellevarla, según reza la Escritura Sagrada.
Extrayendo la presente enseñanza, los discípulos de Cristo deberán abstenerse de beber cualquier ungüento que haga tropezar su misión en la tierra, y por ende el cumplimiento estricto de la providencia divina; aun cuando ese ungüento pudiera reducir cualquier padecimiento momentáneo: «Mas él no lo tomó».
No pretendamos huir, por tanto, de las contrariedades en la vida, ya que éstas forman parte del programa especial de Dios ha diseñado para cada cristiano fiel. El que es verdadero discípulo, lejos de escapar como lo hizo Jonás, habrá de aceptar el futuro dispuesto por Dios, por muy sombrío que parezca, y someterse voluntariamente a la guía del Espíritu, prosiguiendo con el plan divino.
⇒ «Dios mío, Dios mío, ¡por qué me has desamparado (abandonado, alejado, apartado de mí)!» (Marcos 15:34).
El término desamparado, expuesto en el versículo bíblico, denota el momento existencial más angustioso que nuestro buen Señor experimentó, es decir, el tormento en su máximo grado de expresión a causa de nuestras iniquidades. El abandono que Jesús sintió por parte de Dios, es equiparable al más grave castigo que el pecador pudiera soportar en el infierno (lugar de desamparo).
El gran «desamparo» que Jesús experimentó, no fue producido solo por el dolor físico de los clavos, además del previo castigo que tuvo que soportar; como tampoco psicológico: por la vergüenza, el menosprecio, la burla y el odio de sus conciudadanos. Sino que, en esos momentos tan intensos, el alma de Jesús sufrió los látigos de la condenación eterna. La idea es bastante concisa: Dios cargó el pecado de la Humanidad sobre su ser. Y porque Dios es santo, y no puede tener ninguna relación con el pecado, entonces tuvo que apartarse de su Hijo Jesucristo, siendo en esa condición humana donde Dios derramó su justicia divina sobre él. De tal manera Jesús soportó el justo Juicio de Dios en nuestro lugar.
Este ejemplo citado es imposible de imitar, en su significado más esencial, puesto que la obra de Jesús en la Cruz es del todo insustituible. Sin embargo, su entrega ejemplar siempre quedará impresa en nuestros corazones, visto como el mayor acto de amor que jamás hombre alguno haya mostrado a través de la Historia. Así, aquellos instantes tan especiales, nos servirán de modelo ejemplar para poder comparar, con el amor de Cristo, nuestro grado de amor hacia los demás.
Por otro lado, al igual que aconteció en el monte Calvario, aunque no en el mismo aspecto salvador, quizás podemos sentirnos en ocasiones desamparados de la mano de Dios. Y es del todo lícito preguntarse el porqué. Pero no podemos desconfiar de nuestro buen Padre celestial, pues así como ocurrió en la vida de Jesús (con excepción de la Cruz), también los momentos de aparentes desamparos están incluidos en su especial destino para el discípulo de Cristo.
⇒ «Mas Jesús, dando una gran voz, expiró» (Marcos 15:37).
Este versículo recoge la última expresión verbal de Jesús, después de sus terribles padecimientos en la Cruz. Con ella el Maestro acabó su labor en esta tierra, completando hasta la muerte la comisión determinada por el Padre. El gran gemido final de Cristo marcó la perfecta tarea ya perfeccionada, pues finalmente no había más que añadir en la obra de la Salvación.
Analizando aquella situación histórica, deducimos que la muerte de Jesús seguramente acabó con la esperanza de muchos. ¿Quién iba a creer en el mensaje de un crucificado? ¿Qué atractivo poseía un sentenciado a muerte y crucificado en manos de los romanos? El Jesús rey derrotado en la cruz (en apariencia), fue injustamente rechazado… De igual forma como le ocurrió al Maestro, muchos verán a sus discípulos como personas derrotadas por la «religión». La cruz de Cristo sentencia a muerte a todo cristiano verdadero: a la muerte de este mundo. Con esta condición, la nueva vida triunfante se mantiene escondida juntamente con la vida del Maestro, y no para crearnos incertidumbre, sino para poder disfrutar de la poderosa vida de resurrección con él.
Atendamos a la enseñanza, porque el final de su ministerio representó el principio del nuestro. Y con esta visión ministerial, hacemos bien en considerar lo más importante de nuestro paso por este mundo pasajero, esto es, el cumplir con el programa establecido por Dios, al igual que el Maestro lo cumplió en su vida, hasta el final: «Mas Jesús, dando una gran voz, expiró».
Jesús murió habiendo completado la obra que el Padre le encargó. Y aunque como hemos afirmado, en ningún caso podemos morir por los pecados de ningún ser humano, se espera que por lo menos no lleguemos al instante de nuestra partida, en el mismo lecho de muerte, a lamentarnos por no haber sabido aprovechar el tiempo y las oportunidades para servir a Dios, así como a nuestro prójimo, inclusive en momentos de aflicción. Estemos seguros, pues, de que aquello que va a prevalecer en la eternidad, por la gracia divina, es la labor que para nuestro Señor, en el servicio de los hombres, podamos hacer hoy.
Recibamos con solicitud la instrucción práctica del Maestro, y mantengamos una actitud valiente, para que habiendo acabado la obra que nos fue encomendada por Dios, sea ésta grande o pequeña, en el final de nuestros días podamos exclamar como Jesús: «Consumado es».
El sufrimiento en las manos de Dios, es el fruto su futura gloria en nosotros.
CONCLUSIÓN
Hasta aquí algunas reflexiones sobre el modelo de Jesús, expresadas de forma muy resumida, y hechas desde la consideración de algunos versículos bíblicos tomados del evangelio según San Marcos; a los cuales pienso sería conveniente añadir ejemplos de los otros evangelios, así como las referencias que se encuentran en Hechos de los Apóstoles y cartas del Nuevo Testamento, para de esta forma poder ampliar y engrandecer el trabajo realizado.
Aunque si bien pudiéramos aportar muchos más datos acerca de las aplicaciones obtenidas de la vida de Cristo, baste las expuestas para que logremos apreciar el gran reto que supone seguir las pisadas del Maestro, que como hemos visto no pasan inadvertidas ante nuestros ojos.
Tal vez algunos pueden pensar que el ejemplo de Jesús parece inalcanzable, y que éste resulta en una impracticable utopía. De ser cierta esta premisa, estamos seguros de que los escritores bíblicos no hubieran presentado de forma tan explícita las recomendaciones para las iglesias, acerca de imitar el modelo de Jesús. Es verdad que la perfección de Cristo nadie la puede imitar. Pero, no obstante, su ejemplo en calidad de hombre siempre representará un testimonio seguro y permanente para tomar buena muestra de él; y no solo de la doctrina, sino de los principios cristianos más éticos y prácticos que el Buen Pastor nos dejó registrado en su Palabra.
Después de tantos siglos de cristianismo, no podemos cambiar el llamamiento bíblico, pues sigue siendo el mismo: «Dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas» (1 P. 2:21). La verdad es que ya es hora de dejar de afirmar que somos cristianos, y actuar como si Cristo no habitase entre nosotros… Recapacitemos, porque aquello que los demás valoran, por encima de nuestra predicación, es la forma de proceder; y por eso cada movimiento, por muy imperceptible que parezca, queda impreso en la mente de nuestros semejantes. Entre tanto, necesitamos tomar conciencia del ejemplo del Maestro; porque, siendo consecuente con nuestra identidad cristiana, advertimos que la presencia de Cristo no se refleja en la vida solamente a través de las palabras bien pronunciadas, sino principalmente de los hechos bien observados.
Seguramente que cuando consideremos lo difícil que puede resultar seguir a Jesús, por momentos nos invadirá un profundo sentimiento de incapacidad humana. Pero, cuando confiamos en que el poder de Dios se perfecciona en la debilidad, como se hace constar en 2 Corintios 12:9, entonces deberemos admitir que en último término no depende de nosotros, sino del gran poder de Cristo. Efectivamente, nuestra insuficiencia es grande, y por tal motivo necesitamos constantemente ser partícipes de la gracia de Dios, de su fortaleza, de su amparo, guía y protección, para de esta manera proseguir con fuerzas renovadas en nuestro a veces duro, pero satisfactorio camino hacia la eternidad. En tan digna labor, no olvidemos que la carga de Jesús es ligera y su yugo fácil, según Mateo 11:30.
Como hemos visto, el propósito en la vida cristiana no consiste en las muchas o pocas obras que podamos realizar, sino en ser como Cristo. El mismo apóstol Pablo dijo: «Vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gá. 4:19). Distingamos bien cuál sea la meta, puesto que la formación de Cristo en nuestra vida es la finalidad última de todo proceder cristiano, es decir, el objetivo es ser como el Maestro, alcanzando así a vivir como sus verdaderos discípulos.
Recibamos la enseñanza en palabras del apóstol Pablo: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gá. 2:20). Una vez recibidas las declaraciones del apóstol, entendemos que imitar a Jesús solamente es posible en la medida que negamos nuestro yo, nuestros intereses personales y propósitos terrenales, para vivir por la fe en el poder de Dios, permitiendo que la vida de Cristo se reproduzca en la nuestra. No resulta válido copiar los aspectos superficiales del ejemplo de Jesús, que en cualquier caso modifiquen toda apariencia externa, si éstos no emanan de la vida que Cristo mismo imparte en nuestro corazón. En este aspecto, hay que permitir que las fuerzas de su Espíritu logren cambiar nuestro interior, para que a su vez puedan verse reflejados visiblemente, y de forma adecuada, los aspectos prácticos que corresponden al modelo del Maestro.
La recomendación del texto sagrado no puede ser más explícita: «El que dice que permanece en él (Jesucristo), debe andar como él anduvo» (1 Jn. 2:6). Si examinamos nuestra vida, en comparación con la perfecta vida de Jesús, no tendremos más remedio que humillarnos delante de Dios y, arrepentidos de corazón, confesar nuestra culpabilidad: por no hacer nada, no hacer lo suficiente, o hacerlo mal. En esta disposición, debemos proseguir con la misión encomendada, fijando constantemente nuestra mirada en él: «Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe…» (He. 12:2). Con este objetivo, debería resonar en nuestra mente las siguientes preguntas: ¿Cómo actuaría Jesús hoy, ahora, y en cada momento de nuestra vida? ¿Qué diría Jesús o haría en la situación en la que me encuentro…? Las respuestas ofrecidas, contrastadas con la vida ejemplar del Maestro, nos indicarán aquello que debamos pensar, hacer o decir… En nuestra mano está el obedecer o por el contrario hacer caso omiso.
Estimado lector: Si has recibido la llamada para seguir a Jesús, no resistas al Espíritu, y considera bien la propuesta, porque ser discípulo de Cristo es la decisión más importante que podemos tomar en nuestro paso por este mundo temporal. Si esta es nuestra determinación, no perdamos de vista el ejemplo del Maestro para poder seguirlo, pues nuestra labor se verá ampliamente recompensada cuando Jesucristo, el buen Pastor, regrese con poder y gloria de la Patria celestial, para recoger a su amada Iglesia.
«Porque uno es vuestro Maestro: el Cristo» (Mateo 23:10)
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